viernes, 30 de septiembre de 2011

JESÚS ROMPE NUESTROS ESQUEMAS

Enrique Martinez Lozano

Jesús se está dirigiendo a los “sumos sacerdotes” y a los “ancianos” (o senadores). A ellos, máxima autoridad y referencia religiosa para todo el pueblo, les dirige una advertencia que no debió resultarles fácil de encajar: “Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el camino del Reino”.

¿Quién se atrevía a hablarles de ese modo? Más aún, ¿quién era ese predicador que tenía la osadía de cuestionar de modo tan radical el lugar de cada grupo en la estructura religiosa? ¿Qué validez podía abrigar una propuesta tan subversiva? Únicamente podía tratarse de una locura o de una blasfemia, que contravenía, no sólo al “sentido común”, sino incluso a la propia religión, que tenía bien establecido el estatus de cada cual dentro de ella.

Indudablemente, Jesús era, en el sentido etimológico de la palabra, un provocador (pro-vocar = llamar hacia delante, desinstalar), que obligaba a ver las cosas desde una perspectiva diferente a la que era habitual.

Pero a todos –y, sobre todo, a la autoridad- nos cuesta cambiar de perspectiva. Solemos aducir, como motivo, que la nuestra es la verdadera; pero, en realidad, incluso a veces sin darnos cuenta, lo que estamos haciendo es proteger nuestra precaria seguridad. La experiencia viene a confirmar que, con frecuencia, los humanos valoramos la seguridad por encima de la verdad.

Si nos moviera el gusto sincero por la verdad, por encima de cualquier otra cosa, no sólo no tendríamos inconveniente en modificar nuestra perspectiva, sino que lo buscaríamos intencionadamente, desde nuestra motivación por ver con mayor claridad. La pasión por la verdadno permite que nos “instalemos” en lo ya adquirido; al contrario, actúa como un dinamismo que busca abrir la mente y ensanchar el corazón.

Pero, cuando no es la búsqueda de la verdad la que nos mueve, caemos fácilmente en la hipocresía, entendida como la fractura entre el “hacer” y el “decir”, y la incongruencia va adueñándose de nuestra persona.

Esa incongruencia es denunciada por la parábola de Jesús. Decir sí, pero no ir… puede ser una característica bastante común en el comportamiento humano. Pero quizás más, o al menos de un modo más visible, en el de no pocas personas religiosas.

En la parábola que comentamos, el primer hijo representa a la persona religiosa observante y cumplidora; el segundo, a quienes viven, aparentemente, al margen de cualquier preocupación religiosa. Y, provocativamente, Jesús se pone del lado de estos últimos. Sin embargo, a poco que conozcamos a Jesús, no debería extrañarnos: lo que encontramos en él es un hombre radicalmente íntegro y coherente –sin distancia entre lo que dice y lo que hace-, apasionado por la verdad (“la verdad os hará libres”: Juan 8,32).

La incongruencia denunciada no es, evidentemente, exclusiva de la religión judía. Como decía, no es fácil que los humanos nos veamos libres de ella. Pero, cuando se da en la religión, empiezan a ocurrir cosas visiblemente paradójicas que, inevitablemente, empobrecen la vida de la persona y falsean la propia religión.

Así, no es extraño el fenómeno de quien, simultáneamente, se declara miembro decidido de una determinada confesión religiosa y está manifestando opiniones o comportamientos que chocan frontalmente con las enseñanzas que sus textos religiosos contienen.

En nuestro propio medio sociocultural, suele decirse que abundan muchos “católicos” que no son “cristianos”. Sin entrar en ningún tipo de valoración de la conciencia de cada cual, parece claro, sin embargo, que, cada vez que nos acercamos a la religión “buscando” algo –aunque sea de un modo inconsciente-, corremos el grave peligro de absolutizarla y de instrumentalizarla en beneficio de nuestros propios “intereses”. Podemos (consciente o inconscientemente) buscar seguridad, poder, deseo de imponer las propias ideas… Pero, en esa misma búsqueda, nos estaremos alejando de la pasión por la verdad, que confundiremos –quizás, de un modo inadvertido- con nuestras particulares creencias.

Sólo en este sentido, y volviendo a la diferencia antes enunciada, “católico” sería quien se ha posicionado en los intereses de la institución religiosa; “cristiano” sería quien, como Jesús, busca apasionadamente la verdad y la coherencia, desde las actitudes que subraya el mensaje evangélico: amor, compasión, servicio, no juicio, integridad, pobreza…

La parábola denuncia la “instalación” en las creencias, en la idea de que ellas nos van a salvar. Pero si eso no es así, ¿qué propuesta se nos hace?

Tanto el judaísmo como el cristianismo coinciden en el criterio del “hacer” –por oposición al “decir”-, a la hora de evaluar la actitud correcta. Basta recordar las palabras del propio Jesús, en otro lugar: “No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mateo 7,21).

Se trata, por tanto, de un “hacer” en consonancia con la voluntad del Padre, que no es otra cosa que el bien de las personas: “que no se pierda nadie” (Juan 6,39).

En este sentido, no todo vale. Hay “modos de decir” que pueden ser habituales en determinados círculos –políticos, periodísticos…-, y “modos de hacer” que rigen en determinadas instituciones, que no podrían tener cabida en personas y grupos que dicen remitirse al mensaje del evangelio. Insultos, descalificaciones, juicios apresurados, condenas, prepotencia, racismo, machismo… chirrían agudamente cuando provienen de personas o de medios (prensa, TV, blogs…) que “presumen” de ser católicos.

Probablemente, la parábola –en línea con la sabiduría de Jesús- nos está invitando a que seamos capaces de reconocer y abrazar al “publicano” y a la “prostituta” que cada cual llevamos en nuestro interior. El sentido sería el mismo que el de aquella otra que habla del “fariseo” y del “publicano”: hasta que no reconocemos a nuestro propio “publicano interno” –nos decía en ella- no podremos estar reconciliados.

Históricamente, “publicanos y “prostitutas” eran prototipos de pecadores y herejes. Y, sin embargo, Jesús los coloca como “modelos”, mostrando su admiración hacia ellos. ¿Qué hacemos nosotros –qué hace nuestra Iglesia- con quienes son etiquetados como pecadores o herejes?

Simbólicamente, “publicanos y “prostitutas” es aquella parte de nosotros que tenemos reprimida y oculta, nuestra propia sombra. Es claro que, mientras no la reconozcamos, atacaremos en los demás lo que en nosotros mismos hemos rechazado. Sólo cuando abrazamos nuestra “negatividad”, nos humanizamos, porque nos abrimos a la humildad. Y únicamente entonces puede emerger la bondad y la compasión hacia los otros.

Los “sacerdotes” y los “ancianos” –esclavos de su propia imagen de “religiosos observantes”- eran incapaces de reconocer y aceptar su “publicano” y su “prostituta” interiores –que viven en todos nosotros-. Eso mismo los incapacitaba para amar a los otros –publicanos y prostitutas- y para entrar en el Reino.

“Los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos”, es una sentencia que aparece en otras parábolas. Aplicada a nuestro caso, podríamos entenderla de este modo: cuanto mejor (por encima de otros) te crees, más atrás estás; por el contrario, cuanto más te reconcilias con tu debilidad y fragilidad, más cerca estás de la verdad.

Una cosa parece clara: abrazar a nuestros propios “publicano” y “prostituta” nos permitirá abrazar a cualquier persona que se cruce en nuestro camino, sin necesidad de ponerle ninguna etiqueta previa. Eso es lo que hacía Jesús.



jueves, 29 de septiembre de 2011

LA TERCERA HIJA

Flavia (Comunidad de Antioquía)

Estábamos leyendo en la comunidad una copia del manuscrito en que Mateo había consignado muchos hechos y dichos de Jesús y, al llegar a la parábola de los dos hijos, a todos nos dejó pensativos la posibilidad de creernos que vivíamos según la voluntad del Padre y llamándole “Señor”, cuando en realidad los verdaderos señores de nuestra vida eran otros (el dinero, la fama, el honor…)

En cambio el hijo que en principio se negó a obedecer a su padre pero terminó por ir a trabajar a la viña, nos pareció que era el que de verdad había acertado. Sólo Livia, la mujer de Antipas, levantó la voz para decir que no estaba de acuerdo y que, en su opinión, lo que le faltaba en la parábola era una “tercera hija” y que le parecía estaba también ausente en otra parábola, una del evangelio de Lucas que leían los cristianos de Roma pero que también había llegado a nosotros. Era aquella en la que aparecían también dos hijos, no se sabía cuál de los se había comportado peor con su padre.

– “Porque el pequeño – dijo Livia- le pidió la herencia como si tuviera prisa por acelerar su muerte y la despilfarró de mala manera y, si volvió a su casa fue porque tenía hambre, y pensó que junto a su padre no le faltaría nunca un plato caliente, aunque fuera trabajando como un asalariado. En cuanto al mayor, peor aún, porque ni se había enterado de cuánto le quería su padre y se sentía como un criado en su propia casa, a pesar de que el padre le había dicho lo más grande que alguien puede decir a otro: “Tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo…”

Así que creo que esos dos padres de las historias que cuenta Jesús se merecían tener una hija que le quisiera de verdad, que no dudara ni un momento de su cariño y que, cuando su padre le pidiera algo, lo hiciera a la primera y además con alegría. Porque era así cómo muchos personajes de la primera Alianza habían respondido a Dios: cuando Él llamó a Abraham a salir de su tierra, a Samuel en medio de la noche y a Isaías enviándole a ir a su pueblo en su nombre, ello le respondieron: “¡Aquí estoy!”, usando esa preciosa expresión hebrea hinnení de disponibilidad y prontitud.

Soy tímida y no suelo atreverme a hablar en público pero doy muchas vueltas en mi interior a las cosas cuando tocan mi corazón. Y cuando oí lo de “Hinnení” recordé la respuesta de Maria, la madre de Jesús, cuando recibió el anuncio del ángel: “Aquí está la esclava del Señor”, dijo.

Ella era la verdadera hija de Abraham que ella había sido siempre un “sí” a Dios y cuando escuchó lo que le pedía, expuso ante Él su existencia como una tierra vacía y pobre y esperó silenciosamente que fuera Él quien sembrara en ella a su Hijo. Acogió mansamente aquello que no comprendía, lo guardó en su corazón y esperó en las horas de oscuridad a que llegara la luz.

Supo estar atenta a la música que Dios tocó en cada momento de su vida y danzó a su ritmo, con la despreocupada confianza de quien no pretende conducir, sino ser conducida. Se abandonó como la arcilla en manos del Dios Alfarero, para que fueran sus manos las que modelaran su vida, aceptó los sorprendentes caminos de su hijo, le acompañó de lejos y cuando le oía, sus palabras eran para ella como el amanecer para el centinela. Y le escuchaba como lo haría el último de los discípulos, como si de todos ella fuera la más pequeña, la más sedienta por aprender, la más necesitada de sabiduría.

No había en ella ni un rastro de mirada hacia sí misma, nada que no fuera pura receptividad y el secreto júbilo de estar siendo enseñada por aquél a quien había llevado en su seno y de poder decir: Aquí estoy, hágase en mí según tu palabra…

Me llené de alegría al darme cuenta de que en María, Dios ha encontrado por fin, esa “tercera hija” que todos nosotros estamos llamados a ser. Y entendí también por qué, de entre todos los que Jesús había proclamado bienaventurados, a ella, la más dichosa, íbamos a llamárselo todas las generaciones.

Dolores Aleixandre



miércoles, 28 de septiembre de 2011

¡ADIÓS A LA IGLESIA!

Carlos Olalla 

En estos tiempos de visitas papales, de fastos religiosos, de lujo y oropeles, de hipocresía, de mentiras y de multitudinarias demostraciones de la llamada fe cristiana en un Estado que se define a sí mismo como aconfesional, son muchas las preguntas que uno puede hacerse sobre la Iglesia y sobre el papel que la Iglesia juega en nuestra sociedad. La primera, no lo puedo evitar, es ¿Cómo es posible gastar 50 millones de euros para una visita del Papa a Madrid de tres días cuando están muriendo miles de niños de hambre en Somalia, y tantas y tantas partes más?; ¿Es esta la caridad cristiana que predican desde las más altas instancias de la Iglesia?; Una Iglesia que prohíbe dogmáticamente el uso de preservativos aún a riesgo de contribuir a propagar el sida en África, que no castiga ni persigue a los curas pederastas y sí castiga y persigue a los curas que han tomado partido por los pobres y que viven y practican su fe de forma consecuente y sincera; Una Iglesia que oficialmente ha apoyado sistemáticamente todas las dictaduras fascistas del siglo XX y que siempre se ha alineado con los ricos y poderosos, en lugar de hacerlo con los pobres ¿puede considerarse realmente seguidora del mensaje de Jesús?; ¿Cómo reaccionaría hoy Jesús viendo que el sucesor de San Pedro vive como vive en el Vaticano; viendo que su Iglesia es ideología fundamentalista, poder económico y tiene hasta su propio Estado; viendo el daño y las barbaridades que la Iglesia oficial ha hecho en su nombre en los últimos dos mil años?

Hace ya muchos años que no creo en la Iglesia oficial, ella misma se encargó de dinamitar los últimos resquicios de fe que yo pudiera haber tenido. Me considero agnóstico y no soy creyente, sino firme y convencidamente “dudante”. Sin embargo hay unas palabras en el mensaje de Jesús en las que sí creo profundamente: las del Sermón de la Montaña y todas las que dijo para tomar siempre partido por los pobres y los marginados, por los más desfavorecidos, por los que más le necesitaban. En esas palabras sí creo y además me considero practicante. Cuando miro a la Iglesia oficial y veo lo que ha llegado a alejarse de esta Palabra, del eje mismo sobre el que Jesús construye su mensaje, cuando veo el daño que la Iglesia oficial está haciendo a la verdadera iglesia, siento asco, repugnancia y unas ganas irrefrenables de oponerme a ella con todas mis fuerzas. Pero sé que hay otra iglesia, una iglesia que sí sigue el mensaje de Jesús, una iglesia que ha tomado y toma cada día partido por los pobres y por los más desfavorecidos. Y en esa iglesia sí creo, porque la admiro y merece mi más profundo respeto. Es la iglesia de la Teología de la Liberación, de los Gustavo Gutiérrez, Camilo Torres, Monseñor Romero, Ignacio Ellacuría, Juan N. García-Nieto, Jon Sobrino, Leonardo Boff, Pere Casaldáliga, Enrique de Castro y tantos y tantos otros…

El origen de la llamada Teología de la Liberación puede encontrarse en el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez que, viviendo junto a los más pobres, conoce la realidad de un continente en el cual más del 60% de la población vive en la pobreza y el 82% de esta se encuentra en pobreza extrema. Es a partir de esta realidad cuando Gutiérrez empieza a analizar a fondo la situación y elabora las bases de lo que luego se conocerá como Teología de la Liberación: La pobreza es para la Biblia un estado escandaloso que atenta a la dignidad humana y, por consiguiente, contrario a la voluntad de Dios. Para poder llegar a esta conclusión Gutiérrez realizó un exhaustivo trabajo de investigación de la condena de la pobreza en el antiguo y en el nuevo testamento.

Para Gutiérrez la pobreza no es una fatalidad, es una condición; no es un infortunio, es una injusticia. Es el resultado de estructuras sociales y de categorías mentales y culturales, está ligada al modo como se ha construido la sociedad. Esta es la clave de su pensamiento, considerar a la pobreza como lo que realmente es, una consecuencia de un orden mundial injusto y cruel, y no como una especie de plaga inevitable con la que hay que convivir y de la que nadie tiene la culpa. La culpa la tiene nuestro sistema económico, un sistema económico que se fundamenta en hacer a los ricos cada vez más ricos y a los pobres más pobres; que está regido por las leyes de la especulación más salvaje; que no considera que existan seres humanos sino recursos y consumidores; que antepone los derechos del consumidor a los derechos humanos; que criminaliza al pobre y al diferente; y que perpetúa este stau quo injusto y criminal mediante los políticos títeres, sus leyes, sus cuerpos represivos, su ejército, sus medios de comunicación encargados de mantenernos desinformados, aborregados y sumisos…

Hartos de tanta injusticia y tanta violencia, sacerdotes de todo el mundo tomaron partido por los pobres y se enfrentaron, cada uno a su manera, a la Iglesia oficial, que, invariablemente, les sancionó, ninguneó y marginó. Hubo quienes, como Camilo Torres, entendieron que la violencia solo podía pararse con violencia y se fueron a la guerrilla para combatir a un ejército torturador y asesino. Uno de los primeros mártires de la Teología de la Liberación fue Monseñor Romero. De carácter y formación más bien conservadora, Romero fue radicalizando su toma de posición a favor de los más desfavorecidos conforme iba viviendo la realidad de su pueblo, el pueblo salvadoreño. Llegó a convertirse en un referente, en un ídolo de masas, en un héroe del pueblo que se enfrentó al poder establecido. Y eso el poder establecido no lo podía permitir. El 24 de Marzo de 1980 un asesino a sueldo le asesinó de una balazo mientras decía misa. Los sicarios del poder acabaron con su vida. La Iglesia oficial nunca le canonizó. Da igual, para el pueblo salvadoreño, Monseñor Romero es el Santo de América.

Han sido muchos los sacerdotes que han dado su vida por defender a los marginados y a los más desfavorecidos. Los jesuitas de la Universidad Centroamericana que fueron asesinados en El Salvador en 1989, entre los que se encontraba Ignacio Ellacuría, son una muestra más. Ellacuría fue uno de los sacerdotes más comprometidos dentro de una Iglesia en la que, una y mil veces, fue represaliado por la curia romana. De una talla intelectual formidable, sus análisis sobre el papel de la iglesia y de la teología en la sociedad en la que vivía fueron siempre respetados y admirados en todo el mundo. Su influencia en el pensar de una parte importante de la iglesia no oficial es cada día mayor, y el ejemplo de su vida dedicada y entregada a defender siempre a los más débiles le han convertido en uno de los referentes más importantes del mundo actual. La Iglesia oficial tampoco le canonizó ni le santificó, sino que le ignoró y le ninguneó continuamente.

Jon Sobrino es otro de los más comprometidos y lúcidos teólogos de la liberación, posiblemente uno de los más conocidos defensores de la opción por los pobres, junto a Monseñor Romero y a Ignacio Ellacuría. Sobrino fue el único superviviente de los jesuitas de la Universidad Centroamericana asesinados por los militares en El Salvador. La casualidad, o la providencia, quisieron que aquel día él estuviese dando una conferencia en el extranjero.

Jon Sobrino es un hombre pequeño y sencillo, enjuto, que desde la humildad, la lucidez y la experiencia de su propia vida, hace un diagnóstico del mundo actual certero y necesario. Él habla de la necesidad de la utopía, entendida como vida, como negación de la muerte, muerte a la que cada año condenamos a 50 millones de seres humanos en el mundo, un mundo que cada día ahonda más la injusticia y el abismo que separa a ricos de pobres (según la ONU pasamos de un rico por cada 30 pobres en 1960 a uno cada 60 en 1990 y a uno por cada 74 en 1997. En 2010 2.600 millones de seres humanos vivían con menos de 2 dólares al día). Sobrino habla de los sin voz, de esa abrumadora mayoría de seres humanos a los que, por quitarles, les hemos quitado hasta la palabra. Siempre señala que libertad de expresión no es sinónimo de voluntad de verdad, porque la libertad de expresión cuesta dinero, compra de medios y espacios publicitarios. Nos dejan, a veces, gritar en las calles lo que sentimos, nuestra verdad, pero eso, sin el acceso a los medios de comunicación, no es libertad de expresión. Para él utopía también es tener palabra.

Y junto a los sin voz están los sin nombre, porque los pobres no tienen medios para mostrar su identidad, y en un mundo como el de hoy no tener nombre es no existir. Sobrino pone un ejemplo muy claro que explica perfectamente lo que significa esto: 11 de septiembre es una fecha que con solo nombrarla ya lo dice todo, como el 25 de diciembre, pero ¿y el 7 de octubre? El 7 de octubre no nos dice nada, a pesar de que ese fue el día en el que las bombas empezaron a caer en Afganistán en una criminal guerra que dura ya diez años. Para Sobrino, utopía también es tener nombre. Y ¿Qué podemos hacer frente a la injusticia y la violencia sobre la que se basa nuestro orden mundial? Para tratar de esto Sobrino analiza los errores que todos hemos cometido hasta ahora y que nos han llevado hasta aquí: la religión centrándose en el pecado y en la culpa, en lugar de hacerlo en el sufrimiento, lo que le ha llevado a perder la sensibilidad por los que sufren. Las democracias poniendo al ciudadano en el centro, y no al pobre, al excluido, han apartado el poder del pueblo y cada día se alejan más de los que quieren representar. Nunca en la historia de la humanidad se ha puesto al pobre, al débil, al marginado, en el centro, y si seguimos globalizando el mundo sin hacerlo, irremediablemente iremos a la globalización de los desposeídos.

El camino de la pobreza, del amor, de la solidaridad, del compartir, es la solución para Sobrino. Caridad no es suficiente, porque caridad es dar, y lo que el mundo necesita es solidaridad, dar y recibir: dar lo que tenemos (recursos, medios, tecnología, etc.) y recibir lo que nos falta (sensibilidad, amor, alegría…)

La civilización de la riqueza no es la solución a nuestros problemas, sino su causa, y no solo porque no hay riqueza para todos, sino, y lo que es más grave, porque ni siquiera es civilización, porque no podemos llamar civilización a un sistema que mata, que insulta, que quita la palabra y el nombre a la mayor parte de la humanidad. Sobrino apoya siempre una idea de Ignacio Ellacuría: “La solución a los problemas del planeta está en rechazar la civilización de la riqueza y propugnar la de la pobreza”. Los pobres son la reserva de utopía, y cada día nos invitan a participar de ella, a participar de la vida.

Jon Sobrino dice que todos tenemos una razón para levantarnos cada mañana, una razón para decir aquí estoy y sigo en pie, una razón para seguir adelante, una razón para tender nuestra mano a quien la pueda necesitar, una razón para el milagro, una razón para acabar con el silencio cómplice del eso no va conmigo o del yo lo haría pero no servirá de nada, una razón para salir a la calle, una razón para parar las guerras, una razón para la esperanza… una razón que se llama amor, porque la esperanza, cualquier esperanza, nace del amor. Para Sobrino, “amar es una actitud de salirnos de nosotros mismos, y para eso es igual que uno sea bautizado o musulmán o ateo o gringo o de Ahuachapán. Amar es no empezar el día diciendo: ‘Señor, te pido por mí y por mi bienestar y que yo lo pase bien’. El Cardenal Ratzinger, ahora Benedicto XVI, fue quien instruyó personalmente la causa contra Jon Sobrino que acabó con una Notificación en 2006. Era un claro toque de atención a Sobrino que, sin embargo, sigue viviendo y haciendo todo lo que ha hecho durante todoa su vida: estar con los pobres. “Jesús nunca dijo que estaría en bellas catedrales” suele decir Sobrino, “pero que allá donde haya hambre, sed, enfermedad y gente que se muere de sida, nos guste o no nos guste, allá estará Él.”

Curas que hayan tomado decididamente la opción por los pobres no solo los encontramos en Latinoamérica. En España han sido y son muchos quienes lo hacen a diario. Tuve la suerte de conocer de cerca de uno de ellos, Juan N. García-Nieto, jesuita catalán perteneciente a una adinerada familia de banqueros. Era el hijo varón mayor de tres hermanos, el “hereu” según la tradición catalana que debía heredar todo el patrimonio familiar. Sin embargo su fe religiosa le llevó a renunciar a todo aquel mundo de lujo y riqueza para ordenarse sacerdote y formarse en Irlanda. A su regreso a España, la España de Franco, viendo cómo sufrían los más pobres, sufriendo la injusticia y la falta de libertad, toma definitivamente partido por los pobres y se convierte en el cura obrero que desarrolló toda su acción y vivió en Cornellá y en el llamado cinturón rojo de Barcelona. Fue fundador de Cristianos por el socialismo. Compaginó su labor con los obreros y su acción sindical dando clases en una de las escuelas de negocios más prestigiosas de Barcelona, Esade. Siempre me he preguntado cómo podía compaginar esos mundos tan antagónicos, el de los obreros y el de los directivos, el de los pobres y el de los capitalistas. La respuesta me la dio un día, en una comida familiar en la que sus sobrinos, pujantes empresarios y ejecutivos agresivos, criticaban la baja cualificación y preparación de los obreros como origen de la falta de competitividad de la empresa española. Juan, el Nepo, como se le conocía, siempre con la sonrisa en la boca, les respondió “¿Por qué siempre que los empresarios hablan de la falta de competitividad de la empresa española la achacan a la mediocridad de sus trabajadores en lugar de preguntarse si los que realmente son mediocres son los empresarios? Ese era Juan N. García-Nieto, un hombre humilde, lúcido, valiente y consecuente, que dedicó su vida a defender todo aquello en lo que firmemente creía.

Son muchos los curas que han tomado la opción por los pobres en nuestro país: el padre Llanos, etc. En Madrid, en la parroquia de San Carlos Borromeo, en el barrio de Vallecas, tres curas: Enrique de Castro, Javier Baeza y Pepe Díaz, han dedicado su vida a estar con los más pobres, con quienes más les necesitan. Presos, drogadictos, inmigrantes y marginados son los feligreses predilectos de esa parroquia en la que se comulga con pan, los curas llevan tejanos en lugar de sotanas y, lo más importante, hablan como lo hizo Jesús: dando su vida por los demás. Carmen Díaz, de la asociación Madres contra la Droga, definía perfectamente la doctrina que se enseña en esta parroquia:“Aquí he aprendido que resucitar es caerte, levantarte y ayudar”. Por eso su parroquia está siempre llena, por eso esa casa de Dios tiene siempre sus puertas abiertas (incluso la llave de la iglesia la tienen los fieles), por eso a su iglesia acuden, respetuosos, musulmanes y hasta ateos. La ortodoxia de la liturgia vaticana, sin embargo, no puede permitir que tres simples curas acerquen la Palabra de Dios hablando la verdadera lengua de las gentes, esa lengua universal que habla de generosidad, de solidaridad y de amor, de verdadero amor al prójimo y, a través de Rouco Varela, ha hecho todo lo posible por cerrarla. Benedicto XVI anda empeñado en reinstaurar las misas en latín y en sancionar a sacerdotes como Jon Sobrino, por defender en sus libros que Jesús, además de Dios, también fue un hombre que se enfrentó al poder para defender a los más necesitados; la Conferencia Episcopal Española dio alas desde su cadena radiofónica, la COPE, a los Jiménez Losantos y Césares Vidales para insultar, conspirar, mentir y difamar a diario a todo el que no compartiera con ellos los intereses más retrógrados y conservadores de la España más rancia. La Iglesia oficial nunca vio con buenos ojos a todos esos sacerdotes, como Enrique de Castro, Javier Baeza, Pepe Díaz, o como Jon Sobrino, Pere Casaldáliga, Juan N. García-Nieto, o como Ignacio Ellacuría y los jesuitas asesinados en la UCA de El Salvador, como Monseñor Romero o como tantos otros sacerdotes que se acercaron al Evangelio siguiendo el mensaje de amor verdadero que hay en él y tomando la opción que Jesús tomó: la opción por los pobres. Hoy, cuando el Opus Dei o los Legionarios de Cristo ocupan los lugares más visibles de la Iglesia oficial y marcan su destino, cuando se cierran las iglesias de los que han tomado partido por los más necesitados, cuando se sanciona a los que toman la opción por los pobres, cuando se alienta el odio y el guerracivilismo desde la radio de la iglesia, cuando se ayuda a la propagación del SIDA prohibiendo el uso de los preservativos, hoy me siento cada vez más alejado de esa Iglesia oficial con la que ya nada comparto ni quiero compartir ¡Que se queden su latín, sus COPES y sus hostias! Yo no quiero tener nada que ver con ellos, no quiero ser cómplice de ese centro de poder en el que ellos han convertido a la Iglesia. Sí estoy, y más próximo que nunca, a los Sobrino, los Casaldáliga, los Castro, los Baeza y los Díaz de este mundo que, junto a los que más lo necesitan, no sólo gritan, sino que luchan porque otro mundo sea posible. Hoy, cuando veo al Papa me cuesta reconocer las palabras que Jesús le dijo a San Pedro: “¡Déjalo todo y sígueme!”. Hoy, cuando oigo las calumnias y las mentiras de la COPE, me pregunto qué queda de lo que dijo San Pablo: “La verdad os hará libres”. Hoy, cuando veo a Rouco Varela queriendo cerrar la iglesia de San Carlos Borromeo me pregunto ¿Qué haría Jesús si entrase en el Vaticano y viese en lo que han convertido su Iglesia?. Hoy no le digo adiós a esa iglesia, la de los pobres, porque siempre estaré con ella, sino que hoy digo, alto y claro, ¡adiós a la Iglesia!

No quiero acabar esta entrada sin las palabras, y los versos, de otro de estos curas formidables que han tomado partido por los pobres: Pere Casaldáliga, obispo de la prelatura de Sao Felix de Araguaia, en el Mato Grosso, que lo abandonó todo para irse a vivir a la selva amazónica con los más necesitados y que siempre dice que lo que más le gustaría, si su castigado cuerpo se lo hubiera podido permitir, habría sido irse ahora a compartir su vida con los más pobres de África.

viernes, 23 de septiembre de 2011

HARTOS DE TRAMPAS

José Ignacio Torreblanca

Durante décadas, Israel fue el puesto avanzado de Occidente y sus valores en una región donde la democracia no estaba ni en el mapa ni en el vocabulario. Gracias a sus innegables logros, los israelíes aseguraron su prosperidad y seguridad en un contexto regional sumamente adverso. Con aquellos a los que temían o necesitaban, como Egipto o Jordania, alcanzaron la paz. Con otros, como Siria, sustituyeron las confrontaciones directas por otros conflictos de menor nivel asumidos por actores o peones interpuestos, en los territorios ocupados o Líbano. El resultado es que Israel ha disfrutado de un periodo de paz y seguridad mucho más prolongado de lo que la retórica antiisraelí dominante en el mundo árabe y musulmán habría hecho esperar.

El mérito, sin embargo, ha de ser atribuido a Estados Unidos, no a la diplomacia israelí. La tarea de Washington ha sido doble. Por un lado, ha puesto al servicio de Israel su excelente red de relaciones bilaterales. Desde Rabat hasta Ankara, pasando por Riad y las capitales europeas, Estados Unidos ha logrado mantener como artículo de fe el principio de que la solución al conflicto solo podría venir de un acuerdo entre las partes alcanzado libremente y sin presiones externas, relegando con ello el papel de la comunidad internacional a la facilitación de las conversaciones y, eventualmente, a la oferta a las partes de garantías externas (económicas y/o de seguridad) si finalmente se alcanzara un acuerdo.

Paralelamente, Estados Unidos ha venido bloqueando sistemáticamente cualquier intento de internacionalizar la solución del conflicto, es decir, de imponer a unas partes incapaces de ponerse de acuerdo una solución justa y duradera basada en los principios de derecho internacional más comúnmente aceptados. Así pues, cada vez que la solución al conflicto palestino ha amenazado con desbordar el marco bilateral y llegar al ámbito internacional, Estados Unidos ha acudido al rescate de Israel. Las cifras son elocuentes: entre 1972 y 2011, Estados Unidos ha tenido que ejercer su derecho de veto en nada menos que 31 ocasiones con el fin de que una resolución sobre Palestina que gozaba del apoyo mayoritario del Consejo de Seguridad no llegara a buen puerto.

La ecuación resultante es bastante evidente. Por un lado, tenemos una increíble asimetría entre el poder negociador de israelíes y palestinos (pues unos lo tienen prácticamente todo y los otros prácticamente nada). Aunque demográficamente el tiempo juegue a favor de los palestinos, política y económicamente Israel es cada día más fuerte y sus asentamientos más numerosos y asfixiantes para los palestinos. Por otro lado, la comunidad internacional hace bastante trampas en su mediación: mientras que a los israelíes se les intenta persuadir con buenas formas y sin levantar la voz, a los palestinos se les presiona y exige sin disimulo alguno. Si a todo ello añadimos las dos magníficas muletas diplomáticas (regional e internacional) proporcionadas por Estados Unidos, el resultado final (un proceso de paz estancado) adquiere bastante sentido. No cabe extrañarse de que los palestinos se hayan cansado de jugar a un juego donde todas las cartas están marcadas de antemano y se hayan dirigido a Naciones Unidas a que les proporcione una baraja de cartas nueva.

El gran revuelo desatado por la petición de Abbas de que Palestina sea reconocida como miembro de pleno derecho no es sino la prueba que confirma la hipocresía de Estados Unidos y de gran parte de los miembros de la Unión Europea, otra vez patéticamente divididos en un asunto clave para su relevancia internacional. Cuando más de 122 miembros de Naciones Unidas ya reconocen bilateralmente al Estado palestino, las presiones europeas sobre Abbas para que se eche atrás en su petición de lograr un estatuto de pleno derecho y se conforme a cambio con un estatuto de no miembro, amputado, entre otras cosas, de la capacidad de litigar ante la Corte Internacional de Justicia, resultan un sarcasmo.

Por un lado, se hace el trabajo sucio a Estados Unidos para que Obama no tenga que desprestigiarse vetando una resolución mayoritaria del Consejo de Seguridad. Por otro, se hace el trabajo sucio a Israel impidiendo que los palestinos acudan a la justicia internacional (no vaya a darles la razón). A cambio, se espera, Netanyahu congelará los asentamientos, volverá a la mesa de negociaciones, tratará a los palestinos de igual a igual y aceptará la solución de dos Estados en menos de un año. Todo ello, por las buenas, sin presión estadounidense y en un año electoral para Obama. No parece que Abbas tenga tanto sentido del humor.


jueves, 22 de septiembre de 2011

TROY DAVIS, ¿UN ANTES Y UN DESPUÉS EN LA PENA DE MUERTE EN EE. UU.?

Yolanda Monge, en 'El País'

Con la culminación de la ejecución de Troy Davis, después de que el Tribunal Supremo decidiera cerrarle todas las puertas legales, no solo murió un hombre que posiblemente era inocente del crimen que se le acusaba sino que también se inició un descenso en la credibilidad de un método que apoya un 64% de los norteamericanos (aunque el declinar en el respaldo dado a la pena capital desde los noventa tiene más que ver con el descenso en las cifras de crímenes que con el pensamiento dominante. Basta con ver la reacción del público durante un debate republicano televisado cuando este aplaudió las 234 condenas a muerte que ha firmado el gobernador Rick Perry sin que le temblara el pulso o le quitase el sueño, según dijo él mismo).

La pena capital debería estar tocada de muerte tras lo sucedido en Georgia en la noche del miércoles, cuando un hombre fue asesinado legalmente a pesar de que nunca hubo pruebas determinantes en su contra y de que la gran mayoría de los testigos que en el momento del crimen volvieron su dedo acusador contra él ahora se han retractado de sus declaraciones. Los partidarios de la pena capital, un castigo sin vuelta atrás, deberían reflexionar sobre el hecho de que un antiguo director del FBI, William Sessions, defensor de tan atávico método, sintiera la necesidad en el caso de Davis de replantearse que quizá la sociedad se está equivocando y la pena de muerte no es infalible.

Deberían escuchar a Jimmy Carter, expresidente de Estados Unidos, que emitió un comunicado en el que decía: "Si uno de nuestros ciudadanos puede ser ejecutado con tantas dudas en torno a su culpabilidad, entonces el sistema de pena de muerte en nuestro país es injusto y obsoleto". El exgobernador de Georgia fue más allá y aseguró tener confianza en que "esta tragedia nos empuje como nación hacia un rechazo total de la pena capital".

Los sondeos realizados dicen que un tercio de los estadounidenses creen que se ha ejecutado a un inocente y, aún así, ese mismo número de personas sigue apoyando la aplicación de la pena de muerte. A una noche frenética en la que la vida de Davis estaba en juego y se la pasaban de un tribunal a otro con sus consiguientes esperas -el Supremo de EE UU tardó casi cuatro horas en tomar una decisión, en gran medida porque no todos los jueces estaban presentes en la ciudad, ya que el curso judicial no empieza hasta el primer lunes de octubre-, la mañana del jueves ha amanecido como si nada hubiera pasado. Entregado el cadáver a la familia y callado el clamor internacional, las únicas voces que seguían activas - y en Internet, ni siquiera en los cafés- eran las de las organizaciones de derechos humanos y las contrarias a la pena de muerte.

El debate contra la máxima pena no se dirime en la calle; no hay manifestaciones en contra como podría esperarse sobre un asunto parecido en la vieja Europa; no hay masivos movimientos de protesta.

Lo que los detractores esperan que suceda es que, tras la muerte de Davis se haga patente que el sistema es falible, que es imposible evitar que mueran inocentes. Errores de tal tamaño no se pueden corregir por lo que hay que buscar alternativas a la pena capital.

El propio Davis proclamó su inocencia hasta el final. Sereno -o todo lo sereno que se puede estar cuando se está amarrado a una camilla sabiendo que los verdugos van a acabar con tu vida-, el preso de raza negra de 42 años giró su cabeza hacia el hijo y el hermano de Mark McPhail -policía de raza blanca de paisano al que Davis asesinó en 1989, según el veredicto de un juez y jurado en 1991- y dijo: "Yo no lo hice, yo no tenía un arma. Siento mucho su pérdida pero yo no maté a su padre, hijo o hermano". "Soy inocente". Davis murió a las 11.08, quince minutos después de que se iniciara el salvaje método de inyectarle la muerte en vena. Davis no ingirió su última cena por deseo propio.

Tampoco aceptó que se le aplicara un calmante para enfrentarse a la muerte. Pero sí realizó una última petición a sus familiares, amigos y abogados: "Seguid investigando, excavando, trabajando hasta que se pruebe mi inocencia". Quizá entonces sí haya un antes y un después en la pena de muerte en EE UU y la pregunta ya no esté abierta. Hasta entonces, el sistema sigue funcionado; no importa los inocentes que pueda enterrar en el camino. El miércoles se ejecutaba también a un hombre en Tejas, el día 28 será en Florida, el 18 de octubre en Ohio...



martes, 20 de septiembre de 2011

EL PAPA QUE HASTA UN ATEO DESEARÍA


Feliciano Mayorga Tarriño. Filósofo y escritor

La semana pasada, un hermoso sueño me quitó la paz. Desde ese día, todas las mañanas, al oír el despertador, me abalanzo a la TV y los diarios con la esperanza de ver una nota de prensa que diga algo así como lo siguiente:

17 de Agosto de 2011. "El papa Benedicto XVI ha desaparecido del Vaticano. Los servicios de inteligencia de todo el planeta se afanan en hallarlo con vida. La OTAN está en estado de máxima alerta por
temor a que se trate de un magnicidio, tal vez de un secuestro por parte de Al Qaeda. El catolicismo al borde de la guerra."

18 de Agosto de 2011. "Desconcierto internacional. Benedicto XVI ha sido hallado sonriente y sudoroso en Mogadisho, capital de Somalia. Desde un campo de refugiados, acaba de anunciar que iniciará una
huelga de hambre en solidaridad con la población hambrienta. Su determinación es mantenerla hasta morir si la comunidad internacional no toma medidas urgentes para acabar con la miseria que asuela el
planeta. El mundo escucha atónito la declaración."

19 de Agosto de 2011. "Todo es caos, preocupación e incertidumbre. Se suceden las reacciones oficiales. Nadie sabe cómo interpretar un gesto que viola los protocolos diplomáticos. Las autoridades de las cancillerías europeas y norteamericanas, a la vez que saludan tímidamente el gesto, lo desautorizan como un chantaje inadmisible por parte del líder de una Iglesia. De admitirse podría dar lugar a una serie indefinida de ingerencias por parte de otros dirigentes religiosos en el orden político internacional. Le exigen el cese inmediato de la huelga de hambre."

20 de Agosto de 2011. "El Vaticano, presionado por los gobiernos occidentales, ha convocado un conclave urgente y extraordinario para dar respuesta al insólito y perturbador acontecimiento. Se filtra la
idea de que el Papa podría haber perdido sus facultades mentales y debería ser incapacitado como legítimo sucesor de Pedro."

21 de Agosto de 2011. "Los mercados han entrado en un estado de pánico generalizado. Las bolsas se desploman. Las multinacionales temen una intervención de la ONU que pudiera limitar sus beneficios a escala global. Los principales centros financieros exigen a los gobiernos una respuesta urgente a la crisis provocada por Benedicto XVI, al que califican abiertamente de comunista e irresponsable."

22 de Agosto de 2011. "Se espera una acción inminente por parte de la OTAN, como respuesta a la demanda de la curia romana, para capturar al sumo Pontífice, devolverlo con vida al Vaticano y realizarle un exhaustivo diagnóstico de salud mental por parte de eminentes psiquiatras. Se especula con un brote de demencia senil. El derecho canónico admitiría in extremis la posibilidad de nombrar un nuevo sucesor si se verifica la grave enfermedad mental del actual Vicario de Cristo."

23 de Agosto de 2011. "La imagen de un Papa despojado de sus pomposas vestiduras, ataviado con las raídas ropas de los nativos y dispuesto a llevar hasta el sacrificio final su compromiso con los más pobres del planeta, ha conmocionado a la opinión pública mundial. Es como un delirio colectivo. La gente se echa a la calle presa de un sentimiento de júbilo, ocupando calles, plazas y parlamentos."

24 de Agosto de 2011. "Todo parece irreal, es como si el mundo hubiera perdido de pronto su gravedad y flotara en un estado de gracia y ligereza. Hay gente por todas partes. Unos lloran de emoción, otros cantan salmos, otros rezan tomados de las manos, otros comparten lo que tienen con los más pobres, otros se abrazan sin motivo, los enemigos se declaran la tregua. Un sentimiento de hermandad surca la tierra. Es indescriptible. Nadie recuerda algo semejante"

25 de Agosto de 2011. "Ante el riesgo de captura del santo Padre, el Dalai Lama, el patriarca de Constantinopla, numerosos imanes y rabinos, y los principales líderes protestantes han decidido sumarse a
la huelga de hambre de Benedicto XVI. Se añade cada día una marea de niños, mujeres y ancianos, en cuyo rostro se refleja el orgullo de saber que, al menos por una vez, Dios está de su parte."

26 de Agosto de 2011. "Filósofos e intelectuales afirman que lo que está ocurriendo, tanto si el Papa muere o logra derrotar al hambre, supondrá un punto de inflexión en la humanidad. Su importancia ya se compara con el final del imperio romano, el descubrimiento de América o la derrota del nazismo. Sectores izquierdistas, ateos y liberales se movilizan a favor de los cristianos y el parlamento de Israel ha
acordado devolver los terrenos ocupados a Palestina. La historia parece haber perdido su racionalidad. Ningún estudio sociológico, económico o político había previsto un suceso tan enorme ¿Qué está
pasando? ¿El mundo se ha vuelto loco?, ¿de amor?"


Conclusión: el Papa es uno de los pocos seres humanos capaces, por su estatus, de realizar tan hermosa quimera. Por eso cada día, apenas me despierto, me lanzo a los kioscos para ver si es hoy está la gran
noticia, el día en que el Papa de mis sueños realizará la gesta que salvará al mundo.



EL GRITO DE LOS EXCLUIDOS 2011

Frei Betto

Desde hace 17 años la Semana de la Patria, en el Brasil, está dedicada a la manifestación popular conocida como Grito de los Excluidos. Éste es promovido por el Sector de Pastoral Social de la CNBB, la Comisión de la Tierra, Caritas, Ibrades y otros movimientos e instituciones.

El lema del 17° Grito es: “Por la vida grita la Tierra… ¡Por los derechos, todos nosotros!” Se trata de asociar la preservación ambiental del planeta a los derechos del pueblo brasileño.

El salario mínimo actual -US$ 220- representa hoy la mitad del valor de compra de cuando fue establecido, en 1940. Para equipararlos se necesitaría que fuese de US$ 550. Pero, según el DIEESE, para atender a las necesidades básicas de una familia de cuatro personas, de acuerdo a lo que prescribe el art. 7 de la Constitución, el salario mínimo actual debiera de ser de US$ 850.

Las políticas sociales del gobierno son, sin ninguna duda, importantes. Pero no suficientes para erradicar la miseria. Eso sólo se consigue promoviendo la distribución de la renta a través de salarios justos, y no manteniendo a millones de familias dependientes de los recursos del poder público.

El Brasil comienza a ser alcanzado por la crisis financiera internacional. Debido a la recesión en los países ricos, nuestras exportaciones tienden a disminuir. El único modo de evitar que el Brasil también caiga en la recesión es aumentar el consumo interno, lo cual significa aumento de los salarios y de los créditos, y reducir los intereses.

La población extremadamente pobre en el Brasil se calcula que anda por los 16 millones de personas, el 59 % de las cuales (9.6 millones de gentes) están concentradas en el Nordeste.

De entre los que padecen pobreza extrema en el Brasil, el 51 % tiene menos de 19 años, y el 40 % menos de 14 años. El desafío está en liberar a esos jóvenes y niños de la carencia en que viven, proporcionándoles una educación y profesionalización de calidad.

Uno de los factores que impiden a nuestro gobierno el destinar más inversiones a programas sociales, así como a educación y a salud, es la deuda pública. Hoy la deuda federal, interna y externa, sobrepasa los US$ 80 mil millones. En el 2010 el gobierno gastó, sólo en intereses y amortizaciones de esa deuda, el 44.93 % del presupuesto general de la Unión.

¿Quién se aprovecha y quién pierde con las deudas del gobierno? El Grito de los excluidos propone desde hace años una auditoría de las deudas, interna y externa. Nadie ignora que una buena parte de la deuda es fruto de la mera especulación financiera. Como acá los intereses son más altos, los especuladores extranjeros canalizan sus dólares hacia el Brasil, a fin de obtener mayor rendimiento a su dinero.

Hay un aspecto de la realidad brasileña que atañe a la doble dimensión del lema del Grito de este año: preservación ambiental y derechos sociales. Se trata de la reforma agraria. Sólo ella podrá erradicar la miseria en el campo y paralizar el progresivo despale de la Amazonía y de nuestras selvas por la ambición desenfrenada del latifundio y del agronegocio..

Los datos procedentes del gobierno indican que en el Brasil existen hoy 62.2 mil propiedades rurales improductivas, abarcando un área de 228.5 millones de hectáreas. Pura tierra de negocio y por tanto, según la Constitución, susceptible de desapropiación.

Comparados esos datos del 2010 con los del 2003 se constata que ha habido un aumento del 18.7 % en el número de inmuebles rurales ociosos, y que el área se amplió en un 70.8 %.

Si el mayor crecimiento de áreas improductivas sucedió en la Amazonía, escenario de violentos conflictos rurales y de trabajo esclavo, sorprende el incremento constatado en el sur del país. En el 2003 había en esta región 5.413 inmuebles clasificados como improductivos. El año pasado la cantidad llegó a 7.139, o sea un aumento del 32 %. ¡Son pues 5.3 millones de hectáreas improductivas en latifundios sólo en el sur del Brasil!

De 130.5 mil grandes propiedades rurales inscritas en el catastro en el 2010, con una extensión de 318.9 millones de hectáreas, 23 mil, con una extensión de 66.3 millones de hectáreas, son propiedades irregulares, o sea tierras acaparadas ilegalmente o baldías (pertenecientes al gobierno), generalmente ocupadas por latifundios.

El Brasil, por supuesto, tiene margen para una reforma agraria, sin perjuicio de los productores rurales y del agronegocio. Con ella todos podrían ganar: el gobierno, porque recogería más tributos; la población, porque vería reducida la miseria en el campo; los productores, porque se multiplicarían sus cosechas y sus rebaños, y venderían más a los mercados interno y externo.