domingo, 19 de diciembre de 2010

¡CORTA VIDA AL PRODUCTO!

Publicado por Sólo quien ama vuela

La tecnología camina a mayor velocidad que la sociedad. O que el consumo. O, simplemente, el consumo y la tecnología no son compatibles. El documental Comprar, tirar, comprar, que estrena mañana TV3 (en enero se verá en TVE), dirigido por la alemana Cosima Dannoritzer y producido por Media 3.14 y Article Z, en coproducción con la televisión autonómica catalana, TVE y Arte France, denuncia una práctica común en la sociedad de consumo desde hace cerca de un siglo: la obsolescencia programada, es decir, el recorte deliberado de la vida de un producto para incrementar su consumo. Es la lucha del negocio contra la tecnología, y la ética contra el capitalismo.

Un ejemplo: una pieza de la impresora ha dejado de funcionar. Es imposible imprimir. Es ya una vieja cantinela. "Será difícil encontrar las piezas para repararla". "Repararla no le saldrá a cuenta". "Sin dudarlo, yo compraría otra". Las respuestas que el usuario obtiene en tres servicios técnicos distintos desembocan en una misma propuesta: cómprese una impresora nueva. No son una coincidencia: , el mecanismo secreto que mueve a nuestra sociedad de consumo", se explica en el documental. "Si el usuario cede, será una víctima más de la obsolescencia programada".

El episodio, cercano y cotidiano, permite a la directora alemana Cosima Dannoritzer repasar cómo la obsolescencia calculada incide en la sociedad occidental desde los años veinte del siglo pasado, cuando los fabricantes comenzaron a pensar en incrementar las ventas de sus productos a costa de la confianza de sus clientes. Un aparato que se estropease en poco tiempo llevaría al usuario, irremediablemente, a comprar uno nuevo.

La bombilla de Edison

Thomas Alva Edison quería crear una bombilla que iluminara el mayor tiempo posible. En 1881 puso a la venta una que duraba 1.500 horas. En 1924 se inventó otra de 2.500 horas. Con la sociedad de consumo en ciernes, aquello no era una buena noticia para todo el mundo. Diversos empresarios empezaron a plantearse una pregunta inquietante: "¿Qué hará la industria cuando todo el mundo tenga un producto y este no se renueve?". Una influyente revista advertía en 1928 de que "un artículo que no se estropea es una tragedia para los negocios".

Un poderoso lobby, el cártel Phoebus, presionó para limitar la duración de las bombillas. En los años cuarenta consiguió fijar un límite de 1.000 horas. De nada sirvió que en 1953 una sentencia revocara esta práctica, porque se mantuvo. No salió al mercado ninguna de las patentes que duraban más (una, 100.000 horas). Warner Philips, bisnieto del creador de la compañía Philips, cree que en aquella época no se pensaba en la sostenibilidad. "Entonces consideraban que el planeta tiene unos recursos ilimitados y todo lo miraban desde la óptica de la abundancia", comenta. Él está convencido de que la sostenibilidad y el negocio deberían haber ido de la mano.

Otro ejemplo destacado en el reportaje es el de la cadena de montaje de John Ford. El coche modelo T fue un éxito para la industria automovilística americana, pero tenía un problema que, por aquellas fechas (años veinte), era todavía incongruente: estaba concebido para durar. Ese fue su fracaso. Desde la competencia, General Motors, consciente de que no derrotaría a su rival en ingeniería, apostó por el diseño. Dio retoques cosméticos a sus coches, lo que le permitió que los clientes cambiaran de utilitario muy a menudo. ¿A quién le importaba que el motor funcionara diez años, si en poco tiempo cambiaría el coche por otro de distinto color o con algún arreglo superficial?En 1927, tras vender 15 millones de unidades, Ford retiró el modelo T.

Justificaciones sociales

Tras el crash del 29, Bernard London introdujo el concepto de obsolescencia programada y propuso poner fecha de caducidad a los productos. "Esto animaría el consumo y la necesidad de producir mercancías", declara la hija del socio de London. "Encuentro que era una idea genial: las fábricas continuarían produciendo, la gente seguiría comprando y todo el mundo tendría trabajo".

En los años cincuenta la sociedad de consumo se había instalado en todo Occidente. El diseñador industrial Brooks Stevens sentó las bases de esa obsolescencia programada: "Es el deseo del consumidor de poseer una cosa un poco más nueva, un poco mejor y un poco antes de que sea necesario". Ya no se trata de obligar al consumidor a cambiar de tecnologías, sino de seducirlo para que lo haga.

Las fibras de nailon que crearon medias irrompibles no duraron mucho tiempo en los mercados. No convenía. Tampoco una presunta fibra que repelía la suciedad. Ni los motores de las neveras que duraran años y años. "Programan estos cacharros para que cuando los hayas acabado de pagar se rompan", se quejaba el protagonista de Muerte de un viajante, de Arthur Miller.

Pero en nuestros días, la era de la informática ha creado al consumidor rebelde. La abogada Elisabeth Pritzker demandó a Apple tras descubrir que las baterías de litio de los reproductores de música iPod estaban diseñadas para tener una duración corta. Algo similar le ocurre al usuario al que su servicio técnico aconseja, en el documental, que cambie de impresora. Después de muchas investigaciones y rastreos, descubre que la propia máquina, mediante un chip instalado en sus tripas, es la que provoca que el ordenador envíe un mensaje para que el cliente acuda al servicio técnico. El usuario se puso en contacto con un programador informático ruso, que ha dado con la trampa y ha desarrollado un software para evitar ese abuso. Pero la inmensa mayoría de los usuarioscede ante la demanda de la máquina, y se compra otra impresora.

Vertederos en África

Esa nueva impresora, como esa nueva lavadora, tostadora, plancha u ordenador se convierten en chatarra. Y se recicla. Sin embargo, el documental también destapa malas prácticas en este terreno. "Antes teníamos un río precioso aquí", dice el activista medioambiental ghanés Mike Anane.Habla desde un vertedero en el que destacan las montañas de basura informática.

Ahora, los niños queman el plástico que recubre los cables para recuperar el metal que está en su interior. "A veces nos ponemos enfermos y tosemos", declaran esos niños en el documental. El material entra en estos países como producto de segunda mano, pero sólo el 20% se aprovecha, denuncia la película.



viernes, 17 de diciembre de 2010

EL SENTIDO TEOLÓGICO DEL RELATO

Enrique Martínez Lozano

Hoy se acepta con normalidad que los evangelios no son crónicas históricas, en el sentido moderno del término, sino catequesis elaboradas por creyentes, que buscan comunicar, compartir y alentar la fe de las primeras comunidades. No se niega su base histórica, pero ésta –de acuerdo también con los usos de la época- ha sido “elaborada” en función del mensaje que se quería transmitir.

Si ese principio es válido para el conjunto de los relatos evangélicos –y los estudiosos se hallan empeñados en la ardua tarea de discriminar la “historicidad” de cada perícopa-, mucho más para los así llamados “relatos de la infancia”.

En estos relatos, particularmente, que encontramos sólo en los evangelios de Mateo y de Lucas, no hay que ir a buscar historia, sino teología, es decir, contenidos de fe.

En Lucas, es María quien recibe directamente el anuncio del ángel –la anunciación-; en Mateo, por el contrario, el destinatario del mensaje angélico es José. En ambos casos, lo que se busca transmitir es exactamente lo mismo: Jesús nace todo de Dios.

Si nos ceñimos al relato de Mateo, que estamos comentando, la exégesis actual parece inclinarse a pensar que el evangelista está utilizando unos temas que ha recibido de la tradición; si bien otros insisten en que, atendiendo al vocabulario empleado, él mismo los habría reelaborado de un modo muy personal.

Empecemos reconociendo una obviedad. El tema del nacimiento sin intervención de un padre se encuentra a menudo en relatos egipcios y helenísticos, que hablan de la generación divina de reyes, héroes, sabios…: desde Horus, hasta Attis de Frigia, pasando por Dionisos y Mitra, y llegando incluso a Platón –de quien su sobrino Espeusipo, en el discurso pronunciado al año de la muerte del filósofo, afirmó que éste había sido engendrado directamente por Apolo- y, por supuesto, a los emperadores romanos… También en contextos mas alejados, como la India, se dice de Krishna, que nació de la virgen Devaki.

En una cultura en la que se pensaba que la mujer jugaba únicamente el papel de “receptor” y “nido” de la nueva vida, que se creía provenía en exclusividad de la figura paterna –el semen contenía la totalidad de la vida que iba a nacer-, parece claro que, al eliminar la intervención masculina, se estaba diciendo que el niño que nacía era hijo de Dios en su totalidad. La madre no era sino el receptáculo que lo acogía.

La idea, sin embargo, era desconocida en el judaísmo de Palestina. El texto de Isaías que cita Mateo –“la virgen concebirá…”-, aparte de referirse a un hecho concreto de la historia del pueblo, no parece que hable originalmente de “virgen”, sino sencillamente de “doncella” o “joven”: así es como, según los expertos, habría que traducir el término hebreo “almâh”.

El que fuera una idea inexistente en Palestina, podría ser un indicio de que pudo haberse fraguado en alguna comunidad judeo-helenística-cristiana, donde hubiera encontrado fácil receptividad.

Probablemente, el relato forme parte del intento de ciertas comunidades de mostrar a Jesús como “Hijo de Dios según el Espíritu”, tal como se expresaba Pablo en la carta a los Romanos (1,4). El relato del nacimiento virginal sería entonces una forma de dar cauce a aquella convicción.

Eso significa que, antes que una afirmación que se refiera a la biología, es un relato teológico. No se está hablando de la virginidad biológica de María, sino del carácter divino de Jesús: el recurso para hacerlo –en línea con la costumbre egipcia y helenística- era mostrarlo como nacido sin intervención de varón.

En cualquier caso, en el relato bíblico, el Espíritu Santo no reemplaza al elemento masculino que hace posible el engendramiento. Se trata, más bien, del poder creador de Dios, siempre actuante, y no de un intervencionismo mítico, que rivalizara con lo humano.

Si miramos el evangelio de Mateo en su conjunto, quizás hayamos de concluir que lo que más le interesa al autor es el nombre “Emmanuel”, con el que entiende la persona y la obra de Jesús: para este evangelista, Jesús es, antes que nada, “Dios-con-nosotros”.

Tanto es así que va a hacer con ese nombre una gran inclusión, que abraza a todo su escrito. La primera parte de la misma corresponde al relato que estamos comentando, en el capítulo primero; la segunda aparecerá en el último, puesta entonces en boca del propio Jesús, como cierre de todo el evangelio: “Yo-soy-con-vosotros todos los días hasta el final del mundo” (28,20). Al principio y al final, el mismo nombre, que define la persona y la misión de Jesús entre los suyos:Emmanuel.

Esto es lo decisivo para Mateo, la certeza sobre la que apoya su fe: han descubierto en Jesús la cercanía completa de Dios. Para insistir en que es todo de Dios, recurre al relato, común en su entorno, de un “nacimiento virginal”.

¿Cómo hablar entonces de la “virginidad de María”? Soy consciente de que este tema –donde se entrelazan lo religioso, lo cultural y lo psicológico, en una mezcla en la que intervienen poderosos elementos inconscientes e incluso arcaicos o ancestrales, relativos a la sexualidad y a la figura de la mujer- toca fibras muy sensibles en la piedad católica.

Una anécdota puede ilustrar, mejor que otra cosa, lo que quiero decir. No hace muchos años, en una romería a un santuario mariano, un hombre me comentaba: “Yo no sé si creo en Dios; pero que a nadie se le ocurra tocarme a la Virgen…”

Con todo el respeto al modo que cada cual tenga de expresar e incluso vivir sus creencias, me parece que podríamos empezar por ponernos de acuerdo en algo elemental: más importante que la virginidad biológica es la virginidad espiritual.

Esta última podría entenderse como “disponibilidad”, la actitud abierta y dócil de quien se deja hacer por Dios, sin límite ni medida. Una persona virgen es aquélla cuyo corazón no está “ocupado” por ninguna otra cosa que la voluntad de Dios.

Si queremos expresarlo de un modo aún más radical, podemos decir que virgen es la persona que se ha desindentificado o desapropiado de su yo y, por tanto, ya no vive para él. Es “virgen” –apertura, disponibilidad, donación…- quien no está identificado con su ego ni vive para él, sino que ha descubierto-experimentado la Identidad-sin-límites (transegoica o transpersonal, no-dual) que todo lo abraza. Una identidad, por lo demás, que únicamente puede percibirse en el presente.

En ausencia de identificación con el yo, la persona es cauce o canal a través del cual Dios puede fluir con entera libertad. Por eso, puede cantar como María: “El Poderoso ha hecho en mí obras grandes”. No hay sentido alguno de apropiación; hay únicamente un “dejarse vivir”, asintiendo a la Vida que se expresa en la forma del momento presente.

La virginidad, por tanto, así entendida, puede considerarse como el horizonte hacia el que caminamos…, porque en realidad ya lo somos. Al comprender la Unidad que somos y trascender la conciencia egoica –en la desapropiación del yo- nuestro corazón se “desocupa” y nos descubrimos conteniendo en nosotros al universo entero.

En ese camino nos hallamos. En María, acogemos y celebramos a una mujer que lo ha vivido; por eso, también en ella nos reconocemos.



jueves, 16 de diciembre de 2010

EL SECUESTRO DE JESÚS POR LA IGLESIA

José M. Díez Alegría, en 'Teología en broma y en serio'

Ahora todos estamos preocupados con la multiplicación de los secuestros de personas. Resultan de verdad, casi siempre, intolerables. Siempre penosos y ambiguos, por lo menos. En ocasiones, son de lo más criminal que pueda imaginarse.

Pero ¿quién piensa en el secuestro de Jesús por parte de la iglesia?

El secuestro ha consistido en quitar de en medio a Jesús para poner en su lugar a la iglesia. A la operación han ido contribuyendo, a través de la historia, sobre todo los jerarcas y, en general, los «hombres de iglesia».

Naturalmente el secuestro se ha realizado con guante blanco. Un poco como esos secuestradores (alguno ha habido), que tratan a cuerpo de rey al secuestrado.

El Señor está sobre las nubes, en un retiro celeste. Lo que cuenta en la tierra, es la iglesia. A Jesús lo tienen los «hombres de iglesia». Y hay que ir a ellos, para poder llegar a Jesús. (Que luego, en el fondo, casi no es llegar, porque los hombres de iglesia están siempre al acecho para decirte que ellos dominan tu relación con Jesús, y te lo quitan si tú no haces lo que a ellos les dé la gana).

Yo no digo que la acción de secuestrar haya sido realizada de mala fe. Habrá habido algo de mala fe, quizá larvada, en algunos o en muchos. Y habrá habido en otros, a lo mejor en muchos o en muchísimos, perfecta buena fe. Pero el secuestro está ahí.

En vez de ir a Jesús y ponerse en contacto con él, y creer vitalmente en El (es decir, entregarse a su persona, y vivir la liberación inestimable de la fe en El), lo que hay que hacer es «entrar en la iglesia». Como quien entra en un edificio grandioso, en parte de mal gusto, en cuyo fondo, fondo, hay un icono resplandeciente, hierático y mudo, que te contempla con grandes ojos quietos.

Pero los que se mueven por allí son los hombres de iglesia. Ellos mandan. Con ellos hay que entenderse. A ellos hay que obedecer. De lo contrario, no hay Cristo que te valga, porque ellos son los amos, y Cristo tiene que estar a lo que ellos digan.

Pero el secuestro de Jesús se realiza también por gente personalmente digna, llena de «celo por las almas». Si nos descuidamos, se realiza un poco por todos. Por el establecimiento» eclesiástico, sus funcionarios y sus jerarcas.

El fiel no puede simplemente amar a Jesús y buscar la inspiración del evangelio. Ha de amar a Jesús y a la Iglesia, e inspirarse en el evangelio, siguiendo la doctrina del magisterio de la iglesia. Y al final no es el evangelio la medida con que hay que justipreciar la doctrina del magisterio de la iglesia, sino que el magisterio es la vara con que hay que medir el evangelio.

Porque luego resulta que amar a la iglesia no es querer a los hombres que creen en Jesús, sino obedecer a la jerarquía.

Con esto, Jesús queda cada vez más lejos, más encerrado en una urna. Y la gente se encuentra con los hombres de iglesia. Y la gente, la buena gente del pueblo, hambrienta y sedienta de justicia, no cree en ellos, porque le ha perdido el miedo al poder de esos hombres de hacerla entrar en la boca de Lucifer el mayor.

Es absolutamente necesario liberar a Jesús del secuestro de que ha sido víctima desde hace casi dos mil años.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

SIN COMPASIÓN

Juan García Caselles

La radio va desgranando los acuerdos del Consejo de Ministros. Con la misma voz átona, con la misma indiferencia que cuando hablan de los atascos por la salida del puente o los dimes y diretes de Guardiola y Mourinho, van leyendo los puntos del plan de ajuste de Zapatero.

Pasan como de puntillas por lo de que la reforma de las pensiones será antes del 28 de enero, o sea, que los currantes tendrán que trabajar más para cobrar menos y que, si Dios no lo remedia, el paro seguirá aumentando. Uno suspira. Y luego llega lo de los 426 euros que van a dejar de cobrar los parados de larga duración. Dicen que a cambio colocarán a 1.500 orientadores que les dirán a los parados lo que tienen que hacer para conseguir unos puestos de trabajo que no existen de momento. Y a continuación, dicen que según los estudios den Banco de España (que es algo así como la bicha para los pobres), dos de cada cinco parados pertenecen a familias en la que ninguno de sus miembros tiene ingresos. O sea que unos tres o cuatro millones de personas (fundamentalmente emigrantes), los parados y las que dependan de ellos, se verán reducidos a la más cruda miseria. La voz de los locutores sigue tan neutra como antes.

Miro la prensa en Internet. La noticia apenas si tiene eco en los titulares.Y uno se pregunta ¿en qué infierno estoy viviendo? ¿Qué mundo es éste, que país es éste, en el que mandar tres o cuatro millones de gente a la miseria y al hambre no le inmuta a nadie?

¿Los obispos, preocupadísimos como están por lo de los condones, no tienen nada que decir? ¿Los filósofos que acostumbran a darnos lecciones de ética, dónde se han escondido? Los literatos, los artistas, los científicos, los prohombres y las promujeres de este país, ¿se han evaporado? ¿Los políticos de los grandes partidos, salvo escasas y honradas excepciones, porqué callan como muertos? Solo los sindicatos y algunos políticos parecen estar afectados por la barbarie. En un país que es de las primeras potencias económicas del mundo y, por lo tanto, abundante en recursos y capacidad económica, ¿cómo hemos llegado a esta falta de sensibilidad?

Una sociedad sin compasión como esta es una vergüenza para la humanidad y solo se merece desaparecer. No puedo estar más triste.



EL ASALTO A LA EDUCACIÓN PÚBLICA

Josep Fontana

En el actual desguace del Estado del bienestar le ha tocado el turno a la educación pública, y en primer lugar a la superior. En Italia la reforma Gelmini se propone eliminar un gran número de profesores y reducir considerablemente los fondos destinados a la universidad y a la investigación. Ante las protestas de estudiantes y profesores, Berlusconi ha manifestado: “Los verdaderos estudiantes se sientan en su casa y estudian, los que salen a las calles son alborotadores”. El otro foco de protestas ha sido Gran Bretaña, donde una propuesta semejante va acompañada del anuncio de una subida brutal de las tasas universitarias, que dejaría la educación superior reducida a un privilegio para los hijos de las clases elevadas.

El asalto no se refiere solamente a las universidades. En Estados Unidos –y es bueno fijarse en lo que ocurre allí, porque es el anuncio de lo que nos puede llegar pronto– la escuela publica está siendo atacada por dos caminos distintos. En primer lugar, por la necesidad de reducir el gasto. Michael Bloomberg, el multimillonario alcalde de Nueva York, ha puesto al frente de sus escuelas a Cathleen Black, presidenta del grupo Hearst (que edita publicaciones como Cosmopolitan o Marie Claire), una ejecutiva sin ninguna preparación en el terreno de la educación, que ya ha anunciado que su tarea se va a centrar en reducir el gasto del sistema escolar público, que es el que usan los pobres. Bob Herbert, que sitúa estos hechos en el contexto de una Norteamérica en que coinciden el mayor paro y los mayores beneficios de las empresas financieras, advierte: “La guerra de clases de la que nadie quiere hablar sigue sin pausa”.

martes, 14 de diciembre de 2010

EL MERCADO COMO DIOS

Imanol Zubero

"Los mercados castigan a España y Portugal tras la caída de Irlanda". EL PAÍS titulaba así el miércoles su principal noticia de portada. No es la primera vez que utilizan esa expresión: "castigar". Pero los mercados no castigan. Acumulan, explotan, imponen, colonizan, destruyen, expropian, pero no castigan.
El lenguaje del "castigo" es un taimado intento de legitimación religiosa de las maniobras y decisiones económicas. Transmite la falsa idea de que nos ocurre es culpa nuestra y que, por ello, las consecuencias que sufrimos son en realidad un acto de justicia. Recibimos lo que nos merecemos por nuestro mal comportamiento. Hemos desobedecido la ley de los mercados y ahora penamos por nuestra mala cabeza. En el fondo, nos castigan por nuestro bien: con el fin último de que, contritos, volvamos al buen camino.

En 1999 el teólogo Harvey Cox publicó en la revista The Atlantic el artículo titulado "The Market as God", en el que analizaba muy críticamente la transformación del mercado en un auténtico dios. Cox iniciaba el artículo confesando su sorpresa al constatar el tono “religioso” perceptible en el discurso económico dominante:

“Tras las descripciones de las reformas del mercado, la política monetaria y los enmarañamientos del Dow [Jones, el más importante índice de la Bolsa de Nueva York], gradualmente descubrí las piezas de una gran narración en torno al significado profundo de la historia humana, por qué las cosas han ido mal y como pueden enmendarse. Los teólogos lo llamarían mitos del origen, leyendas de la caída y doctrinas sobre el pecado y la redención. Ahí estaban de nuevo, tras un ligero disfraz: crónicas sobre la creación de riqueza, las seductoras tentaciones del estatismo, el cautiverio bajo unos anónimos ciclos económicos y, finalmente, la salvación a través del mercado libre”.

Juan José Millás escribía hoy sobre esto en su columna:

"El Papa representa un poder sobre el que no ejerce ningún control. La Iglesia, ha dicho, carece de capacidad de ordenar a las mujeres (aunque sí de darles órdenes, añadimos nosotros), porque se trata de una decisión del mismísimo Dios que él, aunque no comparta ("no se trata de que no queremos"), debe acatar. Zapatero podría copiar literalmente el discurso de Ratzinger para justificar su política económica. No se trata de que queramos bajar las pensiones, es que el Mercado, a quien servimos, nos obliga. El Papa y Zapatero dependen de instancias superiores cuyos designios son inapelables".

Duro, muy duro. Pero lo cierto es que si alguna laicidad necesitamos con urgencia es la que nos libere (mentalmente) de la servidumbre hacia los mercados.



lunes, 13 de diciembre de 2010

LA FIESTA DEL CINISMO UNIVERSAL

Manolo Saco

Una silla vacía en la ceremonia de entrega de los Premios Nobel constituyó un modesto monumento, un símbolo de desagravio a todos los ciudadanos del mundo que tienen restringida la libertad de expresión, derecho sin el que las demás libertades y logros sociales quedan bajo sospecha, cuando no son otra cosa que una parodia. Repasar la lista de países que “devolvieron la invitación” a la ceremonia da la medida de la importancia que para el avance de los Derechos Humanos adquieren figuras como la de Liu Xiaobo y los demás disidentes políticos del planeta.

Sucumbieron a las presiones chinas, o bien lo hicieron de buen grado, ya sea bajo “el síndrome del capataz” o como recado a sus conciudadanos, Rusia, Kazajistán, Colombia, Túnez, Arabia Saudí, Pakistán, Serbia, Irak, Irán, Vietnam, Afganistán, Filipinas, Egipto, Sudán, Ucrania, Cuba, Venezuela y Marruecos. La mayoría de ellos forman parte de esa élite de países donde ser disidente te convierte, bien en delincuente común, bien en enemigo del Estado. Cierto que no están todos los que son, pues, según Amnistía Internacional, la libertad de expresión está restringida en no menos de 96 países.

Oslo fue una espléndida ocasión para repasar el estado de la justicia universal y la doble moral de las naciones. Entre otros, boicotearon el Nobel de la Paz dos países del G-20 (China y Rusia), esa organización de ricos y poderosos que acumula el 90% del PIB mundial, que se reúne anualmente para concertar tan sólo la administración de sus riquezas, y donde tienen asiento siete países que todavía no han ratificado el Estatuto de la Corte Penal Internacional, la última instancia para juzgar a los reos de genocidio, crímenes de guerra o desaparición forzosa.

Una fiesta del cinismo universal en toda regla.