Bernardo Pérez Andreo, en 'Rara Temporum'
Dice Chesterton que los marxistas llaman "Capitalista cuando cualquier cristiano le hubiera llamado canalla" (La utopía capitalista y otros ensayos, Palabra, Madrid 2013, 168). Dice bien Chesterton y dice más todavía que la crítica social al modelo de comportamiento capitalista. El gran mal del capitalismo es que es una negación de todo lo que nos constituye como humanos, de ahí que un capitalista no es sino un canalla, un ser vil y despreciable apegado a las más burdas pasiones e incapaz de ver más allá de sus deseos irrefrenables. Se puede ser marxista o liberal, de derechas o de izquierdas y se estará en un error, pero no se estará contra la humanidad por ello. El marxista comete el error del reduccionismo materialista y/o sociológico, pero es un error no un crimen; el liberal comete el error del individualismo y el pesimismo antropológico, pero es un error no un crimen; el de derechas comete el error del inmovilismo, pero es un error únicamente; el de izquierdas comete el error del progresismo, pero también es solo un error. El capitalismo no es un error, es un horror y el capitalista es un canalla. Es imposible ser cristiano y capitalista. Se puede ser cristiano y liberal con precauciones; cristiano y marxista, con precauciones; cristiano de derechas o de izquierdas, con precauciones; pero no se puede ser cristiano capitalista, es imposible. Alguien que defienda el capitalismo es anticristiano por esencia y no podrá entender nunca el cristianismo, a menos que se convierta.
El capitalismo es la esencia del espíritu de este mundo, no del mundo, sino de este mundo donde pueden morir millones de seres humanos de inanición mientras unos pocos se permiten el lujo más osbsceno. El capitalismo es el espíritu de un mundo sin corazón ni cerebro donde todo queda reducido a producir más y más riqueza y a concentrarla en cada vez menos manos. El capitalismo es el espíritu diabólico por excelencia, pues rompe las relaciones (dya-bolé) que hacen los hombres tales y genera una separación total entre los seres humanos y la realidad última y definitiva. El capitalismo es satánico porque, como el satán, se dedica a escudriñar en el mundo para sacar lo peor y ocultar lo mejor. El capitalismo es el mayor crimen cometido jamás contra la humanidad y contra este vergel que Dios nos diera para cuidarlo y protegerlo llamado planeta Tierra. El capitalismo, ha dicho Francisco, es un sistema criminal que hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. El capitalismo, concluyo, es el Diablo en la tierra.
El Diablo no es un ser, es una forma de ser que se introduce cual virus en los cuerpos y en los corazones de los hombres empujando en ellos lo más vil, mendaz y falaz que pueda existir en la estructura de relaciones que constituyen lo humano y que la sociedad y el Espíritu de Dios se dedican a pulir para hacer de la humanidad un ámbito de hermandad universal. Ese Diablo está hoy presente en los que diseñan, gestionan o implementan las políticas que destruyen lo humano, impidiendo que la alimentación, salud, educación o cultura puedan llegar a todos los hombres, como es posible hoy en día. O bien, está presente permitiendo que todo esto se siga haciendo sin más oposición. Tan culpables son los que aplican como responsables los que consienten y eso nos lleva a una era de responsabilidad infinita por todo lo que sucede.
El horror de Lampedusa, donde cientos de emigrantes han muerto hacinados en un embarcación que se hundió por la desesperación de sus ocupantes nos pone ante la más terrible faz del capitalismo. El mediterráneo es ya un mar de cadáveres del que los pescadores siguen extrayendo en sus redes los restos personales de las decenas de miles de ahogados desde que la desesperación empujara a tantos seres humanos al mar para llegar a obtener un futuro de mesa llena y oportunidades crecientes. El capitalismo es capaz de dedicar miles de millones a impedir a los seres humanos una vida digna antes que permitir que la inmigración realice la redistribución de las enormes riquezas acumuladas. Habrá que ir pensando en decapitar al capitalismo.
*Hoy, 4 de octubre, día de Francisco, uno de los primeros anticapitalistas de la historia.
domingo, 6 de octubre de 2013
BERGOGLIO, EL JESUITA QUE HUMILLÓ A LOS GENERALES
Sandro Magister, en 'chiesa.espressonline.it'
ROMA, 27 de septiembre de 2013 – En su entrevista a "La Civiltà Cattolica" que ha dado la vuelta al mundo, el Papa Francisco describe a la Iglesia como "un hospital de campaña después de una batalla", donde la primera cosa que hay que hacer es "curar a los heridos".
Pero, ¿qué cambia cuando la batalla está en pleno proceso?
En su Argentina, entre los años 1976 y 1983, Jorge Mario Bergoglio vivió los años de plomo de la dictadura militar. Secuestros, torturas, masacres, 30.000 desaparecidos, 500 madres asesinadas después de haber dado a luz en prisión a sus hijos, que luego les fueron sustraídos.
Lo que hizo en esos años el entonces joven provincial de los jesuitas argentinos ha sido un misterio durante mucho tiempo. Y un misterio tan impenetrable que hizo nacer la sospecha de que había asistido inerte al horror o, peor, que había expuesto a un peligro mayor a algunos de sus hermanos, los más comprometidos entre los resistentes.
Estas acusaciones volvieron a lanzarse la primavera pasada, tras su elección como Papa.
Pero fueron inmediatamente rebatidas por voces eminentes, aunque muy críticas sobre el papel que en conjunto tuvo la Iglesia argentina en esos años: las madres de la Plaza de Mayo, el premio Nobel de la paz Adolfo Pérez Esquivel, Amnistía Internacional. La misma magistratura argentina había exonerado a Bergoglio de todas las acusaciones, después de haberlo interrogado en un juicio entre 2010 y 2011.
Pero si bien ya se verificado que el actual Papa no había hecho nada condenable, aún no se sabía si, en esos años terribles, había hecho algo bueno para "curar a los heridos".
*
Pero esta falta de información acabó ayer, porque ahora, gracias a un libro publicado por la EMI, pequeño de volumen pero explosivo en el contenido, se alza por primera vez el velo sobre esta faceta desconocida del pasado del Papa Francisco. Estará en las librerías a partir del 3 de octubre; seguidamente saldrá en otros ocho países del mundo donde ya se están realizando las traducciones. Su título: "La lista de Bergoglio". Y el pensamiento vuela enseguida a "La lista de Schindler", inmortalizada en la película de Steven Spielberg. Porque la sustancia es la misma, como dice a continuación el subtítulo del libro: "Los salvados por Francisco durante la dictadura. La historia jamás contada".
En la parte final del libro se ha incluido la transcripción íntegra del interrogatorio al que fue sometido el entonces arzobispo de Buenos Aires, el 8 de noviembre de 2010.
Frente a los tres jueces, Bergoglio es acosado durante tres horas y cincuenta minutos con preguntas insidiosas, en particular del abogado Luis Zamora, defensor de las víctimas. Un pasaje clave del interrogatorio es el momento en el que le piden a Bergoglio que justifique sus encuentros con los generales Jorge Videla y Emilio Massera en 1977.
Dos sacerdotes muy cercanos a él, los padres Franz Jalics y Orlando Yorio, habían sido secuestrados y encarcelados en un lugar secreto. El primero había sido durante dos años su director espiritual y el segundo su profesor de teología; después se habían comprometido a fondo con los pobres de las "villas miserias" de Buenos Aires, y esto los había convertido en blanco de la represión. Cuando fueron capturados, el entonces provincial de los jesuitas se movilizó para saber dónde estaban detenidos. Lo supo: estaban en la tristemente célebre Escuela Superior de Medicina de los oficiales de la marina, de la que pocos salían vivos.
Para pedir su liberación Bergoglio quiso reunirse, sobre todo, con el general Videla, en esa época el número uno de la junta. Y lo consiguió dos veces, la segunda convenciendo al sacerdote que celebraba la misma en la casa del general para que dijera que estaba enfermo, y así poder sustituirlo. Este coloquio confirmó de manera definitiva que los dos jesuitas estaban en las cárceles de la marina.
No le quedaba, por tanto, otro recurso que dirigirse al almirante Massera, personaje irascible y vengativo. Tuvo dos encuentros, el segundo de los cuales fue brevísimo. "Le dije: Mire, Massera, quiero que me los devuelva vivos. Me levanté y me fui", dijo Bergoglio en el interrogatorio de 2010.
La noche siguiente los padres Jalics y Yorio fueron drogados, metidos en un helicóptero y abandonados en medio de una ciénaga.
Pero en los seis meses que estuvieron prisioneros y fueron torturados, a los dos sacerdotes se les hizo creer que habían sido delatados por su padre provincial. Y en una ficha de los servicios secretos alguien escribió: "A pesar de la buena voluntad de padre Bergoglio, la Compañía de Jesús argentina no ha hecho limpieza en su interior", insinuando una complicidad por su parte con la represión.
"Una canallada", dijo cortante sobre esta insinuación el fiscal del juicio de 1985, que condenó a cadena perpetua tanto a Videla como a Massera.
En cuanto a los padres Jalics y Yorio, ambos reconocieron la falsedad de las acusaciones contra su superior, con el cual se reconciliaron públicamente.
*
El entonces general de los jesuitas había conseguido dar una idea de sí mismo a los generales de ser una persona que permanecía escondida en su Colegio Máximo de San Miguel, esperando tiempos mejores. Pero lo que el libro revela, por primera vez, es mucho más.
Nello Scavo, autor de la investigación y cronista judicial de "Avvenire", ha descubierto, con la ayuda de numerosas personas que habían huido y uniendo sus testimonios como un puzle, que Bergoglio tejía silenciosamente una red clandestina que consiguió salvar a muchas decenas, sino centenares, de personas cuyas vidas corrían peligro.
Mientras el general Videla urdía sus sanguinarios planes desde los salones de la Casa Rosada, a pocos pasos de distancia, en el callejón que se adentra en el barrio de Monserrat, surgía la iglesia de San Ignacio de Loyola, con anexa una residencia de los jesuitas y una escuela. Aquí, el provincial de los jesuitas citaba a los perseguidos para darles las últimas instrucciones antes de embarcarlos clandestinamente en los barcos que transportaban fruta y mercancía desde Buenos Aires a Montevideo, en Uruguay, a una hora de navegación. Jamás los militares se imaginaron que ese sacerdote los desafiaba desde tan cerca.
El éxito de cada operación dependía de la salvaguardia del secreto que existía también entre quienes la realizaban o se beneficiaban. Las personas que entraban en la red de protección organizada por Bergoglio no conocían la existencia de otros que estaban en su misma situación.
Al colegio de San Miguel llegaban, o desde él salían, por motivos aparentes de estudio, de retiro espiritual o de discernimiento de la vocación, hombres y mujeres que, en realidad, estaban siendo buscados como "subversivos". Para ponerlos al seguro a menudo la meta era Brasil, donde a su vez había una red análoga de protección organizada por los jesuitas del lugar.
Pero el único que sostenía las riendas era Bergoglio. El anciano jesuita Juan Manuel Scannone, hoy el teólogo más importante de Argentina, y el más estimado por el Papa actual, vivía en esa época también en San Miguel. Pero no se dio cuenta de nada. Solamente muchos años después, él y otros empezaron a confiarse y a entender: "Si uno de nosotros hubiera sabido y hubiera sido secuestrado y sometido a tortura, toda la red de protección habría saltado. Padre Bergoglio era consciente de este riesgo y por eso mantuvo el secreto. Un secreto que mantuvo también después, porque nunca ha querido presumir de esa excepcional misión".
La "lista" de Bergoglio es un conjunto de historias personales muy distintas, de lectura apasionante, cuyo rasgo común es haber sido salvados por él.
Tenemos a Alicia Oliveira, primera mujer juez penal de Argentina y también la primera a ser despedida tras el golpe militar, no católica y ni siquiera bautizada, que entró en la clandestinidad y a la que Bergoglio, metiéndola en el maletero de su coche, hacía entrar en el colegio de San Miguel para que viera a sus tres hijos.
Hay también tres seminaristas del obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, asesinado en 1976 por los militares con un falso accidente de coche, al haber descubierto quienes eran los verdaderos responsables de los numerosos asesinatos.
Está Alfredo Somoza, literato, salvado sin que fuera consciente de ello.
Están Sergio y Ana Gobulin, comprometidos en las villas, casados por el padre Bergoglio, él arrestado y ella buscada, ambos salvados y expatriados con la ayuda del entonces vicecónsul italiano en Argentina, Enrico Calamai, otro de los héroes de la historia.
Como Papa, pero primero como hombre, Francisco no deja de sorprender.
ROMA, 27 de septiembre de 2013 – En su entrevista a "La Civiltà Cattolica" que ha dado la vuelta al mundo, el Papa Francisco describe a la Iglesia como "un hospital de campaña después de una batalla", donde la primera cosa que hay que hacer es "curar a los heridos".
Pero, ¿qué cambia cuando la batalla está en pleno proceso?
En su Argentina, entre los años 1976 y 1983, Jorge Mario Bergoglio vivió los años de plomo de la dictadura militar. Secuestros, torturas, masacres, 30.000 desaparecidos, 500 madres asesinadas después de haber dado a luz en prisión a sus hijos, que luego les fueron sustraídos.
Lo que hizo en esos años el entonces joven provincial de los jesuitas argentinos ha sido un misterio durante mucho tiempo. Y un misterio tan impenetrable que hizo nacer la sospecha de que había asistido inerte al horror o, peor, que había expuesto a un peligro mayor a algunos de sus hermanos, los más comprometidos entre los resistentes.
Estas acusaciones volvieron a lanzarse la primavera pasada, tras su elección como Papa.
Pero fueron inmediatamente rebatidas por voces eminentes, aunque muy críticas sobre el papel que en conjunto tuvo la Iglesia argentina en esos años: las madres de la Plaza de Mayo, el premio Nobel de la paz Adolfo Pérez Esquivel, Amnistía Internacional. La misma magistratura argentina había exonerado a Bergoglio de todas las acusaciones, después de haberlo interrogado en un juicio entre 2010 y 2011.
Pero si bien ya se verificado que el actual Papa no había hecho nada condenable, aún no se sabía si, en esos años terribles, había hecho algo bueno para "curar a los heridos".
*
Pero esta falta de información acabó ayer, porque ahora, gracias a un libro publicado por la EMI, pequeño de volumen pero explosivo en el contenido, se alza por primera vez el velo sobre esta faceta desconocida del pasado del Papa Francisco. Estará en las librerías a partir del 3 de octubre; seguidamente saldrá en otros ocho países del mundo donde ya se están realizando las traducciones. Su título: "La lista de Bergoglio". Y el pensamiento vuela enseguida a "La lista de Schindler", inmortalizada en la película de Steven Spielberg. Porque la sustancia es la misma, como dice a continuación el subtítulo del libro: "Los salvados por Francisco durante la dictadura. La historia jamás contada".
En la parte final del libro se ha incluido la transcripción íntegra del interrogatorio al que fue sometido el entonces arzobispo de Buenos Aires, el 8 de noviembre de 2010.
Frente a los tres jueces, Bergoglio es acosado durante tres horas y cincuenta minutos con preguntas insidiosas, en particular del abogado Luis Zamora, defensor de las víctimas. Un pasaje clave del interrogatorio es el momento en el que le piden a Bergoglio que justifique sus encuentros con los generales Jorge Videla y Emilio Massera en 1977.
Dos sacerdotes muy cercanos a él, los padres Franz Jalics y Orlando Yorio, habían sido secuestrados y encarcelados en un lugar secreto. El primero había sido durante dos años su director espiritual y el segundo su profesor de teología; después se habían comprometido a fondo con los pobres de las "villas miserias" de Buenos Aires, y esto los había convertido en blanco de la represión. Cuando fueron capturados, el entonces provincial de los jesuitas se movilizó para saber dónde estaban detenidos. Lo supo: estaban en la tristemente célebre Escuela Superior de Medicina de los oficiales de la marina, de la que pocos salían vivos.
Para pedir su liberación Bergoglio quiso reunirse, sobre todo, con el general Videla, en esa época el número uno de la junta. Y lo consiguió dos veces, la segunda convenciendo al sacerdote que celebraba la misma en la casa del general para que dijera que estaba enfermo, y así poder sustituirlo. Este coloquio confirmó de manera definitiva que los dos jesuitas estaban en las cárceles de la marina.
No le quedaba, por tanto, otro recurso que dirigirse al almirante Massera, personaje irascible y vengativo. Tuvo dos encuentros, el segundo de los cuales fue brevísimo. "Le dije: Mire, Massera, quiero que me los devuelva vivos. Me levanté y me fui", dijo Bergoglio en el interrogatorio de 2010.
La noche siguiente los padres Jalics y Yorio fueron drogados, metidos en un helicóptero y abandonados en medio de una ciénaga.
Pero en los seis meses que estuvieron prisioneros y fueron torturados, a los dos sacerdotes se les hizo creer que habían sido delatados por su padre provincial. Y en una ficha de los servicios secretos alguien escribió: "A pesar de la buena voluntad de padre Bergoglio, la Compañía de Jesús argentina no ha hecho limpieza en su interior", insinuando una complicidad por su parte con la represión.
"Una canallada", dijo cortante sobre esta insinuación el fiscal del juicio de 1985, que condenó a cadena perpetua tanto a Videla como a Massera.
En cuanto a los padres Jalics y Yorio, ambos reconocieron la falsedad de las acusaciones contra su superior, con el cual se reconciliaron públicamente.
*
El entonces general de los jesuitas había conseguido dar una idea de sí mismo a los generales de ser una persona que permanecía escondida en su Colegio Máximo de San Miguel, esperando tiempos mejores. Pero lo que el libro revela, por primera vez, es mucho más.
Nello Scavo, autor de la investigación y cronista judicial de "Avvenire", ha descubierto, con la ayuda de numerosas personas que habían huido y uniendo sus testimonios como un puzle, que Bergoglio tejía silenciosamente una red clandestina que consiguió salvar a muchas decenas, sino centenares, de personas cuyas vidas corrían peligro.
Mientras el general Videla urdía sus sanguinarios planes desde los salones de la Casa Rosada, a pocos pasos de distancia, en el callejón que se adentra en el barrio de Monserrat, surgía la iglesia de San Ignacio de Loyola, con anexa una residencia de los jesuitas y una escuela. Aquí, el provincial de los jesuitas citaba a los perseguidos para darles las últimas instrucciones antes de embarcarlos clandestinamente en los barcos que transportaban fruta y mercancía desde Buenos Aires a Montevideo, en Uruguay, a una hora de navegación. Jamás los militares se imaginaron que ese sacerdote los desafiaba desde tan cerca.
El éxito de cada operación dependía de la salvaguardia del secreto que existía también entre quienes la realizaban o se beneficiaban. Las personas que entraban en la red de protección organizada por Bergoglio no conocían la existencia de otros que estaban en su misma situación.
Al colegio de San Miguel llegaban, o desde él salían, por motivos aparentes de estudio, de retiro espiritual o de discernimiento de la vocación, hombres y mujeres que, en realidad, estaban siendo buscados como "subversivos". Para ponerlos al seguro a menudo la meta era Brasil, donde a su vez había una red análoga de protección organizada por los jesuitas del lugar.
Pero el único que sostenía las riendas era Bergoglio. El anciano jesuita Juan Manuel Scannone, hoy el teólogo más importante de Argentina, y el más estimado por el Papa actual, vivía en esa época también en San Miguel. Pero no se dio cuenta de nada. Solamente muchos años después, él y otros empezaron a confiarse y a entender: "Si uno de nosotros hubiera sabido y hubiera sido secuestrado y sometido a tortura, toda la red de protección habría saltado. Padre Bergoglio era consciente de este riesgo y por eso mantuvo el secreto. Un secreto que mantuvo también después, porque nunca ha querido presumir de esa excepcional misión".
La "lista" de Bergoglio es un conjunto de historias personales muy distintas, de lectura apasionante, cuyo rasgo común es haber sido salvados por él.
Tenemos a Alicia Oliveira, primera mujer juez penal de Argentina y también la primera a ser despedida tras el golpe militar, no católica y ni siquiera bautizada, que entró en la clandestinidad y a la que Bergoglio, metiéndola en el maletero de su coche, hacía entrar en el colegio de San Miguel para que viera a sus tres hijos.
Hay también tres seminaristas del obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, asesinado en 1976 por los militares con un falso accidente de coche, al haber descubierto quienes eran los verdaderos responsables de los numerosos asesinatos.
Está Alfredo Somoza, literato, salvado sin que fuera consciente de ello.
Están Sergio y Ana Gobulin, comprometidos en las villas, casados por el padre Bergoglio, él arrestado y ella buscada, ambos salvados y expatriados con la ayuda del entonces vicecónsul italiano en Argentina, Enrico Calamai, otro de los héroes de la historia.
Como Papa, pero primero como hombre, Francisco no deja de sorprender.
miércoles, 2 de octubre de 2013
ENTREVISTA DEL PAPA CON SCALFARI texto íntegro
RD, Redacción
(Eugenio Scalfari).- Me dice el Papa Francisco: "El mal más grave que afecta al mundo en estos años es el paro juvenil y la soledad de los ancianos. Los mayores necesitan atención y compañía, los jóvenes trabajo y esperanza, pero no tienen ni el uno ni la otra; lo peor: que ya no los buscan más. Les han aplastado el presente. Dígame usted : ¿se puede vivir aplastado en el presente?¿Sin memoria del pasado y sin el deseo de proyectarse en el futuro construyendo un proyecto, un futuro, una familia? ¿Es posible continuar así? Este, en mi opinión, es el problema más urgente que la Iglesia tiene que enfrentar".
- Santidad, le digo, es un problema sobre todo político y económico, relacionado con los estados, los gobiernos, los partidos, las asociaciones sindicales.
"Cierto, tiene razón, pero también está relacionado con la Iglesia, incluso, sobre todo con ella, porque esta situación no hiere solo a los cuerpos sino a las almas. La Iglesia debe sentirse responsable tanto de las almas como de los cuerpos".
- Santidad, usted dice que la Iglesia debe sentirse responsable. ¿Debo deducir que la Iglesia no es consciente y que la incita a ir en esa dirección?
"En gran medida esta conciencia existe, pero no basta. Yo quisiera que fuera más grande. No es el único problema que tenemos por delante pero es el más urgente y el más dramático".
El encuentro con el Papa Francisco se dio el pasado martes en su residencia de Santa Marta, en una pequeña habitación vacía, solo con una mesa y cinco o seis sillas y un cuadro en la pared. Este encuentro fue precedido por una llamada telefónica que no olvidaré en mi vida. Eran las dos y media de la tarde. Sonó mi teléfono y se oyó la voz nerviosa de mi secretaria que me dice: "Tengo al Papa en línea, se lo paso inmediatamente".
Me quedé estupefacto, mientras la voz de Su Santidad se escuchaba al otro lado del hilo telefónico diciendo: "Buenos días, soy el Papa Francisco". Buenos días, Santidad -digo yo y después-. Estoy conmocionado, no me esperaba que me llamase. "¿Por qué conmocionado? Usted me escribió una carta pidiéndome conocerme en persona. Yo tenía el mismo deseo y por tanto le llamo para fijar una cita. Veamos mi agenda: el miércoles no puedo, el lunes tampoco ¿le vendría bien el martes?". Respondí: ¡Perfecto!
"El horario es un poco incómodo, ¿a las 15 le va bien? Si no, cambiamos el día". Santidad, a esa hora me va fenomenal. "Entonces estamos de acuerdo, el martes 24 a las 15. En Santa Marta. Debe entrar por la puerta del Santo Oficio".
No sé como terminar la conversación y me dejo llevar diciéndole: ¿le puedo abrazar por teléfono? "Claro, le abrazo también yo. Ya lo haremos en persona. Hasta luego".
Ya estoy aquí. El Papa entra y me da la mano, nos sentamos. El Papa sonríe y me dice: "Alguno de mis colaboradores que lo conoce me ha dicho que usted intentará convertirme".
Es un chiste le respondo. También mis amigos piensan que usted querrá convertirme.
Sonríe de nuevo y responde: "El proselitismo es una solemne tontería, no tiene sentido. Es necesario conocerse, escucharse y hacer crecer el conocimiento del mundo que nos rodea. A mí me pasa que después de un encuentro quiero tener otro porque nacen nuevas ideas y se descubren nuevas necesidades. Esto es importante, conocerse, escuchar, ampliar el cerco de los pensamientos. El mundo está lleno de caminos que se acercan y alejan, pero lo importante es que lleven hacia el "Bien".
Santidad, ¿existe una visión única del Bien? ¿Quién la establece?
"Cada uno de nosotros tiene una visión del Bien y del Mal. Nosotros debemos animar a dirigirse a lo que uno piensa que es el Bien".
Usted, Santidad, ya lo escribió en la carta que me mandó. La conciencia es autónoma, dijo, y cada uno debe obedecer a la propia conciencia. Creo que esta es una de las frases más valientes dichas por un Papa.
"Y lo repito. Cada uno tiene su propia idea del Bien y del Mal y debe elegir seguir el Bien y combatir el Mal como él lo concibe. Bastaría eso para cambiar el mundo".
¿La Iglesia lo está haciendo?
"Sí, nuestras misiones tienen ese objetivo: individualizar las necesidades materiales e inmateriales de las personas y tratar de satisfacer como podamos. ¿Usted sabe lo que es el agape?"
Sí, lo sé.
"Es el amor por los otros, como nuestro Señor predicó. No es proselitismo, es amor. Amor al prójimo, levadura que sirve al bien común".
Ama al prójimo como a ti mismo.
"Es exactamente así".
Jesús en su predicación dice que el agape, el amor a los demás, es el único modo de amar a Dios. Corríjame si me equivoco.
"No se equivoca. El Hijo de Dios se encarnó para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de hermandad. Todos somos hermanos e hijos de Dios. Abba, como Él llama al Padre. "Yo marqué el camino", dijo, "Seguidme y encontraréis al Padre y seréis sus hijos y se complacerá en vosotros". El agape, el amor, de cada uno de nosotros hacia los demás, desde el más cercano al más lejano, es el único modo que Jesús nos indicó para encontrar el camino de la salvación y de las bienaventuranzas".
Sin embargo, la exhortación de Jesús, la recordamos antes, es que el amor por el prójimo sea igual al que sentimos por nosotros mismos. Por tanto lo que muchos llaman narcisismo se reconoce como válido, positivo, en la misma medida del otro. Hemos discutido mucho sobre este aspecto.
"A mí -decía el Papa- la palabra narcisismo no me gusta, indica un amor desmesurado hacia uno mismo y esto no va bien, puede producir daños en el alma de quien lo sufre y también en la relación con los demás, incluso en la sociedad en la que vive. El verdadero mal es que los más afectados por esto que en realidad es un tipo de desorden mental, son personas que tienen mucho poder. A menudo los jefes son narcisistas".
También muchos jefes de la Iglesia.
"¿Sabe qué opino sobre esto? Los jefes de la Iglesia a menudo han sido narcisistas, halagados y exaltados por sus cortesanos.. La corte es la lepra del papado"
La lepra del papado, ha dicho exactamente esto. ¿Pero qué corte? ¿Se refiere a la curia? Pregunto.
"No, en la curia puede haber cortesanos, pero en su concepción es otra cosa. Es lo que en los ejércitos se llama intendencia, gestiona los servicios que sirven a la Santa Sede. Pero tiene un defecto: Es vaticano-céntrica. Ve y atiende los intereses del Vaticano, que son todavía, en gran parte, intereses temporales. Esta visión Vaticano-céntrica se traslada al mundo que le rodea. No comparto esta visión y haré todo lo que pueda para cambiarla. La Iglesia es o debe volver a ser una comunidad del Pueblo de Dios y los presbíteros, los párrocos, los obispos que tienen a su cargo muchas almas, están al servicio del Pueblo de Dios. La Iglesia es esto, una palabra distinta, no por casualidad, de la Santa Sede que tiene una función importante pero está al servicio de la Iglesia. Yo no podría tener total fe en Dios y en su Hijo si no me hubiese formado en la Iglesia, y tuve la fortuna de encontrarme en Argentina, en una comunidad sin la cual yo no hubiera tomado conciencia de mí mismo y de mi fe".
¿Usted sintió su vocación desde joven?
"No, no muy joven. Tendría que haber tenido otra ocupación según mi familia, trabajar, ganar algún dinero. Fui a la universidad. Tuve una profesora de la que aprendí el respeto y la amistad, era una comunista ferviente. A menudo me leía o me daba a leer textos del Partido Comunista. Así conocí también aquella concepción tan materialista. Me acuerdo que me dio el comunicado de los comunistas americanos en defensa de los Rosenberg que fueron condenados a muerte. La mujer de la que le hablo fue después arrestada, torturada y asesinada por el régimen dictatorial que entonces gobernaba en Argentina".
¿El comunismo lo sedujo?
"Su materialismo no tuvo ninguna influencia sobre mí. Pero conocerlo, a través de una persona valiente y honesta me fue útil, entendí algunas cosas, un aspecto de lo social, que después encontré en la Doctrina Social de la Iglesia".
La teología de la liberación, que el Papa Wojtyla excomulgó, estaba bastante presente en América Latina.
"Sí, muchos de sus exponentes eran argentinos".
¿Usted piensa que fue justo que el Papa la combatiese?
"Ciertamente daban un seguimiento político a su teología, pero muchos de ellos eran creyentes y con un alto concepto de humanidad".
Santidad, ¿me permite contarle algo sobre mi formación cultural? Fui educado por una madre muy católica. Con 12 años gané un concurso de catecismo entre todas las parroquias de Roma y recibí un premio del Vicariado, comulgaba el primer viernes de cada mes, en fin, practicaba la liturgia y creía. Pero todo cambió cuando entré en el Liceo. Leí, entre otros textos de filosofía que estudiábamos, el "Discurso del Método" de Descartes, y me afectó mucho la frase que hoy se ha convertido en un icono: "Pienso, luego existo", el yo se convirtió en la base de la existencia humana, la sede autónoma del pensamiento.
"Descartes, sin embargo, nunca renegó de la fe en el Dios trascendente".
Es verdad, pero puso la base de una visión totalmente distinta, y a mi me encaminó a otro camino que, corroborado por otras lecturas, me llevó al otro lado.
"Usted, por lo que he entendido, no es creyente pero no es anticlerical. Son dos cosas muy distintas".
Es verdad, no soy anticlerical. Pero me convierto en eso cuando me encuentro con un clerical.
Sonríe y me dice: "Me pasa a mí también, cuando tengo enfrente a un clerical, me convierto en anticlerical de repente. El clericalismo no tiene nada que ver con el cristianismo. San Pablo fue el primero en hablarle a los Gentiles, a los paganos, a los creyentes de otras religiones, fue el primero que nos lo enseñó".
¿Puedo preguntarle, Santidad, cuáles son los santos que usted siente más cercanos a su alma y sobre los que se formó su experiencia religiosa?
"San Pablo fue el que puso los puntos cardinales de nuestra religión y de nuestro credo. No se puede ser un cristiano consciente sin San Pablo. Tradujo la predicación de Cristo a una estructura doctrinaria que, ya sea con las actualizaciones de una inmensa cantidad de pensadores, teólogos, pastores de almas, resistió y resiste después de dos mil años. Después Agustín, Benito, Tomás e Ignacio. Y naturalmente Francisco. ¿Debo explicarle el porqué?"
Francisco -me sea permitido llamar al Papa así porque es él mismo el que te lo sugiere por como habla, como sonríe, por sus exclamaciones de sorpresa o de corroboración- me mira como para animarme a plantearle las preguntas más escabrosas o más embarazosas relacionadas con la Iglesia. Así que le pregunto: De Pablo me ha explicado la importancia del papel que desarrolló, pero quisiera saber entre los que ha nombrado a quien siente más cercano a su alma.
"Me pide una clasificación, pero las clasificaciones se pueden hacer si se habla de deportes o de cosas parecidas. Podría decirle el nombre de los mejores futbolistas de Argentina. Pero los santos..."
Se dice que se "bromea con los bribones" ¿Conoce el dicho?
"Exacto. Sin embargo, no quiero evitar la pregunta porque usted no me ha pedido una lista sobre la importancia cultural o religiosa sino quién está más cerca de mi alma. Le contesto: Agustín y Francisco".
¿No Ignacio, de cuya orden proviene?
"Ignacio, por comprensibles razones, es el que conozco mejor que los demás. Fundó nuestra orden. Le recuerdo que de esa orden venía también Carlo María Martini, muy querido para usted y para mí. Los jesuitas fueron, y siguen siendo todavía, la levadura -no la única pero quizás la más eficaz- de la catolicidad: cultura, enseñanza, testimonio misionero, fidelidad al Pontífice. Pero Ignacio que fundó la Compañía era también un reformador y un místico. Sobre todo un místico".
¿Piensa que los místicos son importantes en la Iglesia?
"Han sido fundamentales. Una religión sin místicos es una filosofía".
¿Usted tiene una vocación mística?
"¿A usted qué le parece?"
Me parece que no.
"Probablemente tenga razón. Adoro a los místicos; también Francisco por muchos aspectos de su vida lo fue, pero no creo tener esa vocación, y después es necesario comprender bien el significado profundo de la palabra. El místico consigue despojarse del hacer, de los hechos, de los objetivos y hasta de la pastoralidad misionera y se alza para alcanzar la comunión con las bienaventuranzas. Breves momentos pero que llenan toda la vida".
¿A usted le ha sucedido alguna vez?
"Raramente. Por ejemplo, cuando el cónclave me eligió Papa. Antes de la aceptación pedí poder retirarme algún minuto en la sala que está al lado de la del balcón sobre la plaza. Mi cabeza estaba vacía completamente y me había invadido una gran inquietud. Para hacerla pasar y relajarme cerré los ojos y desapareció todo pensamiento, también el de rechazar esta carga, como además el procedimiento litúrgico permite. Cerré los ojos y ya no sentí ningún ansia o emotividad. En un cierto punto me invadió una gran luz, duró un segundo pero me pareció larguísimo. Después la luz se disipó y me levanté de repente y me dirigí a toda prisa a la estancia donde me esperaban los cardenales y hacia la mesa donde me esperaba el acta de aceptación. Lo firmé, el cardenal Camarlengo también y después en el balcón se dio el ‘Habemus Papam'".
Permanecemos un poco en silencio, después dije: hablábamos de los santos que usted siente como más cercanos a su alma y nos quedamos en Agustín. ¿Quiere decirme por qué lo siente cercano?
"También mi predecesor tiene a Agustín como punto de referencia. Ese santo pasó por muchas cosas en su vida y cambió muchas veces su posición doctrinal. Tuvo también palabras fuertes contra los judíos, que nunca compartí. Escribió muchos libros y el que me parece más revelador de su intimidad intelectual y espiritual son las "Confesiones"; contienen algunas manifestaciones de misticismo pero no es, como opinan muchos, el continuador de Pablo. Incluso, diría que vio la fe y la Iglesia de una forma profundamente distinta a la de Pablo, quizás porque pasaron cuatro siglos entre uno y otro".
¿Cuál es la diferencia, Santidad?
"Para mí dos aspectos fundamentales. Agustín se siente impotente frente a la inmensidad de Dios y a los deberes que un cristiano y un obispo deben afrontar. Sin embargo él no lo fue en absoluto, pero su alma se sentía siempre por debajo de todo lo que habría querido y debido. Es la gracia dispensada por el Señor como elemento fundamental de la fe. De la vida. Del sentido de la vida. Quien no es tocado por la gracia puede ser una persona sin mancha y sin miedo, como se dice, pero no será nunca como una persona a la que la gracia ha tocado. Esta es la intuición de Agustín".
¿Usted se siente tocado por la gracia?
"Esto no puede saberlo nadie. La gracia no forma parte de la conciencia, es la cantidad de luz que tenemos en el alma, no la de sabiduría o de razón. También usted, sin su conocimiento, puede ser tocado por la gracia".
¿Sin fe? ¿sin creer?
"La gracia está relacionada con el alma".
Yo no creo en el alma.
"No cree pero la tiene".
Santidad, se ha dicho que usted no tiene intención de convertirme y creo que no lo conseguiría.
"Esto no se sabe, pero no tengo ninguna intención".
¿Y Francisco?
"Es grandísimo porque es todo. Un hombre que quiere hacer, quiere construir, funda una orden y sus reglas, es itinerante misionero, es poeta y profeta, es místico, se dio cuenta de su propio mal y salió de él, ama la naturaleza, los animales, la brizna de hierba del prado y los pájaros que vuelan en el cielo, pero sobre todo, ama a las personas, a los niños, a los viejos, a las mujeres. Es el ejemplo más luminoso del agape del que hablábamos antes".
Tiene razón, Santidad, la descripción es perfecta. ¿Pero por qué ninguno de sus predecesores eligió su nombre? Y yo creo que, después de usted, ningún otro lo hará.
"Esto no lo sabemos, no hipotequemos sobre el futuro. Es verdad, nadie antes que yo lo eligió. Aquí afrontamos el problema de los problemas. ¿Quiere beber algo?"
Gracias, quizás un vaso de agua.
Se levanta, abre la puerta y le pide a un colaborador que está en la entrada que le traiga dos vasos de agua. Me pide si prefiero un café, respondo que no. Llega el agua. Al final de nuestra conversación mi vaso está vacío pero el suyo continúa lleno. Se aclara la garganta y comienza.
"Francisco quería una orden mendicante y también itinerante. Misioneros en busca de encontrar, escuchar, dialogar, ayudar, difundir la fe y el amor. Sobre todo amor. Y quería una Iglesia pobre que atendiese a los demás, que recibiese ayuda material y lo usase para sostener a los demás. Han pasado 800 años desde entonces y los tiempos han cambiado mucho, pero el ideal de una Iglesia misionera y pobre sigue siendo válido. Esta es, por tanto, la Iglesia que predicaron Jesús y sus discípulos".
Vosotros los cristianos sois una minoría ahora. Incluso en Italia, que se define como el jardín del Papa, los católicos practicantes están, según algunos sondeos, entre el 8 y el 15%. Los católicos que dicen serlo pero que de hecho lo son poco son un 20%. En el mundo existe un billón de católicos y con las otras Iglesias cristianas superan el billón y medio, pero el planeta tiene entre 6 y 7 mil millones de personas. Son muchos ciertamente, especialmente en África y en América Latina, pero siguen siendo minoría.
"Lo hemos sido siempre pero este no es el tema que nos ocupa. Personalmente creo que esto de ser una minoría es además, una fuerza. Debemos ser semilla de vida y de amor, la semilla es una cantidad infinitamente más pequeña que la cantidad de frutos, flores y árboles que nacen de ella. Me parece haber dicho antes que nuestro objetivo no es el proselitismo sino la escucha de las necesidades, de los deseos, de las desilusiones, de la desesperación, de la esperanza. Debemos devolver la esperanza a los jóvenes, ayudar a los viejos, abrirnos hacia el futuro, difundir el amor. Pobres entre los pobres. Debemos incluir a los excluidos y predicar la paz. El Vaticano II, inspirado por el papa Juan y por Pablo VI, decidió mirar al futuro con espíritu moderno y abrirse a la cultura moderna. Los padres conciliares sabían que abrirse a la cultura moderna significaba ecumenismo religioso y diálogo con los no creyentes. Después de entonces, se hizo muy poco en esa dirección. Yo tengo la humildad y la ambición de querer hacerlo".
También porque -me permito añadir- la sociedad moderna en todo el planeta atraviesa un momento de crisis profunda y no solo económica sino social y espiritual. Usted, al comienzo de nuestro encuentro describió una generación aplastada por el presente. También los no creyentes sentimos este sufrimiento casi antropológico. Por esto nosotros queremos dialogar con los creyentes y con los que mejor les representan.
"Yo no sé si soy el que mejor les representa, pero la Providencia me ha puesto en la guía de la Iglesia y de la diócesis de Pedro. Haré todo lo posible para cumplir el mandato que se me ha confiado".
Jesús, como usted ha recordado, dijo: ama a tu prójimo como a ti mismo. ¿Le parece que esto se ha hecho realidad?
"Por desgracia no. El egoísmo ha aumentado y el amor hacia los demás ha disminuido".
Este es el objetivo que nos une: al menos igualar estos dos tipos de amor. ¿Su Iglesia está preparada para aceptar este reto?
"¿Usted que cree?".
Creo que el amor por el poder temporal es todavía muy fuerte entre los muros vaticanos y en la estructura institucional de toda la Iglesia. Creo que la Institución predomina sobre la Iglesia pobre y misionera que usted quiere.
"Las cosas están así, de hecho, y en este tema no se hacen milagros. Le recuerdo que también Francisco en su época tuvo que negociar largamente con la jerarquía romana y con el Papa para que se reconociesen las reglas de su orden. Al final obtuvo la aprobación pero con profundos cambios y compromisos".
¿Usted deberá seguir el mismo camino?
"No soy Francisco de Asís, ni tengo su fuerza y su santidad. Pero soy el obispo de Roma y el Papa de la catolicidad. He decidido como primera cosa nombrar a un grupo de ocho cardenales que constituyan mi consejo. No cortesanos sino personas sabias y animadas por mis mismos sentimientos. Este es el inicio de esa Iglesia con una organización no vertical sino horizontal. Cuando el cardenal Martini hablaba poniendo el acento en los Concilios y en los Sínodos, sabía que largo y difícil fue el camino que hay que recorrer en esa dirección. Con prudencia, pero con firmeza y tenacidad".
¿Y la política?
"¿Por qué me lo pregunta? Ya le he dicho que la Iglesia no se ocupará de política".
Pero hace poco usted hizo un llamamiento a los católicos a comprometerse civil y políticamente.
"No me dirigí solo a los católicos sino a todos los hombres de buena voluntad. Dije que la política es la primera de las actividades civiles y que tiene un propio campo de acción que no es el de la religión. Las instituciones políticas son laicas por definición y obran en esferas independientes. Esto lo han dicho todos mis predecesores, al menos desde muchos años hasta ahora, aunque sea con matices distintos. Creo que los católicos comprometidos en la política tienen dentro valores de la religión pero también una conciencia madura y una competencia para llevarlos a cabo. La Iglesia no irá nunca más allá de expresar y defender sus valores, al menos hasta que yo esté aquí".
Pero no siempre ha sido así la Iglesia.
"No, casi nunca ha sido así. Muy a menudo, la Iglesia como institución ha sido dominada por el temporalismo y muchos miembros y altos exponentes católicos tienen todavía esta forma de pensar. Pero ahora, déjeme que le haga una pregunta: Usted, laico no creyente en Dios, ¿en qué cree? Usted es un escritor y pensador. Creerá en algo, tendrá algún valor dominante. No me responda con palabras como honestidad, la búsqueda, la visión del bien común; todos principios y valores importantes, pero no es esto lo que le pregunto. Le pregunto qué piensa de la esencia del mundo, del universo. Se preguntará ciertamente, todos lo hacemos, de dónde venimos, a dónde vamos. Se las plantea hasta un niño ¿Y usted?
Le agradezco esta pregunta, la respuesta es esta: Creo en el Ser, es decir en el tejido del cual surgen las formas, los Entes.
"Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser. ¿le parece que estamos muy lejos?".
Estamos lejos en el pensamiento, pero similares como personas humanas, animadas por nuestros instintos que se transforman en pulsiones, sentimientos, voluntad, pensamiento y razón. En esto somos parecidos.
"Pero lo que ustedes llaman el Ser, ¿lo define como lo piensa?".
El Ser es un tejido de energía. Energía caótica pero indestructible y en eterno caos. De esa energía emergen las formas cuando la energía llega al punto de explosión. Las formas tienen sus leyes, sus campos magnéticos, sus elementos químicos, que se combinan casualmente, evolucionan, finalmente se apagan pero su energía no se destruye. El hombre es probablemente el único animal dotado de pensamiento, al menos en nuestro planeta y sistema solar. He dicho que está animado por instintos y deseos pero añado que tiene dentro de sí una resonancia, un eco, una vocación de caos.
"Bien. No quería que me hiciese un resumen de su filosofía y me ha dicho bastante. Observo por mi parte que Dios es luz que ilumina las tinieblas y que aunque no las disuelva hay una chispa de esa luz divina dentro de nosotros. En la carta que le escribí recuerdo haberle dicho que aunque nuestra especie termine, no terminará la luz de Dios que en ese punto invadirá todas las almas y será todo en todos".
Sí, lo recuerdo bien, dijo "toda la luz será en todas las almas", lo que, si puedo permitirme decir, da más una imagen de inmanencia que de trascendencia.
"La trascendencia permanece porque esa luz, toda en todos, trasciende el universo y las especies que en esa fase lo pueblen. Pero volvamos al presente. Hemos dado un paso adelante en nuestro diálogo. Hemos constatado que en la sociedad y en el mundo en el que vivimos el egoísmo ha aumentado más que el amor por los demás, y que los hombres de buena voluntad deben actuar, cada uno con su propia fuerza y competencia, para hacer que el amor por los demás aumente hasta igualarse e incluso superar el amor por nosotros mismos".
Por tanto también la política está llamada a la causa.
"Seguramente. Personalmente pienso que el llamado capitalismo salvaje no hace sino volver más fuertes a los fuertes, más débiles a los débiles y más excluidos a los excluidos. Hace falta gran libertad, ninguna discriminación, nada de demagogia y mucho amor. Hacen falta reglas de comportamiento y también, si fuera necesario, intervenciones directas del Estado para corregir las desigualdades más intolerables".
Santidad, usted ciertamente es una persona de gran fe, tocado por la gracia, animado por la voluntad de relanzar una Iglesia pastoral, misionera, regenerada y no apegada a los tiempos. Pero según habla y yo le entiendo, usted es y será un papa revolucionario. Mitad jesuita, mitad hombre de Francisco, un maridaje que quizás nunca se había visto. Y después, le gustan "Los Novios" de Manzoni, Holderlin, Leopardi y sobre todo Dostoyevski, el film "La Strada" y "Prova d'orchestra" de Fellini, "Roma cittá aperta" de Rossellini y también las películas de Aldo Fabrizi.
"Esas me gustan porque las veía con mis padres cuando era un niño".
Así es. ¿Puedo sugerirle que vea dos películas estrenadas hace poco? "Viva la libertad" y las películas sobre Fellini de Ettore Scola. Estoy seguro de que le gustarán. Sobre el poder le digo: ¿sabe que a los veinte años hice un mes y medio de ejercicios espirituales con los jesuitas? Estaban los nazis en Roma y yo había desertado del reclutamiento militar. Podríamos ser castigados con la pena de muerte. Los jesuitas nos acogieron con la condición de que hiciéramos los ejercicios espirituales durante todo el tiempo que estuvimos escondidos en su casa, y así fue.
"Pero es imposible resistir un mes y medio de ejercicios espirituales", dice él estupefacto y divertido. Lo contaré la próxima vez.
Nos abrazamos. Subimos la breve escalera que nos separa del portón. Pido al Papa que no me acompañe pero él lo rechaza con un gesto. "Hablaremos también del papel de las mujeres en la Iglesia. Le recuerdo que la Iglesia es femenina".
Y hablaremos si usted quiere también de Pascal. Me gustaría saber qué piensa usted de esta gran alma.
"Lleve a todos sus familiares mi bendición y pídales que recen por mi. Piense en mí, piense a menudo en mí".
Nos estrechamos la mano y él se queda quieto con los dos dedos en alto en signo de bendición. Yo lo saludo desde la ventanilla.
Este es el Papa Francisco. Si la Iglesia se vuelve como él la piensa y la quiere habrá cambiado una época.
(Eugenio Scalfari).- Me dice el Papa Francisco: "El mal más grave que afecta al mundo en estos años es el paro juvenil y la soledad de los ancianos. Los mayores necesitan atención y compañía, los jóvenes trabajo y esperanza, pero no tienen ni el uno ni la otra; lo peor: que ya no los buscan más. Les han aplastado el presente. Dígame usted : ¿se puede vivir aplastado en el presente?¿Sin memoria del pasado y sin el deseo de proyectarse en el futuro construyendo un proyecto, un futuro, una familia? ¿Es posible continuar así? Este, en mi opinión, es el problema más urgente que la Iglesia tiene que enfrentar".
- Santidad, le digo, es un problema sobre todo político y económico, relacionado con los estados, los gobiernos, los partidos, las asociaciones sindicales.
"Cierto, tiene razón, pero también está relacionado con la Iglesia, incluso, sobre todo con ella, porque esta situación no hiere solo a los cuerpos sino a las almas. La Iglesia debe sentirse responsable tanto de las almas como de los cuerpos".
- Santidad, usted dice que la Iglesia debe sentirse responsable. ¿Debo deducir que la Iglesia no es consciente y que la incita a ir en esa dirección?
"En gran medida esta conciencia existe, pero no basta. Yo quisiera que fuera más grande. No es el único problema que tenemos por delante pero es el más urgente y el más dramático".
El encuentro con el Papa Francisco se dio el pasado martes en su residencia de Santa Marta, en una pequeña habitación vacía, solo con una mesa y cinco o seis sillas y un cuadro en la pared. Este encuentro fue precedido por una llamada telefónica que no olvidaré en mi vida. Eran las dos y media de la tarde. Sonó mi teléfono y se oyó la voz nerviosa de mi secretaria que me dice: "Tengo al Papa en línea, se lo paso inmediatamente".
Me quedé estupefacto, mientras la voz de Su Santidad se escuchaba al otro lado del hilo telefónico diciendo: "Buenos días, soy el Papa Francisco". Buenos días, Santidad -digo yo y después-. Estoy conmocionado, no me esperaba que me llamase. "¿Por qué conmocionado? Usted me escribió una carta pidiéndome conocerme en persona. Yo tenía el mismo deseo y por tanto le llamo para fijar una cita. Veamos mi agenda: el miércoles no puedo, el lunes tampoco ¿le vendría bien el martes?". Respondí: ¡Perfecto!
"El horario es un poco incómodo, ¿a las 15 le va bien? Si no, cambiamos el día". Santidad, a esa hora me va fenomenal. "Entonces estamos de acuerdo, el martes 24 a las 15. En Santa Marta. Debe entrar por la puerta del Santo Oficio".
No sé como terminar la conversación y me dejo llevar diciéndole: ¿le puedo abrazar por teléfono? "Claro, le abrazo también yo. Ya lo haremos en persona. Hasta luego".
Ya estoy aquí. El Papa entra y me da la mano, nos sentamos. El Papa sonríe y me dice: "Alguno de mis colaboradores que lo conoce me ha dicho que usted intentará convertirme".
Es un chiste le respondo. También mis amigos piensan que usted querrá convertirme.
Sonríe de nuevo y responde: "El proselitismo es una solemne tontería, no tiene sentido. Es necesario conocerse, escucharse y hacer crecer el conocimiento del mundo que nos rodea. A mí me pasa que después de un encuentro quiero tener otro porque nacen nuevas ideas y se descubren nuevas necesidades. Esto es importante, conocerse, escuchar, ampliar el cerco de los pensamientos. El mundo está lleno de caminos que se acercan y alejan, pero lo importante es que lleven hacia el "Bien".
Santidad, ¿existe una visión única del Bien? ¿Quién la establece?
"Cada uno de nosotros tiene una visión del Bien y del Mal. Nosotros debemos animar a dirigirse a lo que uno piensa que es el Bien".
Usted, Santidad, ya lo escribió en la carta que me mandó. La conciencia es autónoma, dijo, y cada uno debe obedecer a la propia conciencia. Creo que esta es una de las frases más valientes dichas por un Papa.
"Y lo repito. Cada uno tiene su propia idea del Bien y del Mal y debe elegir seguir el Bien y combatir el Mal como él lo concibe. Bastaría eso para cambiar el mundo".
¿La Iglesia lo está haciendo?
"Sí, nuestras misiones tienen ese objetivo: individualizar las necesidades materiales e inmateriales de las personas y tratar de satisfacer como podamos. ¿Usted sabe lo que es el agape?"
Sí, lo sé.
"Es el amor por los otros, como nuestro Señor predicó. No es proselitismo, es amor. Amor al prójimo, levadura que sirve al bien común".
Ama al prójimo como a ti mismo.
"Es exactamente así".
Jesús en su predicación dice que el agape, el amor a los demás, es el único modo de amar a Dios. Corríjame si me equivoco.
"No se equivoca. El Hijo de Dios se encarnó para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de hermandad. Todos somos hermanos e hijos de Dios. Abba, como Él llama al Padre. "Yo marqué el camino", dijo, "Seguidme y encontraréis al Padre y seréis sus hijos y se complacerá en vosotros". El agape, el amor, de cada uno de nosotros hacia los demás, desde el más cercano al más lejano, es el único modo que Jesús nos indicó para encontrar el camino de la salvación y de las bienaventuranzas".
Sin embargo, la exhortación de Jesús, la recordamos antes, es que el amor por el prójimo sea igual al que sentimos por nosotros mismos. Por tanto lo que muchos llaman narcisismo se reconoce como válido, positivo, en la misma medida del otro. Hemos discutido mucho sobre este aspecto.
"A mí -decía el Papa- la palabra narcisismo no me gusta, indica un amor desmesurado hacia uno mismo y esto no va bien, puede producir daños en el alma de quien lo sufre y también en la relación con los demás, incluso en la sociedad en la que vive. El verdadero mal es que los más afectados por esto que en realidad es un tipo de desorden mental, son personas que tienen mucho poder. A menudo los jefes son narcisistas".
También muchos jefes de la Iglesia.
"¿Sabe qué opino sobre esto? Los jefes de la Iglesia a menudo han sido narcisistas, halagados y exaltados por sus cortesanos.. La corte es la lepra del papado"
La lepra del papado, ha dicho exactamente esto. ¿Pero qué corte? ¿Se refiere a la curia? Pregunto.
"No, en la curia puede haber cortesanos, pero en su concepción es otra cosa. Es lo que en los ejércitos se llama intendencia, gestiona los servicios que sirven a la Santa Sede. Pero tiene un defecto: Es vaticano-céntrica. Ve y atiende los intereses del Vaticano, que son todavía, en gran parte, intereses temporales. Esta visión Vaticano-céntrica se traslada al mundo que le rodea. No comparto esta visión y haré todo lo que pueda para cambiarla. La Iglesia es o debe volver a ser una comunidad del Pueblo de Dios y los presbíteros, los párrocos, los obispos que tienen a su cargo muchas almas, están al servicio del Pueblo de Dios. La Iglesia es esto, una palabra distinta, no por casualidad, de la Santa Sede que tiene una función importante pero está al servicio de la Iglesia. Yo no podría tener total fe en Dios y en su Hijo si no me hubiese formado en la Iglesia, y tuve la fortuna de encontrarme en Argentina, en una comunidad sin la cual yo no hubiera tomado conciencia de mí mismo y de mi fe".
¿Usted sintió su vocación desde joven?
"No, no muy joven. Tendría que haber tenido otra ocupación según mi familia, trabajar, ganar algún dinero. Fui a la universidad. Tuve una profesora de la que aprendí el respeto y la amistad, era una comunista ferviente. A menudo me leía o me daba a leer textos del Partido Comunista. Así conocí también aquella concepción tan materialista. Me acuerdo que me dio el comunicado de los comunistas americanos en defensa de los Rosenberg que fueron condenados a muerte. La mujer de la que le hablo fue después arrestada, torturada y asesinada por el régimen dictatorial que entonces gobernaba en Argentina".
¿El comunismo lo sedujo?
"Su materialismo no tuvo ninguna influencia sobre mí. Pero conocerlo, a través de una persona valiente y honesta me fue útil, entendí algunas cosas, un aspecto de lo social, que después encontré en la Doctrina Social de la Iglesia".
La teología de la liberación, que el Papa Wojtyla excomulgó, estaba bastante presente en América Latina.
"Sí, muchos de sus exponentes eran argentinos".
¿Usted piensa que fue justo que el Papa la combatiese?
"Ciertamente daban un seguimiento político a su teología, pero muchos de ellos eran creyentes y con un alto concepto de humanidad".
Santidad, ¿me permite contarle algo sobre mi formación cultural? Fui educado por una madre muy católica. Con 12 años gané un concurso de catecismo entre todas las parroquias de Roma y recibí un premio del Vicariado, comulgaba el primer viernes de cada mes, en fin, practicaba la liturgia y creía. Pero todo cambió cuando entré en el Liceo. Leí, entre otros textos de filosofía que estudiábamos, el "Discurso del Método" de Descartes, y me afectó mucho la frase que hoy se ha convertido en un icono: "Pienso, luego existo", el yo se convirtió en la base de la existencia humana, la sede autónoma del pensamiento.
"Descartes, sin embargo, nunca renegó de la fe en el Dios trascendente".
Es verdad, pero puso la base de una visión totalmente distinta, y a mi me encaminó a otro camino que, corroborado por otras lecturas, me llevó al otro lado.
"Usted, por lo que he entendido, no es creyente pero no es anticlerical. Son dos cosas muy distintas".
Es verdad, no soy anticlerical. Pero me convierto en eso cuando me encuentro con un clerical.
Sonríe y me dice: "Me pasa a mí también, cuando tengo enfrente a un clerical, me convierto en anticlerical de repente. El clericalismo no tiene nada que ver con el cristianismo. San Pablo fue el primero en hablarle a los Gentiles, a los paganos, a los creyentes de otras religiones, fue el primero que nos lo enseñó".
¿Puedo preguntarle, Santidad, cuáles son los santos que usted siente más cercanos a su alma y sobre los que se formó su experiencia religiosa?
"San Pablo fue el que puso los puntos cardinales de nuestra religión y de nuestro credo. No se puede ser un cristiano consciente sin San Pablo. Tradujo la predicación de Cristo a una estructura doctrinaria que, ya sea con las actualizaciones de una inmensa cantidad de pensadores, teólogos, pastores de almas, resistió y resiste después de dos mil años. Después Agustín, Benito, Tomás e Ignacio. Y naturalmente Francisco. ¿Debo explicarle el porqué?"
Francisco -me sea permitido llamar al Papa así porque es él mismo el que te lo sugiere por como habla, como sonríe, por sus exclamaciones de sorpresa o de corroboración- me mira como para animarme a plantearle las preguntas más escabrosas o más embarazosas relacionadas con la Iglesia. Así que le pregunto: De Pablo me ha explicado la importancia del papel que desarrolló, pero quisiera saber entre los que ha nombrado a quien siente más cercano a su alma.
"Me pide una clasificación, pero las clasificaciones se pueden hacer si se habla de deportes o de cosas parecidas. Podría decirle el nombre de los mejores futbolistas de Argentina. Pero los santos..."
Se dice que se "bromea con los bribones" ¿Conoce el dicho?
"Exacto. Sin embargo, no quiero evitar la pregunta porque usted no me ha pedido una lista sobre la importancia cultural o religiosa sino quién está más cerca de mi alma. Le contesto: Agustín y Francisco".
¿No Ignacio, de cuya orden proviene?
"Ignacio, por comprensibles razones, es el que conozco mejor que los demás. Fundó nuestra orden. Le recuerdo que de esa orden venía también Carlo María Martini, muy querido para usted y para mí. Los jesuitas fueron, y siguen siendo todavía, la levadura -no la única pero quizás la más eficaz- de la catolicidad: cultura, enseñanza, testimonio misionero, fidelidad al Pontífice. Pero Ignacio que fundó la Compañía era también un reformador y un místico. Sobre todo un místico".
¿Piensa que los místicos son importantes en la Iglesia?
"Han sido fundamentales. Una religión sin místicos es una filosofía".
¿Usted tiene una vocación mística?
"¿A usted qué le parece?"
Me parece que no.
"Probablemente tenga razón. Adoro a los místicos; también Francisco por muchos aspectos de su vida lo fue, pero no creo tener esa vocación, y después es necesario comprender bien el significado profundo de la palabra. El místico consigue despojarse del hacer, de los hechos, de los objetivos y hasta de la pastoralidad misionera y se alza para alcanzar la comunión con las bienaventuranzas. Breves momentos pero que llenan toda la vida".
¿A usted le ha sucedido alguna vez?
"Raramente. Por ejemplo, cuando el cónclave me eligió Papa. Antes de la aceptación pedí poder retirarme algún minuto en la sala que está al lado de la del balcón sobre la plaza. Mi cabeza estaba vacía completamente y me había invadido una gran inquietud. Para hacerla pasar y relajarme cerré los ojos y desapareció todo pensamiento, también el de rechazar esta carga, como además el procedimiento litúrgico permite. Cerré los ojos y ya no sentí ningún ansia o emotividad. En un cierto punto me invadió una gran luz, duró un segundo pero me pareció larguísimo. Después la luz se disipó y me levanté de repente y me dirigí a toda prisa a la estancia donde me esperaban los cardenales y hacia la mesa donde me esperaba el acta de aceptación. Lo firmé, el cardenal Camarlengo también y después en el balcón se dio el ‘Habemus Papam'".
Permanecemos un poco en silencio, después dije: hablábamos de los santos que usted siente como más cercanos a su alma y nos quedamos en Agustín. ¿Quiere decirme por qué lo siente cercano?
"También mi predecesor tiene a Agustín como punto de referencia. Ese santo pasó por muchas cosas en su vida y cambió muchas veces su posición doctrinal. Tuvo también palabras fuertes contra los judíos, que nunca compartí. Escribió muchos libros y el que me parece más revelador de su intimidad intelectual y espiritual son las "Confesiones"; contienen algunas manifestaciones de misticismo pero no es, como opinan muchos, el continuador de Pablo. Incluso, diría que vio la fe y la Iglesia de una forma profundamente distinta a la de Pablo, quizás porque pasaron cuatro siglos entre uno y otro".
¿Cuál es la diferencia, Santidad?
"Para mí dos aspectos fundamentales. Agustín se siente impotente frente a la inmensidad de Dios y a los deberes que un cristiano y un obispo deben afrontar. Sin embargo él no lo fue en absoluto, pero su alma se sentía siempre por debajo de todo lo que habría querido y debido. Es la gracia dispensada por el Señor como elemento fundamental de la fe. De la vida. Del sentido de la vida. Quien no es tocado por la gracia puede ser una persona sin mancha y sin miedo, como se dice, pero no será nunca como una persona a la que la gracia ha tocado. Esta es la intuición de Agustín".
¿Usted se siente tocado por la gracia?
"Esto no puede saberlo nadie. La gracia no forma parte de la conciencia, es la cantidad de luz que tenemos en el alma, no la de sabiduría o de razón. También usted, sin su conocimiento, puede ser tocado por la gracia".
¿Sin fe? ¿sin creer?
"La gracia está relacionada con el alma".
Yo no creo en el alma.
"No cree pero la tiene".
Santidad, se ha dicho que usted no tiene intención de convertirme y creo que no lo conseguiría.
"Esto no se sabe, pero no tengo ninguna intención".
¿Y Francisco?
"Es grandísimo porque es todo. Un hombre que quiere hacer, quiere construir, funda una orden y sus reglas, es itinerante misionero, es poeta y profeta, es místico, se dio cuenta de su propio mal y salió de él, ama la naturaleza, los animales, la brizna de hierba del prado y los pájaros que vuelan en el cielo, pero sobre todo, ama a las personas, a los niños, a los viejos, a las mujeres. Es el ejemplo más luminoso del agape del que hablábamos antes".
Tiene razón, Santidad, la descripción es perfecta. ¿Pero por qué ninguno de sus predecesores eligió su nombre? Y yo creo que, después de usted, ningún otro lo hará.
"Esto no lo sabemos, no hipotequemos sobre el futuro. Es verdad, nadie antes que yo lo eligió. Aquí afrontamos el problema de los problemas. ¿Quiere beber algo?"
Gracias, quizás un vaso de agua.
Se levanta, abre la puerta y le pide a un colaborador que está en la entrada que le traiga dos vasos de agua. Me pide si prefiero un café, respondo que no. Llega el agua. Al final de nuestra conversación mi vaso está vacío pero el suyo continúa lleno. Se aclara la garganta y comienza.
"Francisco quería una orden mendicante y también itinerante. Misioneros en busca de encontrar, escuchar, dialogar, ayudar, difundir la fe y el amor. Sobre todo amor. Y quería una Iglesia pobre que atendiese a los demás, que recibiese ayuda material y lo usase para sostener a los demás. Han pasado 800 años desde entonces y los tiempos han cambiado mucho, pero el ideal de una Iglesia misionera y pobre sigue siendo válido. Esta es, por tanto, la Iglesia que predicaron Jesús y sus discípulos".
Vosotros los cristianos sois una minoría ahora. Incluso en Italia, que se define como el jardín del Papa, los católicos practicantes están, según algunos sondeos, entre el 8 y el 15%. Los católicos que dicen serlo pero que de hecho lo son poco son un 20%. En el mundo existe un billón de católicos y con las otras Iglesias cristianas superan el billón y medio, pero el planeta tiene entre 6 y 7 mil millones de personas. Son muchos ciertamente, especialmente en África y en América Latina, pero siguen siendo minoría.
"Lo hemos sido siempre pero este no es el tema que nos ocupa. Personalmente creo que esto de ser una minoría es además, una fuerza. Debemos ser semilla de vida y de amor, la semilla es una cantidad infinitamente más pequeña que la cantidad de frutos, flores y árboles que nacen de ella. Me parece haber dicho antes que nuestro objetivo no es el proselitismo sino la escucha de las necesidades, de los deseos, de las desilusiones, de la desesperación, de la esperanza. Debemos devolver la esperanza a los jóvenes, ayudar a los viejos, abrirnos hacia el futuro, difundir el amor. Pobres entre los pobres. Debemos incluir a los excluidos y predicar la paz. El Vaticano II, inspirado por el papa Juan y por Pablo VI, decidió mirar al futuro con espíritu moderno y abrirse a la cultura moderna. Los padres conciliares sabían que abrirse a la cultura moderna significaba ecumenismo religioso y diálogo con los no creyentes. Después de entonces, se hizo muy poco en esa dirección. Yo tengo la humildad y la ambición de querer hacerlo".
También porque -me permito añadir- la sociedad moderna en todo el planeta atraviesa un momento de crisis profunda y no solo económica sino social y espiritual. Usted, al comienzo de nuestro encuentro describió una generación aplastada por el presente. También los no creyentes sentimos este sufrimiento casi antropológico. Por esto nosotros queremos dialogar con los creyentes y con los que mejor les representan.
"Yo no sé si soy el que mejor les representa, pero la Providencia me ha puesto en la guía de la Iglesia y de la diócesis de Pedro. Haré todo lo posible para cumplir el mandato que se me ha confiado".
Jesús, como usted ha recordado, dijo: ama a tu prójimo como a ti mismo. ¿Le parece que esto se ha hecho realidad?
"Por desgracia no. El egoísmo ha aumentado y el amor hacia los demás ha disminuido".
Este es el objetivo que nos une: al menos igualar estos dos tipos de amor. ¿Su Iglesia está preparada para aceptar este reto?
"¿Usted que cree?".
Creo que el amor por el poder temporal es todavía muy fuerte entre los muros vaticanos y en la estructura institucional de toda la Iglesia. Creo que la Institución predomina sobre la Iglesia pobre y misionera que usted quiere.
"Las cosas están así, de hecho, y en este tema no se hacen milagros. Le recuerdo que también Francisco en su época tuvo que negociar largamente con la jerarquía romana y con el Papa para que se reconociesen las reglas de su orden. Al final obtuvo la aprobación pero con profundos cambios y compromisos".
¿Usted deberá seguir el mismo camino?
"No soy Francisco de Asís, ni tengo su fuerza y su santidad. Pero soy el obispo de Roma y el Papa de la catolicidad. He decidido como primera cosa nombrar a un grupo de ocho cardenales que constituyan mi consejo. No cortesanos sino personas sabias y animadas por mis mismos sentimientos. Este es el inicio de esa Iglesia con una organización no vertical sino horizontal. Cuando el cardenal Martini hablaba poniendo el acento en los Concilios y en los Sínodos, sabía que largo y difícil fue el camino que hay que recorrer en esa dirección. Con prudencia, pero con firmeza y tenacidad".
¿Y la política?
"¿Por qué me lo pregunta? Ya le he dicho que la Iglesia no se ocupará de política".
Pero hace poco usted hizo un llamamiento a los católicos a comprometerse civil y políticamente.
"No me dirigí solo a los católicos sino a todos los hombres de buena voluntad. Dije que la política es la primera de las actividades civiles y que tiene un propio campo de acción que no es el de la religión. Las instituciones políticas son laicas por definición y obran en esferas independientes. Esto lo han dicho todos mis predecesores, al menos desde muchos años hasta ahora, aunque sea con matices distintos. Creo que los católicos comprometidos en la política tienen dentro valores de la religión pero también una conciencia madura y una competencia para llevarlos a cabo. La Iglesia no irá nunca más allá de expresar y defender sus valores, al menos hasta que yo esté aquí".
Pero no siempre ha sido así la Iglesia.
"No, casi nunca ha sido así. Muy a menudo, la Iglesia como institución ha sido dominada por el temporalismo y muchos miembros y altos exponentes católicos tienen todavía esta forma de pensar. Pero ahora, déjeme que le haga una pregunta: Usted, laico no creyente en Dios, ¿en qué cree? Usted es un escritor y pensador. Creerá en algo, tendrá algún valor dominante. No me responda con palabras como honestidad, la búsqueda, la visión del bien común; todos principios y valores importantes, pero no es esto lo que le pregunto. Le pregunto qué piensa de la esencia del mundo, del universo. Se preguntará ciertamente, todos lo hacemos, de dónde venimos, a dónde vamos. Se las plantea hasta un niño ¿Y usted?
Le agradezco esta pregunta, la respuesta es esta: Creo en el Ser, es decir en el tejido del cual surgen las formas, los Entes.
"Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser. ¿le parece que estamos muy lejos?".
Estamos lejos en el pensamiento, pero similares como personas humanas, animadas por nuestros instintos que se transforman en pulsiones, sentimientos, voluntad, pensamiento y razón. En esto somos parecidos.
"Pero lo que ustedes llaman el Ser, ¿lo define como lo piensa?".
El Ser es un tejido de energía. Energía caótica pero indestructible y en eterno caos. De esa energía emergen las formas cuando la energía llega al punto de explosión. Las formas tienen sus leyes, sus campos magnéticos, sus elementos químicos, que se combinan casualmente, evolucionan, finalmente se apagan pero su energía no se destruye. El hombre es probablemente el único animal dotado de pensamiento, al menos en nuestro planeta y sistema solar. He dicho que está animado por instintos y deseos pero añado que tiene dentro de sí una resonancia, un eco, una vocación de caos.
"Bien. No quería que me hiciese un resumen de su filosofía y me ha dicho bastante. Observo por mi parte que Dios es luz que ilumina las tinieblas y que aunque no las disuelva hay una chispa de esa luz divina dentro de nosotros. En la carta que le escribí recuerdo haberle dicho que aunque nuestra especie termine, no terminará la luz de Dios que en ese punto invadirá todas las almas y será todo en todos".
Sí, lo recuerdo bien, dijo "toda la luz será en todas las almas", lo que, si puedo permitirme decir, da más una imagen de inmanencia que de trascendencia.
"La trascendencia permanece porque esa luz, toda en todos, trasciende el universo y las especies que en esa fase lo pueblen. Pero volvamos al presente. Hemos dado un paso adelante en nuestro diálogo. Hemos constatado que en la sociedad y en el mundo en el que vivimos el egoísmo ha aumentado más que el amor por los demás, y que los hombres de buena voluntad deben actuar, cada uno con su propia fuerza y competencia, para hacer que el amor por los demás aumente hasta igualarse e incluso superar el amor por nosotros mismos".
Por tanto también la política está llamada a la causa.
"Seguramente. Personalmente pienso que el llamado capitalismo salvaje no hace sino volver más fuertes a los fuertes, más débiles a los débiles y más excluidos a los excluidos. Hace falta gran libertad, ninguna discriminación, nada de demagogia y mucho amor. Hacen falta reglas de comportamiento y también, si fuera necesario, intervenciones directas del Estado para corregir las desigualdades más intolerables".
Santidad, usted ciertamente es una persona de gran fe, tocado por la gracia, animado por la voluntad de relanzar una Iglesia pastoral, misionera, regenerada y no apegada a los tiempos. Pero según habla y yo le entiendo, usted es y será un papa revolucionario. Mitad jesuita, mitad hombre de Francisco, un maridaje que quizás nunca se había visto. Y después, le gustan "Los Novios" de Manzoni, Holderlin, Leopardi y sobre todo Dostoyevski, el film "La Strada" y "Prova d'orchestra" de Fellini, "Roma cittá aperta" de Rossellini y también las películas de Aldo Fabrizi.
"Esas me gustan porque las veía con mis padres cuando era un niño".
Así es. ¿Puedo sugerirle que vea dos películas estrenadas hace poco? "Viva la libertad" y las películas sobre Fellini de Ettore Scola. Estoy seguro de que le gustarán. Sobre el poder le digo: ¿sabe que a los veinte años hice un mes y medio de ejercicios espirituales con los jesuitas? Estaban los nazis en Roma y yo había desertado del reclutamiento militar. Podríamos ser castigados con la pena de muerte. Los jesuitas nos acogieron con la condición de que hiciéramos los ejercicios espirituales durante todo el tiempo que estuvimos escondidos en su casa, y así fue.
"Pero es imposible resistir un mes y medio de ejercicios espirituales", dice él estupefacto y divertido. Lo contaré la próxima vez.
Nos abrazamos. Subimos la breve escalera que nos separa del portón. Pido al Papa que no me acompañe pero él lo rechaza con un gesto. "Hablaremos también del papel de las mujeres en la Iglesia. Le recuerdo que la Iglesia es femenina".
Y hablaremos si usted quiere también de Pascal. Me gustaría saber qué piensa usted de esta gran alma.
"Lleve a todos sus familiares mi bendición y pídales que recen por mi. Piense en mí, piense a menudo en mí".
Nos estrechamos la mano y él se queda quieto con los dos dedos en alto en signo de bendición. Yo lo saludo desde la ventanilla.
Este es el Papa Francisco. Si la Iglesia se vuelve como él la piensa y la quiere habrá cambiado una época.
martes, 1 de octubre de 2013
EL PAPA FRANCISCO: 'LA CORTE DEL VATICANO ES LA LEPRA DEL PAPADO'
EFE Roma
El papa Francisco aseguró que el defecto de la Curia romana, el gobierno de la Iglesia, es que se ocupa sólo de los problemas de la Santa Sede olvidando el mundo que le rodea, en una entrevista publicada hoy en el diario La Repubblica.
La Curia "tiene un defecto: es Vaticano-Céntrica. Ve y se ocupa de los intereses del Vaticano y olvida el mundo que le rodea. No comparto esta visión y haré de todo para cambiarlo", explicó el papa en la entrevista al fundador del rotativo, Eugenio Scalfari, que se publica hoy en concomitancia con la primera reunión que mantendrá el papa con el llamado G8 de la Iglesia, el Consejo de ocho cardenales nombrados por Francisco para analizar la posible reforma de la Curia romana.
Para el exarzobispo de Buenos Aires, en el pasado "los jefes de la Iglesia han sido a menudo narcisistas, adulados por sus cortesanos" y agregó que "la Corte es la lepra del papado". "La Iglesia tiene que volver a ser una comunidad del pueblo de Dios y los presbíteros, los párrocos y los obispos deben estar al servicio del pueblo de Dios", añadió el papa Jorge Bergoglio. Sobre su visión de la Iglesia, explicó que no se debe basar en el "proselitismo" sino "en escuchar las necesidades, las desilusiones, la desesperación y dar esperanza a los jóvenes y ayudar a los viejos, abrir al futuro y difundir el amor. Ser pobres entre los pobres".
Bergoglio indicó en esta entrevista de tres páginas que en el Concilio Vaticano II se decidió "mirar al futuro con espíritu moderno y abrir a la cultura moderna, que significaba ecumenismo religioso y diálogo con los no creyentes". Pero el pontífice reconoció que "hasta ahora se ha hecho poco" y anunció que él tiene "la humildad y la ambición" de llevar a acabo ese camino de la Iglesia hacia la modernidad. Respecto a los cambios que tiene previsto acometer, recordó como ha nombrado el Consejo de los ocho cardenales para que le aconsejen. "No son cortesanos sino personas sabias, animadas por mis mismos sentimientos. Esto es el inicio de una Iglesia con una organización no sólo vertical sino también horizontal", destacó.
Durante la conversación con Scalfari, Francisco bromeó al asegurar que cuando tiene delante un "clerical" también él se vuelve "anticlerical de golpe" y es que, explicó, "el clericalismo nada tiene que ver con el cristianismo y que San Pablo fue el primero que habló con los paganos, los creyentes de otras religiones". Por otra parte, aseveró que la Iglesia "no se ocupará de política", pues "las instituciones políticas son laicas por definición y actúan en esferas diferentes". "La Iglesia no irá más allá de su deber de expresar y difundir sus valores, al menos mientras yo esté aquí", confirmó.
En la entrevista también se tocan asuntos de actualidad y Bergoglio consideró que "los grandes males que afligen el mundo son el desempleo de los jóvenes y la soledad en la que ha dejado a los viejos". "Los viejos necesitan cuidados y compañía. Los jóvenes trabajo y esperanza", indicó. El papa también criticó el "liberalismo salvaje" que hace que "los fuertes se hagan más fuertes, los débiles más débiles y los excluidos más excluidos", y añadió que "se necesitan reglas de comportamiento y si fuera necesario también la intervención del Estado para corregir las desigualdades más intolerables".
En la entrevista, el papa habla de los santos de su experiencia religiosa y, aunque matizó que no se puede hacer una clasificación de preferidos "como si fueran futbolistas argentinos", los "más cercanos a su alma" son San Francisco y San Agustín. Sobre la "vocación mística" de algunos santos, Bergoglio explicó que no cree que tenga esta vocación, aunque desveló como tras ser elegido papa y mientras esperaba antes de asomarse al balcón de la basílica de San Pedro cerró los ojos y dejó de sentir "el ansia y la emotividad"
"Una gran luz me invadió, duró sólo un momento aunque me pareció muchísimo tiempo. Luego la luz se disipó, yo me levante de golpe y me dirigí a la mesa donde estaban los cardenales para firmar el acto de aceptación. Y firme", relató. El papa termina la entrevista con Scalfari prometiendo un nuevo diálogo con el periodista, que se define ateo y a quien ya dirigió una carta sobre los no creyentes, en el que se afrontarán asuntos como el papel de la mujer en la Iglesia.
El papa Francisco aseguró que el defecto de la Curia romana, el gobierno de la Iglesia, es que se ocupa sólo de los problemas de la Santa Sede olvidando el mundo que le rodea, en una entrevista publicada hoy en el diario La Repubblica.
La Curia "tiene un defecto: es Vaticano-Céntrica. Ve y se ocupa de los intereses del Vaticano y olvida el mundo que le rodea. No comparto esta visión y haré de todo para cambiarlo", explicó el papa en la entrevista al fundador del rotativo, Eugenio Scalfari, que se publica hoy en concomitancia con la primera reunión que mantendrá el papa con el llamado G8 de la Iglesia, el Consejo de ocho cardenales nombrados por Francisco para analizar la posible reforma de la Curia romana.
Para el exarzobispo de Buenos Aires, en el pasado "los jefes de la Iglesia han sido a menudo narcisistas, adulados por sus cortesanos" y agregó que "la Corte es la lepra del papado". "La Iglesia tiene que volver a ser una comunidad del pueblo de Dios y los presbíteros, los párrocos y los obispos deben estar al servicio del pueblo de Dios", añadió el papa Jorge Bergoglio. Sobre su visión de la Iglesia, explicó que no se debe basar en el "proselitismo" sino "en escuchar las necesidades, las desilusiones, la desesperación y dar esperanza a los jóvenes y ayudar a los viejos, abrir al futuro y difundir el amor. Ser pobres entre los pobres".
Bergoglio indicó en esta entrevista de tres páginas que en el Concilio Vaticano II se decidió "mirar al futuro con espíritu moderno y abrir a la cultura moderna, que significaba ecumenismo religioso y diálogo con los no creyentes". Pero el pontífice reconoció que "hasta ahora se ha hecho poco" y anunció que él tiene "la humildad y la ambición" de llevar a acabo ese camino de la Iglesia hacia la modernidad. Respecto a los cambios que tiene previsto acometer, recordó como ha nombrado el Consejo de los ocho cardenales para que le aconsejen. "No son cortesanos sino personas sabias, animadas por mis mismos sentimientos. Esto es el inicio de una Iglesia con una organización no sólo vertical sino también horizontal", destacó.
Durante la conversación con Scalfari, Francisco bromeó al asegurar que cuando tiene delante un "clerical" también él se vuelve "anticlerical de golpe" y es que, explicó, "el clericalismo nada tiene que ver con el cristianismo y que San Pablo fue el primero que habló con los paganos, los creyentes de otras religiones". Por otra parte, aseveró que la Iglesia "no se ocupará de política", pues "las instituciones políticas son laicas por definición y actúan en esferas diferentes". "La Iglesia no irá más allá de su deber de expresar y difundir sus valores, al menos mientras yo esté aquí", confirmó.
En la entrevista también se tocan asuntos de actualidad y Bergoglio consideró que "los grandes males que afligen el mundo son el desempleo de los jóvenes y la soledad en la que ha dejado a los viejos". "Los viejos necesitan cuidados y compañía. Los jóvenes trabajo y esperanza", indicó. El papa también criticó el "liberalismo salvaje" que hace que "los fuertes se hagan más fuertes, los débiles más débiles y los excluidos más excluidos", y añadió que "se necesitan reglas de comportamiento y si fuera necesario también la intervención del Estado para corregir las desigualdades más intolerables".
En la entrevista, el papa habla de los santos de su experiencia religiosa y, aunque matizó que no se puede hacer una clasificación de preferidos "como si fueran futbolistas argentinos", los "más cercanos a su alma" son San Francisco y San Agustín. Sobre la "vocación mística" de algunos santos, Bergoglio explicó que no cree que tenga esta vocación, aunque desveló como tras ser elegido papa y mientras esperaba antes de asomarse al balcón de la basílica de San Pedro cerró los ojos y dejó de sentir "el ansia y la emotividad"
"Una gran luz me invadió, duró sólo un momento aunque me pareció muchísimo tiempo. Luego la luz se disipó, yo me levante de golpe y me dirigí a la mesa donde estaban los cardenales para firmar el acto de aceptación. Y firme", relató. El papa termina la entrevista con Scalfari prometiendo un nuevo diálogo con el periodista, que se define ateo y a quien ya dirigió una carta sobre los no creyentes, en el que se afrontarán asuntos como el papel de la mujer en la Iglesia.
lunes, 30 de septiembre de 2013
LA BANALIDAD DEL MAL
José Ignacio González Faus, en Redes Cristianas
No voy a hablar de la película Hanna Arendt. Quisiera reflexionar sobre el pensamiento de Arendt de quien tomo el título de este artículo, como la directora de la película tomó muchas frases del libro de Arendt para los diálogos de ésta. La expresión “banalidad del mal” no busca rebajar su gravedad, sino aumentarla. Lo más horrible del mal moral es que auténticas perversiones se presentan y son vividas muchas veces como actos triviales, indiferentes, casi buenos… Si llego a creer que algo malo es un derecho mío (o un deber) resulta mucho más fácil cometerlo.
La teología de la liberación, al hablar del “pecado estructural”, ayuda a comprender cómo el mal se banaliza: porque anida no sólo en el corazón de las personas sino en las redes de la convivencia: usos, normas, leyes, valores ambientales... Ahí ya no se le percibe como maldad, sino como “algo normal”, quizá necesario. Eichmann no era un asesino monstruoso sino un vulgar funcionario encargado de que unos cuantos señores subieran en unos trenes y llegasen a un determinado lugar. Una pieza de engranaje ya no es moral ni inmoral: es simplemente pieza. Que una mujer africana pueda mutilar genitalmente a su propia niña no significa que ella sea un monstruo; sólo indica hasta qué punto grandes atrocidades se nos pueden convertir en evidencias cuando tienen el soporte de una convicción social.
Ocurre lo mismo con la monstruosidad anónima de eso que llaman mercado. Llamamos “economía de mercado” a una economía “de la manipulación y el engaño”. Al cambiarle el nombre ya no vemos más: porque ¿qué cosa más banal que un mercado?. Sin embargo, cuando Adam Smith escribió su famosa página sobre “la mano invisible” del mercado, se estaba refiriendo a una relación que se asienta sobre el conocimiento personal y el diálogo: el tendero me conoce, no me quiere perder como cliente y, precisamente por eso, puedo dejarle actuar egoístamente porque me sé incluido en ese egoísmo. Ese contacto personal, los rostros visibles, son la clave de la mal llamada “mano invisible” del mercado. En cambio, lo que hoy llamamos mercado se asienta sobre el desconocimiento de los actores y sobre la publicidad (la cual, si piensa en mí, sólo busca halagar mis instintos más bajos como modo de engañarme). Decisiones que me afectan no las toma una persona cercana a quien conozco, sino una entidad anónima, que no sé bien dónde está y se ampara en palabras abstractas: “dirección, consejos de administración”, etc.
De este modo, conductas canallescas e inmorales llegan a ser vividas como meros fenómenos naturales. No se cometen crueldades, sólo “se hacen inversiones”. Como Eichmann que sólo organizaba transportes.
Arendt explica: no es que Eichmann fuese un malvado, como necesitaban los judíos para poder descargar su odio (perverso también, pero ahora coloreado como justicia). Simplemente había renunciado a llegar a ser hombre, lo cual es una de las mayores tentaciones humanas. Por eso la reacción del Dios bíblico al pecado de Adán es la pregunta: “hombre ¿dónde estás?”.
El contenido de esa humanidad lo brinda una espléndida y mínima frase de Kant: “atrévete a pensar” (sapere aude). Pensar no designa actividades abstractas sino capacidad para reflexionar, afrontar y paladear (¡“sapere”!) las consecuencias de los propios actos, aunque sean obediencia y “cumplimiento del deber”, sin reducirlos sólo a sus dimensiones individuales, y sin abstraerlos de sus implicaciones globales y del contexto denunciado hace poco por el papa Francisco: “los que, en el anonimato, toman decisiones socio-económicas que abren el camino a dramas…”. Por algo el Vaticano II había prohibido “conformarse con una ética meramente individualista (GS 30).
¡Atrévete a pensar! Arendt no se cansa de repetir a lo largo de la película que ella “sólo busca comprender”. Así aprende que el mal es mayor de lo que parece, precisamente porque puede “banalizarse”. Otro ejemplo del hombre que ha cerrado sus ojos a esa interpelación lo encarna, para mí, el presidente del gobierno. Le oímos decir mil veces que está haciendo “lo que tiene que hacer” (como Eichmann); incluso asegura que gracias a eso estamos saliendo de la crisis. Pero, aunque eso fuese cierto, nunca se atrevió a pensar si el camino para esa salida tenía que ser un 25% de niños desnutridos, familias modestas abocadas a dormir en la calle cuando no pueden acogerlas los padres en sus casas, enfermos condenados a muerte por un retraso imperdonable en una intervención urgente y cientos de miles de seres humanos llevados no a una cámara de gas pero sí a una cámara de asfixia personal y social.
Rajoy no ha sido un malvado: estoy absolutamente seguro. Creerá incluso (como Eichmann) que ha cumplido su deber. Pero el pecado estructural se ha encargado de que ese supuesto “deber” no fuera más que una maldad banalizada. Claro que, atreverse a pensar así, podría suponer el fin de una carrera política. Y ante eso, mejor “lavarse las manos” como Pilatos, para quien lo importante era la propia carrera y que no padecieran las relaciones entre el imperio romano y un pueblo difícil. Que eso costara la vida a un inocente desarrapado era otra banalidad.
No voy a hablar de la película Hanna Arendt. Quisiera reflexionar sobre el pensamiento de Arendt de quien tomo el título de este artículo, como la directora de la película tomó muchas frases del libro de Arendt para los diálogos de ésta. La expresión “banalidad del mal” no busca rebajar su gravedad, sino aumentarla. Lo más horrible del mal moral es que auténticas perversiones se presentan y son vividas muchas veces como actos triviales, indiferentes, casi buenos… Si llego a creer que algo malo es un derecho mío (o un deber) resulta mucho más fácil cometerlo.
La teología de la liberación, al hablar del “pecado estructural”, ayuda a comprender cómo el mal se banaliza: porque anida no sólo en el corazón de las personas sino en las redes de la convivencia: usos, normas, leyes, valores ambientales... Ahí ya no se le percibe como maldad, sino como “algo normal”, quizá necesario. Eichmann no era un asesino monstruoso sino un vulgar funcionario encargado de que unos cuantos señores subieran en unos trenes y llegasen a un determinado lugar. Una pieza de engranaje ya no es moral ni inmoral: es simplemente pieza. Que una mujer africana pueda mutilar genitalmente a su propia niña no significa que ella sea un monstruo; sólo indica hasta qué punto grandes atrocidades se nos pueden convertir en evidencias cuando tienen el soporte de una convicción social.
Ocurre lo mismo con la monstruosidad anónima de eso que llaman mercado. Llamamos “economía de mercado” a una economía “de la manipulación y el engaño”. Al cambiarle el nombre ya no vemos más: porque ¿qué cosa más banal que un mercado?. Sin embargo, cuando Adam Smith escribió su famosa página sobre “la mano invisible” del mercado, se estaba refiriendo a una relación que se asienta sobre el conocimiento personal y el diálogo: el tendero me conoce, no me quiere perder como cliente y, precisamente por eso, puedo dejarle actuar egoístamente porque me sé incluido en ese egoísmo. Ese contacto personal, los rostros visibles, son la clave de la mal llamada “mano invisible” del mercado. En cambio, lo que hoy llamamos mercado se asienta sobre el desconocimiento de los actores y sobre la publicidad (la cual, si piensa en mí, sólo busca halagar mis instintos más bajos como modo de engañarme). Decisiones que me afectan no las toma una persona cercana a quien conozco, sino una entidad anónima, que no sé bien dónde está y se ampara en palabras abstractas: “dirección, consejos de administración”, etc.
De este modo, conductas canallescas e inmorales llegan a ser vividas como meros fenómenos naturales. No se cometen crueldades, sólo “se hacen inversiones”. Como Eichmann que sólo organizaba transportes.
Arendt explica: no es que Eichmann fuese un malvado, como necesitaban los judíos para poder descargar su odio (perverso también, pero ahora coloreado como justicia). Simplemente había renunciado a llegar a ser hombre, lo cual es una de las mayores tentaciones humanas. Por eso la reacción del Dios bíblico al pecado de Adán es la pregunta: “hombre ¿dónde estás?”.
El contenido de esa humanidad lo brinda una espléndida y mínima frase de Kant: “atrévete a pensar” (sapere aude). Pensar no designa actividades abstractas sino capacidad para reflexionar, afrontar y paladear (¡“sapere”!) las consecuencias de los propios actos, aunque sean obediencia y “cumplimiento del deber”, sin reducirlos sólo a sus dimensiones individuales, y sin abstraerlos de sus implicaciones globales y del contexto denunciado hace poco por el papa Francisco: “los que, en el anonimato, toman decisiones socio-económicas que abren el camino a dramas…”. Por algo el Vaticano II había prohibido “conformarse con una ética meramente individualista (GS 30).
¡Atrévete a pensar! Arendt no se cansa de repetir a lo largo de la película que ella “sólo busca comprender”. Así aprende que el mal es mayor de lo que parece, precisamente porque puede “banalizarse”. Otro ejemplo del hombre que ha cerrado sus ojos a esa interpelación lo encarna, para mí, el presidente del gobierno. Le oímos decir mil veces que está haciendo “lo que tiene que hacer” (como Eichmann); incluso asegura que gracias a eso estamos saliendo de la crisis. Pero, aunque eso fuese cierto, nunca se atrevió a pensar si el camino para esa salida tenía que ser un 25% de niños desnutridos, familias modestas abocadas a dormir en la calle cuando no pueden acogerlas los padres en sus casas, enfermos condenados a muerte por un retraso imperdonable en una intervención urgente y cientos de miles de seres humanos llevados no a una cámara de gas pero sí a una cámara de asfixia personal y social.
Rajoy no ha sido un malvado: estoy absolutamente seguro. Creerá incluso (como Eichmann) que ha cumplido su deber. Pero el pecado estructural se ha encargado de que ese supuesto “deber” no fuera más que una maldad banalizada. Claro que, atreverse a pensar así, podría suponer el fin de una carrera política. Y ante eso, mejor “lavarse las manos” como Pilatos, para quien lo importante era la propia carrera y que no padecieran las relaciones entre el imperio romano y un pueblo difícil. Que eso costara la vida a un inocente desarrapado era otra banalidad.
martes, 24 de septiembre de 2013
EL PAPA HABLA, PARTE DE LA IGLESIA CALLA Y ALGUNOS OTORGAN
Belén Carreño, en 'eldiario.es'
El Papa Francisco llama la atención. Y su entrevista, realizada por un periodista jesuita y publicada la semana pasada al unísono por cientos de medios en el mundo, ha sido la más polémica y comentada que se le ha hecho a un Pontífice. Sin embargo, hay una parte muy relevante del público objetivo al que se dirigía esa entrevista que no se ha dado por enterado. Y cuando lo ha hecho, ha sido para mostrar su decepción por el mensaje que trata de enviar el nuevo cabeza de la Iglesia, o para recelar de los nuevos aires que parecen llegar desde Roma.
La cara más pública de la Iglesia en España, que no tiene porque ser la más representativa, se ha mostrado algo decepcionada y ha optado, en mayor medida, por obviar la entrevista de Francisco. La reacción más singular, por representativa, la ha tenido uno de los opinadores de referencia de la Iglesia conservadora: Juan Manuel de Prada. El novelista, y columnista de ABC, arrancó de esta guisa su opinión del sábado 21 de septiembre: "Ignoro si en otro tiempo estuve loco; pero hoy, leyendo cierta entrevista, he sentido que he hecho el canelo durante todos estos años".
De Prada, normalmente acérrimo defensor con su viva pluma de las ideas más conservadoras y reaccionarias de la Iglesia, lamenta profundamente la declaración del Papa de que "no es de derechas". Y lo lamenta porque, en su opinión, "ningún demócrata es capaz de calificarse de derechas", y cree que el Papa básicamente se avergüenza de reconocerse de derechas. De Prada se escuece también de que el Pontífice considere como "obsesionados" a aquellos que defienden "la vida de los gestantes" y cree que en cierta forma se les pide callar y ser "complacientes". El escritor, cierra su amarga columna asegurando que "siguiendo el ejemplo del ilustre entrevistado, me dedicaré desde hoy a complacer y halagar al mundo, para evitar su condena".
El sollozo de De Prada -que ve su pasado defendiendo a la Iglesia como un "martirio"- pone paradójicamente al descubierto el endeble ataque en el que ha incurrido la parte de la Iglesia más oficial -sobre todo la de los medios ligados a la Conferencia Episcopal- que se ha manifestado alrededor de la entrevista. El ganador del premio Planeta es además de católico periodista, o al menos, muy próximo a la profesión, y los mensajes que más le han molestado del Pontífice son exactamente los mismos que han destacado los grandes medios al público. La preocupación por la "obesión" de parte de la Iglesia con la moral, expecialmente la referida al aborto, la homosexualidad o el divorcio, o su forma de renegar de una ideología política próxima a la derecha.
Precisamente, HazteOír.org, una plataforma que se considera católica y cuyo principal leitmotiv es la lucha contra el aborto, y algunos de sus miembros y cuentas más activas en Twitter, como @Elentir, o el líder de la plataforma @IgnacioArsuaga (todas con miles de seguidores y también con miles de tuits emitidos), solo se refirieron a la entrevista de Francisco para hablar de cómo habían manipulado los medios. " El País vuelve a manipular, atribuye al Papa una cita que no ha dicho", asegura en su blog Elentir en referencia a la supuesta "obsesión" de algunos sector con el aborto y los gays.
El Obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, en unas declaraciones a la Cope recogidas por la agencia católica AciPrensa también entró a hacer un comentario de texto de los medios, no de la entrevista. "Con todos mis respetos para El País y la Vanguardia, que lo han sacado en portada y han sacado esa frase en portada de una entrevista de 27 folios, yo creo que se han equivocado plenamente o han intentado deformar la realidad. Creo que no han entendido el contexto en el que estaba pronunciada”. “El Papa no hablaba de política”, dice el Obispo. En otro artículo de AciPrensa se explica a sus lectores lo que "sí dijo el Papa sobre el aborto y los gays", una información muy similar a la publicada por HazteOír.org.
Paradójicamente, el obispo, y los integrantes de HazteOír.org, no han visto en las palabras del Papa el mismo significado que sí ha encontrado De Prada y que le ha llevado a pensar que ha hecho "el canelo" en el pasado. Y esta fue el único comentario que les suscitó un hecho que muchos ven como histórico.
La repercusión pública, por tanto, que la entrevista ha tenido en los sectores oficiales de la Iglesia española es entre nula o mediocre. Otros dos obispos se han referido públicamente a las palabras de Francisco. Por una parte, Raúl Berzosa, el Obispo de Ciudad Rodrigo (hermano de Sor Verónica, la fundadora de la orden de las conocida como monjas de Lerma), en una entrevista también en la Cope que hizo un análisis bastante ponderado de la entrevista y sin tocar los temas "espinosos", reconoció que a cada uno el mensaje de Bergoglio le podía llegar de distinta manera.
Palabras a favor
El que se desmarcó totalmente de esta chocante discreción ha sido el Arzobispo de Valencia Carlos Osoro, que se ha sentido muy reflejado por las palabras del Papa. Osoro es, precisamente, uno de los que suena con más fuerza para alcanzar la jefatura de la Iglesia española, en un momento en el que su representante, Antonio Rouco Varela, ya ha presentado su posible relevo por su avanzada edad.
Por lo demás, silencio administrativo, tan solo roto por las publicaciones religiosas de tinte independiente, como Religión Digital o Vida Nueva (muy recomendable echar un ojo a su editorial) o 21 la Revista Cristiana de Hoy en la que numerosos teólogos y cristianos de base se manifestaban entusiasmados con la línea marcada por el Papa. Estas tres publicaciones se acercan mucho más a la visión que tienen las comunidades católicas que no se rodean, ni se dejan absorber, por los movimientos neoconservadores. Pero para la parte hasta ahora más mainstream u oficialista, prácticamente la entrevista nunca sucedió, hasta el punto de que la cuenta de twitter oficial de la Conferencia Episcopal Española (@info_CEE), no ha reflejado ni su existencia.
Silencio en misa
Una de las principales señales que dejó en esencia la poca, o pocas, ganas de que trascendiera el mensaje del Papa fue la escasa presencia de la entrevista en las homilías del domingo. Al presidente de la Conferencia Episcopal le tocó celebrar la misa que retransmitió La2 de TVE el pasado domingo. Pocas oportunidades tiene un sacerdote de que su palabra llegue a una audiencia como la de la televisión pública. Rouco obvió discretamente cualquier referencia a la entrevista hasta prácticamente las últimas veinte palabras de la homilía, en la que sacó a colación unas palabras referidas a la pobreza del Pontífice. Lo cierto es que las palabras del Papa, en el que se advertía de que la defensa a ultranza de la moral podía obscurecer el resto de la aplicación del Evangelio, afectan singularmente a España, donde muchas comunidades y movimientos religiosos han nacido, o se han fortalecido al albur de la defensa de cuestiones de moral (y no de fe).
En muchas parroquias se pasó de largo la posibilidad de interpretar la entrevista, y contrarrestar así el denostado enfoque de los medios de comunicación, y el domingo resbaló por las palabras de Bergoglio sin pena ni gloria. No fue así en todas las misas, sería imposible. Un sacerdote reconoce "celebré misa dos veces y en las dos tuve que hablar de la entrevista. ¡Cómo no iba a hacerlo, si es muy emocionante!".
Y es que, una gran parte de la Iglesia, la que es más silente, la que no arma revuelo, está más que satisfecha con la entrevista del otrora jesuita. Las comunidades de base están, literalmente, como locas, con el nuevo Papa.
El Papa Francisco llama la atención. Y su entrevista, realizada por un periodista jesuita y publicada la semana pasada al unísono por cientos de medios en el mundo, ha sido la más polémica y comentada que se le ha hecho a un Pontífice. Sin embargo, hay una parte muy relevante del público objetivo al que se dirigía esa entrevista que no se ha dado por enterado. Y cuando lo ha hecho, ha sido para mostrar su decepción por el mensaje que trata de enviar el nuevo cabeza de la Iglesia, o para recelar de los nuevos aires que parecen llegar desde Roma.
La cara más pública de la Iglesia en España, que no tiene porque ser la más representativa, se ha mostrado algo decepcionada y ha optado, en mayor medida, por obviar la entrevista de Francisco. La reacción más singular, por representativa, la ha tenido uno de los opinadores de referencia de la Iglesia conservadora: Juan Manuel de Prada. El novelista, y columnista de ABC, arrancó de esta guisa su opinión del sábado 21 de septiembre: "Ignoro si en otro tiempo estuve loco; pero hoy, leyendo cierta entrevista, he sentido que he hecho el canelo durante todos estos años".
De Prada, normalmente acérrimo defensor con su viva pluma de las ideas más conservadoras y reaccionarias de la Iglesia, lamenta profundamente la declaración del Papa de que "no es de derechas". Y lo lamenta porque, en su opinión, "ningún demócrata es capaz de calificarse de derechas", y cree que el Papa básicamente se avergüenza de reconocerse de derechas. De Prada se escuece también de que el Pontífice considere como "obsesionados" a aquellos que defienden "la vida de los gestantes" y cree que en cierta forma se les pide callar y ser "complacientes". El escritor, cierra su amarga columna asegurando que "siguiendo el ejemplo del ilustre entrevistado, me dedicaré desde hoy a complacer y halagar al mundo, para evitar su condena".
El sollozo de De Prada -que ve su pasado defendiendo a la Iglesia como un "martirio"- pone paradójicamente al descubierto el endeble ataque en el que ha incurrido la parte de la Iglesia más oficial -sobre todo la de los medios ligados a la Conferencia Episcopal- que se ha manifestado alrededor de la entrevista. El ganador del premio Planeta es además de católico periodista, o al menos, muy próximo a la profesión, y los mensajes que más le han molestado del Pontífice son exactamente los mismos que han destacado los grandes medios al público. La preocupación por la "obesión" de parte de la Iglesia con la moral, expecialmente la referida al aborto, la homosexualidad o el divorcio, o su forma de renegar de una ideología política próxima a la derecha.
Precisamente, HazteOír.org, una plataforma que se considera católica y cuyo principal leitmotiv es la lucha contra el aborto, y algunos de sus miembros y cuentas más activas en Twitter, como @Elentir, o el líder de la plataforma @IgnacioArsuaga (todas con miles de seguidores y también con miles de tuits emitidos), solo se refirieron a la entrevista de Francisco para hablar de cómo habían manipulado los medios. " El País vuelve a manipular, atribuye al Papa una cita que no ha dicho", asegura en su blog Elentir en referencia a la supuesta "obsesión" de algunos sector con el aborto y los gays.
El Obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, en unas declaraciones a la Cope recogidas por la agencia católica AciPrensa también entró a hacer un comentario de texto de los medios, no de la entrevista. "Con todos mis respetos para El País y la Vanguardia, que lo han sacado en portada y han sacado esa frase en portada de una entrevista de 27 folios, yo creo que se han equivocado plenamente o han intentado deformar la realidad. Creo que no han entendido el contexto en el que estaba pronunciada”. “El Papa no hablaba de política”, dice el Obispo. En otro artículo de AciPrensa se explica a sus lectores lo que "sí dijo el Papa sobre el aborto y los gays", una información muy similar a la publicada por HazteOír.org.
Paradójicamente, el obispo, y los integrantes de HazteOír.org, no han visto en las palabras del Papa el mismo significado que sí ha encontrado De Prada y que le ha llevado a pensar que ha hecho "el canelo" en el pasado. Y esta fue el único comentario que les suscitó un hecho que muchos ven como histórico.
La repercusión pública, por tanto, que la entrevista ha tenido en los sectores oficiales de la Iglesia española es entre nula o mediocre. Otros dos obispos se han referido públicamente a las palabras de Francisco. Por una parte, Raúl Berzosa, el Obispo de Ciudad Rodrigo (hermano de Sor Verónica, la fundadora de la orden de las conocida como monjas de Lerma), en una entrevista también en la Cope que hizo un análisis bastante ponderado de la entrevista y sin tocar los temas "espinosos", reconoció que a cada uno el mensaje de Bergoglio le podía llegar de distinta manera.
Palabras a favor
El que se desmarcó totalmente de esta chocante discreción ha sido el Arzobispo de Valencia Carlos Osoro, que se ha sentido muy reflejado por las palabras del Papa. Osoro es, precisamente, uno de los que suena con más fuerza para alcanzar la jefatura de la Iglesia española, en un momento en el que su representante, Antonio Rouco Varela, ya ha presentado su posible relevo por su avanzada edad.
Por lo demás, silencio administrativo, tan solo roto por las publicaciones religiosas de tinte independiente, como Religión Digital o Vida Nueva (muy recomendable echar un ojo a su editorial) o 21 la Revista Cristiana de Hoy en la que numerosos teólogos y cristianos de base se manifestaban entusiasmados con la línea marcada por el Papa. Estas tres publicaciones se acercan mucho más a la visión que tienen las comunidades católicas que no se rodean, ni se dejan absorber, por los movimientos neoconservadores. Pero para la parte hasta ahora más mainstream u oficialista, prácticamente la entrevista nunca sucedió, hasta el punto de que la cuenta de twitter oficial de la Conferencia Episcopal Española (@info_CEE), no ha reflejado ni su existencia.
Silencio en misa
Una de las principales señales que dejó en esencia la poca, o pocas, ganas de que trascendiera el mensaje del Papa fue la escasa presencia de la entrevista en las homilías del domingo. Al presidente de la Conferencia Episcopal le tocó celebrar la misa que retransmitió La2 de TVE el pasado domingo. Pocas oportunidades tiene un sacerdote de que su palabra llegue a una audiencia como la de la televisión pública. Rouco obvió discretamente cualquier referencia a la entrevista hasta prácticamente las últimas veinte palabras de la homilía, en la que sacó a colación unas palabras referidas a la pobreza del Pontífice. Lo cierto es que las palabras del Papa, en el que se advertía de que la defensa a ultranza de la moral podía obscurecer el resto de la aplicación del Evangelio, afectan singularmente a España, donde muchas comunidades y movimientos religiosos han nacido, o se han fortalecido al albur de la defensa de cuestiones de moral (y no de fe).
En muchas parroquias se pasó de largo la posibilidad de interpretar la entrevista, y contrarrestar así el denostado enfoque de los medios de comunicación, y el domingo resbaló por las palabras de Bergoglio sin pena ni gloria. No fue así en todas las misas, sería imposible. Un sacerdote reconoce "celebré misa dos veces y en las dos tuve que hablar de la entrevista. ¡Cómo no iba a hacerlo, si es muy emocionante!".
Y es que, una gran parte de la Iglesia, la que es más silente, la que no arma revuelo, está más que satisfecha con la entrevista del otrora jesuita. Las comunidades de base están, literalmente, como locas, con el nuevo Papa.
domingo, 22 de septiembre de 2013
DE GREGORIO VII A FRANCISCO
José M. Castillo, en Religión Digital
Tengo la impresión de que somos muchos los católicos, y demasiados los ciudadanos, que no acabamos de caer en la cuenta de la extraordinaria importancia que entraña la larga entrevista que el papa Francisco ha hecho pública para darnos a conocer sus ideas y sus proyectos. Por supuesto, en lo que dice el papa , es de enorme interés lo que Francisco afirma sobre la moral sexual en la que machaconamente insiste tanto el clero, sobre sus ideas políticas, sobre la misericordia y la bondad que debemos poner en práctica todos los seres humanos, sobre la religiosidad y otras cuestiones que sería largo enumerar. Sin embargo, el asunto más importante, que, a mi modo de ver, trata el papa, sospecho que se le escapa a mucha gente. Y es que la teología, como ocurre con la biología o la medicina, no está al alcance de todo el mundo. Sin embargo, periodistas y tertulianos, que no se atreverían a pontificar sobre cuestiones técnicas de biología, dictan sentencia tranquilamente sobre asuntos teológicos que exigen muchos años de estudio y reflexión.
Pero vayamos al tema que interesa. Hace cerca de mil años, en 1073, fue elegido papa un monje que tomó el nombre de Gregorio VII. Corrían malos tiempos para la Iglesia. Como es sabido, era entonces cuando estaban en auge las investiduras. Los señores feudales nombraban a su antojo (o según sus conveniencias) a los obispos, abades, y toda clase de cargos eclesiásticos. La Iglesia estaba en manos de los laicos, en el peor sentido que pueda tener esta afirmación. Y fue entonces cuando Gregorio VII decidió cortar con semejante estado de cosas. Lo cual era necesario y urgente. Pero, para conseguir un fin bueno, no se le ocurrió otra solución que concentrar todo el poder de la Iglesia en el papa. El criterio determinante quedó formulado por el mejor conocedor de esta historia, Y. Congar: “Obedecer a Dios significa obedecer a la Iglesia, y esto, a su vez, significa obedecer al papa y viceversa”. Gregorio VII fijó sus convicciones en un documento famoso que consistía en 27 axiomas contundentes, que se resumen en tres criterios patéticos: 1) el papa es señor absoluto de la Iglesia; 2) el papa es señor supremo del mundo; 3) el papa se convierte en indudablemente santo (H. Küng).
Ahora bien, al atribuirse estos poderes, Gregorio VII acabó con una larga etapa de diez siglos en la historia de la Iglesia. Siglos en los que la Iglesia floreció, creció y forjó una cultura, que el monje Hincmaro de Reims supo sintetizar de forma admirable: “La Iglesia se expresa en plenitud en los concilios ecuménicos, al tiempo que regula su vida histórica por medio de los sínodos en los que se reúnen los obispos de una región determinada”. Lo cual quiere decir que el gobierno ordinario de la Iglesia no se gestionaba desde Roma, sino mediante los sínodos locales, que presidían los obispos de una región. Siempre tomando las decisiones democráticamente con la participación de todos los miembros de cada sínodo local. Los nombramientos de obispos, las leyes litúrgicas y canónicas, etc, se adoptaban en los sínodos. La Iglesia no tenía una estructura de gobierno “curial”, sino “sinodal”. Sólo así se conocían los problemas que había que resolver. Y se tomaban las decisiones adecuadas. Así, aquella Iglesia tuvo una vida creciente, durante mil años.
El actual obispo de Roma, el papa Francisco, nos acaba de anunciar a todos que la Iglesia vuelve a retomar el gobierno sinodal. ¿Será como el del primer milenio? No puede ser idéntico. Pero, por lo que el papa ha dicho, irá ciertamente por ese camino. Dice Francisco en su reciente entrevista: “Los dicasterios romanos están al servicio del papa y de los obispos: tienen que ayudar a las iglesias particulares y a las conferencias episcopales. Son instancias de ayuda. Pero, en algunos casos, cuando no son bien entendidos, corren peligro de convertirse en organismos de censura. Impresiona ver las denuncias de falta de ortodoxia que llegan a Roma. Pienso que quien debe estudiar los casos son las conferencias episcopales locales, a las que Roma puede servir de valiosa ayuda. La verdad es que los casos se tratan mejor sobre el terreno. Los dicasterios romanos son mediadores, no intermediarios ni gestores”. Esta es la idea que Francico tiene sobre el papel que les corresponde a las Congregaciones de la Curia Vaticana. El papa las pone al servicio de las Conferencias Episcopales. Y no al revés.
Pero la cosa no se queda en esto. El redactor de la entrevista recuerda que el pasado día de San Pedro, el 29 de junio, el papa definió “la vía de la sinodalidad” como el camino que lleva a la Iglesia unida “a crecer en armonía con el servicio del primado”. En consecuencia, mi pregunta es ésta: “¿Cómo conciliar en armonía primado petrino y solidaridad? ¿Qué caminos son practicables, incluso con perspectiva ecuménica?” Esta pregunta es fuerte y, en cuanto empiece a ponerse en práctica el proyecto al que apunta, todo cambiará. Porque, en el fondo, lo que viene a decir es que nos sentaremos juntos todos los cristianos - sea cada cual de la confesión que sea - para intercambiar en serio nuestras propuestas, hasta que lleguemos al día dichoso de recuperar la unidad perdida.
Por eso, sin duda, el mismo Francisco siguió diciendo: “Debemos caminar juntos: la gente, los obispos y el papa. Hay que vivir la sinodalidad a varios niveles. Quizá es tiempo de cambiar la metodología del sínodo, porque la actual me parece estática. Eso podrá llegar a tener valor ecuménico, especialmente con nuestros hermanos ortodoxos. De ellos podemos aprender mucho sobre el sentido de la colegialidad episcopal y sobre la tradición de sinodalidad. El esfuerzo de reflexión común, observando cómo se gobernaba la Iglesia en los primeros siglos, antes de la ruptura entre Oriente y Occidente, acabará dando frutos”. Y el redactor añade estas palabras de Francisco, palabras que tienen que remover las bases de la teología: “Tenemos que caminar unidos en las diferencias: no existe otro camino para unirnos. El camino de Jesús es ése”.
Con una añadidura final, que les calla la boca a los que viven de la protesta contra todo cuanto viene de Roma: “Es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia. Temo la solución del “machismo con faldas”.... Las mujeres están formulando cuestiones profundas que debemos afrontar.... En los lugares donde se toman las decisiones importantes es necesario el genio femenino. Afrontamos hoy este desafío: reflexionar sobre el puesto específico de la mujer incluso allí donde se ejercita la autoridad en los varios ámbitos de la Iglesia”.
Este papa es noticia mundial porque ha tomado en serio el Evangelio. Y más en serio aún, la centralidad de Jesús en la vida. Lo central no es la religión y sus ritos, ni los dogmas y sus ortodoxias. De nada de eso habla Francisco. Aquí no se escucha el sonsonete de la prédica clerical, moralizante, amenazante y con frecuencia excluyente. El futuro de la Iglesia está en recuperar su pasado. El pasado que nos lleva derechos al galileo Jesús de Nazaret. Si no echamos por ese camino, la Iglesia no va a ninguna parte. Si el Evangelio es el centro, lo decisivo no será la religión. El centro será la humanidad, todo cuanto nos humaniza. Por eso el papa es noticia mundial.
Tengo la impresión de que somos muchos los católicos, y demasiados los ciudadanos, que no acabamos de caer en la cuenta de la extraordinaria importancia que entraña la larga entrevista que el papa Francisco ha hecho pública para darnos a conocer sus ideas y sus proyectos. Por supuesto, en lo que dice el papa , es de enorme interés lo que Francisco afirma sobre la moral sexual en la que machaconamente insiste tanto el clero, sobre sus ideas políticas, sobre la misericordia y la bondad que debemos poner en práctica todos los seres humanos, sobre la religiosidad y otras cuestiones que sería largo enumerar. Sin embargo, el asunto más importante, que, a mi modo de ver, trata el papa, sospecho que se le escapa a mucha gente. Y es que la teología, como ocurre con la biología o la medicina, no está al alcance de todo el mundo. Sin embargo, periodistas y tertulianos, que no se atreverían a pontificar sobre cuestiones técnicas de biología, dictan sentencia tranquilamente sobre asuntos teológicos que exigen muchos años de estudio y reflexión.
Pero vayamos al tema que interesa. Hace cerca de mil años, en 1073, fue elegido papa un monje que tomó el nombre de Gregorio VII. Corrían malos tiempos para la Iglesia. Como es sabido, era entonces cuando estaban en auge las investiduras. Los señores feudales nombraban a su antojo (o según sus conveniencias) a los obispos, abades, y toda clase de cargos eclesiásticos. La Iglesia estaba en manos de los laicos, en el peor sentido que pueda tener esta afirmación. Y fue entonces cuando Gregorio VII decidió cortar con semejante estado de cosas. Lo cual era necesario y urgente. Pero, para conseguir un fin bueno, no se le ocurrió otra solución que concentrar todo el poder de la Iglesia en el papa. El criterio determinante quedó formulado por el mejor conocedor de esta historia, Y. Congar: “Obedecer a Dios significa obedecer a la Iglesia, y esto, a su vez, significa obedecer al papa y viceversa”. Gregorio VII fijó sus convicciones en un documento famoso que consistía en 27 axiomas contundentes, que se resumen en tres criterios patéticos: 1) el papa es señor absoluto de la Iglesia; 2) el papa es señor supremo del mundo; 3) el papa se convierte en indudablemente santo (H. Küng).
Ahora bien, al atribuirse estos poderes, Gregorio VII acabó con una larga etapa de diez siglos en la historia de la Iglesia. Siglos en los que la Iglesia floreció, creció y forjó una cultura, que el monje Hincmaro de Reims supo sintetizar de forma admirable: “La Iglesia se expresa en plenitud en los concilios ecuménicos, al tiempo que regula su vida histórica por medio de los sínodos en los que se reúnen los obispos de una región determinada”. Lo cual quiere decir que el gobierno ordinario de la Iglesia no se gestionaba desde Roma, sino mediante los sínodos locales, que presidían los obispos de una región. Siempre tomando las decisiones democráticamente con la participación de todos los miembros de cada sínodo local. Los nombramientos de obispos, las leyes litúrgicas y canónicas, etc, se adoptaban en los sínodos. La Iglesia no tenía una estructura de gobierno “curial”, sino “sinodal”. Sólo así se conocían los problemas que había que resolver. Y se tomaban las decisiones adecuadas. Así, aquella Iglesia tuvo una vida creciente, durante mil años.
El actual obispo de Roma, el papa Francisco, nos acaba de anunciar a todos que la Iglesia vuelve a retomar el gobierno sinodal. ¿Será como el del primer milenio? No puede ser idéntico. Pero, por lo que el papa ha dicho, irá ciertamente por ese camino. Dice Francisco en su reciente entrevista: “Los dicasterios romanos están al servicio del papa y de los obispos: tienen que ayudar a las iglesias particulares y a las conferencias episcopales. Son instancias de ayuda. Pero, en algunos casos, cuando no son bien entendidos, corren peligro de convertirse en organismos de censura. Impresiona ver las denuncias de falta de ortodoxia que llegan a Roma. Pienso que quien debe estudiar los casos son las conferencias episcopales locales, a las que Roma puede servir de valiosa ayuda. La verdad es que los casos se tratan mejor sobre el terreno. Los dicasterios romanos son mediadores, no intermediarios ni gestores”. Esta es la idea que Francico tiene sobre el papel que les corresponde a las Congregaciones de la Curia Vaticana. El papa las pone al servicio de las Conferencias Episcopales. Y no al revés.
Pero la cosa no se queda en esto. El redactor de la entrevista recuerda que el pasado día de San Pedro, el 29 de junio, el papa definió “la vía de la sinodalidad” como el camino que lleva a la Iglesia unida “a crecer en armonía con el servicio del primado”. En consecuencia, mi pregunta es ésta: “¿Cómo conciliar en armonía primado petrino y solidaridad? ¿Qué caminos son practicables, incluso con perspectiva ecuménica?” Esta pregunta es fuerte y, en cuanto empiece a ponerse en práctica el proyecto al que apunta, todo cambiará. Porque, en el fondo, lo que viene a decir es que nos sentaremos juntos todos los cristianos - sea cada cual de la confesión que sea - para intercambiar en serio nuestras propuestas, hasta que lleguemos al día dichoso de recuperar la unidad perdida.
Por eso, sin duda, el mismo Francisco siguió diciendo: “Debemos caminar juntos: la gente, los obispos y el papa. Hay que vivir la sinodalidad a varios niveles. Quizá es tiempo de cambiar la metodología del sínodo, porque la actual me parece estática. Eso podrá llegar a tener valor ecuménico, especialmente con nuestros hermanos ortodoxos. De ellos podemos aprender mucho sobre el sentido de la colegialidad episcopal y sobre la tradición de sinodalidad. El esfuerzo de reflexión común, observando cómo se gobernaba la Iglesia en los primeros siglos, antes de la ruptura entre Oriente y Occidente, acabará dando frutos”. Y el redactor añade estas palabras de Francisco, palabras que tienen que remover las bases de la teología: “Tenemos que caminar unidos en las diferencias: no existe otro camino para unirnos. El camino de Jesús es ése”.
Con una añadidura final, que les calla la boca a los que viven de la protesta contra todo cuanto viene de Roma: “Es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia. Temo la solución del “machismo con faldas”.... Las mujeres están formulando cuestiones profundas que debemos afrontar.... En los lugares donde se toman las decisiones importantes es necesario el genio femenino. Afrontamos hoy este desafío: reflexionar sobre el puesto específico de la mujer incluso allí donde se ejercita la autoridad en los varios ámbitos de la Iglesia”.
Este papa es noticia mundial porque ha tomado en serio el Evangelio. Y más en serio aún, la centralidad de Jesús en la vida. Lo central no es la religión y sus ritos, ni los dogmas y sus ortodoxias. De nada de eso habla Francisco. Aquí no se escucha el sonsonete de la prédica clerical, moralizante, amenazante y con frecuencia excluyente. El futuro de la Iglesia está en recuperar su pasado. El pasado que nos lleva derechos al galileo Jesús de Nazaret. Si no echamos por ese camino, la Iglesia no va a ninguna parte. Si el Evangelio es el centro, lo decisivo no será la religión. El centro será la humanidad, todo cuanto nos humaniza. Por eso el papa es noticia mundial.
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