sábado, 12 de diciembre de 2009

RAZONES DE BUENA FE


A propósito de la modificación de la regulación jurídica del aborto

Pablo Simón Lorda. Médico de familia. Magister de Bioética. Director del Área de “Ciudadanía y Ética” en la Escuela Andaluza de Salud Pública. Miembro del Comité de Bioética de España
Introducción
Trataré de ser claro y directo. Como dice el Comité de Bioética de España en su Documento de opinión sobre el proyecto de ley orgánica de reforma del aborto, tener que abordar este tema “nunca es una buena noticia”, más bien el aborto “es una realidad lamentable que debería tenerse en cuenta y modificarse en lo posible” [1]. Por tanto siempre constituye un reto moral ante el que no resulta nada sencillo posicionarse de forma prudente. Sí es más fácil hacerlo si uno eleva a la categoría de valor moral absoluto alguno de los valores en juego, bien sea el del valor de la vida del embrión o feto o el de la libertad de la gestante. Ambas posiciones reduccionistas, que buscan falsas seguridades en un tuciorismo moral simplificado son, en mi opinión, signo de incapacidad de argumentación y de imprudencia moral, algo en lo que un católico de buena fe no debería incurrir.
Empezaré diciendo que el aborto no es, en mi opinión, ni un bien ni un derecho. Es, más bien, un mal que estamos obligados a tratar de superar por todos los medios posibles, como ciudadanos responsables y como católicos comprometidos. El horizonte del Reino no es otro más que el de un mundo donde esta realidad no sea ni necesaria ni posible.
Pero lo cierto es que mientras no alumbramos ese mundo nuevo, la realidad del aborto sigue aquí, entre nosotros. No podemos cerrar los ojos a ella. El problema es, por tanto, saber cuáles son los medios más adecuados para tratar de limitarla en lo posible. Desde luego, la mera condena moral y la represión jurídica no parecen soluciones adecuadas.
Ya conocemos los efectos devastadores de esa actitud: aumento de la sensación de culpa y del sufrimiento, discriminación, explotación y muerte de las mujeres por su práctica clandestina, especialmente de las más pobres, sin capacidad, al mismo tiempo, de eliminar su práctica. Por tanto parece necesario regularla. A mi modo de ver, negarse a aceptar esto es un acto de irresponsabilidad moral y de impiedad.
Es cierto que la doctrina de la Iglesia católica ha sido contraria al aborto desde los mismos comienzos del cristianismo. Esto es un punto a su favor: el compromiso histórico con la defensa general de la vida de los seres humanos. Pero al mismo tiempo hay que decir que la vida humana no es nunca, tampoco para la Teología moral católica, un valor absoluto, un valor que debamos priorizar siempre sin excepciones. No lo es ni respecto a la propia vida ni respecto a la vida de los otros. En el caso de uno mismo desde siempre se ha aceptado que, en determinadas situaciones, podamos priorizar otros valores por encima del de la vida.
Por ejemplo el valor de la fe, de la creencia religiosa. Los mártires que celebra la Iglesia Católica son personas que, confrontados a la difícil decisión de escoger entre su vida o su fe, escogieron esta última. Si el valor de la vida humana fuera un absoluto, su conducta debería ser tachada de inmoral y pecaminosa, no de ejemplar. Lo mismo sucede en el caso de la vida de los otros. Todas las doctrinas morales, también la católica, reconocen que puede haber situaciones excepcionales en que aceptemos, como mal menor inevitable, la muerte de otras personas para evitar males mayores, sean presuntos “culpables” (legítima defensa, tiranicidio) o incluso “inocentes” (elección de las víctimas de una catástrofe que será salvadas cuando no se puede salvar a todas). No veo por tanto el motivo por el que el aborto no pueda ser considerado hoy en día de la misma forma: una tragedia moral que debe ser afrontada, como excepción, desde la compasión y la misericordia, no desde la condena, la culpabilización y el rechazo. Por tanto, cambiar el criterio que se ha defendido durante siglos cuando no da respuestas adecuadas a la realidad actual no es un signo de debilidad, sino de sabiduría, de prudencia y humanidad.
Es más, creo que la discusión actual ya no puede ser “aborto sí / aborto no”. Este es un planteamiento superado. La sociedad española ya pasó esta página en 1985 de una forma clara: ninguno de los gobiernos nacidos de la voluntad ciudadana después de esa fecha planteó lo contrario, incluyendo por supuesto los gobiernos conservadores del Partido Popular (PP). Por eso cabe concluir que se trata de algo incorporado ya al acervo de una ética civil de mínimos de la sociedad española. Este es un horizonte que los católicos deben respetar, aunque puedan y deban tratar de hacerlo avanzar críticamente hacia los máximos a los que aspira la dinámica del Reino. Pero siempre desde una actitud de tolerancia y respeto hacia los demás que no comparten esos ideales, que son muchas personas, como corresponde al hecho incontestable del pluralismo creciente que caracteriza nuestra sociedad.
Parecía que la Jerarquía eclesiástica española había aceptado finalmente esta realidad, dado que en ningún momento reclamó públicamente al Gobierno del PP la derogación de la regulación del aborto durante los 8 años en que tuvo el poder. No vimos ninguna campaña del lince ni ninguna manifestación multitudinaria en esos años; tampoco las vimos, por cierto, en contra de la guerra de Irak o de la precariedad laboral.
Por eso, uno no deja de tener la sensación de que la agresiva campaña actual de la Jerarquía en contra de la reforma legislativa tiene más motivaciones políticas que morales. Esto, desde luego, en mi opinión, genera una pérdida total de credibilidad en nuestros obispos, de su autoridad moral y resulta algo escandaloso para cualquier católico de buena fe. La insistencia en la “excomunión” del que apoye o participe en este proceso legislativo es algo extemporáneo y un claro intento de extorsión de la recta conciencia del católico. Demuestra una debilidad argumentativa llamativa: cuando no se puede convencer, sencillamente se sacan del baúl de los recuerdos unas amenazas que ya creíamos superadas [2].
La discusión actual debe ser, por tanto, si la reforma legislativa mejora la protección de los valores en juego en el problema del aborto respecto a la legislación que tenemos ahora. Mi respuesta es que, aun cuando el Proyecto final debería incluir algunas mejoras, sí lo hace. Por eso creo que un católico puede apoyarlo. Veamos cuáles son algunos de los argumentos que avalan esta posición.
  • 1. La combinación de un sistema de plazo y uno de indicaciones

  • En mi opinión el sistema de plazo que acepta que la mujer pondere y decida de manera informada y libre si desea o no continuar su embarazo en las primeras 14 semanas de edad gestacional [3], combinado con el mantenimiento de un sistema de indicaciones a partir de esa fecha, constituye un avance por dos motivos.
    1.1. La legislación vigente considera que el embrión y feto no son “personas”, sujetos con derechos, sino “bienes jurídicos a proteger”. Así lo aclara la famosa Sentencia del Tribunal Constitucional STC 53/1985. Además, la legislación no establece ningún tipo de diferencia entre los diferentes momentos o fases del desarrollo embrionario y fetal, considera que hay progresión, pero continua, sin fases explícitamente diferenciadas. Es, por tanto, la ponderación de los bienes y valores en juego la que determina lo que puede hacerse o no en cada caso y en cada momento, con las limitaciones temporales que impone la ley.
    El efecto práctico de este planteamiento ha sido que, con mucha frecuencia en estos años, en el proceso de ponderación, el valor de la libertad de la mujer y, sobre todo, el de su salud psíquica, ha adquirido casi siempre preeminencia sobre el bien jurídico del embrión y feto, casi en cualquier momento del desarrollo de la vida en gestación. La consecuencia de esto es bien conocida: la conversión del teórico sistema de indicaciones en una práctica real de aborto libre casi sin limitaciones, con la consiguiente sensación de que el embrión y el feto tienen una desprotección notable.
    La reforma actual supone un cambio radical de esta perspectiva. El proyecto de Ley introduce dos momentos temporales en la vida fetal como hitos que marcan saltos cualitativos respecto a las intervenciones que pueden o no hacerse durante la gestación [4]. Estos son la semana 14 de edad gestacional (12 semanas de desarrollo embrionario), y la semana 22 de edad gestacional (20 semana de desarrollo fetal).
    Ambas fechas ya aparecían en la legislación anterior, pero no con la trascendencia que adquieren ahora. Ahora lo que producen es que la consideración del valor de la vida embrionaria y fetal adquiera importancia progresiva clara en tres etapas, de menor a mayor. En la primera etapa, que va desde el momento de la fecundación hasta la semana 12 de vida embrionaria (14 de edad gestacional), se acepta que el valor de la vida del embrión y feto puede ceder ante el valor de la libertad de la mujer (Art. 14 del Proyecto de Ley). En la segunda etapa, entre la semana 12 y la 20 de vida fetal, el valor reconocido al feto experimenta un gran salto cualitativo que lo coloca en un nivel muy superior al de la etapa anterior. Por eso sólo se acepta inclinar la balanza hacia los valores de la gestante en detrimento de los del feto en situaciones excepcionales, las indicaciones médicas (Arts 15.a y 15.b). En la tercera etapa, desde la semana 20 de desarrollo fetal hasta el parto la interrupción de la vida fetal sólo podría realizarse en situaciones todavía más extremas y estrictamente justificadas y vigiladas (Art.15.c). En resumen, este proyecto supone, sobre el papel, una clara mejora respecto a la legislación actualmente vigente en relación con la protección de la vida del feto y eso, un católico de buena fe no puede sino celebrarlo. Lo que sí tiente que hacer todo católico de buena fe son dos cosas. Una, exigir que, tanto en el texto de la Ley como en la práctica, se utilice siempre la “edad gestacional” como medida.
    Otra, reivindicar que los sistemas de control y las indicaciones se apliquen de forma estricta y rigurosa.
    1.2. En la legislación vigente las decisiones de la mujer siempre están condicionadas por la valoración que otras personas -médicos, psiquiatras, trabajadores sociales, etcétera- hagan de su situación y de su voluntad. Esto significa que el ejercicio de su libertad personal siempre está limitado.
    Ello se debe, como en el punto anterior, a que la legislación no considera que en el bien jurídico del embrión y feto pueda establecerse etapas claras en el proceso de desarrollo que permitan establecer explícitamente saltos en el valor de ese bien. Esto hace que en el proceso de ponderación de los valores en juego siempre se considere necesario que existan árbitros, intermediarios entre la mujer gestante y el producto de su gestación.
    El proyecto de Ley en debate salva esta situación al aceptar que en las primeras 14 semanas de edad gestacional la priorización de los valores en conflicto, el del bien jurídico del embrión y feto y el de la libertad de decisión informada de la mujer, se resuelve dando preeminencia a este último sin necesidad de vigilancia o control por parte de otras personas. De esa manera un valor constitucional tan importante como la libertad personal encuentra un acomodo más ponderado y permite avanzar hacia una sociedad más libre y justa, algo que un católico de buena fe no puede sino apoyar. Y al mismo tiempo, el sistema de indicaciones a partir de la semana 14 de gestación adquiere un perfil más exigente que en la legislación actualmente vigente, puesto que se considera que la ponderación de valores a partir de ese momento ya no se decanta claramente y sin matices a favor de la libertad de la mujer, sino que sólo lo hace en los supuestos explicitados en el Proyecto de Ley.
    Por último cabe señalar como valor añadido el detallado desarrollo de la información que se debe proporcionar a la mujer que se plantee someterse a una interrupción voluntaria del embarazo, que se expone en el artículo 17 del Proyecto. La preocupación porque la decisión de la mujer sea plenamente informada y libre es manifiesta, algo que no puede sino valorarse como positivamente.
  • 2. La atenuación de la culpabilidad de la mujer que aborta.

  • Un segundo elemento acertado del Proyecto de ley es que reduce la carga penal de las mujeres que aborten sin ajustarse a los requisitos de legalidad que establece el propio Proyecto. En concreto, el Proyecto implica una reforma del artículo 145 del Código Penal vigente. Según esta reforma, para aquellas mujeres que aborten fuera de los supuestos contemplados en la ley se elimina la pena de prisión y se mantiene sólo la de multa. Se sigue, por tanto, contemplando como un delito tipificado penalmente, aunque con una sanción menor. Para aquellos casos en que se produzca el aborto en los supuestos contemplados en la ley, pero cometiendo irregularidades en su aplicación, se crea el artículo 145bis. En estos casos la mujer que aborte no será penada.
    La inmensa mayoría de las mujeres que abortan no lo hacen por capricho, divertimento o irresponsabilidad. Habrá algunos casos en que así sea, pero desde luego no en la mayoría. Lo hacen más bien movidas por una situación personal compleja derivada de elementos emocionales, sociales, culturales o económicos, que les genera sentimientos de culpa y gran sufrimiento. La “sobreculpabilización” criminal de la mujer cuando, por los motivos que sea, ha accedido a realizar un aborto al margen de las condiciones que marca la ley, no hace sino aumentar ese caudal de sufrimiento. Una óptica compasiva, bien conocida por los católicos de buena fe, no puede sino estar de acuerdo con dicho planteamiento atenuador.
    La pregunta que deberíamos hacernos es qué puede llevar a una mujer embarazada a tener tal tipo de comportamientos y cómo evitarlos.
  • 3. La normalizaciónde la autonomía de la gestante menor de edad para decidir

  • Sobre este punto se han escrito ríos de tinta y se han escuchado declaraciones asombrosas que muestran un enorme desconocimiento de lo que hace el Proyecto de ley respecto a esta cuestión. El Proyecto de Ley se limita a modificar el apartado 4 del artículo 9 de la Ley 41/2002, de 14 de noviembre, básica reguladora de la autonomía del paciente y de derechos y obligaciones en materia de información y documentación clínica. Este apartado tiene actualmente la siguiente redacción:
      «4. La interrupción voluntaria del embarazo, la práctica de ensayos clínicos y de técnicas de reproducción humana asistida se rigen por lo establecido con carácter general sobre la mayoría de edad y por las disposiciones especiales de aplicación».
    La modificación propuesta consiste simplemente en eliminar la referencia a “la interrupción voluntaria del embarazo”. Ya en su día la inclusión de esta referencia fue muy criticada porque introducía una cortapisa en el acceso a la interrupción voluntaria del embarazo que ni el mismísimo Código penal contemplaba. Se trata por tanto de revertir esa situación.
    Toda la polémica que se abre a continuación acerca de si es aceptable o no que las menores mayores de 16 años puedan abortar sin conocimiento o permiso de sus padres revela, en mi modesta opinión, un desconocimiento importante de lo que dice nuestro Ordenamiento. Veámoslo brevemente.
    En el momento en que entre en vigor este Proyecto de ley lo que sucederá es que tendremos que aplicar a las decisiones de las menores lo que dice el artículo 9, apartado 3, letra c de la Ley 41/2002. Este apartado establece que:
      “[Se otorgará el consentimiento por representación] cuando el paciente menor de edad no sea capaz intelectual ni emocionalmente de comprender el alcance de la intervención. En este caso, el consentimiento lo dará el representante legal del menor después de haber escuchado su opinión si tiene doce años cumplidos. Cuando se trate de menores no incapaces ni incapacitados, pero emancipados o con dieciséis años cumplidos, no cabe prestar el consentimiento por representación. Sin embargo, en caso de actuación de grave riesgo, según el criterio del facultativo, los padres serán informados y su opinión será tenida en cuenta para la toma de la decisión correspondiente”.
    Lo más importante es la última frase. Lo difícil es ponderar cuándo estamos ante una situación “de grave riesgo”. ¿Todas los abortos lo son?, ¿sólo los complicados?, etc. Pero en cualquier caso esa idea que ha circulado de que “El gobierno pretende autorizar a las mayores de 16 años a abortar sin que lo conozcan los padres” es una falsificación monumental. El problema estriba, a mi modo de ver, en que muchas personas relevantes y, desde luego, muchos ciudadanos, no se habían enterado hasta hoy de que los menores de más de 16 años de este país pueden tomar por sí mismos la mayor parte de las decisiones sobre su salud, sin que los profesionales estemos obligados ni a informar a sus padres ni a recabar su consentimiento, salvo, claro está, que etiquemos la actuación como de “grave riesgo” [5]. Por tanto, el debate que tendríamos que hacer no es sólo el del aborto, sino el de hasta qué punto vamos a aceptar que los y las mayores de 16 años tomen sus propias decisiones sanitarias de forma autónoma, sea la de un aborto, la de tomar anticonceptivos o la de rechazar un tratamiento vital. Y por supuesto, aclarar el papel de los padres, sus derechos y obligaciones, en este proceso. Pero centrar la polémica en torno al aborto es errar el tiro, crear ruido y, en el fondo, manipular a la opinión pública.
  • 4. Las garantías de la prestación sanitaria de aborto

  • Otro elemento muy notable que introduce este Proyecto de Ley son las garantías respecto a la prestación del aborto. “Garantías” quiere decir compromisos firmes que adquiere la Administración pública, el Estado, para proteger los derechos regulados. En este caso las Garantías se despliegan en torno a dos temas fundamentales: la accesibilidad a la prestación sanitaria en condiciones de equidad y la protección de la intimidad de la mujer y de la confidencialidad de sus datos. Ambos temas son cruciales para un Estado de Derecho. Desde una óptica específicamente cristiana es muy significativo el primer tema. Es bien conocido que la práctica generalizada de la objeción de conciencia o, mejor dicho, en muchos casos, de la pseudo objeción de conciencia, por parte de muchos profesionales o servicios de obstetricia del sistema sanitario público de este país, ha producido la necesidad de derivar la realización de esta prestación a clínicas privadas. Un efecto inmediato es la dificultad real de acceso que puede producirse para las gestantes por motivos geográficos, culturales o incluso económicos. Y eso genera inequidad en el acceso, una forma de injusticia contra la que un católico de buena fe debería luchar. El hecho de que el Estado asuma explícitamente compromisos para luchar contra esta situación no puede ser sino bienvenido.
  • 5. El otro aspecto del Proyecto de Ley: la salud sexual y reproductiva

  • El Proyecto de Ley no regula solo la interrupción voluntaria del embarazo. Incluye un Título completo dedicado a regular la salud sexual y reproductiva de las mujeres y a establecer objetivos de las políticas públicas en estas materias, medidas en el ámbito sanitario y medidas en el ámbito educativo. Es un recurso argumentativo reiterado decir que la principal medida para evitar el embarazo no deseado, especialmente entre adolescentes, es fomentar la educación sexual en los colegios. Bueno, pues este Proyecto de Ley fomenta esto claramente, algo que sin duda algunos sectores católicos y de la jerarquía no verán con buenos ojos. Sobre todo porque el Proyecto establece los contenidos básicos que debe tener dicha formación, que pretende adoptar “un enfoque integral que contribuya a: a) La promoción de la igualdad entre hombres y mujeres con especial atención a la prevención de la violencia de género, agresiones y abusos sexuales; b) El reconocimiento y aceptación de la diversidad sexual; c) El desarrollo armónico de la sexualidad acorde con la personalidad de los jóvenes; d) La prevención de enfermedades e infecciones de transmisión sexual y especialmente la prevención del VIH; e) La prevención de embarazos no planificados”.
    Un católico de buena fe, desde una ética civil de la responsabilidad, no puede sino sentirse identificado, a mi modo de ver, con este planteamiento.
  • 6. La no regulación de la objeción de conciencia

  • A diferencia de lo que otras personas opinan considero que la regulación de la objeción de conciencia es un tema tan importante que merece una regulación expresa y detallada. Además la objeción de conciencia en el mundo sanitario abarca más problemas éticos que el de la interrupción voluntaria del embarazo. Por eso parece razonable que su regulación se realice en una ley aparte, específica y de carácter estatal. El que este Proyecto de ley no la regule no significa obviamente que la prohíba, significa simplemente que no se pronuncia sobre ella, por lo que su ejercicio se mantiene en el mismo estado de indefinición jurídica que hasta ahora. Lo que sí cabe exigir al Gobierno es que la regule cuanto antes. Esto es, en mi opinión, lo que debe exigir todo católico de buena fe, todo buen ciudadano.
  • Conclusión

  • Tal y como comentaba al inicio de este texto, el aborto constituye un problema moral ante el que es difícil plantear actitudes prudentes que eviten el emotivismo irracional. Tanto las actitudes de condena como la banalización son inaceptables, irresponsables y demagógicas. En mi opinión, el Proyecto de Ley contiene elementos suficientes como para entenderlo como una mejora con respecto a la legislación actual. Mejora la protección del feto, la libertad de la mujer, la equidad, el trato compasivo y la educación en la libertad, el respeto y la responsabilidad. Todos ellos son valores que un católico de buena fe no puede sino suscribir.
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      NOTAS
    [1] Comité de Bioética de España. Opinión del Comité de Bioética de España a propósito del Proyecto de Ley orgánica de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo. 7 de octubre de 2009. Disponible en www.comitedebioetica.es. Visitada el 19 de noviembre de 2009.
    [2] Si algún otro obispo piensa también, como yo, en lo inadecuado de estas amenazas, debería decirlo públicamente y no sólo lamentarse en privado, porque de lo contrario será acreedor de la tibieza de los de Laodicea (Ap 3, 14-16)
    [3] La “edad gestacional” constituye una forma estandarizada de medir la progresión del embarazo internacionalmente aceptada por los obstetras. Cuenta la duración del embarazo desde el día de la última menstruación. Dado que la ovulación, único momento a partir del cual puede producirse un embarazo, se produce en mitad de un ciclo, esto es, unas dos semanas después de la última menstruación, la edad gestacional siempre añade 14 días a la edad embrionaria. Es decir, en el día 0 de edad embrionaria, en el día de la fecundación, el embrión ya tiene 2 semanas de edad gestacional.
    [4] Obviaré aquí toda la discusión en torno al estatuto biológico, antropológico y ético del embrión y, en concreto respecto a si puede atribuirse o no al embrión el estatuto de persona desde el mismo momento de la fecundación. Considero este último argumento superado en el plano científico, antropológico, ético y jurídico. Además no es un dogma de fe perteneciente a la esencia de la Verdad revelada. Por eso un católico puede discutirlo y discrepar de él a la luz de su conciencia. Es más, la propia Teología ha ido cambiando sus argumentos al respecto a lo largo de la historia y es posible y deseable que lo haga en un futuro cercano. Considero que sólo el feto de más de 12 semanas de vida tiene las condiciones biológicas suficientes para poder ser etiquetado como persona. Esto no quiere decir que el embrión de menos de esa edad carezca de valor, o sea un “objeto” o una mera “cosa” que no merece protección alguna. Afirmaciones como éstas, un ejemplo de las cuales fueron las declaraciones de la Ministra Bibiana Aído, revelan una ignorancia y una frivolidad que, en el caso de la Ministra, son impropias de un cargo público. Pero sí acepto que su valor es de rango inferior al atribuible a una persona. En cualquier caso, para conocer mi propia posición sobre esta materia recomiendo la lectura del reciente documento del Instituto Borja de Bioética, titulado “Consideraciones sobre el embrión humano”, que suscribo íntegramente. (Bioética & Debat 2009; 15(57):1-12. Disponible en:http://campus.ibbioetica.org/mod/resource/view.php?id=9737)
    [5] Por cierto, la Ley 41/2002 está vigente en España desde el año 2003, cuando gobernaba el Partido Popular, y fue votada a favor por todos los grupos parlamentarios salvo por el de Convergencia i Unió, que entendía que invadía competencias autonómicas.
    IGLESIA VIVA. Nº 240, octub.-dicie. 2009, pp. 119-126
    © Asociación Iglesia Viva. ISSN. 0210-1114

    jueves, 10 de diciembre de 2009

    PROFETAS EN EL DESIERTO

    José Arregui 

                Hola, amigas, amigos:
                En tiempo de Jesús se pensaba que ya no había profetas, cosa terrible para un pueblo que les debía lo mejor de su literatura, su ética, su espiritualidad. Efectivamente, los profetas como tales habían desaparecido 500 años atrás, a la vuelta del Destierro. ¿Sucedió así porque ya no había reyes que fustigar? ¿Sucedió porque sus bellas promesas se habían visto desmentidas demasiadas veces? ¿O tal vez porque el templo y el sacerdocio lo habían acaparado todo? Pero ¿es verdad que ya no había profetas realmente? El caso es que así pensaban, y era muy duro: el pueblo seguía oprimido, y Dios callaba; los hombres y las mujeres clamaban, y Dios no escuchaba; la tierra gemía, y Dios seguía indiferente. Allí arriba, en su cielo lejano, Dios era sordo y mudo, era un Dios distante y pasivo. El cielo cerrado como una tumba, y la tierra huérfana sin profetas.
                Así pensaban muchos en tiempo de Jesús, y se sentían solos, se sentían tristes. ¿Quién denunciará los atropellos inicuos, quién removerá los poderes desalmados, quién despertará las conciencias dormidas, si faltan profetas? ¿Quién anunciará el consuelo, quién nos hablará al corazón, quién nos renovará el ánimo, quién nos devolverá la alegría, quién traerá la buena noticia de Dios a nuestra pobre tierra, si no hay profetas?
                Pero apareció un profeta. Y fue en el desierto donde apareció. No en Roma ni en Jerusalén, sino en el desierto. No en los palacios del Imperio ni en los patios del templo, sino en el silencio y la soledad del desierto. Se llamaba Juan y le apodaron el Bautista. Había muchos hombres famosos, había reyes y príncipes, a cuál más poderosos y a cuál más serviles. Había muchos sacerdotes y sumos sacerdotes, a cuál más solemnes y a cuál más sombríos. Al inicio del capítulo 3, justo antes de presentarnos a Juan, el evangelio de Lucas menciona siete nombres famosos de la época en Palestina: Tiberio y Poncio Pilato, Herodes, Felipe y Lisanio, Anás y Caifás. Siete nombres, pero ninguno profeta. Siete nombres famosos y vacíos. ¿Dónde está el profeta?
                El profeta está en el desierto. En la intemperie, en los márgenes, a las afueras del poder y de las instituciones. El mensaje de Dios le quema las entrañas y los labios, y no callará. La palabra del profeta llegará hasta los rincones ocultos del palacio, hasta el sancta sanctorum del templo, para quien quiera escucharlo. Dirá: "Viene Dios. No, Dios no tiene de dónde ni a dónde venir: Dios está con nosotros, está en nosotros, está en el corazón de todos los seres. Abrid los ojos y mirad. Es el ser misterioso de todo cuanto es, es la energía amorosa de todo lo que se mueve. ¿No lo veis? Pero ¿cómo veréis a Dios en todas las cosas, si no miráis todo con piedad? ¿Cómo podrá Dios hacerse manifiesto si no tenéis piedad del Dios que mora en el corazón de todos los seres? ¿Cómo vendrá el bálsamo de Dios a todas las heridas, si habéis entregado vuestras manos a la codicia y al poder? Preparad un camino para Dios: abajad las alturas orgullosas, elevad toda tierra hundidas, para que se revele en nosotros el Dios que eternamente habita en nosotros. Abrid los caminos, para que Dios nos abra".
                Amigas, amigos: ¿dónde están hoy los profetas? También hoy existen, si queremos escucharlos. Dios no ha estado jamás lejos, jamás ha sido mudo. Dios es la entraña de todos los seres, la entraña íntima y suplicante de todos los seres; Dios es fuego y agua y unción en la entraña de todos los seres. Es adviento de renovación universal. Es mensaje bueno en la voz de todos los profetas, sean conocidos o desconocidos, clamen o susurren.
                ¿Dónde están los profetas? Están en todas partes, como el viento en el desierto. En el desierto no existen límites trazados, en el desierto no existen fronteras entre las religiones, en el desierto no se pueden poner puertas al viento. Hay profetas en todas partes, pero casi siempre están lejos de palacios y de templos. Están el desierto, como Juan el Bautista. Muchos están en la cárcel, como pronto lo estará Juan el Bautista. O son herejes y serán excomulgados, al igual que Jesús fue excomulgado por hereje. Para ser profeta, no importa que uno sea creyente o no lo sea: lo que cuenta es que uno tenga compasión en el corazón y luz en los ojos. Y yo no sabría decir dónde abundan más los profetas: si entre los que dicen creer en Dios o entre quienes se dicen ateos. Pues el Espíritu renovador y consolador de Dios no conoce fronteras.
                También hoy nos llega sonoro y nítido el clamor de los profetas, en cuanto abrimos los oídos o entramos en Internet o leemos el periódico. Basta mirar y escuchar atentos. Es profeta Amnistía Internacional en sus múltiples causas, y cuando reclama de nosotros aunque sólo sea nuestra firma en favor de un preso político o en favor del agua para los palestinos, como en estos días. Son profetas los que, en esta nuestra Europa tan temerosa, reivindican el derecho a construir minaretes musulmanes. Son profetas los que han levantado su voz para que la voz de la Madre Tierra herida sea escuchada por los dirigentes de los Estados reunidos en Copenhague. Es profetisa Aminatu Haidar que como todos los profetas se juega la vida, y algún día la festejarán muchos que hoy estarían dispuestos a venderla por razones de Estado. Son profetas las innumerables cristianas y cristianos empeñados en que tantas estructuras eclesiales tan obsoletas, tan impermeables, se dejen orear, se dejen empapar de humanidad y de evangelio. Fueron profetas los militantes pioneros de los derechos humanos que casi siempre perdieron y casi siempre -¡qué triste resulta decirlo!- fueron condenados por la iglesia institucional de turno. Hoy los celebramos con pesar y gratitud, y hemos de preguntarnos: ¿no estaremos hoy condenando a muchos profetas que otros alguna vez celebrarán con pesar y gratitud?
                Amiga, amigo: sé profeta también tú, a tu manera, como puedas, donde estés. Entra en una página web y estampa tu firma humilde y a la vez poderosa, une tu débil voz a la voz irreductible de los profetas. Sé profeta, y no importa que clames o que apenas susurrres. Soñemos y anunciemos, tratemos de construir una nueva sociedad, una nueva economía, una nueva religión. Como un día soñó el profeta Baruc, soñemos y anunciemos y construyamos la nueva Jerusalén, la ciudad de Dios y de todas las criaturas. Y le pondremos nombres nuevos, como lo hizo el viejo profeta Baruc: Jerushalom -"Casa de paz"- o Jerusedek -"Casa de justicia"-. Jerusalem, Jerushalom, Jerusedek: "Casa de paz", "Casa de justicia", "Paz en la justicia", "Dicha en la piedad".
    Amiga, amigo: en tu desierto, sé profeta también tú. ¡Y sea contigo Aquel que es Paz en la justicia y Dicha en la piedad!

    José Arregi

    Para orar
    DANOS TU PAZ
    “Danos, Señor, aquella Paz extraña
    que brota en plena lucha
    como una flor de fuego;
    que rompe en plena noche
    como un canto escondido;
    que llega en plena muerte
    como el beso esperado.
    Danos la Paz de los que andan siempre,
    desnudos de ventajas,
    vestidos por el viento de una esperanza núbil.
    Aquella Paz del pobre
    que ya ha vencido el miedo.
    Aquella Paz del libre
    que se aferra a la vida.
    La Paz que se comparte
    en igualdad fraterna
    como el agua y la Hostia”.
    (Pedro Casaldáliga)


    martes, 8 de diciembre de 2009

    COMPETENCIA NAVIDEÑA


    Dolores Aleixandre
    Competencia es una palabra de moda y el último grito en el lenguaje educativo. La definen como: “la capacidad de responder a demandas complejas” y la traigo a colación porque cada vez me convenzo más de que nos lo jugamos todo en la “competencia básica” de irnos pareciendo algo a ese Dios de quien, si algo sabemos, es de su poderosa corriente de aproximación y cercanía. Esa que nos alcanza en Jesús y nos hace felicitarnos en Navidad porque Él nos contacta y nos roza, conecta con nosotros, se nos pega, se inscribe en nuestro censo como uno de tantos, se apellida “Hijo del hombre” en su DNI, se mezcla con nuestros sudores, olores y lágrimas, con nuestra saliva, barro, sangre y sueños.
    Se presentó en sociedad expuesto e indefenso sobre un pesebre, sin protección de tapias, alambradas o alarmas, y por eso pudieron acercársele aquellos pastores que apestaban a cabra y a humo sin que se lo impidieran carteles como los que hoy los detendrían: “Propiedad privada”,” Recinto sagrado”, “Prohibido el paso”, “Perro peligroso”, “Avisamos grúa”.
    Ser cristiano consistiría en tratar de coincidir con Dios en ese “instinto básico” de simpatía incondicional ante todo lo humano: “Ha aparecido la bondad de nuestro Dios y su filantropía… no por méritos nuestros sino por sola su misericordia.” (Ti 3,4). La filantropía evoca una predisposición “por defecto” de estar a favor de cualquier persona, más allá de sus desvaríos, aciertos, descalabros, heroísmos o mezquindades, con esa mirada de infinito respeto y reverencia que comunican por ejemplo las fotos de Sebastiao Salgado o Gervasio Sánchez .
    Doy vueltas a todo esto desde una parada de autobús, y me sobresalta de pronto darme cuenta de que estoy emparedada entre dos anuncios: CK a mi derecha y D&G a mi izquierda. Al mirarlos, se me frena en seco la “simpatía incondicional” y me invaden sentimientos de extrañeza, distancia y “ajenidad”, algo que los antiguos llamaban xenosía (de xenos, extranjero). Miro a sus modelos en posturas inverosímiles, poseíd@s de su belleza, adust@s y hermétic@s, haciendo visible la infelicidad y la estupidez del mundo que representan, ése que, encerrado en su burbuja, se cree el culmen de la civilización mientras impera en él la barbarie de la indiferencia ante lo ajeno. Y me encuentro de pronto presa de la xenosía en vez de la filantropía y escapando de las noticias que me lo recuerdan: huyo para no enterarme de los sueldos de futbolistas y banqueros, de las sobornías y corrupcionosis de los políticos, de la alta cosmética, de los vampiros y los góticos, de la “Trilogía de culto”, de los avatares afectivos de la duquesa de Alba, de las pantallas de plasma, la nouvelle cuisine y la pasarela Cibeles. Y de vivir todo eso bajo las guirnaldas de las calles que alumbran a miles de ciudadanos en paro que ya no pueden pagar la factura de la luz.
    Intuyo que voy por mal camino y me agarro como a un salvavidas a la escena del nacimiento, a ver si descubro el secreto de reunir lo aparentemente inconciliable: luz y noche, gloria e intemperie, ángeles y pastores, cielo y tierra, himnos y silencio, Mesías y pañales. Miro a los curritos de siempre desplazándose a merced de un gobernante (¿con túnica a medida regalada como pago de algo?), y al posadero colgando el “Completo” en su puerta, lo mismo que nosotros en nuestras fronteras. Y en medio de todo eso, el anuncio asombroso de que Dios está de nuestra parte, le caemos divinamente, está encantado ser vecino nuestro y da por supuesta nuestra capacidad de cambiar. Y pienso ahora que la verdadera “competencia navideña” es la que nos capacita para vivir a la vez la filantropía y la xenosía, el embeleso y la indignación, la canción y la crítica, el realismo y la esperanza.
    Y como nos resulta tan difícil de adquirir, el Evangelio nos señala a la mujer que, en medio de la noche, daba vueltas en su corazón a lo que estaba pasando, reunía lo disperso y concertaba lo discordante (Lc 2,19).
    Santa María, Experta en Competencia Navideña, ruega por nosotros.

    jueves, 3 de diciembre de 2009

    LAICIDAD DEL ESTADO Y SIGNOS RELIGIOSOS

    Juan Antonio Estrada
    La mejor sociedad no es la que se ajusta a un credo determinado, sino aquella en la que pueden convivir personas que pertenecen a diversas religiones y otras que no son creyentes. La secularización de la sociedad y la laicidad lleva a la separación del ámbito político y religioso, a la no confesionalidad del Estado y al rechazo de privilegios para una iglesia. Esta perspectiva legitima la ausencia de signos religiosos en las instituciones públicas, sobre todo estatales. Responde a las demandas laicistas, que impugnan la dimensión pública de la religión, y se satisfacen las demandas de las religiones minoritarias contra la hegemonía del catolicismo en España. Estas y otras razones avalan la legitimidad de una ley gubernamental que ponga fin a formas tradicionales del cristianismo sociológico. Si la sociedad y el Estado no son cristianos, hay que acabar con tradiciones religiosas centenarias, hoy rechazadas.

    El problema, sin embargo, no se reduce a esto. Abordarlo desde la mera legitimidad e ignorar otras dimensiones implica menospreciar a la opinión pública. No todo lo  legal es moral, ni lo técnicamente factible, aconsejable. La política es el arte de lo posible y de lo prudente, sin voluntarismos simplificadores. Hay que partir de que somos ciudadanos y no súbditos. No es la sociedad la que debe someterse al Estado sino a la inversa. Si los dirigentes son los representantes del pueblo, hay que consultarlo y no prescindir de él. “Todo por el pueblo pero sin el pueblo” es la tentación de gobernantes paternalistas, que apelan a la voluntad popular en las elecciones, para luego olvidarse de ella. Ellos saben lo que conviene hacer, en lugar de dejar a la sociedad que resuelva libremente los asuntos.

    El problema es si la sociedad española demanda una ley general de exclusión de los signos religiosos o si obedece a una iniciativa, con motivaciones políticas. Vivimos una sociedad fracturada, con graves problemas como el desempleo, la corrupción en los partidos y cargos políticos, el desencanto ante un poder judicial politizado, la crisis del modelo educativo y la alarma social ante la violencia de menores de edad. En este contexto, ¿tienen sentido nuevas leyes que polarizan y crispan a la sociedad? ¿Es el momento adecuado para legislaciones que aceleran un proceso que puede desarrollarse de forma espontánea y progresiva? ¿No hay que dar la primacía a la paz social en un momento social delicado? ¿No hay urgencia política por marcar signos de izquierda en la cultura, ya que ha fracasado la política económica? ¿Se puede ignorar la sensibilidad y emociones de generaciones y personas tradicionales, todavía marcadas por los ataques a la religión del pasado?

    A esto se añaden otras cuestiones. El núcleo de los problemas son los acuerdos Iglesia-Estado de 1979.  ¿Tiene sentido promulgar leyes nuevas sin modificar el acuerdo marco que las limita? Si se quitan signos religiosos del ámbito público habría que eliminar los políticos en el religioso. ¿Se está seguro  de que la mayoría quiere que policía, ejercito y autoridades dejen de participar en manifestaciones religiosas y ciudadanas, como procesiones, romerías, fiestas patronales, etc? ¿Qué hacemos con celebraciones religiosas que son también tradiciones de nuestra identidad cultural, histórica y folklore? Además, ¿Qué signos se quitan y cuáles quedan ?¿Quién determina lo que es artístico, además de religioso? ¿Dejamos que decidan los políticos y que, según quién gobierne, cambie de una legislatura a otra? El catolicismo ha marcado nuestra historia, tradiciones y formas de convivencia. ¿Lo tratamos por igual que otras religiones sin arraigo en España? ¿Asumimos la demanda de laicistas que no buscan la neutralidad del Estado, sino excluir la religión del ámbito público? ¿No caemos así en una confesionalidad de signo inverso, en este caso antirreligioso? ¿Hay que escuchar a grupos religiosos que rechazan la presencia pública de la religión mayoritaria de los españoles y que en sus países no toleran nada que se aparte de su religión oficial? ¿Es aconsejable, además, regular el velo islámico por ley y entrar en una espiral de conflictos, que hasta ahora, sabiamente, se han obviado?

    Son preguntas que exigen un debate social sereno, complejo, plural y abierto. La preferencia personal que tengamos no debe confundirse con lo que siente y piensa la mayoría. El proceso de secularización es gradual y responde a una transformación de la sociedad. No es el Estado ni el gobierno, el que debe tener  la iniciativa, sino la sociedad. Hay que legislar lo mínimo posible, sólo lo necesario, huir del intervencionismo en la vida ciudadana, y aplicar el principio de subsidiariedad. Hay que distinguir entre  esfera estatal y el ámbito público en que  cada institución resuelve los conflictos según tiempos, lugares, personas y circunstancias. Ante demandas concretas sobre signos religiosos, que cada caso se resuelva atendiendo a las opiniones de los implicados. Es una imprudencia política tensionar más a la sociedad con leyes posiblemente legítimas, pero que no urgen. Habría que aprender de otros países con larga tradición laica y democrática que, sin embargo, mantienen signos religiosos, aunque para muchos ciudadanos sean más parte de la tradición y de la cultura que signos de fe. ¿No hay nada que tengamos que aprender de ellos?

    Juan A. Estrada
    Catedrático de Filosofía. Universidad de Granada

    miércoles, 2 de diciembre de 2009

    ¿A QUÉ ESTÁIS ESPERANDO?


    Meditación de adviento sólo para Obispos
    Jairo del aguajairoagua@gmail.com
    ¿Qué os ha ocurrido queridos hermanos Obispos? ¿Quién os ha cerrado los ojos? ¿Cómo no oís el clamor de este Pueblo que busca guías fieles y ejemplos evangélicos?
    ¿Habéis olvidado vuestros días de fervor? Os imagino orando con fe reventona, con el clamor del Evangelio en las entrañas, con el amor al Pueblo de Dios apretado a la cintura hasta confundirse con vuestra propia carne.
    ¿Qué pasa cuando os nombran Obispos? ¿Qué cambia en vuestro interior? ¿Por qué os dejáis uncir como silentes bueyes a la uniformidad, al paso lento, al pensamiento único, a los arcaicos signos y estructuras?Eso no es unidad, hermanos míos, eso es claudicación ante la permanente llamada del Espíritu renovador. ¿No sois vosotros los adalides del Evangelio? Pues deberíais ser los primeros en reflejar el permanente dinamismo de la vida: “He venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10,10).
    Sin embargo, os percibimos atrincherados e inmovilizados bajo el incienso de vuestros turiferarios. ¿Os habéis fijado -por ejemplo- en quiénes conforman vuestros Consejos? Con los laicos contáis poco, pero los que escogéis son siempre los bailadores del incensario. No toleráis los distintos, críticos, disconformes, heridos, perdidos o buscadores. Habéis borrado de vuestro particular evangelio a los “zaqueos”, “magdalenas”, “mateos”, “leprosos”, “paralíticos”, “cananeas”, “adúlteras”, “bartimeos”, “samaritanos” y demás gente sospechosa. Os encanta rodearos de doctores, escribas y fariseos. Por supuesto, la oveja perdida ya falleció de cansancio, desorientación y hambre, hace mucho tiempo.“Porque voy a poner en este país a un pastor insensato, que no se preocupará de la oveja perdida, ni buscará la que anda descarriada, ni curará a la herida, ni alimentará a las sanas; sino que comerá la carne de las más gordas y no dejará ni las pezuñas” (Zac 11,16). Podría seguir con Ezequiel 34, pero de sobra lo conocéis. La Escritura debería, al menos, cuestionaros.
    Hoy sólo quiero invitaros a meditar sobre vuestros signosvuestra aparienciavuestra imagen ante nosotros y ante el mundo. Bajo la pesada losa de la uniformidad e inmovilismo canónicos os amancebáis con la pompa, el lujo, la púrpura, el boato y la profanidad. ¿Os sentís cómodos con vuestras coronas, cetros y tronos? Un sirviente no necesita ostentosa corona. No es propio, no es adecuado, no es digno. Su entrega, su servicio y su sudor son su auténtica diadema. Un pastor bueno escucha, conoce y camina sencillamente entre sus ovejas:“Conozco a mis ovejas y ellas me conocen” (Jn 10,14). No se ciñe picuda corona, ni se fabrica relucientes cetros, sino que apoya su cansancio en un palo, que eso es un cayado.
    Si queréis ser guías, mostrad con vuestro ejemplo la luz del Evangelio. No os endioséis en tronos y sitiales que nos confunden y abochornan. No aceptéis palio, baldaquino o dosel para ensalzar vuestra dignidad, porque nada de eso necesitáis para vuestra misión. Es muy difícil percibiros como apóstoles porque no sólo habéis caído en la ambición de vuestra carrera eclesiástica: “uno a tu derecha y otro a tu izquierda” (Mt 20,21), sino que os habéis subido al mismísimo trono divino con la escusa de que sois sus representantes, sus vicarios, sus apoderados, sus mediadores, su autoridad. Vuestros signos no son los del Señor: “El más pequeño de vosotros ése es el más importante” (Lc 9,48). “Ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón” (Mt 10,10). ¿Cómo podremos reconoceros con tanto disfraz?
    ¡Rechazad toda apariencia de poder! ¡No os es lícito convivir con esa concubina del encumbramiento, el fasto y oropel! Vuestra legítima esposa es la Iglesia, este Pueblo fiel que os busca y os ama a pesar de todo… Buscad los signos del Señor: “Sabéis que los jefes de las naciones las tiranizan y que los grandes las oprimen con su poderío. No será así entre vosotros, sino que, si alguno de vosotros quiere ser grande, sea vuestro servidor; y el que de vosotros quiera ser el primero, que sea el servidor de todos” (Mt 20,25).
    ¿Cómo podéis haceros llamar Santidad o Santo Padre? ¿Por qué no os habéis conformado con el “servus servorum”? ¿No sois vosotros los especialistas en Escritura? Sus palabras son nítidas y transparentes:
    - “Sólo Dios es Santo” (Mt 19,17).
    - “Tú eres el único Santo” (Ap 15,4).
    - “Al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo darás culto” (Mt 4,10).
    - “No a nosotros, Señor, no a nosotros sino a tu nombre da la gloria” (Sal 115).
    - “Pero vosotros no os dejéis llamar maestro, porque uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. A nadie en la tierra llaméis padre, porque uno solo es vuestro Padre, el celestial. Ni os dejéis llamar preceptores, porque uno solo es vuestro preceptor: el Mesías. El más grande de vosotros que sea vuestro servidor. Pues el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado” (Mt 23,8).
    Y lo cantamos a voz en cuello: “Sólo Tú eres Santo, sólo Tú Señor, solo Tú Altísimo Jesucristo” (Gloria).
    ¿Cómo podéis haceros llamar “monseñor”, mi señor? Me aterra la lucidez que os ha sorbido esa aduladora vanagloria con la que vivís. “¡No os es lícito!” (Mt 14,4). Me duele hasta el hondón del alma la ceguera a la que os ha reducido. Camináis ciegos y sordos bajo vuestras ilustrísimas, excelentísimas, reverendísimas y eminentísimas contradicciones.Cuanto más os encumbráis más lejos estáis de este Pueblo y de su Dios. Habéis sido nombrados servidores para ayudar, no para vuestro propio medro y prestigio. ¿Cómo podéis creer, si sólo buscáis honores los unos de los otros, y no buscáis el honor que viene del Dios único?” (Jn 5,44).
    Os vestís afeminadamente con llamativos colores, sedas, rasos, encajes y borlas. No me refiero a los ornamentos eucarísticos, que prestan un servicio cara al Pueblo, sino a los que usáis para vuestra pompa personal. Os encofráis la cabeza con arcaicos perifollos y os significáis bajo teatrales capas. Os ceñís fajines de generales y nobles, aceptáis reverencias ante vuestra pobre humanidad y no dais un paso sin vuestro maestro de ceremonias. ¿Es propia del reino de Dios tanta farándula? Guardaos de los maestros de la ley, a los que les gusta pasearse con vestidos ostentosos, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes” (Mc 12,38).
    Os colgáis preciosos pectorales, como insignias o condecoraciones, pretendiendo que signifiquen vuestro cristianismo. ¿Se os ha olvidado cómo era la Cruz del martirio del Señor? ¡Madera de la más basta! ¿Por qué no vemos sobre vuestro pecho -y no sobre hartas barrigas- una sencilla cruz de madera con la silueta del Crucificado grabada a fuego? Eso sí lo entenderíamos. ¿Es poco para vosotros? ¿Tan cogidos os tiene la pecadora ostentación? Qué buen ejemplo daríais a muchos católicos que pervierten la cruz en presuntuosa joya de lujo; a muchas religiosas que trocaron la cruz por inexpresivos colgantes; a muchos sacerdotes que, abandonando todo signo de su misión, se ocultan bajo mundanas corbatas o se aderezan con anillos y pendientes. De tal palo, tal astilla.
    Vuestras manos han sido consagradas para bendecir, ayudar, perdonar y guiar. Pero vosotros las habéis paganizado con grandes anillos. ¿No os importa nada escandalizar? “Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le ataran al cuello una rueda de molino y lo tiraran al mar” (Mc 9,42). “Hacen todas sus obras para que los vean los demás. Ensanchan sus filacterias y alargan los flecos del manto” (Mt 23,5). “¡Ay de vosotros, maestros de la ley y fariseos hipócritas, que cerráis el reino de Dios a los hombres! ¡No entráis vosotros ni dejáis entrar a los que quieren!” (Mt 23,13).
    Por si todo eso fuera poco habitáis en palacios, usáis blasones nobiliarios, os hacéis pintar grandes retratos para memoria de los años venideros. ¿Memoria de qué? ¿De vuestro amancebamiento con el poder, el lujo, la fama, la imagen, la ostentación y la vanidad del mundo? “Por los frutos les conoceréis” (Mt 7,16). Habéis elegido, como signos de vuestra dignidad, la exhibición de vuestra indignidad cristianaporque os habéis rodeado de signos paganos. ¿No es eso lo que se aprecia, a simple vista, sólo con observar cómo os presentáis ante la Iglesia? “Vosotros sois los que os las dais de intachables ante la gente, pero Dios os conoce por dentro, y ese encumbrarse entre los hombres le repugna a Dios” (Lc 16,15).
    Me duele tener que deciros todo esto. Siento una terrible vergüenza porque un pecador no es el indicado. Pero no tengo más remedio que expulsar esta profecía que me lleva corroyendo las entrañas mucho, muchísimo tiempo… ¡Daría por vosotros la vida! Pero no puedo silenciar la contaminación mundana que os rodea. Sé que en los últimos años os habéis simplificado, pero “os falta un largo camino” (1Re 19,7). Sé que sois “creyentes”, algunos incluso “fervorosos creyentes”, pero no resultáis “creíbles” porque os falta coherencia. “Como cristiano que soy, digo la verdad, no miento. Mi conciencia, bajo la acción del Espíritu Santo, me asegura que digo la verdad. Tengo una tristeza inmensa y un profundo y continuo dolor” (Rom 9,1).
    Tengo la esperanza de que, alguna vez, cuando os arrodilléis a orar ante una talla del Crucificado, os fijéis bien en el vestido que arropa su dignidad, en los rubíes que adornan sus manos, en su corona de Rey, en la magnífica sede magisterial desde la que enseña. Espero, tengo la esperanza, de que esa visión sea el comienzo de vuestra liberación.
    Hoy os ruego que meditéis sólo sobre vuestros signos externos, lo que se ve, lo que os desprestigia y os ata. No me siento con fuerza para hablar de vuestro autoritarismo o de vuestra afición a arrancar supuestas cizañas sin esperar a la siega, en contra del mandato evangélico: “¡No! No sea que al recoger la cizaña, arranquéis con ella el trigo” (Mt 13,29). Tampoco quiero extenderme con vuestro protagonismo, con vuestra creencia de que sois los garantes de la Iglesia, es más, de que sois “La Iglesia”. ¿Se os olvidó que quien dirige y garantiza es el Espíritu Santo? ¿Por qué no lo veis caminando entre el Pueblo?
    Habéis institucionalizado vuestros escándalos, por eso no los veis. Todo lo justificáis bajo un burdo disfraz: la sacralización. Esa capacidad que os arrogáis para convertir en sagrado lo profano o inmoral. Habéis llegado a sacralizar y santificar el oro, la plata, las joyas, las piedras preciosas, el arte profano, es decir, la riqueza mundana. Convertís el oro en “oro del templo” y todos justificados. Habéis promocionado su uso, acumulación y exhibición como signos de religiosidad. Coronáis y enjoyáis imágenes, construís riquísimas custodias, coleccionáis valiosos cálices, copas, relicarios, etc. ¿De verdad creéis que el Señor se encuentra cómodo entre tanta brillante riqueza?
    Decís: “para el culto a Dios lo mejor, lo más valioso”. ¿De verdad pensáis que lo más valioso es la riqueza material? ¿Qué haremos entonces los que, como vuestros predecesores Pedro y Juan, “no tenemos oro ni plata”(He 3,6)?
    Habéis sustituido los “novillos cebados” por lujos y objetos preciosos. ¿Eso le agrada al Señor? “Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable” (Cant 8,7). ¿Se os olvidó que el verdadero culto a Dios está unido a la misericordia?“Cuando lo hicisteis con alguno de éstos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). “Porque yo quiero amor, no sacrificios; conocimiento de Dios, y no holocaustos” (Os 6,6).
    Incluso habéis creado museos para exhibir la historia de vuestras riquezas, algunas muy antiguas, como antigua es vuestra ceguera. El otro día me hirió de repente una visión aberrante: un famoso Nazareno con corona de espinas… ¡de oro! ¡Qué corrupción tan infame de la religión!
    - “Si me ofrecéis holocaustos y ofrendas, no los aceptaré; no me digno mirar el sacrificio de vuestros novillos cebados… Quiero que el derechofluya como el agua y la justicia como torrente perenne” (Am 5,22).
    - “Escuchad mi voz, y yo seré entonces vuestro Dios y vosotros seréismi pueblo; seguid cabalmente el camino que os he prescrito para vuestra felicidad” (Jr 7,22).
    - “Vuestra riqueza está corrompida y vuestros vestidos están apolillados. Vuestro oro y vuestra plata están herrumbrados, y esa herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará vuestra carne como el fuego” (Sant 5,2).
    Mientras tanto, muchos hermanos nuestros suplican medicinas, pan, escuelas, iglesias, catequesis, tantas y tantas cosas muchísimo más importantes que la riqueza que atesoráis en museos y sacristías. “No atesoréis en la tierra, donde la polilla y el orín corroen y donde los ladrones socaban y roban. Atesorad, más bien, en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corroen, ni los ladrones socaban ni roban” (Mt 6,19).“Anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres… después ven y sígueme” (Mt 19,21). ¿No fue eso lo que os dijo al principio, cuando os miró y llamó con tanto amor? ¡Volved al desierto “donde os hablaré al corazón, como en los días de juventud”¡ (Os 2,16).
    No es que los tiempos estén en vuestra contra, ni que haya católicos lenguaraces que os abominan. Es que vosotros mismos os habéis desprestigiado, os habéis convertido en sonrojo para los de dentro y en irrisión para los de fuera. Es que vuestro escándalo clama al cielo y el Pueblo no cesa de llorar por vosotros y por vuestra amnesia: “el dios del mundo éste les ha cegado la mente y no distinguen el resplandor de la buena noticia del Mesías glorioso, imagen de Dios. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo, el Señor, ynosotros somos vuestros siervos por amor de Jesús” (2Cor 4,4).
    ¡Desnudaos, sumergíos en el Evangelio, volved al corazón de la Iglesia!“Procurad tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual, teniendo la naturaleza gloriosa de Dios, no consideró como codiciable tesoro el mantenerse igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y, en su condición de hombre, se humilló a sí mismohaciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil 2,5).
    Empezad por los signos y atributos, no os dejéis engañar. ¡Volved, volved y caminaremos juntos hacia la evangelización de nuestra Iglesia! No cerremos los oídos a la dulce voz: “¡Levántate, amada mía, hermosa mía, ven a Mí!” (Cant 2,10). ¡Volved y podréis vivir con gozo vuestra misión de santificar, enseñar y gobernar en medio del Pueblo!
    Hace poco Benedicto XVI, citando a san Juan Leonardi, dijo textualmente:“La renovación de la Iglesia debe comenzar en quien manda y extenderse al resto”. ¿A qué estáis esperando?
    ¡No me lo digáis! Lo sé, lo sé: “Todo tú eres pecado desde que naciste, y ¿nos enseñas a nosotros?” (Jn 9,34). ¡Tenéis razón! Por eso necesito vuestra ayuda, vuestro ejemplo, vuestro caminar delante. ¡Ayudadme, por favor, ayudadme! ¡No me dejéis cargado con mis pecados y los vuestros!