jueves, 15 de julio de 2010

EL VOTO DE POBREZA, J.M.Díez Alegría en 'Yo creo en la esperanza'

El mismo año 1956 se celebró en Madrid un Congreso nacional de perfección y apostolado. Un Congreso de sacerdotes y religiosas. La comisión organizadora solicitó de mí una comunicación so-bre el tema «Aspecto social del voto de pobreza». Yo redacté unas cuartillas, de las que se hizo mención en el Congreso. Pero luego no quisieron incluirlas en las actas. Mi texto era el siguiente: 

Tradicionalmente se ha visto, con razón, el fundamento evangélico del voto de pobreza en aquellas palabras de Cristo: «Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto posees y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; y vuelto acá, sígueme» (Mt. 19, 21). 

Hoy el mayor problema quizá que tiene planteado la Iglesia Católica es el de su ausencia de las masas populares, particularmente de las trabajadoras. De esto se ha hecho eco la suprema jerarquía de la misma Iglesia. De una manera no poco extensa, estas masas populares ven a la Iglesia como algo ajeno, perteneciente al mundo burgués, que ellas consideran, no sin grandes fundamentos, como un mundo extraño y enfrente. 

Se trata de volver a ganar para Cristo este mundo popular, que es en particular modo el mundo de los que están trabajados y cargados, a los que se dirige la invitación del Corazón de Cristo. 

En el presente orden de Providencia, la Teología de la Redención está articulada con una Teología de Encarnación. Cristo para redimirnos se encarnó en la Humanidad. Sin encarnación no hay redención. Lo mismo ocu-rre en la vida de la Iglesia en el apostolado. 

Pero sucede que, particularmente entre nosotros, la Iglesia, que en estos últimos años ha multiplicado notablemente sus obras de apostolado entre las clases humildes, obras encaminadas a desarrollar la obra de la Redención, apenas ha conseguido, en cambio, realizaciones de encarnación en esas mismas clases humildes. 

Una parroquia de suburbios, una escuela profesional, una obra de asistencia en los barrios obreros, resultan con frecuencia, si no me equivoco, obras de un mundo distinto al mundo obrero, establecidas para el bien de ese mundo obrero; los hombres del suburbio ven entre ellos esas obras católicas, como algo proveniente de otra esfera social que viene a trabajar para ellos. Los sujetos que realizan esas obras (sacerdotes, médicos, profesores, etc) no son colateralmente vecinos, compañeros, consortes, participantes desde dentro de una misma suerte. Son hombres de otro mundo, de otra clase, de otra civitas, que vienen a socorrer, aunque sea acampando para ello permanentemente entre los protegidos. No quiero decir que todas nuestras realizaciones se mantengan en este tipo. Pero sí creo que, hoy por hoy, la tónica entre nosotros es así. 

El comunismo, en cambio, trabaja constitutivamente con un sistema de células que realiza plenariamente el sistema de encarnación. El comunismo se presenta radical y universalmente como un movimiento de los obreros, de las masas populares, y para ellas. El comunismo no tiene, evidentemente, un apoyo en las clases burguesas. Frente a ellas, sale del mundo obrero y vive en él. Mejor dicho, es creado originariamente por intelectuales, propagandistas, etc., encarnados en el mundo obrero y viviendo de él. 

Mientras el duelo entre catolicismo y comunismo esté planteado con estos supuestos sociológicos, el catoli-cismo no podrá reportar el triunfo de una manera sustantiva. 

Esto lo hace patente en particular la experiencia de la Iglesia española de los últimos veinte años. Realizaciones, como la J. O. C., que han conseguido avances decisivos en orden a la redención católica del mundo obrero, han sido posibles porque han conseguido resolver ple-namente el problema de la encarnación. Estando nuestra masa popular todavía mucho menos descristianizada que la de otros países, no hemos logrado nosotros realizaciones eficientes, porque estamos muy atrasados en la solución de este problema de la encarnación. 

Desde este punto de vista, sería difícil eludir la calificación de predominantemente burguesa con respecto a la Iglesia española. Una gran parte de las milicias del clero español proviene de las clases más populares. Y, sin embargo, el proceso de intususcepción arranca a estos elementos de su mundo originario y los incardina en un mundo eclesiástico, que socialmente resulta ajeno al mundo proletario y avanzada del mundo burgués hacia él. 

Desde el punto de vista apostólico, esta situación es comprometida y denuncia un grave problema. Llegados a este punto, ocurre preguntar: siendo los institutos religiosos los que institucionalmente y como es-tado profesan dentro de la Iglesia la pobreza ¿no parecería reservado a ellos realizar de una manera institucional y estable el proceso de encarnación de la Iglesia en el mundo de los pobres? He ahí la cuestión. De hecho no ocu-rre así. No ignoro que otros institutos religiosos distintos de aquel a que yo pertenezco tienen, sin duda, un carácter más popular y están existencial y sociológicamente más en el pueblo. Con todo, no tengo la impresión de que en España lleguen a ser efectivamente realizaciones suficientes de encarnación. Por lo demás, el número de institutos religiosos, masculinos y femeninos, en especial docentes, exclusivamente encarnados en el mundo burgués y que pretenden en el mundo proletario una labor de redención sin previa encarnación, es suficientemente numeroso para poderlo plantear como problema. De ahí también la dolorosa tendencia, todavía demasiado real entre nosotros, de dar al trabajo con los humildes un carácter inequívocamente apendicular dentro de la organización de la labor apostólica. 

Volvamos al momento originario evangélico del estado de perfección: «Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto posees y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; y, vuelto acá, sígueme». Todo el mecanismo de pobreza que ahí se pone en juego, está, a mi juicio, entera y eficazmente orientado hacia la encarnación del após-tol en el mundo de los pobres. Primero reparte sus bienes entre los pobres, quedándose él destituido de ellos. Después va a seguir a Cristo, que, en su vida mortal, estaba inequívocamente encarnado en los humildes, sin estar por ello cerrado al contacto con los otros estamentos. Sus discípulos son en primer término los pescadores. En Cafarnaúm, su casa es la de Pedro. Su contacto con los samaritanos, después de la conversación del brocal del pozo, sociológicamente, delata una inequívoca encarnación en lo popular. El mundo burgués de la sinagoga —escribas y fariseos, con mayor razón saduceos— lo considera sociológicamente ajeno. Un pasaje de Lucas, el evangelista psicólogo, lo delata con singular penetración. Había expuesto Cristo la parábola del mayordomo infiel, exhortando con ella a la limosna. Y terminó diciendo: «No podéis servir a Dios y al dinero». E inmediatamente añade la narración: «Oían todas estas cosas los fariseos, que eran amigos del dinero, y hacían mofa de él» (Lc. 16, 1-14). 

El contenido psicológico del pasaje no deja lugar a dudas. Porque Cristo era de los pobres, los fariseos, de actitud burguesa, se ríen de los entusiasmos parenéticos del Maestro en pro de la pobreza y del desprendimiento. Su mofa tiene el sentido del «están verdes» de la zorra en la fábula. Por lo demás, San Pablo testifica que el cristianismo, en sus orígenes, sin caer en clasismo alguno, estaba encarnado en los pobres: «Porque mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados. Que no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles; antes lo necio del mundo se escogió Dios, para confundir a los sabios; y lo débil del mundo se escogió Dios, para confundir lo fuerte; y lo vil del mundo y lo tenido en nada se escogió Dios, lo que no es, para anular lo que es; a fin de que no se gloríe mortal alguno en el acatamiento de Dios» (1 Cor. 1, 26-29).

Todo esto nos plantea un problema. Analicemos un caso que es real. Un joven rico de nuestros días va, y vende lo que tiene, dándolo a los pobres bajo la forma de una cesión a la propia institución a la que pertenece. Después va a seguir a Cristo mediante su incorporación en esa misma institución. El instituto religioso de que se trata está sociológicamente encarnado en estamentos burgueses, dentro de los cuales la institución religiosa y sus miembros realizan una vida de pobreza mediante la moderación en el tenor de vida —que, sin embargo, está más dentro de moldes burgueses que proletarios— y muy especialmente mediante la absoluta dependencia en el uso de los bienes, que pertenecen a la comunidad y no a los miembros. Con las imperfecciones de realización que puede haber en la práctica, es indudable que los aspectos jurídico y ascético de la pobreza evangélica quedan aquí sustancialmente a salvo. 

En religiosos eminentes, quedan no infrecuentemente cumplidos en un grado excepcional de perfección. En cambio, en el aspecto sociológico y existencial de la pobreza evangélica si comparamos la realización moderna (que hemos tipificado, llevándola al extremo, dentro de los límites de una vida religiosa no relajada) con la reali-zación originaria, vemos que hay una evolución radicalmente sustantiva. Esto no ocurría, por poner un ejemplo, en los orígenes del franciscanismo, planteándose así un inequívoco problema apostólico y de testimonio, ya que el seguimiento de Cristo es el seguimiento de un Mesías a quien pertenece constitutivamente, y como distintivo, precisamente la evangelización de los pobres, y por otra parte, como hemos sentado al principio, no hay evange-lización redentora eficaz sin una encarnación suficiente.

Pero otro aspecto de la cuestión es la irradiación del aspecto sociológico y existencial sobre el aspecto ascé-tico. Una pobreza religiosa llevada hasta el heroísmo en el interior de una vida de comunidad encarnada en esta-mentos burgueses y sin proyección social suficiente, es difícil que llegue a constituir una mística para el religioso en la época contemporánea. Y esto no depende sólo de un mayor sentido social, naturalmente ínsito a las nuevas generaciones, sino de un sentido social sobrenatural, inequívocamente impartido por el Espíritu Santo a la Iglesia contemporánea. El eterno soplo del Espíritu empuja hoy más explícitamente en la dirección del dogma del Cristo total (Cristo en su Cuerpo Místico) y de las exigencias de la caridad. Desde este punto de vista, creemos que el único camino para lograr un nivel de práctica de la pobreza evangélica en el interior de los institutos religiosos que sea realmente satisfactorio, se encontrará haciendo efectiva, inmediata y visible la proyección social de la po-breza religiosa. 

Lo mismo podría decirse de la abnegación y mortificación corporal, siempre en peligro en nuestra época de tan desarrollada técnica, y tan fundamentalmente ligada con la práctica de la vida en pobreza. 

Para terminar este breve esbozo de una problemática que invita a ser profundizada, ofrecemos dos soluciones y dos posibles prácticas. 

En primer lugar, la posible proyección social del voto de pobreza en el plano de las relaciones laborales de las instituciones religiosas con sus empleados y trabajadores. Que los empleados y trabajadores que trabajan para una comunidad religiosa tengan un nivel de vida inferior al de los miembros de la comunidad religiosa, nos pa-rece fuera de un recto espíritu de la pobreza evangélica. En este hecho, tan frecuente entre nosotros, hay a mi juicio una relajación y una desviación del espíritu. ¿Por qué no decidirnos a ser evangélicos en este punto, objeto de nuestra responsabilidad inmediata, desde ahora mismo? Si para esto tenemos que sacrificar una parte de nuestro nivel de vida, quizá ya modesto, ello implicaría un factor de encarnación en los pobres de insospechado alcance, no sólo en razón de una dinámica causal de orden natural sociológico, sino en razón de una dialéctica sobrenatural. Creemos que planteando los problemas con sinceridad, los súbditos de nuestras comunidades religio-sas serían capaces, dentro de esta impostación del problema, de mayores sacrificios de lo que pensamos. Y el valor de testimonio de una sistemática actitud de los institutos religiosos en el sentido indicado, sería quizá nada menos que un principio de salvación del porvenir, tan gravemente comprometido, de la Iglesia en España. Cabría incluso abrir un cauce a la espontánea generosidad de los súbditos dentro de cada comunidad, ofreciéndoles la posibilidad de hacer renunciamientos dirigidos inmediatamente a la consecución de las metas sociales indicadas. Esto podría dar más suavidad a la puesta en marcha de una evolución que nos parece inexcusable, y posible-mente de más alcance de lo que en principio se pensaría. 

Otra solución viable, para ser sumada a la anterior: que los institutos religiosos apostólicos y de beneficencia multipliquen puestos de trabajo montados en un plano de encarnación, es decir, compartiendo el nivel de vida, la localización, el estilo de vivienda, etc., de los pobres entre quienes trabajan. Sobre esta base, se trataría, al lado del trabajo apostólico, de crear relaciones colaterales de amistad, mutua comprensión, mutuo conocimiento, confianza y simpatía. Los religiosos tenemos con frecuencia relaciones de amistad con personas de estamentos bur-gueses más o menos elevados. Mucho menos con personas de estamentos más populares. Los pobres evangéli-cos tienen hoy mucho más difícilmente por amigos a un mendigo, que a un banquero. Esto no tiene que ser así necesariamente, y no lo sería si tuviésemos un volumen sustantivo, dentro del apostolado religioso, de estableci-mientos de trabajo constituidos en régimen inequívoco de encarnación. Conozco de cerca un ensayo muy embrio-nario y de ninguna manera perfecto, pero suficientemente revelador y expresivo, como experiencia, de este tipo de trabajo: el hogar-capilla de Nuestra Señora del Pozo, abierto por el Padre José María de Llanos, S. J., con au-torización de sus superiores religiosos y eclesiásticos, en el barrio Pozo del Tío Raimundo (Puente de Vallecas). Lo cito exclusivamente a título de concreción expresiva de mi propio pensamiento. 

Esta multiplicación, en serio y sin carácter apendicular, sino sustantivo, de obras entre los pobres en régimen de encarnación, había de tener como complemento la vigorización de los vínculos de solidaridad, caridad y unidad entre los distintos puestos de trabajo de una misma institución religiosa (naturalmente también de las diversas instituciones religiosas y sacerdotales). De esta manera, los centros y puestos de trabajo de las instituciones reli-giosas situados sociológicamente en el interior de estamentos burgueses se beneficiarían de su unidad vital con obras encarnadas en estamentos populares. Así, de una manera efectiva, habría una revitalización de la pobreza re-ligiosa entre nosotros, como ascética, como mística, como instrumento de progreso social cristiano, y como con-dición posibilitadora de un apostolado fecundo y de un contacto redentor de la Iglesia con aquellos pobres que deben ser evangelizados. 


Este escrito, releído por mí ahora, a 16 años de distancia, se me presenta en algunos puntos inge-nuos y con ciertas carencias de análisis más profundo. No obstante, en lo sustancial, lo encuentro válido. Ha sido una de las bases de mi ulterior reflexión existencial en busca de la religión verdadera.

miércoles, 14 de julio de 2010

DIOS ES ENERGÍA, ESPÍRITU

Gonzalo Haya

Dios es Espíritu. El Padre es Espíritu. El Hijo es Espíritu.

Jesús nos transmitió su experiencia mística de Dios como Padre. Es una concepción, una metáfora humana, entrañable, pedagógica, comprensible por su semejanza con los afectos más puros del ser humano. Como toda metáfora, nos orienta hacia algo inexplicable; pero como toda metáfora es incompleta y no puede tomarse en su literalidad.

Dios es Espíritu. Esta expresión también es una metáfora. Una metáfora menos sensible porque el espíritu no se percibe por los sentidos. Quizás sea más comprensible mediante conceptos científicos y mediante experiencias ultrasensoriales (espirituales, místicas).

Los cristianos no tenemos muy clara cuál es la relación del Espíritu Santo con nosotros. En la Teología, desde san Pablo, ha predominado la idea del Padre como Creador, del Hijo como Salvador y del Espíritu como santificador; pero ¿qué añade santificador a salvador? Se ha perdido así el efecto dinamizador y carismático, que le atribuye Lucas.

El Espíritu no tiene tampoco una forma determinada. Es lenguas de fuego, es paloma, es energía (dynamis tou Theou, energía de Dios).

Desde las primeras líneas del Génesis se nos dice que el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas. El Espíritu de Dios es Dios, como el espíritu de la ley es la misma ley, su verdadera esencia.

El Espíritu es creador. Veni creator Spiritus. La creación no ocurrió hace miles de millones de años. Dios no creó el mundo y lo echó a rodar. La creación es continua. La creación es la energía que se expande, que se estructura en materia y en espíritu; la energía que evoluciona en forma de redes cada vez más complejas, pero con manifestaciones más simples, desde el átomo hasta el hombre.

Dios es Espíritu. Dios es la energía que se manifiesta en la naturaleza. Deus sive natura, “Dios, es decir, la naturaleza” como ya intuyó Spinoza.

Dios es energía, pero la energía no es algo impersonal. La energía es personal aunque no se limita en una forma individual. La energía es lúcida, sabe adónde quiere ir, y dirige la evolución. Tiene los caracteres personales: conocimiento, voluntad, amor. La persona humana no es más que una manifestación de la energía. Si la persona humana tiene valores éticos, si alcanza cotas sublimes de entrega y de amor, es porque ha cristalizado en ella la estructura más completa (hasta ahora) de la energía.

Dios es Espíritu. Dios es energía. Dios es energía lúcida. Dios es Amor.




martes, 13 de julio de 2010

¿POR QUÉ NO SOMOS UN ESTADO LAICO?

Carlos Carnicero

Hay algo de masoquismo en las relaciones del estado con la Iglesia Católica. Desde el lado del estado, claro. El caso es que la Iglesia de Roma dispone de unos acuerdos con el estado español inéditos en Europa y en el mundo, por los que dispone de prerrogativas y financiación directa. A cambio de eso, su comportamiento es sustancialmente distinto que en cualquier otro país europeo en donde hace tiempo que desistió de pretender hacer de su doctrina ley civil.

La fuerza de las ideas católicas debe imponerse en los creyentes de acuerdo al código de toda religión: por convicción. Si la Iglesia Católica tuviera fe en sus proclamas sobre la catolicidad de España, no pretendería imponer sus criterios morales en las leyes civiles. Sobre todo porque ningún ciudadano o ciudadana está obligado a utilizar preservativos, a divorciarse o a interrumpir su embarazo. Los gay que sean católicos pueden guardar abstinencia sexual y desde luego tienen capacidad para no acogerse a las leyes que les permiten celebrar matrimonio.

Por qué entonces la Iglesia pretende imponer sus creencias a quienes no son católicos o a quienes siéndolo renuncian a esa obediencia. Estamos presos de un círculo vicioso que determina que la realidad legal de los acuerdos con la Santa Sede indican un vínculo social con la Iglesia Católica de carácter excepcional. En consecuencia, en vez de agradecimiento por ese trato deferente lo que hay es afán de intromisión, en unos parámetros que no conocen en Europa.

Naturalmente que el conjunto de la Iglesia se opone a la interrupción del embarazo: la diferencia es que en España pretende que las leyes civiles lo prohíban.

El PP sigue la estela de estos postulados y no se atreve a romper ese enlace de subordinación con la Iglesia. El resultado es una sociedad semi confesional sólo porque ningún gobierno socialista se ha atrevido a cambiar las reglas de juego. En el fondo, electoralmente, al PSOE le interesa una iglesia entrometida y un PP confesional para pasar el rastrillo de los votos en un anticlericalismo de boquilla que en la realidad financia a la Iglesia para que pueda seguir influyendo en la sociedad civil. Un juego peligroso.



lunes, 12 de julio de 2010

OTROS GOLES

Koldo Aldai, en Eclesalia

Dicen los comentaristas deportivos que goleó con el corazón, con el alma de todo un país. ¿Quién movió el pie de Iniesta? ¿Solo, el propio delantero, o con el apoyo de los millones de españoles que corrían con él, que insuflaban al futbolista y a su equipo ánimo en su espíritu, fuerza en sus músculos, precisión en sus movimientos? Adquirimos una fuerza impresionante cuando juntos/as apostamos por metas colectivas.

¿Y si nuestros balones volaran más alto? ¿Y si colocáramos más arriba nuestras aspiraciones, nuestras porterías? Hemos de batirnos también en otros campos, sobre otras alfombras, ante otras redes… ¿Y si el sueño de “la roja” fuera más ancho? ¿Y si, tras haber logrado el mundial, ese desbordante caudal de energía colectiva nos siguiera acompañando tras otras metas? ¿Y si la verdadera batalla no fuera contra los de naranja? ¿Y si tuviera más que ver con mejoras globales, con dignificar y elevar la vida en todas sus manifestaciones?

El entusiasmo mantiene vivos a los pueblos, pero un campo de fútbol, por muchas cámaras que se le echen encima, es un espacio muy limitado. La palabra “entusiasmo” viene precisamente de “en-theos”, que significa “lleno de Dios”. Cuando somos “en theos” podemos cumplir imposibles. Vivimos un entusiasmo colectivo que nos ha proporcionado “una roja” campeona, pero dicen que en realidad ese Dios del coraje sin fondo está con nosotros en todos los “choques” que merecen la pena, en todos los desafíos nobles, por difíciles que se manifiesten.

El mundo no cambiará por más balones que se encajen en una u otra portería. Pero todo este “ensayo” del mundial nos ha servido para vivir la experiencia del entusiasmo colectivo. Sudáfrica fue sólo laboratorio. Ahora tocan otros tantos, ahora llegamos a las auténticas finales. Ahora toca gol al hambre, a la explotación, al armamentismo…, cabezazos de muerte a la violencia, a la división, al odio… Ahora toca el “A por ellos” de verdad…, a por la miseria, la enfermedad, el analfabetismo, la degradación de la Tierra… ¿Cuánto mundial aún por jugar? ¿Cuánto gol aún por marcar? El domingo por la noche, los españoles recibimos un hermoso regalo, pero todos merecemos un trozo de gloria, el gozo de constatar que nuestro equipo, por nombre Humanidad, también progresa. Todos somos seguidores de ese gran Club de 6.000 millones de socios. Medien o no brillantes patadas, todos merecemos alzar una copa de victoria.

La dignidad antecede a la gloria. Todos sin exclusión alguna la meritamos, dignidad de todos los niños de la tierra que bien de mañana cogen cuadernos y libros y marchan hacia una pizarra, la dignidad de todas las mujeres de todas las latitudes por fin respetadas y honradas; de todos trabajadores y trabajadoras recompensados con justicia en su tajo; la dignidad de todos los hogares con un pan en su mesa; la dignidad de todos los seres, de todos los pueblos por fin considerados, por fin libres… He ahí sólo algunos goles que nos aguardan.

Mantener el ardor colectivo nos permite atender otros retos. El Dios de la vida y el entusiasmo, el Dios de la fuerza y la bondad infinitas, “que los hombres distintos llamamos con distintos nombres” (Lanza de Vasto), siempre está con nosotros, cuando nuestros balones cobran altura y nuestras porterías también se elevan.

Reciclemos pues ese coraje grupal. Vayamos juntos a por otros goles. Vayamos a por una gloria que vista todos los colores, que campe en todas las geografías; una gloria que no se acabe en una orgía de cuestionable gusto en las céntrica fuentes de unas ciudades eventualmente dichosas; gloria que perdure, gloria eterna de todos los hombres y mujeres de la tierra compartiendo y cooperando, viviendo en auténtica paz, en genuina fraternidad.

Ficción de deporte y cerveza a granel, cuando la realidad permita todo el juego, cuando la explotación y el horror sean derrotados. Mientras tanto, no decaiga la ilusión, no nos abandone el entusiasmo. ¡Juntos podemos! Ese Dios sin nombre, ese Dios con todos los nombres, afina nuestro tiro ante las mentadas y urgentes porterías. Hay camisetas para todos. Sudemos batallas verdaderas, penaltys que harán historia. Saltemos juntos a la causa común, al campo ineludible, mañana puede ser demasiado tarde.



sábado, 10 de julio de 2010

LA EJEMPLARIDAD ESCANDALOSA

José María Castillo

La lectura de los evangelios resulta, a veces, desconcertante. Jesús les dijo a sus discípulos que él les había dado "ejemplo" (hypodeigma), "para que igual que yo he hecho con vosotros, hagáis también vosotros" (Jn 13, 15). Y así fue efectivamente. Como los profetas han sido siempre "ejemplo" para los demás (Sant 5, 10). Nadie, pues, va a poner en duda que Jesús ha sido, y sigue siendo, uno de los grandes modelos en los que las personas de buena voluntad encuentran el ejemplo a seguir, para que esta vida resulte soportable, para que nuestro mundo (tan deshumanizado) se humanice, y para que entre los mortales se mantenga viva la esperanza.

Y sin embargo, insisto en que, según los mismos evangelios, esta ejemplaridad de Jesús nos resulta desconcertante. Porque no cabe en cabeza humana que el mismo Jesús, tan ejemplar y modélico, fuera a la vez un auténtico "escándalo" (skandalon), causa de caída o tropiezo que puede ser motivo de pérdida de la fe (H. Giesen). Y es que, por más extraño que resulte, los relatos evangélicos no dudan en atribuir el verbo "escandalizar" al propio Jesús (Mt 11, 6; 17, 27; 26, 31; Mc 14, 27; Jn 6, 61). De forma que no es ninguna exageración afirmar que Jesús, el que "pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo" (Hech 10, 38), vivió, habló y actuó de tal manera que, para algunas gentes, fue motivo de escándalo.

Pero no se trata sólo de esto. Lo más sorprendente, en todo este asunto, es que precisamente cuando el Evangelio presenta a Jesús haciendo el bien a los que sufren (Mt 11, 5), a renglón seguido el mismo Jesús añade: "Y ¡dichoso el que no se escandalice de mí!" (Mt 11, 6). ¿Qué relación puede tener la generosidad ejemplar del que alivia penas y sufrimientos con el escándalo de quien ve y palpa semejante generosidad? Por eso no se entiende que la misma noche, en que Jesús inicia su pasión, el propio Jesús llegara a decir que aquello sería motivo de "escándalo" para sus discípulos y amigos (Mt 26, 31; Mc 14, 27). Y todavía algo más fuerte: san Pablo llega a decir que el momento de la mayor ejemplaridad de Jesús, su crucifixión, exactamente ese acontecimiento fue el mayor escándalo, "el escándalo de la cruz" (Gal 5, 11; cf. 1 Cor 1, 23).

El cristianismo, desde su mismo origen, está vinculado a la "ejemplaridad" y al "escándalo". Ambas cosas a la vez y seguramente de forma inseparable. Por eso no nos tendría que sorprender que la Iglesia y los cristianos, por más que vayamos por la vida haciendo el bien, seamos, para no pocas personas, motivo de escándalo. La cosa es así. Y lo ha sido siempre. Los autores cristianos de los primeros siglos decían que la Iglesia es la casta meretrix, la "ejemplar prostituta". Así la definieron santos de la categoría de Ambrosio, Agustín, Jerónimo.... Pero es claro, lo que hay que preguntarse es si la Iglesia y los cristianos pasamos por el mundo dando el "ejemplo" que dio Jesús; y causando el "escándalo" que él causó. No otro ejemplo. Ni otro escándalo. Es evidente que - por poner un ejemplo - Mons. Romero fue (y para algunos sigue siendo) "ejemplo" y "escándalo". Fue asesinado por defender la vida y la paz. Pero el hecho es que el mismo obispo, al que los pobres llaman "san Romero de América", otros lo siguen viendo como un "perturbado" (sic), un "rojo", un hombre de dudosa conducta que se metió en política de mala manera.

Sin duda, la vida entraña una profunda y hasta misteriosa ambigüedad. Pero lo más seguro es que, dada esa inevitable ambigüedad, todos "interpretamos" la realidad (sea cual sea esa realidad) a través del filtro (la "rejilla hermenéutica", dicen los filósofos) que nos ponen, y nos imponen, nuestros propios y personales intereses. Los intereses "rectores del conocimiento" (J. Habermas). Y así desembocamos en el asunto capital: ¿desde qué "intereses" vemos la realidad, interpretamos las cosas, y nos hacemos nuestros juicios o sacamos nuestras conclusiones? Todos nos tenemos que preguntar cómo y por qué vemos como escándalo lo que otros ven como ejemplo.




viernes, 9 de julio de 2010

LA IGLESIA TODAVÍA ARRASTRA INERCIAS NACIONALCATÓLICAS Y NO HA RENUNCIADO AL ANSIA DE PODER

Paco Cerdá 
¿Cómo interpreta lo que ocurrió el sábado en la catedral?
Sólo lo interpreto de una forma: la Iglesia oficial y jerárquica quiere tener relaciones de buena amistad con el Consell, y cualquier cosa que moleste a esa voluntad es descalificada. Antes del sábado se había publicitado mi nombre como párroco elegido por las víctimas del metro para oficiar la eucaristía. Ellos no sabían qué iba a decir, pero sí eran conscientes de que aquello que podía decir rompía la neutralidad de la Iglesia. Pero es que la Iglesia no ha de ser neutral. Ha de estar de parte de las víctimas.

Usted pedía en la homilía vetada "una Iglesia más humilde, más cristiana y más valiente". Ha fallado en esta ocasión ese modelo?
En efecto. La Iglesia ha de ser más humilde porque no ha de administrar poder, sino que ha de ejercer de comunidad de servicio para los excluidos de la sociedad y lanzar un mensaje de salvación a todo el mundo. Sin embargo, la Iglesia actual todavía arrastra unas inercias que proceden del nacionalcatolicismo y no ha renunciado al poder, como pedía Jesucristo. Todos agradeceríamos más esfuerzos de la jerarquía católica para liberarse de ese condicionamiento que es el poder o el ansia de poder.

Volviendo al sábado, ¿se disculparon con usted?
No, no, no. La forma no fue nada elegante. Yo acudí a la catedral veinte minutos antes de la misa. Vi a Alfredo Chilet [canónigo y delegado de servicios pastorales de la Seo], lo saludé y le dije que iba a hacer la misa de las seis. Entonces me dijo que no, que la misa la hacía él.

¿Sin más?
Bueno, me explicó que el cabildo catedralicio había decidido que la misa la oficiara un canónigo. Y que si yo quería, podía concelebrar la eucaristía con élÉ pero sin decir nada. Si realmente la catedral tenía voluntad de dar empaque a la misa con la presencia de un canónigo, se lo hubiera tenido que decir a las víctimas, que me habían elegido, y a mí mismo, con antelación. Por educación.

¿Se quedó a la misa?
No. Enseguida interpreté el hecho como un gesto de exclusión y descalificación hacia mi persona, y no quise avalarlo con mi presencia en la catedral.

¿Lo entendió como un veto?
Efectivamente.

Su sermón arremetía contra la manipulación que los poderosos hacen de las víctimas. ¿Cree que aquí el poder religioso ha querido manipular a las víctimas respecto al contenido de la homilía?
El pecado de la Iglesia es no separarse claramente del poder político. Cualquier cosa que cree relaciones tensas o ruptura con el poder, las evita. Y así lo buscó apartándome a mí de la eucaristía.

También pedía que se removiera "la piedra del silencio para saber el porqué de todo". Ésa era una crítica al poder político?
Estar a favor de las víctimas implica también defender su causa. Y según ellos, una cuestión pendiente es que se diga claramente qué ocurrió y por qué. Hay un silencio que se hace evidente con la negativa a recibir a las víctimas.

¿Y qué le parece, desde un punto de vista cristiano, que Camps no haya recibido a las víctimas?
Es de mucha crueldad. Hay que dar la cara y asumir las consecuencias políticas, especialmente con aquellos que sufren. Es de cristianos reconocer los errores, pedir perdón y acompañar a las víctimas. No hacerlo es incomprensible. Algo esconden

Su adhesión a las demandas de las víctimas no es tan clara en la jerarquía católica. ¿Qué le pide a Osoro en esta materia?
Que se acerque a las víctimas. Que haga signos visibles de acompañamiento para mitigar la frialdad que recibieron del anterior obispo.

¿Le ha decepcionado su veto en la nueva era arzobispal?
Yo no sé quién ha ordenado el veto. No está claro que haya sido el arzobispo, porque el poder administrativo en la catedral es muy particular. De hecho, no creo que lo haya hecho el obispo. Pero, como le hemos pedido por carta, sí que querríamos una explicación.

Muy pocas veces se oye hablar así a un cura. ¿Hay muy pocos con este pensamiento o están escondidos?
La Iglesia popular se mueve en ámbitos distintos a los de la jerarquía y no busca notoriedad. Es decir: no montamos un altar o ponemos una cruz donde está la gente, sino que estamos confundidos entre la gente y luchando junto a ella donde se nos necesita: el mundo de la marginación, la exclusión social, la inmigración

¿Qué tres consejos le daría a Carlos Osoro?
¿Sólo tres? Primero, que solucione el problema de la lengua. El "sí, pero no" en esta cuestión es inadmisible. Los católicos valencianos tenemos derecho a relacionarnos litúrgicamente con Dios en valenciano. Segundo, que escoja claramente la opción de dar servicio a los excluidos sociales. Y por último, que sepa ilusionar al clero valenciano, actualmente desanimado, para que transmita ilusión, esperanza y fuerza.

martes, 6 de julio de 2010

LA REFORMA DEL PAPADO

José María Castillo

Con ocasión de la festividad de San Pedro y San Pablo, parece pertinente decir algo sobre la reforma del papado. Porque estoy convencido de que ese asunto es uno de los problemas más urgentes que tiene que afrontar la Iglesia católica. Y, entre los problemas urgentes, el más grave de todos.

La Iglesia católica está organizada jurídicamente de tal manera que todo el ejercicio de la autoridad y el poder está concentrado en un solo hombre, el papa (CIC, cc. 331; 333, párrafo 3; 1404; 1372). Además, según la Ley Fundamental del Estado de la Ciudad del Vaticano, art. 1º, el Romano Pontífice posee en plenitud los tres poderes del Estado, el legislativo, el judicial y el ejecutivo. Como bien saben los teólgos, estas características del papado no pertenecen a la fe de la Iglesia.

Es de fe que el obispo de Roma, sucesor de Pedro, es cabeza del colegio episcopal. Pero ese dato de la fe católica, se puede concretar y llevar a la práctica de muchas maneras. La forma actual del papado es una de esas posibles maneras de ejercerlo. Pero no es la única. Ni que el papado tenga que ejercerse, como se ejerce ahota, es una cuestión indiscutible. Por supuesto, que es discutible. Y, por tanto, mejorable. Entre otras razones, porque, tal como se ejerce en la actualidad, es un cargo que entraña una serie de inconvenientes que, si la cosa se piensa desapasionadamente, no resulta fácil entender por qué se mantiene tal como está.

No es posible analizar detenidamente este complejo asunto en esta breve reflexión. Por eso, de momento al menos, me limito a hacer algunas propuestas concretas, que los católicos deberíamos pensar, discutir, y sosegadamente proponer soluciones a ellas.

Concretamente: 1) La elección del papa debería hacerse de otra forma: no tiene por qué ser designado por los cardenales, sino que la elección la podrían hacer mejor los obispos de todo el mundo, por medio de las Conferencias Episcopales. Sería eso la mejor manifestación de la “colegialidad episcopal”, de la que habló el concilio Vaticano II.

2) El papado no debería ser un cargo vitalicio. Sería muy conveniente que el obispo de Roma ( y todos los obisposde la Iglesia) fueran designados por un tiempo limitado, por ejemplo seis años. En contra de esta posible decisión no se puede invocar la teología del “carácter” sacramental. Entre otras razones, porque en el concilio de Trento se afirmó la existencia del “carácter”, pero no se definió la naturaleza del “carácter”. Y por eso hay diversas teorías teológicas al respecto, todas ellas respetables. Por otra parte, el final de los papas (cuando están o muy enfermos o muy ancianos) suele ser penoso y lleva consigo que el cargo esté prácticamente vacío durante tiempo.

3) La Curia Vaticana tiene que ser reformada a fondo. Pero está visto que el papa, por sí solo, no puede llevar a cabo tal reforma. Pablo VI, obedeiciendo al concilio Vaticano II, intentó hacer esa reforma. Y fracasó. Por eso, tendrían que ser las Conferencias Episcopales las que, de acuerdo con el papa, hicieran una reforma profunda, reorganizando la composición de la Curia, la designación de sus miembros y las competencias de cada cual.

De momento, yo me daría por satisfecho si se acometieran estas tres cuestiones. Y, una vez dado ese paso, habría que avanzar en la dirección de descentralizar el ejercicio del poder papal, dando más participación en el gobierno de la Iglesia a los laicos. Lo que llevaría consigo superar un obstáculo muy fuerte que existe actualmente: la enorme ditancia, el asombroso alejamiento, que existe entre el papado (y el episcopado) y la casi totalidad de la sociedad. El papa y los obispos son “noticia”, pero no suelen ser “comunión” con lo que piensa, desea y necesita la enorme mayoría de la población, en cada país y en el mundo entero.

Es urgente que los católicos nos pongamos a pensar en estas cosas. De no asumir esta responsabilidad, seguirán adelante los “servicios religiosos” que la gente “consume” en las igllesias. Lo que no sé si se mantendrá, por mucho tiempo, es la vitalidad de la fe en Jesucristo y la presencia de la luz del Evangelio en este mundo tan confuso y complicado. Un con un futuro tan inimaginable, incluso corto y medio plazo, que me da mucho que pensar ver a los niños pequeños. Cuando estas criaturas tengan cuarenta o cincuencta años, ¿cómo podrán vivir? ¿qué sociedad les espera? A la velocidad que van las cosas, nadie se sabe lo que se van a encontrar. Entre otras cosas, si se van a encontrar con la Iglesia de Jesucristo o con un curioso museo de antigüedades