Leonardo Boff
La Campaña de la Fraternidad de este año, ahora ecuménica, va a proponer que los millares de comunidades cristianas, parroquiales y de base discutan el tema: Economía y Vida, tema central debido a la crisis económica mundial que ha dejado mas de 60 millones de personas desempleadas.
Se trata de rescatar el sentido originario de la economía como la actividad destinada a garantizar la base material de la vida personal, social y espiritual. Ella no puede ocupar todos los espacios como ha ocurrido en los últimos decenios.
La sociedad mundial se volvió una sociedad de mercado y todas las cosas, desde el sexo a la Santísima Trinidad se volvieron mercancías con las cuales ganar dinero. La economía forma parte de un todo mayor.
Para facilitar la comprensión, distingo tres espacios de la actividad humana, uno de los cuales es ocupado por la economía. En primer lugar, somos seres de necesidad: necesitamos comer, beber, tener salud, habitar, y otros servicios. En estos asuntos, todos dependemos unos de otros para atender a esa infraestructura. Es el campo de la economía. En segundo lugar, somos seres de relación:
colaboramos con los otros, instauramos derechos y deberes, observamos leyes y juntos construimos el bien común. Es el lugar de la política. Por último, somos seres de creación: cada persona posee habilidades, no sólo reproduce lo que esta ahí sino que crea, ejerce su libertad y hace que la sociedad avance. Es el ámbito de la cultura. Todas se entrelazan, aunque haya conflictos que no invalidan esta estructura básica.
Vamos a concentrarnos en un capítulo fundamental de la economía que es el uso del dinero. Al principio no había dinero sino trueque: yo te doy un kilo de arroz y tu me das tres botellas de leche. Reinaba la relación directa y la confianza en que los trueques eran justos. Pero al sofisticarse la sociedad, entró el dinero como medio de trueque. Y ahí surgió un peligro, porque dinero significa poder que obedece a esta lógica: «quien no tiene, quiere tener; quien tiene, dice: quiero tener más; y quien tiene más, dice: nunca es suficiente». Entonces surge la posibilidad de ganar sin trabajar, el dinero haciendo dinero.
Pero el dinero tiene tres usos legítimos que son: comprar, economizar y donar. El dinero para comprar es necesario para el consumo de lo que necesitamos. Aun así siempre debemos preguntarnos: ¿compro porque lo necesito o sigo la propaganda o la moda? ¿el fabricante explota a los trabajadores? ¿al producir respeta los derechos humanos y la naturaleza o usa demasiados pesticidas? Este dinero es para el hoy.
El segundo uso del dinero es para economizar. Es algo para el mañana. No sabemos las vueltas que da la vida: enfermedad, desempleo, pensión insuficiente. Muchos ni siquiera consiguen economizar, consumen todo en su supervivencia. Pero si sobra, ¿dónde poner ese dinero?
Dejarlo bajo el colchón es dinero muerto que no produce nada. Aquí surgen los bancos, que guardan el dinero. Lo hacen rendir, al prestarlo a quien quiere producir y no dispone de capital propio. Éste recibe el dinero como préstamo pero lo hace rendir en la producción, paga intereses al banco y una parte pasa al dueño del dinero. Una persona consciente quiere saber a quien se presta su dinero: ¿para construir armas, para apoyar empresas que destruyen la naturaleza? Extraordinaria ha sido la decisión de Bangladesh y de Brasil de crear el microcrédito para apoyar a pobres que quieren producir.
El tercer uso del dinero es para donar. El dinero no es para acumularlo sino para hacerlo circular. Si atiendo de manera suficiente y decente mis necesidades, si tengo economías que me dan cierta tranquilidad para el futuro, si tengo garantizado el bienestar y cierto futuro para la familia, la donación es un gesto de gran desprendimiento. Expresa la gratitud por el don de la vida, de la salud, del amor recibido de los otros. Es altamente ético donar para los flagelados de Haití, para apoyar proyectos de lucha contra la prostitución infantil, o guarderías para las poblaciones de la periferia. Y ahí sentimos que al dar recibimos la alegría impagable de haber hecho el bien y de haber amado a los otros.
sábado, 13 de marzo de 2010
viernes, 12 de marzo de 2010
¿Y DÓNDE ESTÁ DIOS?
los devastadores terremotos sacuden la fe de los cristianos
Los sismos en Haití y Chile volvieron a poner sobre el tapete entre los creyentes el papel del Creador en las catástrofes y por qué, siendo todopoderoso y bondadoso, no las impide.
Los sismos en Haití y Chile volvieron a poner sobre el tapete entre los creyentes el papel del Creador en las catástrofes y por qué, siendo todopoderoso y bondadoso, no las impide.
Ariel Alvarez Valdés responde.
DUDA. Millones de creyentes se preguntan cómo es posible que un Dios amoroso y providente pueda permitir que sucedan desgracias en la vida de los seres humanos sin intervenir ni ayudar.
Hace 2300 años, un filósofo griego llamado Epicuro se paseaba por las calles de Atenas planteando a la gente un terrible dilema, que todavía no hemos podido resolver. Epicuro decía: "Frente al mal que hay en el mundo existen dos respuestas: o Dios no puede evitarlo, o no quiere evitarlo. Si no puede, entonces no es omnipotente. Y si no quiere, entonces es un malvado". Cualquiera de las dos respuestas hacía trizas la imagen de la divinidad.
Hoy, frente a los terremotos de Haití y Chile, el dilema de Epicuro sigue resonando como una bofetada en el corazón de millones de creyentes, que continúan preguntándose cómo es posible que un Dios amoroso y providente pueda permitir que sucedan semejantes desgracias en la vida de los seres humanos sin intervenir ni ayudar.
En realidad Epicuro con su dilema no negaba la existencia de Dios; sólo quería apuntar a la misteriosa e inexorable existencia del mal en el mundo. Sin embargo su dilema ha llevado a mucha gente al ateísmo; y de hecho, así planteado, debería llevarnos a perder la fe, ya que resulta inadmisible que Dios, pudiendo evitar las calamidades que suceden, no pueda o no quiera hacerlo.
¿Cómo resolver el dilema?
En primer lugar, se debe evitar la tentación de atribuir el mal a Dios, como han hecho algunos predicadores religiosos. Por ejemplo Pat Robertson, el famoso tele-evangelista estadounidense, declaró públicamente que la verdadera causa del terremoto de Haití es un castigo divino porque los isleños hicieron hace años un pacto con el diablo. Semejante afirmación, además de ser ofensiva para Dios y para los haitianos, elimina nuestra responsabilidad humana. En efecto, por nuestra culpa muchos de los cataclismos naturales que padecemos afectan sobre todo a los más pobres. Porque donde ellos viven las casas están peor hechas, existen menos hospitales, hay menos médicos, menos bomberos, menos recursos, y menos prevención. Además, muchos terremotos, inundaciones y catástrofes tienen un origen en la irresponsable actitud del hombre, que viene destruyendo incesantemente la naturaleza. Por eso culpar a Dios de estos sucesos resulta insensato.
Además, si hay algo que Jesús ha dejado en claro es que Dios no manda jamás los males al hombre. Ya en el primer sermón que pronunció en su vida, llamado el sermón de la montaña, enseñaba que Dios "hace salir el sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos". Es decir, Él sólo manda el bien incluso a los pecadores.
Para enseñar esto adoptó una metodología muy eficaz: comenzó a curar a todos los enfermos que le traían, y les explicaba que lo hacía en nombre de Dios, porque Él no quiere la enfermedad de nadie. Del mismo modo, cuando le pedían ayuda por alguien que había fallecido, jamás decía: "No; conviene dejarlo muerto porque ésa es la voluntad de Dios". Al contrario, lo resucitaba inmediatamente para enseñar que Dios no mandaba la muerte, ni la quería. Incluso un día sus discípulos vieron a un ciego de nacimiento, y le preguntaron: "Maestro, ¿por qué este hombre nació ciego? ¿Por haber pecado él, o porque pecaron sus padres?" (Jn 9,1-3). Y Jesús les explicó que nunca las enfermedades son enviadas por Dios, ni son castigos por los pecados.
En otra oportunidad vinieron a contarle que se había derrumbado una torre en un barrio de Jerusalén y había aplastado a 18 personas. Y Jesús les aclaró que ese accidente no era querido por Dios, ni era castigo por los pecados de esas personas, sino que todos estamos expuestos a los accidentes y por eso debemos vivir preparados (Lc 13,4-5).
Todo esto vuelve inaceptable las declaraciones de los que, cuando sufren algún contratiempo o accidente, responsabilizan a Dios. El Dios cristiano jamás puede enviar ni consentir ningún mal, ni siquiera a los pecadores.
Pero aún cuando Dios no quiera el mal, el dilema de Epicuro sigue interpelándonos: ¿por qué no los evita? ¿No puede o no quiere?
En realidad el enigma del filósofo griego está mal planteado. No podemos decir que "Dios no puede impedir" el mal que hay en el mundo. Lo correcto es decir que "es imposible que no haya mal". ¿Por qué? No porque sea un misterio, como se responde a veces cuando se quiere evadir la cuestión y dejarla en penumbra para evitar una supuesta crítica a la actuación divina. No. El mal no es un misterio. Es inevitable, sencillamente.
Sería imposible la existencia de un mundo sin mal, por la simple razón de que el mundo es finito, limitado, precario. Dios no podía crear un mundo perfecto, porque lo único perfecto que existe es él. Todo lo demás que pudiera crear, resulta necesariamente limitado. Y a esa limitación le llamamos mal. Hablando hipotéticamente, Dios podría no haber creado este mundo. Pero si lo crea, tienen que ser necesariamente finito (si no, se crearía a sí mismo). De modo que la finitud, la imperfección, la carencia, la privación, estarán siempre presentes como parte de la naturaleza.
El mundo, como hoy está creado, tiene sus propias leyes que lo rigen de manera autónoma, y las inevitables condiciones de esa finitud hacen que Dios no las pueda manipular a su antojo, evitando permanentemente el mal, porque iría contra las leyes que él mismo puso. Por lo tanto, no es que Dios "no quiera" o "no pueda" evitar el mal, sino que simplemente el planteo carece de sentido. La idea de un mundo sin mal es tan contradictoria como la de un círculo cuadrado.
Pero entonces queda una pregunta: ¿valía la pena que Dios creara este mundo? Por supuesto que sí. Para el creyente, si Dios lo ha creado así, es porque valía la pena. Él por su parte, se compromete, acompaña y trabaja junto a los que luchan por erradicar el mal, por implantar la justicia, por sembrar la paz y fomentar la igualdad entre los hombres. A tal punto, que la salvación del hombre dependerá de si ha ayudado a Dios en obrar el bien: "Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber".
Dios quiere el bien, ama el bien y asiste a cuantos trabajan por el bien. Y nuestra tarea es colaborar con Dios para que cada vez haya más bien a nuestro alrededor, no reprocharle la existencia del mal. Como aquel hombre que le preguntaba a su amigo: "¿Vos rezas a Dios?" "Sí, todas las noches". "¿Y qué le pides?" "No le pido nada. Simplemente le pregunto en qué puedo ayudarlo".
DUDA. Millones de creyentes se preguntan cómo es posible que un Dios amoroso y providente pueda permitir que sucedan desgracias en la vida de los seres humanos sin intervenir ni ayudar.
Hace 2300 años, un filósofo griego llamado Epicuro se paseaba por las calles de Atenas planteando a la gente un terrible dilema, que todavía no hemos podido resolver. Epicuro decía: "Frente al mal que hay en el mundo existen dos respuestas: o Dios no puede evitarlo, o no quiere evitarlo. Si no puede, entonces no es omnipotente. Y si no quiere, entonces es un malvado". Cualquiera de las dos respuestas hacía trizas la imagen de la divinidad.
Hoy, frente a los terremotos de Haití y Chile, el dilema de Epicuro sigue resonando como una bofetada en el corazón de millones de creyentes, que continúan preguntándose cómo es posible que un Dios amoroso y providente pueda permitir que sucedan semejantes desgracias en la vida de los seres humanos sin intervenir ni ayudar.
En realidad Epicuro con su dilema no negaba la existencia de Dios; sólo quería apuntar a la misteriosa e inexorable existencia del mal en el mundo. Sin embargo su dilema ha llevado a mucha gente al ateísmo; y de hecho, así planteado, debería llevarnos a perder la fe, ya que resulta inadmisible que Dios, pudiendo evitar las calamidades que suceden, no pueda o no quiera hacerlo.
¿Cómo resolver el dilema?
En primer lugar, se debe evitar la tentación de atribuir el mal a Dios, como han hecho algunos predicadores religiosos. Por ejemplo Pat Robertson, el famoso tele-evangelista estadounidense, declaró públicamente que la verdadera causa del terremoto de Haití es un castigo divino porque los isleños hicieron hace años un pacto con el diablo. Semejante afirmación, además de ser ofensiva para Dios y para los haitianos, elimina nuestra responsabilidad humana. En efecto, por nuestra culpa muchos de los cataclismos naturales que padecemos afectan sobre todo a los más pobres. Porque donde ellos viven las casas están peor hechas, existen menos hospitales, hay menos médicos, menos bomberos, menos recursos, y menos prevención. Además, muchos terremotos, inundaciones y catástrofes tienen un origen en la irresponsable actitud del hombre, que viene destruyendo incesantemente la naturaleza. Por eso culpar a Dios de estos sucesos resulta insensato.
Además, si hay algo que Jesús ha dejado en claro es que Dios no manda jamás los males al hombre. Ya en el primer sermón que pronunció en su vida, llamado el sermón de la montaña, enseñaba que Dios "hace salir el sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos". Es decir, Él sólo manda el bien incluso a los pecadores.
Para enseñar esto adoptó una metodología muy eficaz: comenzó a curar a todos los enfermos que le traían, y les explicaba que lo hacía en nombre de Dios, porque Él no quiere la enfermedad de nadie. Del mismo modo, cuando le pedían ayuda por alguien que había fallecido, jamás decía: "No; conviene dejarlo muerto porque ésa es la voluntad de Dios". Al contrario, lo resucitaba inmediatamente para enseñar que Dios no mandaba la muerte, ni la quería. Incluso un día sus discípulos vieron a un ciego de nacimiento, y le preguntaron: "Maestro, ¿por qué este hombre nació ciego? ¿Por haber pecado él, o porque pecaron sus padres?" (Jn 9,1-3). Y Jesús les explicó que nunca las enfermedades son enviadas por Dios, ni son castigos por los pecados.
En otra oportunidad vinieron a contarle que se había derrumbado una torre en un barrio de Jerusalén y había aplastado a 18 personas. Y Jesús les aclaró que ese accidente no era querido por Dios, ni era castigo por los pecados de esas personas, sino que todos estamos expuestos a los accidentes y por eso debemos vivir preparados (Lc 13,4-5).
Todo esto vuelve inaceptable las declaraciones de los que, cuando sufren algún contratiempo o accidente, responsabilizan a Dios. El Dios cristiano jamás puede enviar ni consentir ningún mal, ni siquiera a los pecadores.
Pero aún cuando Dios no quiera el mal, el dilema de Epicuro sigue interpelándonos: ¿por qué no los evita? ¿No puede o no quiere?
En realidad el enigma del filósofo griego está mal planteado. No podemos decir que "Dios no puede impedir" el mal que hay en el mundo. Lo correcto es decir que "es imposible que no haya mal". ¿Por qué? No porque sea un misterio, como se responde a veces cuando se quiere evadir la cuestión y dejarla en penumbra para evitar una supuesta crítica a la actuación divina. No. El mal no es un misterio. Es inevitable, sencillamente.
Sería imposible la existencia de un mundo sin mal, por la simple razón de que el mundo es finito, limitado, precario. Dios no podía crear un mundo perfecto, porque lo único perfecto que existe es él. Todo lo demás que pudiera crear, resulta necesariamente limitado. Y a esa limitación le llamamos mal. Hablando hipotéticamente, Dios podría no haber creado este mundo. Pero si lo crea, tienen que ser necesariamente finito (si no, se crearía a sí mismo). De modo que la finitud, la imperfección, la carencia, la privación, estarán siempre presentes como parte de la naturaleza.
El mundo, como hoy está creado, tiene sus propias leyes que lo rigen de manera autónoma, y las inevitables condiciones de esa finitud hacen que Dios no las pueda manipular a su antojo, evitando permanentemente el mal, porque iría contra las leyes que él mismo puso. Por lo tanto, no es que Dios "no quiera" o "no pueda" evitar el mal, sino que simplemente el planteo carece de sentido. La idea de un mundo sin mal es tan contradictoria como la de un círculo cuadrado.
Pero entonces queda una pregunta: ¿valía la pena que Dios creara este mundo? Por supuesto que sí. Para el creyente, si Dios lo ha creado así, es porque valía la pena. Él por su parte, se compromete, acompaña y trabaja junto a los que luchan por erradicar el mal, por implantar la justicia, por sembrar la paz y fomentar la igualdad entre los hombres. A tal punto, que la salvación del hombre dependerá de si ha ayudado a Dios en obrar el bien: "Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber".
Dios quiere el bien, ama el bien y asiste a cuantos trabajan por el bien. Y nuestra tarea es colaborar con Dios para que cada vez haya más bien a nuestro alrededor, no reprocharle la existencia del mal. Como aquel hombre que le preguntaba a su amigo: "¿Vos rezas a Dios?" "Sí, todas las noches". "¿Y qué le pides?" "No le pido nada. Simplemente le pregunto en qué puedo ayudarlo".
jueves, 11 de marzo de 2010
EN SOLIDARIDAD CON EL GRUPO SM, LA EDITORIAL DE LOS MARIANISTAS
Maite García RomeroMartes 9 de marzo de 2010, por Foro Diamantino
Resumen de prensa
Resumen de prensa
En octubre de 2006, el Grupo SM, la editorial de los marianistas que dirige Javier Cortés, publica “Descubrir el Islam”, un libro destinado a la formación de los niños musulmanes. Su autor, el presidente de la UCIDE, Riay Tatary, lo calificó como “un sueño” para los musulmanes españoles, “una esperanza de que el manual abra puertas y ayude a vencer los recelos que aún despierta la enseñanza del Islam en la escuela pública”.
Según hemos podido saber ahora, el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe –el cardenal William Joseph Levada- reclamó a la CEE “un informe con el juicio que le merecía la publicación por la editorial SM de los manuales para la enseñanza del Islam en la escuela”.
La jerarquía católica española no dudó al calificarla como un “hecho insólito en la historia de la Iglesia”. Y su particular Comisión episcopal para la doctrina de la fe se dedicó a escudriñar celosamente en las publicaciones del Grupo SM.
El informe presentado al Vaticano ocupa cinco folios y concluye que “la deriva doctrinal adoptada por la editorial desde hace tiempo es de tal gravedad que no se resuelve con la censura de alguna obra aislada. La solución pasa por una reorientación de la línea editorial”.
Propone que el Grupo SM se someta a una “auditoría doctrinal” y en caso de que no la acepte, “la CEE se vería obligada a declarar que la editorial no puede ser considerada católica y que, en consecuencia, sus publicaciones no ofrecen garantías de cara a la transmisión de la fe”.
Entre las razones aducidas, además del libro sobre el Islam, se enumeran varios libros escolares que ofrecen una explicación de los métodos anticonceptivos gracias a los cuales cada pareja puede realizar su “propia planificación familiar” o en los que afirma que “no tiene nada de malo ser homosexual o bisexual”. En concreto cuestiona la obra «De sexo también se habla. Guía de sexualidad para adolescentes», en la que «se explica cómo reaccionar ante un embarazo inesperado».
La revista «Vida Nueva», que publica el Grupo SM, no obstante su reconocida moderación, es según la CEE expresión de disenso.
También es motivo de queja la colección de PPC, Cátedra Chaminade, que acoge autores del disenso teológico... (En esta ocasión no se menciona al libro de Pagola sobre Jesús, pero quizás la procesión vaya por dentro).
Cabe destacar que SM también ha tropezado con las quejas de la COPE, que en su momento arremetió contra José Antonio Marina por escribir un manual de texto para Educación por la Ciudadanía.
Según se cuenta, el cardenal William Levada, que ha dado muestras últimamente de moderación al pedir con respeto al Gobierno “diálogo sobre la ley del aborto”, no estaba por la labor de seguir adelante con las recomendaciones del informe. Y que según se dice ha sido el núcleo duro de la CEE, bien a pesar del obispo secretario, Juan Martínez Camino, quien ha filtrado a La Razón el documento que hasta ahora tenía la consideración de “interno”.
Según hemos podido saber ahora, el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe –el cardenal William Joseph Levada- reclamó a la CEE “un informe con el juicio que le merecía la publicación por la editorial SM de los manuales para la enseñanza del Islam en la escuela”.
La jerarquía católica española no dudó al calificarla como un “hecho insólito en la historia de la Iglesia”. Y su particular Comisión episcopal para la doctrina de la fe se dedicó a escudriñar celosamente en las publicaciones del Grupo SM.
El informe presentado al Vaticano ocupa cinco folios y concluye que “la deriva doctrinal adoptada por la editorial desde hace tiempo es de tal gravedad que no se resuelve con la censura de alguna obra aislada. La solución pasa por una reorientación de la línea editorial”.
Propone que el Grupo SM se someta a una “auditoría doctrinal” y en caso de que no la acepte, “la CEE se vería obligada a declarar que la editorial no puede ser considerada católica y que, en consecuencia, sus publicaciones no ofrecen garantías de cara a la transmisión de la fe”.
Entre las razones aducidas, además del libro sobre el Islam, se enumeran varios libros escolares que ofrecen una explicación de los métodos anticonceptivos gracias a los cuales cada pareja puede realizar su “propia planificación familiar” o en los que afirma que “no tiene nada de malo ser homosexual o bisexual”. En concreto cuestiona la obra «De sexo también se habla. Guía de sexualidad para adolescentes», en la que «se explica cómo reaccionar ante un embarazo inesperado».
La revista «Vida Nueva», que publica el Grupo SM, no obstante su reconocida moderación, es según la CEE expresión de disenso.
También es motivo de queja la colección de PPC, Cátedra Chaminade, que acoge autores del disenso teológico... (En esta ocasión no se menciona al libro de Pagola sobre Jesús, pero quizás la procesión vaya por dentro).
Cabe destacar que SM también ha tropezado con las quejas de la COPE, que en su momento arremetió contra José Antonio Marina por escribir un manual de texto para Educación por la Ciudadanía.
Según se cuenta, el cardenal William Levada, que ha dado muestras últimamente de moderación al pedir con respeto al Gobierno “diálogo sobre la ley del aborto”, no estaba por la labor de seguir adelante con las recomendaciones del informe. Y que según se dice ha sido el núcleo duro de la CEE, bien a pesar del obispo secretario, Juan Martínez Camino, quien ha filtrado a La Razón el documento que hasta ahora tenía la consideración de “interno”.
¿ES LA IGLESIA CATÓLICA COMPATIBLE CON LA FE?
(…)
Después de informarme ampliamente sobre el tema, y de haber estado anoche hasta las tantas dándole vueltas; esta mañana soy yo la que contemplo con preocupación la deriva doctrinal, no de la editorial SM precisamente, sino la que está adoptando la Iglesia.
Declarar a SM “no católica” pienso que sería una decisión nada católica. Es más, lo que entraría en crisis no sería la citada editorial, a la que no le faltaría apoyo, sino la propia Comisión para la Doctrina de la Fe de la CEE, caracterizada ya de por sí por su visión estrecha y preconciliar de la fe cristiana.
¿Pero qué pretende nuestra Iglesia, seguir siendo la dominadora del mundo? En España hay 10.000 niños musulmanes que tienen derecho a la enseñanza del Islam, ¿por qué no se normaliza el derecho de los padres a que sus hijos reciban la educación religiosa que deseen?
¿Por qué cuando la finalidad de una editorial católica no es otra que promover la tolerancia, la solidaridad y la paz, la misma Iglesia Católica la condena?
¿Por qué tanto los obispos como el Vaticano no contemplan también con preocupación la falta de amor cristiano que existe cada vez más entre sus filas? El mundo está a falto de calor humano ¿Por qué promover tanta discordia continuamente?
Tanta imposición, desconfianza, fanatismo, prejuicio... Los sacerdotes manifiestan en sus homilías que la violencia, el consumismo, las drogas, así como la desmedida libertad sexual que existe hoy día, es debido a la falta de valores que padece esta sociedad. Y me pregunto: ¿qué está haciendo la Iglesia para paliar este “desenfreno”? Porque lo que estamos observando es que cada vez que se pronuncia lo único que consigue es crear polémica y malestar.
Hace poco, la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, puso una nota de clarificación sobre el libro del Rvdo. José Antonio Pagola, Jesús aproximación histórica, ya que opinan que es “incompatible con la fe” Por favor… Ni siquiera merece comentario.
Si la única preocupación que tiene la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, es preservar la teoría de una doctrina exenta de amor, de acuerdo. Si por el contrario, es poner de manifiesto las enseñanzas de Jesús, creo que debería adoptar otra actitud.
El reto prioritario que debemos o deberíamos tener los seres humanos, es conseguir la paz en el mundo. Pero, claro, si nuestro corazón está saturado de ambición, egoísmo y desconfianza ¿cómo vamos a encontrar la senda? De hecho, esto lo demuestra el fracaso de “todas las mesas redondas” y las interminables discusiones que se organizan para tratar dicha cuestión. Por lo cual, más vale no hablar de paz hasta que ella deje de significar, tan sólo, un precario acuerdo internacional montado sobre el cráter de un volcán.
Por último, ensalzar la extraordinaria labor que ejercen y han ejercido tantos y tantos, religioso/as y seglares católicos en el mundo: los que han entregado su vida en pro de los más desfavorecidos, los que luchan y trabajan en el anonimato, y los que han sido acallados y amonestados, como fue el caso del Obispo Casaldáliga (el obispo de los pobres) seguidor, como otros muchos, de la Teología de la Liberación.
Maite García Romero Elplural.com 07/09/2008
(…)
Después de informarme ampliamente sobre el tema, y de haber estado anoche hasta las tantas dándole vueltas; esta mañana soy yo la que contemplo con preocupación la deriva doctrinal, no de la editorial SM precisamente, sino la que está adoptando la Iglesia.
Declarar a SM “no católica” pienso que sería una decisión nada católica. Es más, lo que entraría en crisis no sería la citada editorial, a la que no le faltaría apoyo, sino la propia Comisión para la Doctrina de la Fe de la CEE, caracterizada ya de por sí por su visión estrecha y preconciliar de la fe cristiana.
¿Pero qué pretende nuestra Iglesia, seguir siendo la dominadora del mundo? En España hay 10.000 niños musulmanes que tienen derecho a la enseñanza del Islam, ¿por qué no se normaliza el derecho de los padres a que sus hijos reciban la educación religiosa que deseen?
¿Por qué cuando la finalidad de una editorial católica no es otra que promover la tolerancia, la solidaridad y la paz, la misma Iglesia Católica la condena?
¿Por qué tanto los obispos como el Vaticano no contemplan también con preocupación la falta de amor cristiano que existe cada vez más entre sus filas? El mundo está a falto de calor humano ¿Por qué promover tanta discordia continuamente?
Tanta imposición, desconfianza, fanatismo, prejuicio... Los sacerdotes manifiestan en sus homilías que la violencia, el consumismo, las drogas, así como la desmedida libertad sexual que existe hoy día, es debido a la falta de valores que padece esta sociedad. Y me pregunto: ¿qué está haciendo la Iglesia para paliar este “desenfreno”? Porque lo que estamos observando es que cada vez que se pronuncia lo único que consigue es crear polémica y malestar.
Hace poco, la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, puso una nota de clarificación sobre el libro del Rvdo. José Antonio Pagola, Jesús aproximación histórica, ya que opinan que es “incompatible con la fe” Por favor… Ni siquiera merece comentario.
Si la única preocupación que tiene la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, es preservar la teoría de una doctrina exenta de amor, de acuerdo. Si por el contrario, es poner de manifiesto las enseñanzas de Jesús, creo que debería adoptar otra actitud.
El reto prioritario que debemos o deberíamos tener los seres humanos, es conseguir la paz en el mundo. Pero, claro, si nuestro corazón está saturado de ambición, egoísmo y desconfianza ¿cómo vamos a encontrar la senda? De hecho, esto lo demuestra el fracaso de “todas las mesas redondas” y las interminables discusiones que se organizan para tratar dicha cuestión. Por lo cual, más vale no hablar de paz hasta que ella deje de significar, tan sólo, un precario acuerdo internacional montado sobre el cráter de un volcán.
Por último, ensalzar la extraordinaria labor que ejercen y han ejercido tantos y tantos, religioso/as y seglares católicos en el mundo: los que han entregado su vida en pro de los más desfavorecidos, los que luchan y trabajan en el anonimato, y los que han sido acallados y amonestados, como fue el caso del Obispo Casaldáliga (el obispo de los pobres) seguidor, como otros muchos, de la Teología de la Liberación.
Maite García Romero Elplural.com 07/09/2008
lunes, 8 de marzo de 2010
MI PRESENTACION IMPRESENTADA DEL LIBRO DE JUAN MASIÁ
Pedro M. Lamet (04/03/10)
Hace un mes mi compañero y amigo Juan Masiá me pidió que presentara en Madrid su último libro,Vivir en la frontera (ed. Nueva Utopia), que, como su mismo nombre indica, recopila una serie de artículos de este autor sobre temas fronterizos. Le respondí que “de mil amores”, pero le sugerí que para evitar lo del “jesuita presentando a jesuita ”buscara a alguien que lo pudiera hacer desde fuera, por ejemplo un laico conocido.
Al cabo de un tiempo recibí la convocatoria de la presentación en la que intervendríamos Benjamín Forcano, por la editorial, el presidente de Congreso de Diputados, José Bono, y un servidor. Pues bien, anteayer cuando me encontraba en el aeropuerto para tomar un avión a San Sebastián, donde pronuncié una conferencia sobre “Jesus de Nazaret en la novela y el cine conteporáneos”, recibí una llamada de mi superior provincial en la que me pidió cordialmente pero con firmeza que no asistiera a ese acto que se celebra hoy, 4 de marzo, en el salón de actos de los Escolapios.
Como entendí que era una decisión que afectaba a mi voto de obediencia no acudiré al acto. Pero, como al mismo tiempo había dado mi palabra y a última hora desbarataba el programa de la presentación, comuniqué a mi superior que haría pública la razón de mi ausencia. La motivación esgrimida por el superior es que la Compañía no puede respaldar con la presencia de un jesuita un acto, para el que, según él, Masía no cuenta con los correspondientes permisos del provincial del Japón, bajo cuya jurisdicción se encuentra. Mi intuición me dice que, dada la inmediatez de la medida, probablemente detrás gravita la llamada del algún importante mitrado.
En todo caso he presentado mis disculpas a los organizadores del acto al que siento no asistir por la amistad que me une desde hace muchos años con Masiá y por este feo totalmente ajeno a mi voluntad. Pero ello no me impide ofrecer en este blog el texto completo de esta presentación impresentada. Lo hago por razones de conciencia y porque pienso que mis palabras pueden ayudar a un conocimiento más cabal de la verdadera personalidad de Juan Masiá. Estoy seguro que mi falta no restará brillantez alguna al acto y que los asistentes disfrutarán de las intervenciones de mis colegas y buenos amigos Bono, Forcano y Masiá.
“
Un koan en la tradición zen es un problema que el maestro plantea al novicio para comprobar sus progresos. Muchas veces el koan parece un problema absurdo, ilógico o banal. Para resolverlo el discípulo debe desligarse del pensamiento racional y aumentar su nivel de conciencia para adivinar lo que en realidad le está preguntando el maestro, que trasciende al sentido literal de las palabras. La meditación del koan ayuda a dar un salto y alcanzar el despertar interior o iluminación (satori). Uno de los koan más famosos atribuidos al maestro Linnji dice así: “Si te encuentras con Budda, mátalo”. Una frase que para cualquier ortodoxo provocaría escándalo. Sin embargo el maestro Zuzuki la explica así: “Mata a Budda si Budda existe en alguna otra parte. Mátalo porque deberías asumir tu propia naturaleza de Budda”. Y es que quedarse en el pensamiento, en la norma, el concepto, la palabrita, nos impide crecer como personas, romper códigos, encontrarnos con la verdad. Esta es la tarea que de algún modo se ha planteado últimamente Juan Masiá Clavel con sus libros, sus conferencias y sus aparentes provocaciones.
Aunque Juan Masiá ha salido en muchos titulares de periódicos, en realidad es un gran desconocido. Él y yo nacimos el mismo mes del mismo año, marzo de 1941, y casi el mismo día; ingresamos a la par en el noviciado de Aranjuez de la Compañía de Jesús e hicimos por tanto juntos la iniciación de jesuita en los tardíos cincuenta, todavía herederos del rigor de la posguerra, y también juntos pronunciamos los votos. Ambos somos del signo piscis y por tanto proclives a la sensibilidad artística, a un cierto, más o menos disimulado, narcisismo, y desde luego, como se ha podido comprobar, al interés por la religión, la fe y la mística.
Estas vidas confluyentes se transformaron en paralelas cuando él fue destinado al Japón donde llegaría a ser profesor de filosofía de la Universidad Sofía, más tarde experto en bioética y últimamente publicista, escritor de amplio espectro. Mientras, yo me quedaba en España entregado, como todo el mundo sabe, a la siempre arriesgada labor periodística y a la creación literaria. Por todo ello, como podéis imaginar, para mí hoy es una satisfacción intervenir en este acto en el que más que presentar su excelente libro, como otros han hecho, voy a intentar trazar un breve pero sustancioso perfil de su autor.
Juan, aunque algunos crean lo contrario, tiene poco del enfant terrible y “hombre peligroso” con que muchos le identifican. Los que le conocemos de cerca lo percibimos como un murciano dulce, algo tímido, de exquisito y sencillo trato, amigo de sus amigos, muy sensible a los débiles y marginados, y sobre todo profundo buceador de la conciencia humana. El calificativo que más le conviene, pese a las apariencias, es el título de probablemente su mejor obra de antropología filosófica en la que define al hombre como “el animal vulnerable”. ¿Vulnerable Juan Masía? ¿No se diría todo lo contrario cuando ha aparecido tan seguro y valiente en sus afirmaciones de bioética y en sus críticas institucionales que le han acarreado censuras y prohibiciones?
Dicen que los tímidos pueden estar callados y escondidos durante años. Así había permanecido Juan durante décadas, en su gabinete de Tokyo, entregado a sus luminosas convergencias entre Unamuno y Ortega con la filosofía nipona, y tendiendo un apasionante puente entre Oriente y Occidente. Sus libros aparecían en japonés -él solía decirme que era una gran ventaja porque, ¿sabes? en Roma nadie sabe una palabra de japonés- y él era, y aún lo es, consultado incluso por los obispos del país del Sol Naciente, una sociedad pagana donde los católicos son tan minoritarios que nadie se molesta en mirar con lupa a los considerados teólogos progresistas.
Mi querido compañero y amigo Juan Masiá tuvo la delicadeza, durante un viaje a Japón, al que fui a recabar datos para mi biografía del gran Pedro Arrupe, de acompañarme y servirme durante muchos días de humilde traductor. Recuerdo dos anécdotas significativas de aquel viaje. Un taxista que después oírle hablar en japonés hizo una gran inclinación y exclamó: “Jamás he oído a un occidental hablar japonés como usted”. Y, aunque yo no entiendo ni palabra de esa complicada lengua, he de reconocer que, cuando la habla, se produce en Juan un extraño mimetismo. Os lo aseguro, se le cambia la cara, se le transmutan los ojos y la sonrisa; a Juan se le pone cara de japonés. Un fenómeno que también dulcifica, como he comprobado incluso a algunos compañeros más duros y recios castellanos.
La otra anécdota, que ambos hemos recordado hasta la saciedad, ocurrió en un templo zen de la sagrada ciudad de Nara, cuando, sentados en el suelo y tomando un té con un monje budista de cabeza rapada, frente a un recortado jardín japonés, éste me dijo: “Sé plenamente el ser que ya eres”. Juan me indicó que la traducción literal del término empleado por el bonzo venía a ser: “Requetehazte el ser que ya eres”. San Agustín lo formuló de otra manera en una famosa sentencia mística, que (según él) le fue revelada en un sueño por el mismo Cristo: “No me buscarías si no me hubieses encontrado”.
Yo creo que esta frase resume bien la aventura de Juan como profesor, escritor y conferenciante: la búsqueda de la autenticidad, de la coherencia y de la libertad del ser que en el fondo era, es y siempre ha sido Juan Masiá. Y es que, durante su aún reciente actividad en España, donde estuvo impartiendo además de Antropología Filosófica clases de Bioética, el tímido Juan Masiá estalló y no tuvo rebozo de decir todo lo que pensaba. Claro, España no es Japón; ni nuestra jerarquía se ha olvidado del todo de custodiar a la grey como en los tiempos del nacionalcatolicismo; ni nuestro país ha superado plenamente los funestos tics del clericalismo enfrentado en dos bandos; ni un titular de periódico se lee todavía aquí como una opinión, sino como una agresión. Le pese o no al nuevo laicismo, todavía lo que dice un cura en España va a misa, y perdóneseme la redundancia.
Por otra parte Juan es un demócrata, un hombre dialogante, y no necesita que todo el mundo esté de acuerdo con él. Lo que sí necesita, lo que sí necesitamos todos es que él pueda expresarse en libertad en la Iglesia, donde ya Pío XII veía necesaria la existencia de una opinión pública, cosa imposible si te amordazan a la primera de cambio.
Este libro escrito con una prosa que fluye desenfadada y tranquila como las flores del loto en un riachuelo, es su mejor retrato, pues muestra a un hombre en la frontera. La frontera es siempre un límite complicado, de refriegas y desgarros, pues supone tender puentes, hacer de “pontífice”, y eso exige tener un pie en cada lado. Hoy en la Iglesia se pide desde la restauración wojtyliana, como decía un amigo no fidelity, sino high fidelity; tener los dos pies en la más inflexible ortodoxia, con lo cual nadie puede ayudar a los del otro lado. El padre Arrupe y la Compañía también nos han pedido a los jesuitas ser hombres de frontera en la fe, las culturas y los grandes desafíos que provoca la injusticia y el neoliberalismo imperantes.
Muchas veces le he dicho a Juan que hay que conocer el auditorio al que uno se dirige: que no es lo mismo a hablar a fieles de la calle Serrano que a obreros de Vallecas; a los paganos o budistas japoneses, que a los católicos neoconservadores de la España neolaicista. Pero él no me hace caso. Quizás porque quiere hacer de koan en esta sociedad, “matar al buda” de una sociedad encorsetada por tópicos del pasado y condenas farisaicas, que en una palabra pretende hacerla despertar. Digámoslo claro: Juan Masía es un provocador. Los provocadores se pueden equivocar; pueden, como todo el mundo, confundir su “ego” con la verdad. Pero son absolutamente necesarios para que un colectivo humano progrese. Sobre todo, cuando la provocación, como en este caso va dirigida precisamente contra la cerrazón, la miopía y la carencia de apertura al diálogo.
En Japón hay un baño vertical caliente que se llama furo y que utilizan todos los miembros de la familia uno tras otro, no para enjabonarse, sino para relajarse desnudos antes de cenar. Juan me criticó un día, con un símil esclarecedor, la gente que en la Iglesia “se mete en el furo con bañador”. Necesitamos desnudarnos de muchas cosas para recuperar el Evangelio. Masiá nos desnuda y esto da miedo, porque deja a la gente a la intemperie.
Como muestra de esta libertad de espíritu, quiero terminar con un párrafo suyo, que comparto, en Vivir en la frontera, el libro que hoy presentamos: “Ninguna espiritualidad tiene derecho al monopolio de lo sagrado. Ninguna religión tiene derecho al monopolio de lo divino. Ninguna de las iglesias hermanas tienen derecho al monopolio del Espíritu de Cristo, que sopla, donde, cuando y como quiere sin que lo controlemos. La Presencia del Espíritu de Vida subsiste también en la Iglesia católica, a pesar de que sus miembros traicionemos el soplo de ese Espíritu con nuestros exclusivismos, inclusivismos y rechazos del pluralismo fomentado por el mismo Espíritu. Subsiste igualmente en las iglesias hermanas y en las otras religiones (…) Todos estamos en camino, in via, en búsqueda continua de Espíritu de Vida. Dentro de cada Iglesia no detentamos el monopolio del Espíritu, sino creemos y celebramos lo que ya está ocurriendo fuera: que para su soplo no hay barreras. El Espíritu nos quita el miedo al cambio, a la diferencia, a la pluralidad y al fantasma del relativismo. Porque el Espíritu nos enseña que lo único que no cambia es su soplo que nos hace cambiar ‘haciéndolo todo nuevo’”.
Gracias, Juan, por estas palabras, por tu libro y por tu difícil misión en la Iglesia. Te digo lo que me dijo una vez el padre Arrupe ante un tema espinoso sobre el que tenía que escribir, con un nuncio bastante enfadado por medio: “Vaya usted a la capilla, medítelo en silencio ante el sagrario, y aquello que sienta en lo profundo de su ser, hágalo libremente”. Eso hizo él, y todos recordamos muy bien lo que le sucedió. Que tu verdad, Juan, ojalá “la verdad”, te siga haciendo libre.
Pedro Miguel Lamet
domingo, 7 de marzo de 2010
8 DE MARZO: DÍA DE LA MUJER
La niña minera Abigaíl Canaviri, de 14 años.La crisis económica mundial afectará más a las mujeres en el campo laboral, ha señalado la Organización Internacional del Trabajo (OIT). En el último informe presentado, el organismo sostuvo que la crisis afecta tanto a hombres como a mujeres, pero que el verdadero impacto en el sector femenino aún está por llegar.
Para Abigaíl, la niña minera de Potosí, Bolivia, a quien quiero hacer un homenaje en el día de hoy, que comenzó a trabajar con sólo 12 añosdesconoce los informes de OIT, la ONU, el Banco Mundial ni le importa.
Su única misión es sobrevivir día a día en las entrañas de una tierra tan explotada como ella, superando el miedo a la silicosis que mató a su padre por trabajar también en la mina.
Abigaíl trabaja de noche, unas 12 o 14 horas. La cooperativa de mineros le pagaba 20 pesos diarios (dos euros), cuatro veces menos de lo que cobra un adulto por la misma tarea. Pero desde hace varios meses trabaja gratis. Sus minúsculas ganancias se las restan a la deuda de 2.000 euros que le cargaron a su madre viuda.
Para los grandes organismos internacionales, un día como hoy sólo presentan estadísticas. Desconocen los nombres, el sufrimiento, los 20 pesos de Abigaíl, los sueños de esta niña minera, el día a día de generaciones de mujeres que llevan en sus espaldas no sólo la discriminación sino la injusticia social durante milenios.
Ahora se habla de empoderamiento, lo introducen en discursos políticos a miles de kilómetros de la mina de Abigaíl. Un término que está muy de moda específicamente en referencia a la mujer. Los programas de empoderamiento se orientan frecuentemente a permitir el acceso de las mujeres a los recursos y a la toma de decisiones, tanto individuales como colectivas y conseguir que ellas se perciban a sí mismas capaces y legítimas para ocupar un espacio en la toma de decisiones. Para la niña minera a ésto le suena a ciencia ficción.
Terminología, objetivos con perspectiva de género en los pasillos de la ONU, mientras unos 3.800 niños y adolescentes siguen trabajando en las minas bolivianas, aunque según la ONG local Cepromin (Centro de Promoción Minera), la cifra real de mineros ronda los 13.000.Transcurren tantos y tantos años, y no sólo no cambia la realidad de las desigualdades e injusticias sino que se van agravando, de tal forma que en algún lugar de este mundo habrá otra niña como Abigaíl que seguirá soñando con estudiar Medicina “para darles medicinas a los niños pobres y curarlos gratis.” He aquí un poco de lucidez, un ejemplo de dignidad para apender.
Para ella, para las cientos y miles de niñas trabajadoras que viven en la sombra.
jueves, 4 de marzo de 2010
EL PÁRROCO DE SAN CARLOS BORROMEO DENUNCIA IDENTIFICACIONES IRREGULARES DE INMIGRANTES
“Que se produzcan identificaciones y entradas al domicilio sin orden judicial y que no conste esa minuta a la Jefatura es en una situación muy grave” El párroco de la iglesia San Carlos Borromeo de Entrevías, Javier Baeza, afirmó hoy que, en lo que va de año, ha presentado cuatro denuncias por identificaciones policiales irregulares de inmigrantes, una de ellas practicada en su propia casa, en la que ha dado cobijo a jóvenes desamparados.
En declaraciones a Europa Press tras la presentación pública de una queja contra el Ministerio del Interior por las redadas a inmigrantes, Baeza explicó cómo el pasado 13 de enero a mediodía se presentaron en su domicilio de Moratalaz tres policías nacionales uniformados “aunque sin número ni placa de identificación”.
“En ese momento no me encontraba en casa, pero uno de los que allí estaban, un chaval de Gambia, les abrió la puerta. Los agentes aludían a un ruido, pero allí nadie lo estaba haciendo. Entonces, le pidieron la documentación y entraron en una especie de mini hall que hay. Como mi casa ahora misma parece la ONU, pues les empezaron a pedir identificación a todos”, relató el párroco.
Entonces, uno de los moradores llamó al sacerdote, que comunicó con una abogada. Entretanto, pidió a Manuel, uno de los acogidos que más tiempo lleva en casa de Baeza, que echara a los policías al grito de que pronto aparecería por allí una letrada. Esta amenaza surgió su efecto y los agentes se marcharon, según indicó.
No obstante, el cura de Entrevías realizó un escrito de denuncia sobre estos hechos, que puso en conocimiento del Defensor del Pueblo y de la Fiscalía de Madrid, que ya le ha tomado declaración y le ha indicado que en la Dirección General de la Policía no les consta que se haya realizado esta intervención, “con lo cual la inseguridad jurídica se ha hecho mucho mayor”. “Que se produzcan identificaciones y entradas al domicilio sin orden judicial y que no conste esa minuta a la Jefatura es en una situación muy grave”, agregó.
Baeza considera que esta actuación policial puede ser delictiva, ya que se introdujeron en el domicilio sin permiso de sus residentes y en contra de su voluntad, sin justificación alguna y pidiendo documentación dentro de un espacio de privacidad.
IDENTIFICAR A LOS IDENTIFICADORES
Además de este hecho, Baeza señaló que ya presentado en los últimos dos meses tres denuncias más relacionadas por identificaciones irregulares de inmigrantes, dos de ellas en el barrio de Entrevías y otra más en Moratalaz.
El párroco de la ‘iglesia roja’ de Vallecas criticó tanto los motivos como los modos en los que se producen estas intervenciones policiales. “No es de recibo que funcionarios públicos traten a la ciudadanía como nos trata”, apuntó. Además, dos de las denuncias se formularon porque los agentes no mostraban en su uniforme los números de identificación.
Baeza criticó que ante un mismo hecho, el sistema trate de diferente forma a la población nacional y la extranjera. “Por ejemplo, el delito por ir conduciendo bebido de un diputado nacional del Partido Popular tiene unas consecuencias limitadas, pero esos mismos hechos en un inmigrante le impide renovar su tarjeta de residencia. Es un agravio comparativo que conculca derechos fundamentales importantes”, concluyó.
En declaraciones a Europa Press tras la presentación pública de una queja contra el Ministerio del Interior por las redadas a inmigrantes, Baeza explicó cómo el pasado 13 de enero a mediodía se presentaron en su domicilio de Moratalaz tres policías nacionales uniformados “aunque sin número ni placa de identificación”.
“En ese momento no me encontraba en casa, pero uno de los que allí estaban, un chaval de Gambia, les abrió la puerta. Los agentes aludían a un ruido, pero allí nadie lo estaba haciendo. Entonces, le pidieron la documentación y entraron en una especie de mini hall que hay. Como mi casa ahora misma parece la ONU, pues les empezaron a pedir identificación a todos”, relató el párroco.
Entonces, uno de los moradores llamó al sacerdote, que comunicó con una abogada. Entretanto, pidió a Manuel, uno de los acogidos que más tiempo lleva en casa de Baeza, que echara a los policías al grito de que pronto aparecería por allí una letrada. Esta amenaza surgió su efecto y los agentes se marcharon, según indicó.
No obstante, el cura de Entrevías realizó un escrito de denuncia sobre estos hechos, que puso en conocimiento del Defensor del Pueblo y de la Fiscalía de Madrid, que ya le ha tomado declaración y le ha indicado que en la Dirección General de la Policía no les consta que se haya realizado esta intervención, “con lo cual la inseguridad jurídica se ha hecho mucho mayor”. “Que se produzcan identificaciones y entradas al domicilio sin orden judicial y que no conste esa minuta a la Jefatura es en una situación muy grave”, agregó.
Baeza considera que esta actuación policial puede ser delictiva, ya que se introdujeron en el domicilio sin permiso de sus residentes y en contra de su voluntad, sin justificación alguna y pidiendo documentación dentro de un espacio de privacidad.
IDENTIFICAR A LOS IDENTIFICADORES
Además de este hecho, Baeza señaló que ya presentado en los últimos dos meses tres denuncias más relacionadas por identificaciones irregulares de inmigrantes, dos de ellas en el barrio de Entrevías y otra más en Moratalaz.
El párroco de la ‘iglesia roja’ de Vallecas criticó tanto los motivos como los modos en los que se producen estas intervenciones policiales. “No es de recibo que funcionarios públicos traten a la ciudadanía como nos trata”, apuntó. Además, dos de las denuncias se formularon porque los agentes no mostraban en su uniforme los números de identificación.
Baeza criticó que ante un mismo hecho, el sistema trate de diferente forma a la población nacional y la extranjera. “Por ejemplo, el delito por ir conduciendo bebido de un diputado nacional del Partido Popular tiene unas consecuencias limitadas, pero esos mismos hechos en un inmigrante le impide renovar su tarjeta de residencia. Es un agravio comparativo que conculca derechos fundamentales importantes”, concluyó.
lunes, 1 de marzo de 2010
INTRODUCCIÓN A MARCEL LEGAUT (6)
Domingo Melero
«La paternidad» (capítulo III de El hombre en busca de su humanidad)
I. En esta entrega, lo fundamental es el texto de Légaut, compuesto por un resumen y selección de fragmentos del capítulo sobre «la paternidad».
II. Diez observaciones y reflexiones sobre las ideas del capítulo de Légaut sobre la paternidad.
Como ya hizo una vez Antonio, he escrito un primer comentario con diez ideas que quizá pueden ser útiles.
1. Observaciones lingüísticas. En este punto, tengo en cuenta algunos de los interesantes comentarios del hilo de Atrio que se viene tejiendo en torno a este curso/taller; especialmente, los comentarios sobre el lenguaje, y, más en concreto, sobre los términos «hombre», «ser humano», etcétera. Ahora viene la «paternidad» y, bueno, quisiera decir algo al respecto. Nuestras lenguas reflejan la diferencia de sexos y asimismo la desigualdad entre ellos, que se da en nuestras sociedades. Es importante ser consciente de esto, pero en lo que respecta a Légaut, añadiré lo que sigue.
1.1. Su capítulo «La paternidad» se ajusta a una de las características del libro al que pertenece: ser una «especie de testimonio». Como dice Légaut en su Introducción:
Lo universal sólo se percibe a través de lo particular. Y tanto más se manifiesta lo universal cuanto con mayor vigor y precisión se explicita lo particular, sea cual sea su carácter singular. (Ver Entrega 1, punto II. 2.)
Légaut fue consciente de lo particular de su aportación sobre la paternidad. En una ocasión dejó claro el “desde dónde” de este texto. Fue en una charla de 1963 (sobre la paternidad de autoridad y la paternidad de llamada), en donde se puede leer:
(…) me voy a fijar en una paternidad muy particular, en la paternidad del padre hacia su hijo. De manera que, para ser riguroso, dejo de lado hoy la paternidad, por ejemplo, de un padre hacia su hija. Por el momento dejémosla de lado. Y tampoco confundamos la paternidad con la maternidad: hay un abismo entre ambos. Así que, de momento, sólo os voy a hablar de la paternidad del padre hacia su hijo.
Los libros (o los textos) de itinerario son útiles justo porque no generalizan e indican sus límites. En este caso, desde dónde habla el autor. Por eso no sustituyen a nadie, y sólo son útiles (y además, indirectamente) en la medida en que suscitan reflexiones y prolongaciones en sus lectores.
1.2. En una Presentación de HBH, abordé la cuestión del uso del término «hombre» según sus dos significados principales, que dependen del mini-sistema léxico en que el término se sitúa: o bien «animal, hombre, dios», o bien «hombre, mujer». Para abreviar, me remito a la entradilla de dicha Presentación.
1.3. El término «paternidad» tiene asimismo, en el lenguaje corriente, dos significados distintos según a quién se refiera: (1) puede ser el sustantivo abstracto de los «padres» en el sentido de «padre y madre», y (2) puede ser el sustantivo abstracto de «padre», distinto de «madre» y, por tanto, de «maternidad». El castellano, como otras lenguas románicas, no tiene una raíz específica para los «padres» en el sentido de padre y madre, como tienen el alemán, eltern, o el francés y el inglés,parents. Y esto tiene sus desventajas.
Cuando, en los textos de Légaut, la «paternidad» se relaciona con el «amor humano», o cuando se relaciona con la «filiación», es probable que su precisión sea diferente a cuando se habla del padre y de su relación con el hijo.
1.4. Otra cuestión es el contenido del propio término de «paternidad». En el Diccionario de la RAE (reflejo del uso lingüístico), se puede leer:
«paternidad. (Del lat. paternĭtas, -ātis). 1. f. Cualidad de padre. 2. f. Tratamiento que en algunas órdenes dan los religiosos inferiores a los padres condecorados de su orden, y que los seculares dan por reverencia a todos los religiosos en general, considerándolos como padres espirituales».
Dejemos –por ahora– la segunda acepción (que el Diccionario no ha mejorado en años), y preguntémonos en qué consiste esta «cualidad de padre». Para ello, podemos consultar las entradas: padre y paternidad, madre y maternidad, hijo y filiación.
En ellas encontramos: (1) que la base de los términos es biológica, conforme a la reproducción de los mamíferos; (2) que los términos, dichos de un sujeto, se entienden simpre en relación con otro sujeto (no hay paternidad, por ejemplo, sin filiación); (3) que lo común y principal de ser padre, de ser madre y de ser padres es ser origen, causa, principio, raíz, de una descendencia, familia o linaje. En sentido figurado: ser autor o creador de unas obras de ingenio (autor yautoridad vienen de augere, que significa aumentar, hacer progresar); y (4) que la protección y el cuidado (y su contrario: el desamparo y el abandono) es un segundo rasgo que se recoge en expresiones que van desde el amor-dedicación («amor de madre») hasta el poder de castigar, con expresiones tan tremendas y conocidas como: «le dio una paliza de padre y muy señor mío».
1.5. Pasemos, ahora, del lenguaje al derecho y a la historia. La institución familiar, así como el derecho familiar, han variado en el transcurso del tiempo. Desde la inclusión de los siervos en la familia; desde el derecho sobre la vida y la muerte por parte del “pater familias” romano; desde el derecho de venta de los hijos por parte de los cabezas de familia patriarcales hebreos (Éxodo, 21, 7; Nehemías, 5,1), hasta la actualidad, pasando por mejoras importantes (y no tan lejanas) como la equiparación de hijos legítimos e ilegítimos, la patria potestad compartida, etcétera.
En las lenguas antiguas de las que proceden las nuestras, ser padre biológico (genitor) y ser padre social y jurídico (pater) no era lo mismo. La diferencia entre la paternidad biológica y la paternidad jurídica (tal como ocurre ahora en los casos de adopción), así como la prevalencia de la paternidad jurídica sobre la biológica, era una característica de la sociedad romana. La entrada “pater” del Ernout-Meillet (Dictionnaire étymologique de la Langue Latine, París, Klincksieck, 1985) dice, por ejemplo:
«pater, -tris, m.: padre. Término genérico. Corresponde con mater, igual que pappa, tata con mamma. Pater no indica la paternidad física, más bien indicada por parens y por genitor. Pater tiene un valor social. Es el jefe de la casa, el dominus, el pater familias; es el varón que representa la serie de las generaciones (…) término de respeto que se usa al hablar de los hombres y de los dioses: Iuppiter, pater omnipotens (…). El valor social, y por consiguiente religioso, depater que se observa en latín es herencia indo-europea. En el Rigveda, se lee varias veces pitá, “pater”, al lado de janitá, “genitor”; y pitá se dice de diversos personajes, especialmente dyaúh, nombre del cielo luminoso (cfr. Lat. Iuppiter, ombr. Ju-pater). Por otra parte, skr. pitárah, como lat. patres, designa a los “antepasados”, y el término tiene un valor religioso al tiempo que social.
1.5. En fin, todo esto (y más) se acumula (como sabemos) en el substrato de los nombres de una realidad como la «paternidad», compleja por extensa y por intensa.
En medio de todo esto, Légaut se fija, a partir de su experiencia y de su reflexión, en dos elementos sobre todo: (1) las dos etapas de la paternidad en tanto que «llamada» a ir más allá de una función social y recorrer el camino hacia ser plenamente humano (como una «estrella –dice– en el firmamento»), y (2) el papel que juega la «fe» en el tránsito de una a otra etapa.
2. En efecto, quizá la aportación más importante de Légaut (aportación que desconozco que alguien haya expuesto antes) es la distinción de dos tipos de paternidad. El enfoque de Légaut es que el padre que quiere serlo hasta el final es el que recorre el camino que lleva de una paternidad a otra (de la paternidad «de autoridad» a la «de llamada»; términos que bien pueden ser otros), y el que descubre, en ese proceso, la carencia de ser y la fe.
Sin duda, en la maternidad hay un camino parecido entre dos tipos de maternidad, aunque con rasgos diferentes. Légaut aventura, en la charla antes mencionada, que la «maternidad de llamada» incluye la sabiduría de combinar la cercanía y la ligereza cuando el hijo ya es adulto, pues la cercanía sola, si se perpetúa más allá del primer tiempo, lleva a lo contrario de la ligereza.
En cualquier caso, lo fundamental del recorrido, según Légaut, es tomar conciencia del paso de la confianza a la fe, al que el padre y la madre están llamados. Y, por parte del hijo, el paso de la obediencia a la fidelidad, del que depende que avance en su propio camino; paso en el que una «vigorosa independencia» muchas veces es necesaria durante un período intermedio.
La distinción de dos tipos (y no sólo de dos etapas) de paternidad y de filiación es, pues, fundamental. Con independencia de su sucesión, hay que insistir en que hay dos tipos de paternidad (y de maternidad). Además, en cierto modo, ambas ya se dan desde el comienzo aunque predomine una de ellas. Aunque al principio predomina (y es bueno que lo haga) la «paternidad de autoridad», ésta puede llevar dentro y estar animada por la «paternidad de llamada», que lo bueno es que vaya creciendo. Del mismo modo, en el hijo, aunque al comienzo predomina la obediencia, ya sin embargo ésta puede estar inspirada por un arranque personal y de fidelidad.
3. Hay un fragmento de Paradiso, una famosa novela de 1966, del cubano José Lezama Lima, en que el parlamento de la madre a su hijo, que retorna de una manifestación en la Universidad, es un ejemplo de la «fe» de «llamada», que es lo contrario del miedo.
– Mientras esperaba tu regreso, pensaba en tu padre y pensaba en ti, rezaba el rosario y me decía: ¿Qué le diré a mi hijo cuando regrese de ese peligro? El paso de cada cuenta del rosario era el ruego de que una voluntad secreta te acompañase a lo largo de la vida, que siguieses un punto, una palabra, que tuvieses siempre una obsesión que te llevase siempre a buscar lo que se manifiesta y lo que se oculta. Una obsesión que nunca destruyese las cosas, que buscase en lo manifestado lo oculto, en lo secreto lo que asciende para que la luz lo configure. Eso es lo que siempre pido para ti y lo seguiré pidiendo mientras mis dedos puedan recorrer las cuentas de un rosario. Con sencillez yo le pedía esa palabra al Padre y al Espíritu Santo, a tu padre muerto y al espíritu vivo, pues ninguna madre, cuando su hijo regresa del peligro, debe de decirle una palabra inferior. Óyeme lo que te voy a decir: No rehuses el peligro, pero intenta siempre lo más difícil. (ver bibliografía, abajo)
4. Légaut, en HBH –ya lo dijimos–, pone entre paréntesis el fondo cristiano de sus reflexiones pese a haber reconocido, en su Introducción, ser él de hecho cristiano. Légaut ofrece su ensayo, en efecto, con independencia de cualquier confesión o concepción, filosófica o religiosa. En este sentido, Légaut busca una especie de fe adámica, es decir, una fe primordial, anterior o independiente de la fe abrahámica, mosaica, islámica, cristiana, budista, humanista secular, etcétera, podríamos decir.
Es curioso, sin embargo, que no se le atribuya la fe a Adán. No obstante, por otra parte, no es de extrañar pues él, en el paraíso, «veía» a Dios… Ello indica, una vez más, que la fe se entiende normalmente como creencia; y que, además, la creencia se entiende como un “mal menor”, a falta de visión.
Esta observación lleva lejos: la fe de Jesús, en la medida en que la fe se entiende como creencia, tampoco tenía (ni tiene todavía) un lugar reconocido en la teología. Y, sin embargo, una vez que se diferencia la fe de la creencia, y una vez que se adopta una perspectiva como la de Légaut, que descubre que la fe es la actitud fundamental del hombre ante la vida y ante la propia «carencia de ser», se intuyen las posibilidades reflexivas de pensar en la «fe en sí mismo» de Jesús; de pensar, además, en su «fe», más allá de la confiaza, en sus discípulos. Es más, si se adopta esta perspectiva, ¿cómo no abrir la propia meditación a la idea de “la fe de Dios”, es decir, a la afirmación de que “Dios es fe”, si fe se entiende en este sentido?
5. Légaut explora, a través del amor humano y de la paternidad, el ámbito espiritual. Profundizar en la experiencia humana es el camino que tenemos para aproximarnos con sentido a lo impensable de Dios. No en vano el hombre es imagen suya, según venerables fórmulas antiguas.
Si en el tiempo actual, la capacidad simbólica de la paternidad está de baja, ello se debe, en parte, a una falta secular de reflexión sobre lo que realmente es la paternidad, que es algo más que una función biológica o social por un tiempo. El hecho de que sobre Dios hayan hablado sobre todo gente sin experiencia real de lo que es ser padre o madre, seguro que también ha contribuido a que se haya hablado pobremente de la paternidad y de la maternidad y de su alcance espiritual.
La paternidad y al maternidad sólo son, pues, imagen válida de Dios, para los hombres en su mayoría de edad, si ambas se conciben como «de llamada». Un simple recurso a la maternidad en el sentido de ternura de Dios (Légaut hablaría de “cercanía”), siendo útil, no va muy lejos si no incorpora el hecho de que el ser humano sólo es niño y menor de edad un tiempo, y su camino es llegar a ser adulto y autónomo. En este sentido, Dios no es término de necesidad en el sentido de indigencia (y aquí entra la cuestión de la oración de petición), sino que es término de alteridad a partir de una cierta plenitud.
Dios es, como dice Légaut, la discreción misma, el respeto mismo del hombre adulto. No es el Dios inmediata y mágicamente presente, y tampoco es el Dios ausente cuya ausencia (y silencio) es sólo el espejo en negativo de la forma de presencia anterior.
6. El párrafo de «por la fe» del final del capítulo de Légaut puede recordar la misma expresión que se encuentra en el capítulo 11 de la Carta a los hebreos. Pero además proviene de Kierkegaard, que afirmó, al final de su Temor y temblor, que «la fe es la pasión más alta del ser humano». Légaut fue hombre de pocas lecturas pero, en una entrevista, confesó que este libro de Kierkegaard, junto con un libro sobre Heidegger y otro de Nietzsche le impresionaron profundamente.
Quien dice «pasión», como Kierkegaard, puede decir su contrario, «virtud», en el sentido hondo del término. Pero Légaut, para obviar los equívocos de uno y otro término, prefirió hablar de «actividad». (No fue, en cambio, Légaut lector de Bergson ni de Blondel, aunque sabía quiénes eran y los valoraba; pese a que Blondel, según Légaut, no acabó de estar a la altura, durante la crisis modernista, por una concepción del sacrificio y de la obediencia que él, Légaut, no compartía. Légaut simpatizaba más con Laberthonnière, pero esto es demasiado meternos en detalles.)
7. El término «autoridad» («paternidad de autoridad») tiene mala prensa y con razón. Sin embargo, autoridad (en un sentido parecido al de “autoridad moral”) puede distinguirse de “poder” y de “influencia”. En tal caso, no es un término opuesto a libertad. Aún se puede entender esto bien si recordamos el verso del Mío Cid: «Dios, qué buen vasallo, si hubiera buen señor».
8. Légaut dice que la paternidad es un paso más, después del amor humano. El hecho es que no escogemos a nuestros hijos, ni nuestros hijos nos escogen a nosotros, a diferencia de lo que ocurre en el amor humano, en el que, en principio, a partir de la atracción y del enamoramiento, elegimos, consentimos. Por eso la paternidad llega más adentro que el amor humano. Es anterior a la libertad de escoger. Apela a la libertad de asumir lo que nos viene dado. Así como el hombre y la mujer se encuentran y se conocen cuando ya están algo hechos, el padre y el hijo se encuentran cuando no puede haber más distancia entre la experiencia de ambos. Otra idea del capítulo es que la paternidad y la maternidad, ser alguien el padre o la madre de unos hijos forma parte de aquello para lo que uno ha venido al mundo (Légaut hablará de misión, distinguiéndola de función).
9. No obstante, por eso mismo que la paternidad y la maternidad llegan más adentro, son relaciones en las que la «vigorosa independencia» del hijo es importante, y a veces, el único camino para que el padre, por ejemplo, descubra la paternidad de llamada.
Ejemplos literarios como el de Cordelia en El Rey Lear, o el de Segismundo respecto de Basilio en La vida es sueño o, entre los cuentos populares, el caso de Blancanieves, ilustran este proceso «vigorosa independencia» del que depende la conversión o no del padre o de la madre, y el reencuentro adulto del hijo con ellos.
Comparadas con estos relatos (no religiosos pero espirituales), las dos parábolas del tipo «un padre tenía dos hijos» de los Evangelios suelen entenderse de una forma en que predomina la obediencia y no la fidelidad, así como la paternidad de autoridad y no la de llamada. El arrepentimiento del hijo, a partir de una situación precaria, no se suele comentar en una clave en la que la filiación adulta aparezca.
10. En la perspectiva de Légaut, la paternidad y la filiación tienen entre sí una relación directamente proporcional, y no inversamente proporcional. El ser del padre y del hijo no están en una relación rival sino al contrario: cuanto más el padre es padre como corresponde en una etapa dada, tanto más el hijo puede ser hijo a su vez; y a la inversa, igual. Cambiar el modo de pensar (y de imaginar) la relación entre elementos es capital. Así en la pareja; o en la forma de concebir la relación entre el hombre y el mundo o el hombre y Dios; o en la de concebir la fe y la razón. En este último caso, por ejemplo, no es cierto, como suelen pensar unos y otros, que a más fe, menos razón, o que a más razón, menos fe. La fe, como decía Légaut, no es conocimiento sino «fermento» del conocimiento. Esta forma de concebir la relación (no entre cosas o cuerpos u objetos que se disputan un espacio, sino entre personas que se complementan) es capital en la búsqueda de una nueva espiritualidad.
Bibliografía:
Texto completo del fragmento de Paradiso, de José Lezama Lima.
* * * * *
GUÍA DE LECTURA
Por Antonio Duato
Si alguien ha llegado hasta aquí, tras leer todo el resumen y extractos del capítulo 3º sobre la paternidad y los DIEZ puntos (el 1º desglosado en cinco apartados) del comentario, será un héroe, pero estará agotado…
Es más probable que haya recorrido lo anterior, buscando ayuda.
Yo voy a poner sólo TRES puntos:
En el capítulo resumido y extractado hay cosas que sintonizarán más o menos con lo que uno vive. Son frases que se pueden subrayar y quedarse en ellas. Yo me quedo hoy con esta: “la fe del padre en sí mismo y la que tiene en su hijo resultan inseparablemente solidarias”. Fe, no confianza. En el misterio que siendo lo más íntimo mío (el intimius intimo meo de Agustín) me desborda. Y en esa vida, que siendo la obra más mía (de las madres aún de manera más patente), es la menos “mía” pues no es para mí sino para él o ella misma.
Del punto 8º de Domingo escojo esta frase, aunque habrán otras muchas que otro subrayaría: “ser alguien el padre o la madre de unos hijos forma parte de aquello para lo que uno ha venido al mundo”. Buscamos el sentido –la misión– de nuestra vida, prescindiendo incluso de creencias o doctrinas recibidas, como aquel primer punto los ejercicios ignacianos: “El hombre es creado…”. Légaut intenta descubrir a partir de las experiencias fundantes de la persona un “principio y fundamento para el mundo de hoy”, no el de San Ignacio. Y estos primeros capítulos de El hombre en busca de su humanidad” apuntan a eso.
Más que hacer preguntas hoy invitaría a subrayar frases concretas. Y tal vez comunicarlas y comentarlas. Eduardo Soto (y otros antes) lo acaba de hacer en un comentario a la entrega anterior. Creo que más que quedarse en discutir lo que es propio de las circunstancias de Légaut (ya Domingo habla mucho de eso) nos haría bien fijarnos en frases sueltas que nos han hecho reflexionar. Y ya aviso que la entrega próxima será una pausa-repaso reproduciendo un escrito mío de hace dieciocho años que al releerlo ahora he dicho (como decía Légaut de sus libros): “pues no está mal, aunque alguna cosa cambiaría ahora”.
«La paternidad» (capítulo III de El hombre en busca de su humanidad)
I. En esta entrega, lo fundamental es el texto de Légaut, compuesto por un resumen y selección de fragmentos del capítulo sobre «la paternidad».
II. Diez observaciones y reflexiones sobre las ideas del capítulo de Légaut sobre la paternidad.
Como ya hizo una vez Antonio, he escrito un primer comentario con diez ideas que quizá pueden ser útiles.
1. Observaciones lingüísticas. En este punto, tengo en cuenta algunos de los interesantes comentarios del hilo de Atrio que se viene tejiendo en torno a este curso/taller; especialmente, los comentarios sobre el lenguaje, y, más en concreto, sobre los términos «hombre», «ser humano», etcétera. Ahora viene la «paternidad» y, bueno, quisiera decir algo al respecto. Nuestras lenguas reflejan la diferencia de sexos y asimismo la desigualdad entre ellos, que se da en nuestras sociedades. Es importante ser consciente de esto, pero en lo que respecta a Légaut, añadiré lo que sigue.
1.1. Su capítulo «La paternidad» se ajusta a una de las características del libro al que pertenece: ser una «especie de testimonio». Como dice Légaut en su Introducción:
Lo universal sólo se percibe a través de lo particular. Y tanto más se manifiesta lo universal cuanto con mayor vigor y precisión se explicita lo particular, sea cual sea su carácter singular. (Ver Entrega 1, punto II. 2.)
Légaut fue consciente de lo particular de su aportación sobre la paternidad. En una ocasión dejó claro el “desde dónde” de este texto. Fue en una charla de 1963 (sobre la paternidad de autoridad y la paternidad de llamada), en donde se puede leer:
(…) me voy a fijar en una paternidad muy particular, en la paternidad del padre hacia su hijo. De manera que, para ser riguroso, dejo de lado hoy la paternidad, por ejemplo, de un padre hacia su hija. Por el momento dejémosla de lado. Y tampoco confundamos la paternidad con la maternidad: hay un abismo entre ambos. Así que, de momento, sólo os voy a hablar de la paternidad del padre hacia su hijo.
Los libros (o los textos) de itinerario son útiles justo porque no generalizan e indican sus límites. En este caso, desde dónde habla el autor. Por eso no sustituyen a nadie, y sólo son útiles (y además, indirectamente) en la medida en que suscitan reflexiones y prolongaciones en sus lectores.
1.2. En una Presentación de HBH, abordé la cuestión del uso del término «hombre» según sus dos significados principales, que dependen del mini-sistema léxico en que el término se sitúa: o bien «animal, hombre, dios», o bien «hombre, mujer». Para abreviar, me remito a la entradilla de dicha Presentación.
1.3. El término «paternidad» tiene asimismo, en el lenguaje corriente, dos significados distintos según a quién se refiera: (1) puede ser el sustantivo abstracto de los «padres» en el sentido de «padre y madre», y (2) puede ser el sustantivo abstracto de «padre», distinto de «madre» y, por tanto, de «maternidad». El castellano, como otras lenguas románicas, no tiene una raíz específica para los «padres» en el sentido de padre y madre, como tienen el alemán, eltern, o el francés y el inglés,parents. Y esto tiene sus desventajas.
Cuando, en los textos de Légaut, la «paternidad» se relaciona con el «amor humano», o cuando se relaciona con la «filiación», es probable que su precisión sea diferente a cuando se habla del padre y de su relación con el hijo.
1.4. Otra cuestión es el contenido del propio término de «paternidad». En el Diccionario de la RAE (reflejo del uso lingüístico), se puede leer:
«paternidad. (Del lat. paternĭtas, -ātis). 1. f. Cualidad de padre. 2. f. Tratamiento que en algunas órdenes dan los religiosos inferiores a los padres condecorados de su orden, y que los seculares dan por reverencia a todos los religiosos en general, considerándolos como padres espirituales».
Dejemos –por ahora– la segunda acepción (que el Diccionario no ha mejorado en años), y preguntémonos en qué consiste esta «cualidad de padre». Para ello, podemos consultar las entradas: padre y paternidad, madre y maternidad, hijo y filiación.
En ellas encontramos: (1) que la base de los términos es biológica, conforme a la reproducción de los mamíferos; (2) que los términos, dichos de un sujeto, se entienden simpre en relación con otro sujeto (no hay paternidad, por ejemplo, sin filiación); (3) que lo común y principal de ser padre, de ser madre y de ser padres es ser origen, causa, principio, raíz, de una descendencia, familia o linaje. En sentido figurado: ser autor o creador de unas obras de ingenio (autor yautoridad vienen de augere, que significa aumentar, hacer progresar); y (4) que la protección y el cuidado (y su contrario: el desamparo y el abandono) es un segundo rasgo que se recoge en expresiones que van desde el amor-dedicación («amor de madre») hasta el poder de castigar, con expresiones tan tremendas y conocidas como: «le dio una paliza de padre y muy señor mío».
1.5. Pasemos, ahora, del lenguaje al derecho y a la historia. La institución familiar, así como el derecho familiar, han variado en el transcurso del tiempo. Desde la inclusión de los siervos en la familia; desde el derecho sobre la vida y la muerte por parte del “pater familias” romano; desde el derecho de venta de los hijos por parte de los cabezas de familia patriarcales hebreos (Éxodo, 21, 7; Nehemías, 5,1), hasta la actualidad, pasando por mejoras importantes (y no tan lejanas) como la equiparación de hijos legítimos e ilegítimos, la patria potestad compartida, etcétera.
En las lenguas antiguas de las que proceden las nuestras, ser padre biológico (genitor) y ser padre social y jurídico (pater) no era lo mismo. La diferencia entre la paternidad biológica y la paternidad jurídica (tal como ocurre ahora en los casos de adopción), así como la prevalencia de la paternidad jurídica sobre la biológica, era una característica de la sociedad romana. La entrada “pater” del Ernout-Meillet (Dictionnaire étymologique de la Langue Latine, París, Klincksieck, 1985) dice, por ejemplo:
«pater, -tris, m.: padre. Término genérico. Corresponde con mater, igual que pappa, tata con mamma. Pater no indica la paternidad física, más bien indicada por parens y por genitor. Pater tiene un valor social. Es el jefe de la casa, el dominus, el pater familias; es el varón que representa la serie de las generaciones (…) término de respeto que se usa al hablar de los hombres y de los dioses: Iuppiter, pater omnipotens (…). El valor social, y por consiguiente religioso, depater que se observa en latín es herencia indo-europea. En el Rigveda, se lee varias veces pitá, “pater”, al lado de janitá, “genitor”; y pitá se dice de diversos personajes, especialmente dyaúh, nombre del cielo luminoso (cfr. Lat. Iuppiter, ombr. Ju-pater). Por otra parte, skr. pitárah, como lat. patres, designa a los “antepasados”, y el término tiene un valor religioso al tiempo que social.
1.5. En fin, todo esto (y más) se acumula (como sabemos) en el substrato de los nombres de una realidad como la «paternidad», compleja por extensa y por intensa.
En medio de todo esto, Légaut se fija, a partir de su experiencia y de su reflexión, en dos elementos sobre todo: (1) las dos etapas de la paternidad en tanto que «llamada» a ir más allá de una función social y recorrer el camino hacia ser plenamente humano (como una «estrella –dice– en el firmamento»), y (2) el papel que juega la «fe» en el tránsito de una a otra etapa.
2. En efecto, quizá la aportación más importante de Légaut (aportación que desconozco que alguien haya expuesto antes) es la distinción de dos tipos de paternidad. El enfoque de Légaut es que el padre que quiere serlo hasta el final es el que recorre el camino que lleva de una paternidad a otra (de la paternidad «de autoridad» a la «de llamada»; términos que bien pueden ser otros), y el que descubre, en ese proceso, la carencia de ser y la fe.
Sin duda, en la maternidad hay un camino parecido entre dos tipos de maternidad, aunque con rasgos diferentes. Légaut aventura, en la charla antes mencionada, que la «maternidad de llamada» incluye la sabiduría de combinar la cercanía y la ligereza cuando el hijo ya es adulto, pues la cercanía sola, si se perpetúa más allá del primer tiempo, lleva a lo contrario de la ligereza.
En cualquier caso, lo fundamental del recorrido, según Légaut, es tomar conciencia del paso de la confianza a la fe, al que el padre y la madre están llamados. Y, por parte del hijo, el paso de la obediencia a la fidelidad, del que depende que avance en su propio camino; paso en el que una «vigorosa independencia» muchas veces es necesaria durante un período intermedio.
La distinción de dos tipos (y no sólo de dos etapas) de paternidad y de filiación es, pues, fundamental. Con independencia de su sucesión, hay que insistir en que hay dos tipos de paternidad (y de maternidad). Además, en cierto modo, ambas ya se dan desde el comienzo aunque predomine una de ellas. Aunque al principio predomina (y es bueno que lo haga) la «paternidad de autoridad», ésta puede llevar dentro y estar animada por la «paternidad de llamada», que lo bueno es que vaya creciendo. Del mismo modo, en el hijo, aunque al comienzo predomina la obediencia, ya sin embargo ésta puede estar inspirada por un arranque personal y de fidelidad.
3. Hay un fragmento de Paradiso, una famosa novela de 1966, del cubano José Lezama Lima, en que el parlamento de la madre a su hijo, que retorna de una manifestación en la Universidad, es un ejemplo de la «fe» de «llamada», que es lo contrario del miedo.
– Mientras esperaba tu regreso, pensaba en tu padre y pensaba en ti, rezaba el rosario y me decía: ¿Qué le diré a mi hijo cuando regrese de ese peligro? El paso de cada cuenta del rosario era el ruego de que una voluntad secreta te acompañase a lo largo de la vida, que siguieses un punto, una palabra, que tuvieses siempre una obsesión que te llevase siempre a buscar lo que se manifiesta y lo que se oculta. Una obsesión que nunca destruyese las cosas, que buscase en lo manifestado lo oculto, en lo secreto lo que asciende para que la luz lo configure. Eso es lo que siempre pido para ti y lo seguiré pidiendo mientras mis dedos puedan recorrer las cuentas de un rosario. Con sencillez yo le pedía esa palabra al Padre y al Espíritu Santo, a tu padre muerto y al espíritu vivo, pues ninguna madre, cuando su hijo regresa del peligro, debe de decirle una palabra inferior. Óyeme lo que te voy a decir: No rehuses el peligro, pero intenta siempre lo más difícil. (ver bibliografía, abajo)
4. Légaut, en HBH –ya lo dijimos–, pone entre paréntesis el fondo cristiano de sus reflexiones pese a haber reconocido, en su Introducción, ser él de hecho cristiano. Légaut ofrece su ensayo, en efecto, con independencia de cualquier confesión o concepción, filosófica o religiosa. En este sentido, Légaut busca una especie de fe adámica, es decir, una fe primordial, anterior o independiente de la fe abrahámica, mosaica, islámica, cristiana, budista, humanista secular, etcétera, podríamos decir.
Es curioso, sin embargo, que no se le atribuya la fe a Adán. No obstante, por otra parte, no es de extrañar pues él, en el paraíso, «veía» a Dios… Ello indica, una vez más, que la fe se entiende normalmente como creencia; y que, además, la creencia se entiende como un “mal menor”, a falta de visión.
Esta observación lleva lejos: la fe de Jesús, en la medida en que la fe se entiende como creencia, tampoco tenía (ni tiene todavía) un lugar reconocido en la teología. Y, sin embargo, una vez que se diferencia la fe de la creencia, y una vez que se adopta una perspectiva como la de Légaut, que descubre que la fe es la actitud fundamental del hombre ante la vida y ante la propia «carencia de ser», se intuyen las posibilidades reflexivas de pensar en la «fe en sí mismo» de Jesús; de pensar, además, en su «fe», más allá de la confiaza, en sus discípulos. Es más, si se adopta esta perspectiva, ¿cómo no abrir la propia meditación a la idea de “la fe de Dios”, es decir, a la afirmación de que “Dios es fe”, si fe se entiende en este sentido?
5. Légaut explora, a través del amor humano y de la paternidad, el ámbito espiritual. Profundizar en la experiencia humana es el camino que tenemos para aproximarnos con sentido a lo impensable de Dios. No en vano el hombre es imagen suya, según venerables fórmulas antiguas.
Si en el tiempo actual, la capacidad simbólica de la paternidad está de baja, ello se debe, en parte, a una falta secular de reflexión sobre lo que realmente es la paternidad, que es algo más que una función biológica o social por un tiempo. El hecho de que sobre Dios hayan hablado sobre todo gente sin experiencia real de lo que es ser padre o madre, seguro que también ha contribuido a que se haya hablado pobremente de la paternidad y de la maternidad y de su alcance espiritual.
La paternidad y al maternidad sólo son, pues, imagen válida de Dios, para los hombres en su mayoría de edad, si ambas se conciben como «de llamada». Un simple recurso a la maternidad en el sentido de ternura de Dios (Légaut hablaría de “cercanía”), siendo útil, no va muy lejos si no incorpora el hecho de que el ser humano sólo es niño y menor de edad un tiempo, y su camino es llegar a ser adulto y autónomo. En este sentido, Dios no es término de necesidad en el sentido de indigencia (y aquí entra la cuestión de la oración de petición), sino que es término de alteridad a partir de una cierta plenitud.
Dios es, como dice Légaut, la discreción misma, el respeto mismo del hombre adulto. No es el Dios inmediata y mágicamente presente, y tampoco es el Dios ausente cuya ausencia (y silencio) es sólo el espejo en negativo de la forma de presencia anterior.
6. El párrafo de «por la fe» del final del capítulo de Légaut puede recordar la misma expresión que se encuentra en el capítulo 11 de la Carta a los hebreos. Pero además proviene de Kierkegaard, que afirmó, al final de su Temor y temblor, que «la fe es la pasión más alta del ser humano». Légaut fue hombre de pocas lecturas pero, en una entrevista, confesó que este libro de Kierkegaard, junto con un libro sobre Heidegger y otro de Nietzsche le impresionaron profundamente.
Quien dice «pasión», como Kierkegaard, puede decir su contrario, «virtud», en el sentido hondo del término. Pero Légaut, para obviar los equívocos de uno y otro término, prefirió hablar de «actividad». (No fue, en cambio, Légaut lector de Bergson ni de Blondel, aunque sabía quiénes eran y los valoraba; pese a que Blondel, según Légaut, no acabó de estar a la altura, durante la crisis modernista, por una concepción del sacrificio y de la obediencia que él, Légaut, no compartía. Légaut simpatizaba más con Laberthonnière, pero esto es demasiado meternos en detalles.)
7. El término «autoridad» («paternidad de autoridad») tiene mala prensa y con razón. Sin embargo, autoridad (en un sentido parecido al de “autoridad moral”) puede distinguirse de “poder” y de “influencia”. En tal caso, no es un término opuesto a libertad. Aún se puede entender esto bien si recordamos el verso del Mío Cid: «Dios, qué buen vasallo, si hubiera buen señor».
8. Légaut dice que la paternidad es un paso más, después del amor humano. El hecho es que no escogemos a nuestros hijos, ni nuestros hijos nos escogen a nosotros, a diferencia de lo que ocurre en el amor humano, en el que, en principio, a partir de la atracción y del enamoramiento, elegimos, consentimos. Por eso la paternidad llega más adentro que el amor humano. Es anterior a la libertad de escoger. Apela a la libertad de asumir lo que nos viene dado. Así como el hombre y la mujer se encuentran y se conocen cuando ya están algo hechos, el padre y el hijo se encuentran cuando no puede haber más distancia entre la experiencia de ambos. Otra idea del capítulo es que la paternidad y la maternidad, ser alguien el padre o la madre de unos hijos forma parte de aquello para lo que uno ha venido al mundo (Légaut hablará de misión, distinguiéndola de función).
9. No obstante, por eso mismo que la paternidad y la maternidad llegan más adentro, son relaciones en las que la «vigorosa independencia» del hijo es importante, y a veces, el único camino para que el padre, por ejemplo, descubra la paternidad de llamada.
Ejemplos literarios como el de Cordelia en El Rey Lear, o el de Segismundo respecto de Basilio en La vida es sueño o, entre los cuentos populares, el caso de Blancanieves, ilustran este proceso «vigorosa independencia» del que depende la conversión o no del padre o de la madre, y el reencuentro adulto del hijo con ellos.
Comparadas con estos relatos (no religiosos pero espirituales), las dos parábolas del tipo «un padre tenía dos hijos» de los Evangelios suelen entenderse de una forma en que predomina la obediencia y no la fidelidad, así como la paternidad de autoridad y no la de llamada. El arrepentimiento del hijo, a partir de una situación precaria, no se suele comentar en una clave en la que la filiación adulta aparezca.
10. En la perspectiva de Légaut, la paternidad y la filiación tienen entre sí una relación directamente proporcional, y no inversamente proporcional. El ser del padre y del hijo no están en una relación rival sino al contrario: cuanto más el padre es padre como corresponde en una etapa dada, tanto más el hijo puede ser hijo a su vez; y a la inversa, igual. Cambiar el modo de pensar (y de imaginar) la relación entre elementos es capital. Así en la pareja; o en la forma de concebir la relación entre el hombre y el mundo o el hombre y Dios; o en la de concebir la fe y la razón. En este último caso, por ejemplo, no es cierto, como suelen pensar unos y otros, que a más fe, menos razón, o que a más razón, menos fe. La fe, como decía Légaut, no es conocimiento sino «fermento» del conocimiento. Esta forma de concebir la relación (no entre cosas o cuerpos u objetos que se disputan un espacio, sino entre personas que se complementan) es capital en la búsqueda de una nueva espiritualidad.
Bibliografía:
Texto completo del fragmento de Paradiso, de José Lezama Lima.
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GUÍA DE LECTURA
Por Antonio Duato
Si alguien ha llegado hasta aquí, tras leer todo el resumen y extractos del capítulo 3º sobre la paternidad y los DIEZ puntos (el 1º desglosado en cinco apartados) del comentario, será un héroe, pero estará agotado…
Es más probable que haya recorrido lo anterior, buscando ayuda.
Yo voy a poner sólo TRES puntos:
En el capítulo resumido y extractado hay cosas que sintonizarán más o menos con lo que uno vive. Son frases que se pueden subrayar y quedarse en ellas. Yo me quedo hoy con esta: “la fe del padre en sí mismo y la que tiene en su hijo resultan inseparablemente solidarias”. Fe, no confianza. En el misterio que siendo lo más íntimo mío (el intimius intimo meo de Agustín) me desborda. Y en esa vida, que siendo la obra más mía (de las madres aún de manera más patente), es la menos “mía” pues no es para mí sino para él o ella misma.
Del punto 8º de Domingo escojo esta frase, aunque habrán otras muchas que otro subrayaría: “ser alguien el padre o la madre de unos hijos forma parte de aquello para lo que uno ha venido al mundo”. Buscamos el sentido –la misión– de nuestra vida, prescindiendo incluso de creencias o doctrinas recibidas, como aquel primer punto los ejercicios ignacianos: “El hombre es creado…”. Légaut intenta descubrir a partir de las experiencias fundantes de la persona un “principio y fundamento para el mundo de hoy”, no el de San Ignacio. Y estos primeros capítulos de El hombre en busca de su humanidad” apuntan a eso.
Más que hacer preguntas hoy invitaría a subrayar frases concretas. Y tal vez comunicarlas y comentarlas. Eduardo Soto (y otros antes) lo acaba de hacer en un comentario a la entrega anterior. Creo que más que quedarse en discutir lo que es propio de las circunstancias de Légaut (ya Domingo habla mucho de eso) nos haría bien fijarnos en frases sueltas que nos han hecho reflexionar. Y ya aviso que la entrega próxima será una pausa-repaso reproduciendo un escrito mío de hace dieciocho años que al releerlo ahora he dicho (como decía Légaut de sus libros): “pues no está mal, aunque alguna cosa cambiaría ahora”.
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