viernes, 23 de julio de 2010

REAPRENDER LA CONFIANZA

José Antonio Pagola

Lucas y Mateo han recogido en sus respectivos evangelios unas palabras de Jesús que, sin duda, quedaron muy grabadas en sus seguidores más cercanos. Es fácil que las haya pronunciado mientras se movía con sus discípulos por las aldeas de Galilea, pidiendo algo de comer, buscando acogida o llamando a la puerta de los vecinos.

Probablemente, no siempre reciben la respuesta deseada, pero Jesús no se desalienta. Su confianza en el Padre es absoluta. Sus seguidores han de aprender a confiar como él: «Os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá». Jesús sabe lo que está diciendo pues su experiencia es ésta: «quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre».

Si algo hemos de reaprender de Jesús en estos tiempos de crisis y desconcierto en su Iglesia es la confianza. No como una actitud ingenua de quienes se tranquilizan esperando tiempos mejores. Menos aún como una postura pasiva e irresponsable, sino como el comportamiento más evangélico y profético de seguir hoy a Jesús, el Cristo. De hecho, aunque sus tres invitaciones apuntan hacia la misma actitud básica de confianza en Dios, su lenguaje sugiere diversos matices.

«Pedir» es la actitud propia del pobre que necesita recibir de otro lo que no puede conseguir con su propio esfuerzo. Así imaginaba Jesús a sus seguidores: como hombres y mujeres pobres, conscientes de su fragilidad e indigencia, sin rastro alguno de orgullo o autosuficiencia. No es una desgracia vivir en una Iglesia pobre, débil y privada de poder. Lo deplorable es pretender seguir hoy a Jesús pidiendo al mundo una protección que sólo nos puede venir del Padre.

«Buscar» no es sólo pedir. Es, además, moverse, dar pasos para alcanzar algo que se nos oculta porque está encubierto o escondido. Así ve Jesús a sus seguidores: como «buscadores del reino de Dios y su justicia». Es normal vivir hoy en una Iglesia desconcertada ante un futuro incierto. Lo extraño es no movilizarnos para buscar juntos caminos nuevos para sembrar el Evangelio en la cultura moderna.

«Llamar» es gritar a alguien al que no sentimos cerca, pero creemos que nos puede escuchar y atender. Así gritaba Jesús al Padre en la soledad de la cruz. Es explicable que se oscurezca hoy la fe de no pocos cristianos que aprendieron a decirla, celebrarla y vivirla en una cultura premoderna. Lo lamentable es que no nos esforcemos más por aprender a seguir hoy a Jesús gritando a Dios desde las contradicciones, conflictos e interrogantes del mundo actual.

EL ESPÍRITU DE LA POLÍTICA

Antoni Gutiérrez-Rubí

Todo estriba en hacer lo que el filósofo Peter Singer define como “ampliar el círculo del nosotros”, aumentando la cantidad de personas que consideramos parte de nuestro grupo.

Richard Rorty (Estados Unidos, 1931-2007) ha sido uno de los grandes filósofos norteamericanos. Poco antes de su muerte, escribió un breve y sugerente ensayo, “Una ética para laicos”[1], en el que reivindicaba una ética que no estuviera subordinada a la religión, sino que tuviera una autonomía constituyente del rearme moral de nuestra sociedad y fuera un importante recurso para garantizar el futuro espiritual de la humanidad.

Cada vez es más evidente que una de las causas más profundas de la crisis de la política (y, en particular, de la política transformadora) es la desconexión entre praxis política y moral política. Una causa a la que no se dedica, lamentablemente, el tiempo y el coraje necesarios para abordar un debate imprescindible y urgente sobre el rearme moral en el proceso de renovación y reformulación de una nueva política de orientación progresista.

La política se está quedando huérfana de filósofos en un inexorable y preocupante éxodo del discurso moral. Sin ellos, desvariamos desnortados en una cartografía que desdibuja la política en gestión. Casi sin darnos cuenta, la política ha ido perdiendo (o expulsando) a sus más brillantes pensadores, renunciando a hacerse preguntas profundas, para ofrecer respuestas superficiales, de manual. Sin sentido. Eso es lo que nos aleja del sentimiento de las personas, la ausencia de sentido y profundidad de muchas prácticas y políticas públicas que parecen incapaces de comprender la complejidad y el vacío que provoca una política sin espíritu. Se impone una triple reacción: más meditación, más espiritualidad y más filosofía.

La política meditada. La praxis política sublima la acción como el paradigma definitivo de la política e ignora y desprecia, por ejemplo, la meditación y el cuidado del espíritu como estructura medular del carácter de nuestros representantes. El absolutismo de la gestión se ha convertido en el indicador de referencia. Les valoramos por lo que hacen, no por lo que son, ni por lo que sienten en su interior.

Pero algo está cambiando y muy rápidamente. Esta crisis está poniendo a cada uno en su lugar. Y afloran, más que nunca, lasdebilidades estructurales de muchos líderes políticos. Hoy la observancia democrática y ciudadana se fija en la talla moral y ética de nuestros representantes y crece la convicción de que la riqueza espiritual e intelectual de nuestros líderes es condición indispensable para su eficacia en la gestión. Además, aumenta la certeza de que la mayoría de las repuestas que debemos dar a los retos del planeta no se pueden gobernar o abordar únicamente desde los instrumentos de la política (demasiado limitada y condicionada), sino que se necesitan cambios de conducta y comportamientos individuales para diseñar futuros compartidos.

La política, con sus ritmos mediáticos y su inmediatez táctica, aleja a nuestros representantes, demasiadas veces, de la ponderación y la distancia imprescindibles. Nadie reclama, por ejemplo, tiempo para evaluar la respuesta adecuada, para estudiar una propuesta, para pensarla con calma. Es como si la distancia cautelar que tantas veces debería guiar la actuación pública, fuera un demérito o un defecto. Todo lo contrario.

Hay un nuevo espacio para la política meditada. La ciudadanía lo está pidiendo a gritos. La meditación, el silencio, el retiro, el estudio, deben estar presentes en la vida política y en nuestros líderes. Necesitamos políticos con mayor capacidad de escuchar su interior y de compartir experiencias de profunda e intensa concentración personal. Una espiritualidad humana, profundamente humanista, como base de otra política.

Necesitamos líderes reflexivos, capaces de meditar, de buscar en su equilibrio personal la fuerza y las ideas que guíen su actividad. Puede situarse en una dimensión religiosa, pero no necesariamente. Debemos fomentar las prácticas que buscan el equilibrio y la armonía y acercarnos a ellas con una nueva naturalidad. Un gestor público debe ser una persona de densidad moral y ética y, para ello, es imprescindible una actitud reflexiva y pausada, una vida interior rica y equilibrada.

La dimensión espiritual de las personas. La política progresista debe mirar la dimensión espiritual del ser humano como una nueva fuente revitalizante de la moral y ética políticas. Francesc Torralba, director de la Cátedra Ethos de la Universidad Ramón Llull, afirma que “hay personas que desarrollan su vida espiritual en el marco de las tradiciones religiosas, pero hay otras que desarrollan su faceta espiritual en otros ámbitos, en contacto con la naturaleza, en la contemplación del arte, en el ejercicio físico, en la meditación. La vida espiritual es heterogénea, fluida y permeable. No nos aísla del mundo, nos conecta con todos los seres.”

La política progresista sigue prisionera de bastantes tópicos y prejuicios hacia la espiritualidad (en su amplia pluralidad) ya que considera que el desarrollo de la vida interior de las personas es una dimensión refractaria a la ideología o al pensamiento político. Craso error. Aceptada, a regañadientes, la inteligencia emocional como un concepto imprescindible para una renovada política más sensible y próxima, se debe iniciar un debate a fondo sobre la inteligencia espiritual, como una disciplina (un comportamiento, una actitud vital) que da profundidad y sentido a la vida, mejorando la capacidad autónoma de las personas, favoreciendo su distancia crítica respecto a la realidad y ayudándolas a convertir sus vidas en proyectos personales con mayor fundamento y equilibrio.

Hasta ahora, la izquierda se ha movido con un reduccionismo simplista considerando lo espiritual como un fenómeno meramente religioso. Lo espiritual, entendido como el sentido que le damos a las cosas y a nuestra vida, permite residenciar en valores y principios los verdaderos reguladores de nuestro comportamiento. Y ahí radica su potencial para la política.

La dimensión espiritual de la persona no puede ser ignorada desde la izquierda renovadora y, mucho menos, desde el socialismo democrático, que tiene una base electoral y sociológica de cultura católica muy amplia y un anclaje histórico con las comunidades de base cristianas y los sectores renovadores de la jerarquía. Pero no estamos hablando de religión ni de iglesias. Se deben multiplicar los gestos hacia las comunidades laicas y creyentes comprometidas con la acción social, sí; pero también acercarse con respeto e interés hacia otros espacios de trascendencia espiritual no específicamente religiosa.

Por una nueva filosofía política… y de la política. “El derrumbe del marxismo, escribía Richard Rorty, nos ayudó a comprender por qué la política no debería intentar ser redentora (como la religión). Los hombres necesitan que se los haga más felices, no que se los redima, porque no son seres degradados, almas inmateriales apresadas en cuerpos materiales, almas inocentes corrompidas por el pecado original. Son, tal como sostenía Friedrich Nietzsche, animales inteligentes, que a diferencia de otros animales, aprendieron a colaborar unos con los otros para del mejor modo hacer realidad sus deseos”.

Creo que hay que “volver a pensar”, en el sentido más profundo del término, si queremos que la política transforme liberando no redimiendo. Pensar en la vida y en las personas. En cómo vamos a buscar su felicidad.

¿Dónde están, hoy, los filósofos en la política? Estamos huérfanos sin José Luis Aranguren y Alfonso Comín, añoramos a Victoria Camps, mal leemos a Daniel Innerarity y desconocemos a Adela Cortina. La ignorancia de buena parte de la política se maquilla por el ejercicio del poder, la prepotencia ideológica y la banalidad de la mayoría de sus presencias y retóricas públicas.

Hay que volver lo andado, quizás, para recuperar el espíritu de la política, releyendo y recuperando en un ejercicio crítico de actualización a los clásicos de todos los tiempos, sin los cuales no es posible ninguna modernización. Pero no lo conseguiremos si la política formal no se esfuerza con determinación en buscar una nueva alianza con la filosofía y la espiritualidad para renovar y rearmar la dimensión moral y ética de la acción política. Para rebelarnos contra el determinismo histórico. Para hacer posible lo urgente y lo necesario.

Acabo con una cita imprescindible de Albert Camus cincuenta años después de su muerte: “Ya que no podemos vivir tiempos revolucionarios aprendamos, al menos, a vivir el tiempo de los rebeldes. Saber decir no, esforzarse cada uno desde su puesto, crear los valores vitales de los que ninguna renovación podrá prescindir, mantener lo que merece la pena, preparar lo que merece vivirse y practicar la felicidad para que se dulcifique el terrible sabor de la justicia… Todos ellos son motivos de renovación y esperanza”.

[1] “Una ética para laicos”, Richard Rorty. (Presentación de Gianni Vattimo). Katz Editores. Madrid, 2009


Antoni Gutiérrez-Rubí es Asesor de comunicación
Artículo publicado originalmente en la Revista de la Fundació Rafael Campalans (Julio 2010), y en el interesante blog personal de Antoni Gutiérrez-Rubí.

ESFUERZO Y RENUNCIA. Carta a Iñaki Gabilondo

Querido Iñaki:

En tu programa de CNN+ el pasado jueves, te preguntaste varias veces cómo ha surgido entre nosotros esa joven generación de deportistas que, además de su gran calidad, son chicos serios, sencillos, disciplinados, trabajadores y humildes: ¿son una rara excepción o un indicio prometedor en nuestra sociedad?

Creo que los que te respondieron en el programa recurrieron a tópicos de rigor y que tu pregunta -como tantas otras que planteas- merece una reflexión más seria. Quizá yo hablo desde mis muchos años, pero aquí va un elemento de respuesta.

Esos deportistas han tenido algo que no tienen hoy nuestros jóvenes: una formación basada en el esfuerzo, la disciplina, la paciencia y la aceptación de muchas derrotas. Yo conocí algo de eso, junto a otros mil defectos que tuvo mi educación (rigor, miedo, falta de apertura a la justicia social...).

Pero, en la sociedad de mi infancia, esfuerzo, paciencia y disciplina eran patrimonio común de todos: en la derecha, el esfuerzo para el enriquecimiento y el propio egoísmo; en la izquierda, el esfuerzo por la solidaridad y la justicia.

Creo que hoy casi no queda nada de aquello. La derecha ha descubierto que no son necesarias la paciencia ni el esfuerzo para enriquecerse. Aquel capitalismo de corte calvinista que describió Max Weber, basado en el esfuerzo paciente, ha sido sustituido por la especulación financiera y el llamado capitalismo de casino: hay maneras mucho más fáciles y rápidas de enriquecerse.

Y los inacabables casos de corrupción entre nosotros, creen algunos que no son excepciones sino puntas de iceberg: porque aunque se corre algún riesgo con eso de la corrupción (o la evasión fiscal), tampoco es un riesgo demasiado grande y, en cambio, es mucho más rentable que el del esfuerzo paciente.

A su vez, la izquierda ha abandonado también el esfuerzo paciente y se ha travestido en lo que otras veces llamé "izquierda barata" (parodiando una frase del mártir Bonhoeffer que acusaba a su protestantismo de caer en "la gracia barata"), o izquierda "de cintura para abajo".

No importa el nombre pero quizá sí que importa la clásica pregunta que hace Habermas: sin un fundamento absoluto e incondicional ("religioso" dice este autor) para la solidaridad ¿es posible a la larga mantener el esfuerzo y la disciplina necesarios para intentar cambiar el mundo, exponiéndose además a no ver los resultados de ese esfuerzo?

Creo que en eso del esfuerzo y la capacidad de renuncia reside la diferencia entre esa generación de deportistas y buena parte de nuestra juventud.

Dicho esto, quisiera agregarte, que más allá de los efectos adormecedores y alienantes que hoy nos producen la Roja, y Nadal y Contador y Lorenzo... tengo muchas críticas contra la estructura del deporte en nuestro mundo. Los gastos de la Fórmula Uno, o del París-Dakar (perfumados con unas gotitas de solidaridad, para disimular), claman literalmente al cielo. De la trata de mujeres que ha desencadenado el mundial de Sudáfrica, los medios no habéis dicho nada. Y la dignidad de una sola mujer vale más que una copa del mundo.

Suelo decir, y perdona, que, bajo capa de una neutralidad informativa, los medios de comunicación tenéis el defecto de alinear al mismo nivel, y presentar en el mismo escaparate, la mierda y el jabugo. Con el inconveniente ulterior de que, como la primera es mucho más barata, acabáis dándonos mayores dosis de ella.

Y sin embargo, volviendo a la juventud para terminar, hay otro grupo de jóvenes que merecerían más presencia pública y de los que vosotros no soléis hablar (bien sea porque no los conocéis o porque teméis perder audiencia).

Son chavales y chavalas que dedicarán buena parte, o la totalidad, de sus vacaciones no a ir a Sudáfrica y ver el mundial, sino a trabajar solidariamente en el Tchad, en el Congo, o en países sudamericanos.

La triste muerte de cuatro de estas muchachas en un accidente en Perú, nos las ha puesto un momento de relieve. Pero apenas les hemos dedicado nada más allá del espacio estricto de la noticia. Y sin embargo, se merecían muchas más páginas de las que se ha llevado la Roja.

Esta es mi humilde respuesta. Ya te dije que puede que sea sólo el clásico lamento de viejo. Pero a lo mejor da algo que pensar. Y tú, no dejes de lanzarnos ese tipo de preguntas como la del pasado ocho de julio.

Un abrazo.

José Ignacio González Faus



jueves, 22 de julio de 2010

BIENVENIDOS AL MUNDIAL DE DEUDA EXTERNA SUDAFRICA 2010

Con él se intenta esconder las crudas realidades del mundo actual. Mucha elegancia y feroz espíritu de competencia para el desfile de deportistas millonarios, y multinacionales haciendo sus jugosos negocios, pugnando entre sí como si fuesen ellos los verdaderos protagonistas de una competencia que solo ofrece dinero, ganancias, estafas y miserias.


Cúbrete el rostro
y llora.
Vomita.
¡Sí!
Vomita,
largos trozos de vidrio,
amargos alfileres,
turbios gritos de espanto,
vocablos carcomidos;


Y aquí está el mundial Sudáfrica 2010.
Ni siquiera en lo futbolístico disfrutaremos de juegos atrevidos y alejados de formalidades tácticas y técnicas. Jugadores de los países del Tercer Mundo ejecutan frías técnicas de fútbol del Primer Mundo europeo, siguiendo la tendencia cosificada de un deporte “taylorizado”. Y los trabajadores, rinden tributos a los negociados de las multinacionales.


Sobre este purulento desborde de inocencia,
ante esta nauseabunda iniquidad sin cauce,
y esta castrada y fétida sumisión cultivada
en flatulentos caldos de terror y de ayuno.


El impacto económico del mundial se estima en unos US$7.325 millones. Una cifra que representa el 160 % del gasto público de Ghana, y casi 3 veces la deuda externa de Camerún, los dos países africanos más pobres de la copa.


Cúbrete el rostro
y llora...
pero no te contengas.
Vomita.



Samuel Eto, una de las figuras del Inter campeón de la UEFA y de la Selección de Camerún, considerado uno de los mejores jugadores africanos de todos los tiempos, cobra 10 millones y medio de euros por año. Unas 257 mil veces el salario mínimo en su país de origen.


¡Si!
Vomita,
ante esta paranoica estupidez macabra,
sobre este delirante cretinismo estentóreo
y esta senil orgía de egoísmo prostático:



Sudáfrica ya ha invertido más de 6.000 millones de dólares en infraestructura y gastos relacionados al evento. La suma invertida, equivale a sacar de la pobreza al conjunto de la población de Costa de Marfil, Ghana, Camerún y Honduras.


Cúbrete el rostro,
y Vomita.
No te contengas
¡Sí!
Vomita,
lacios coágulos de asco,
macerada impotencia,
rancios jugos de hastío,
trozos de amarga espera...
horas entrecortadas por relinchos de angustia.


Bienvenidos al Mundial De deuda Externa Sudáfrica 2010

martes, 20 de julio de 2010

LA IGLESIA Y LA COCA COLA. 'Teología en serio y en broma' J.M.Díez Alegría

Está escrito hace treinta y cinco años, lo que nos permite asombrarnos de la lucidez y el sentido profético de este hombre.


Y, sin embargo, la realidad a que ha conducido la platonización de la iglesia, es tan prosaica como la fabricación de la coca-cola.

Me explicaré.

La platonización idealista de la iglesia, el secuestro de Jesús por los jerarcas, que se han puesto entre Él y el pueblo, ocultándolo más o menos, y el consiguiente autoritarismo de esos hombres del «establecimiento» eclesiástico, han dado al traste con la comunidad eclesial.

El moderno mundo capitalista está lejos de la poesía de Platón. Su idealismo, o sea su superestructura conceptual, no se plasma en la suprema idea del bien, sino en la Sociedad Anónima por acciones.

Y la iglesia, bajo la cobertura de un etéreo abstraccionismo, ha ido a parar, estructuralmente hablando, en una cosa muy parecida a una empresa anónima de producción y distribución de artículos de dietética religiosa. Una especie de fábrica de coca-cola espiritual.

Una empresa anónima, una razón social que no se identifica con ninguna persona de carne y hueso. Y con eso la «responsabilidad limitada». Se pueden cometer atropellos. Pero no responde nadie. Es «la empresa». (Es la iglesia: si Vd. es buen cristiano, debe callar; contra la iglesia no se puede decir nada).

El presidente de la empresa. Los altos ejecutivos. Los empleados y empleadas. Y el público, que es el consumidor. Y que, para la empresa, sólo tiene esa función: ser cliente.

El consumo es individualista; se va al comulgatorio como a la barra del bar. Yo voy a hacer mi consumición. Y el de al lado va a hacer la suya. Y cada uno a su casa.

Esto no es ninguna caricatura. Es un esquema sociológico que sirve lo mismo para la empresa de coca-cola que para la iglesia católica, Ciertamente hay en esto un humorismo esperpéntico. Pero no es literario. Viene de la realidad.

El papa dirige. Los obispos son jefes de departamento. Los curas y monjas fabrican sacramentos, catequesis, liturgias. Y el público de fieles consume. No hace más que recibir. Consumir. Los locales son públicos. Se entra a ellos como al cine o al bar. Individualmente, a recibir el servicio, la consumición.

Y no existe la comunidad eclesial sino la empresa eclesial de servicios, de suministro de celestiales ultramarinos. Y luego el público, la clientela.

Y la clientela está fuera de la empresa.

Esto es de tal manera contrario a la esencia de la iglesia, que es comunidad de creyentes, que nos deja perplejos. Es una tragicomedia, como «La Celestina».

La iglesia es hoy, con apabullante realidad, una criatura con la cabeza en el suelo y los pies por el aire.

No hay nada que hacer, mientras no ponga los pies en el suelo y se apoye en ellos.

Los pies son la comunidad de creyentes. Creyentes con fe personal, que es una opción esencial de cada uno, y nada menos que una «gracia», una revelación del Espíritu en cada uno.

Pero cómo darle esta vuelta de campana, sobre todo teniendo en cuenta que se ha convertido en una armadura pesadísima, con una cabeza muy caliente y unos pies muy fríos? (Fríos no por culpa de ellos, sino porque la cabeza los puso hace mucho tiempo en hibernación).

Con todas las dificultades y las ambigüedades que se quiera, el porvenir está en verdaderas comunidades de base. Y en que el «ministerio» sea servicio de la comunidad, apoyado en ella y viviendo de ella. La comunidad está a la base del ministerio. Y no al revés.

El primer paso sería renunciar al autoritarismo de los «hombres de iglesia», sobre todo de los más altos.

Pero es éste un hueso duro de roer. No es blando y dulce como los «huesos de santo».

Quizá estamos en una época en que hay que ir adelante con una gran libertad interior, recordando que donde están dos o tres reunidos en nombre de Jesús, allí está Jesús en medio de ellos.

Y procurando ser pacientes con todos, como Pablo recomendaba a los fíeles de Tesalónica; o, como les decía a los romanos, en su carta: «en lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres» (Romanos, 12, 18).

José María Díez Alegría  en “Teología en serio y en broma”



sábado, 17 de julio de 2010

LA GUERRA SANTA DEL CARDENAL BERGOGLIO

Jorge Gadano (RIO NEGRO ON LINE)

El cardenal Jorge Bergoglio, ex jefe de la Compañía de Jesús en la Argentina, hoy arzobispo de Buenos Aires, convocó la semana pasada a una “guerra de Dios” contra el proyecto de ley que modifica el Código Civil para posibilitar el matrimonio entre personas del mismo sexo. La ley de matrimonio civil de 1888 acabó con el monopolio eclesial del matrimonio, pero mantuvo la restricción que lo permitió sólo para personas de distinto sexo.

Sorprende, en pleno siglo XXI, la convocatoria a una “guerra de religión” como las que se suponían concluidas con la Paz de Wesfalia, en 1648, a más de 70 años de que, en la llamada Matanza de la Noche de San Bartolomé, turbas católicas, movilizadas contra el matrimonio de la princesa católica Margarita de Medicis con un príncipe protestante, masacraran a los partidarios del príncipe en las calles de París. Entonces, como hoy, una católica debe casarse con un católico.

Lo que no puede sorprender, sin embargo, es que sea un jefe jesuita quien convoque a una guerra, porque la Compañía de Jesús es una organización religiosa militarizada (de ahí el nombre de “compañía”) creada por San Ignacio de Loyola, un líder con formación militar que fue el primer “general” de la orden.

El Papado y la Inquisición bendijeron a la Compañía, nacida en 1534 para enfrentar la rebelión protestante encabezada por Martín Lutero, quien a principios de siglo había denunciado a la jerarquía católica por el corrupto tráfico de indulgencias y la alianza con los poderes políticos.

La “obediencia debida” reclamada por Ignacio a sus soldados fue definida por él en las “Constituciones Jesuitas”, que exigieron a cada militante “ser disciplinado como un cadáver”. Así, los jesuitas lograron contener el avance protestante y mantener la autoridad irrefutable del Papa y la persecución inquisitorial a cualquier disidencia.

En esos mismos términos guerreros, emparentados con el fundamentalismo talibán y con la Yihad (guerra) islámica, Bergoglio se asume en estos días como el líder de la lucha contra la mayor herejía de nuestro tiempo, que es el llamado “matrimonio gay”. Los ejércitos que lo siguen no son solamente los de identidad vaticana. También responden a su convocatoria las huestes evangélicas que, en Río Negro y Neuquén, se expidieron en coincidencia con el clero católico en una solicitada que reivindica el matrimonio como “una creación de Dios que hemos adoptado y aceptado”.

Si les gusta así, pues sea. Pero en la Argentina no hay religión de Estado (como sí la hay en algunos países islámicos). En este país el matrimonio, tal cual fue legislado hace más de un siglo, es una creación del Congreso, que hizo justicia en la segunda mitad del siglo XIX a los millones de inmigrantes llegados a este país que pertenecían a confesiones religiosas que no eran católicas, o a ninguna.

Las “Iglesias Evangélicas de Río Negro y Neuquén” que firman la solicitada están a favor de que “la prostitución callejera” sea tenida como un delito. La comparan con “muchos impuestos (que) son abusivos y extorsivos” y se preguntan si “las leyes expresan el bien para la mayoría”. Para ellas, “con el tema de la homosexualidad asistimos a un caso similar” al de la prostitución, porque “la legalidad nos obliga a aceptar algo que no es moralmente aceptable ni éticamente correcto”. Contra la adopción de niños por parejas del mismo sexo las iglesias reclaman que se atiendan los derechos de los niños y niñas “tan vulnerados de miles de maneras”. Una de esas “maneras” es la pedofilia, de la que se publica tanto hoy gracias al aporte de no pocos clérigos que el Vaticano ampara.

A todas luces, parece imprescindible hoy una lectura histórica de la moral cristiana que flameó en las guerras contra herejes y judíos, levantando la cruz junto a la espada de los Reyes Católicos en la conquista de América y la esclavización de sus pueblos, en la hoguera que silenció a Giordano Bruno, en la tortura a Galileo Galilei.

Volviendo a Bergoglio, el convocante. El ocho de mayo pasado presidió un acto en la basílica de Luján en el que el médico Justo Carbajales leyó el documento titulado “Manifiesto de la Esperanza”, que exhortó a no votar por los dirigentes corruptos. El texto habla de “la maravillosa responsabilidad cívica de los que tienen fe en Dios” porque la fe “da vida a la esperanza” y es “la certeza de lo que se espera, prueba de lo que aún no se ve”.

Con más fe en la ciencia que en los dogmas bíblicos, Galileo probó, contra lo que se veía, que la Tierra giraba alrededor del Sol, y en aquellos mismos tiempos William Harvey descubrió la circulación de la sangre. Más cerca de nuestro tiempo otro inglés, Carlos Darwin, sepultó en su libro “El origen de las especies” la fábula de la creación escrita en el Génesis.

Movida por su espíritu combativo, Bergoglio resucita a un enemigo de la humanidad, Satanás, señor del Infierno, que con Juan Pablo II en la silla pontificia era una abstracción según alguna fuente vaticana. Incluido en la guerra de Dios como enemigo principal, el Diablo vuelve ahora como animador de homosexuales, lesbianas, transexuales, prostitutas callejeras y, en fin, todo cuanto signifique sexo, sinónimo del pecado que aleja a los pecadores de una paradisíaca vida eterna que los ministros de Dios prometen a los justos que se les someten.

No está solo el cardenal. Vino a ayudarlo desde España el jerarca del Opus Dei Benigno Blanco, quien ya se reunió con Carbajales y con Gastón Bruno, vicepresidente de una asociación de congregaciones evangélicas. No faltó al divino encuentro un Centro Islámico de la República Argentina. En fin, que todo se está haciendo como para que en la movilización de hoy haya mucha gente.

viernes, 16 de julio de 2010

CÓMO HACER LA TRANSICIÓN DEL VIEJO AL NUEVO PARADIGMA

Leonardo Boff

Damos por ya realizada la demolición crítica del sistema de consumo y de producción capitalista junto con la cultura materialista que lo acompaña. O lo superamos históricamente o pondrá en gran riesgo a la especie humana.

La solución para la crisis no puede venir del propio sistema que la ha provocado. Como decía Einstein: «el pensamiento que creó el problema no puede ser el mismo que lo solucionará». Estamos obligados a pensar diferente si queremos tener futuro para nosotros y para la biosfera. Por más que se agraven las crisis, como en la zona euro, la voracidad especulativa no remite.

Lo dramático de nuestra situación reside en el hecho de que no tenemos ninguna alternativa suficientemente vigorosa y elaborada que venga a sustituir el sistema actual. No por eso debemos desistir del sueño de otro mundo posible y necesario. La sensación que vivenciamos ha sido bien expresada por el pensador italiano Antonio Gramsci: «lo viejo se resiste a morir y lo nuevo no consigue nacer».

Pero por todas partes en el mundo hay una amplia siembra de alternativas, de estilos nuevos de convivencia, de formas diferentes de producción y de consumo. Se proyectan sueños de otro tipo de geosociedad, poniendo en actividad a muchos grupos y movimientos, con la esperanza de que algo nuevo podrá brotar desde dentro del viejo sistema en erosión. Este movimiento mundial gana visibilidad en los Foros Sociales Mundiales y recientemente en la Cúpula de los Pueblos por los derechos de la Madre Tierra, realizada en abril de 2010 en Cochabamba (Bolivia).

La historia no es lineal. Se hace por rupturas provocadas por la acumulación de energías, de ideas y de proyectos que en un momento dado introducen una ruptura y entonces lo nuevo irrumpe con vigor suficiente para alcanzar hegemonía sobre todas las otras fuerzas. Se instaura entonces otro tiempo y una nueva historia comienza.

Mientras esto no suceda, tenemos que ser realistas. Por una parte, debemos buscar alternativas para no quedar rehenes del viejo sistema, y por la otra, estamos obligados a estar dentro de él, a seguir produciendo, no obstante las contradicciones, para atender las demandas humanas. En caso contrario, no evitaríamos un colapso colectivo con efectos dramáticos.

Debemos, por lo tanto, andar sobre las dos piernas: una apoyada en el suelo del viejo sistema y la otra, en el suelo nuevo, dando énfasis a este último. El gran desafío es cómo procesar la transición entre un sistema consumista que estresa a la naturaleza y sacrifica a las personas y un sistema de sostenimiento de toda vida en armonía con la Madre Tierra, con respeto a los límites de cada ecosistema y con una distribución equitativa de los bienes naturales e industriales que hemos producido. Intercambiando ideas en Cochabamba con el conocido sociólogo belga François Houtart, uno de los buenos observadores de las actuales transformaciones, convergimos en estos puntos para la transición de lo viejo a lo nuevo.

Nuestros países del Sur deben en primer lugar luchar, aun dentro del sistema vigente, por normas ecológicas y regulaciones que preserven lo más posible los bienes y los servicios naturales o traten su utilización de forma socialmente responsable.

En segundo lugar, los países del gran Sur, especialmente Brasil, no deben aceptar ser reducidos a meros exportadores de materias primas, sino incorporar tecnologías que den valor añadido a sus productos, crear innovaciones tecnológicas y orientar su economía hacia el mercado interno.

En tercer lugar, que exijan a los países importadores que contaminen lo menos posible y que contribuyan financieramente a la preservación y regeneración ecológica de los bienes naturales que importan.

En cuarto lugar, que consigan una legislación ambiental internacional más rigurosa para los que menos respetan los preceptos de una producción ecológicamente sostenible, socialmente justa, los que relajan la adaptación y la mitigación de los efectos del calentamiento global e introducen medidas proteccionistas en sus economías.

Lo más importante de todo, sin embargo, es formar una coalición de fuerzas a partir de gobiernos, instituciones, iglesias, centros de investigación y de pensamiento, movimientos sociales, ONGs y todo tipo de personas en torno a valores y principios colectivamente compartidos, bien expresados en la Carta de la Tierra, en la Declaración de los Derechos de la Madre Tierra o en la Declaración Universal del Bien Común de la Tierra y de la Humanidad (texto básico del incipiente proyecto de reinvención de la ONU) y en el Vivir Bien de las culturas originarias de las Américas.

De estos valores y principios se espera la creación de instituciones globales y, quien sabe, la organización de una gobernanza planetaria que tenga como propósito preservar la integridad y vitalidad de la Madre Tierra, garantizar las condiciones del sistema-vida, erradicar el hambre y las enfermedades prevenibles, y forjar las condiciones para una paz duradera entre los pueblos y con la Madre Tierra.