jueves, 10 de diciembre de 2009

PROFETAS EN EL DESIERTO

José Arregui 

            Hola, amigas, amigos:
            En tiempo de Jesús se pensaba que ya no había profetas, cosa terrible para un pueblo que les debía lo mejor de su literatura, su ética, su espiritualidad. Efectivamente, los profetas como tales habían desaparecido 500 años atrás, a la vuelta del Destierro. ¿Sucedió así porque ya no había reyes que fustigar? ¿Sucedió porque sus bellas promesas se habían visto desmentidas demasiadas veces? ¿O tal vez porque el templo y el sacerdocio lo habían acaparado todo? Pero ¿es verdad que ya no había profetas realmente? El caso es que así pensaban, y era muy duro: el pueblo seguía oprimido, y Dios callaba; los hombres y las mujeres clamaban, y Dios no escuchaba; la tierra gemía, y Dios seguía indiferente. Allí arriba, en su cielo lejano, Dios era sordo y mudo, era un Dios distante y pasivo. El cielo cerrado como una tumba, y la tierra huérfana sin profetas.
            Así pensaban muchos en tiempo de Jesús, y se sentían solos, se sentían tristes. ¿Quién denunciará los atropellos inicuos, quién removerá los poderes desalmados, quién despertará las conciencias dormidas, si faltan profetas? ¿Quién anunciará el consuelo, quién nos hablará al corazón, quién nos renovará el ánimo, quién nos devolverá la alegría, quién traerá la buena noticia de Dios a nuestra pobre tierra, si no hay profetas?
            Pero apareció un profeta. Y fue en el desierto donde apareció. No en Roma ni en Jerusalén, sino en el desierto. No en los palacios del Imperio ni en los patios del templo, sino en el silencio y la soledad del desierto. Se llamaba Juan y le apodaron el Bautista. Había muchos hombres famosos, había reyes y príncipes, a cuál más poderosos y a cuál más serviles. Había muchos sacerdotes y sumos sacerdotes, a cuál más solemnes y a cuál más sombríos. Al inicio del capítulo 3, justo antes de presentarnos a Juan, el evangelio de Lucas menciona siete nombres famosos de la época en Palestina: Tiberio y Poncio Pilato, Herodes, Felipe y Lisanio, Anás y Caifás. Siete nombres, pero ninguno profeta. Siete nombres famosos y vacíos. ¿Dónde está el profeta?
            El profeta está en el desierto. En la intemperie, en los márgenes, a las afueras del poder y de las instituciones. El mensaje de Dios le quema las entrañas y los labios, y no callará. La palabra del profeta llegará hasta los rincones ocultos del palacio, hasta el sancta sanctorum del templo, para quien quiera escucharlo. Dirá: "Viene Dios. No, Dios no tiene de dónde ni a dónde venir: Dios está con nosotros, está en nosotros, está en el corazón de todos los seres. Abrid los ojos y mirad. Es el ser misterioso de todo cuanto es, es la energía amorosa de todo lo que se mueve. ¿No lo veis? Pero ¿cómo veréis a Dios en todas las cosas, si no miráis todo con piedad? ¿Cómo podrá Dios hacerse manifiesto si no tenéis piedad del Dios que mora en el corazón de todos los seres? ¿Cómo vendrá el bálsamo de Dios a todas las heridas, si habéis entregado vuestras manos a la codicia y al poder? Preparad un camino para Dios: abajad las alturas orgullosas, elevad toda tierra hundidas, para que se revele en nosotros el Dios que eternamente habita en nosotros. Abrid los caminos, para que Dios nos abra".
            Amigas, amigos: ¿dónde están hoy los profetas? También hoy existen, si queremos escucharlos. Dios no ha estado jamás lejos, jamás ha sido mudo. Dios es la entraña de todos los seres, la entraña íntima y suplicante de todos los seres; Dios es fuego y agua y unción en la entraña de todos los seres. Es adviento de renovación universal. Es mensaje bueno en la voz de todos los profetas, sean conocidos o desconocidos, clamen o susurren.
            ¿Dónde están los profetas? Están en todas partes, como el viento en el desierto. En el desierto no existen límites trazados, en el desierto no existen fronteras entre las religiones, en el desierto no se pueden poner puertas al viento. Hay profetas en todas partes, pero casi siempre están lejos de palacios y de templos. Están el desierto, como Juan el Bautista. Muchos están en la cárcel, como pronto lo estará Juan el Bautista. O son herejes y serán excomulgados, al igual que Jesús fue excomulgado por hereje. Para ser profeta, no importa que uno sea creyente o no lo sea: lo que cuenta es que uno tenga compasión en el corazón y luz en los ojos. Y yo no sabría decir dónde abundan más los profetas: si entre los que dicen creer en Dios o entre quienes se dicen ateos. Pues el Espíritu renovador y consolador de Dios no conoce fronteras.
            También hoy nos llega sonoro y nítido el clamor de los profetas, en cuanto abrimos los oídos o entramos en Internet o leemos el periódico. Basta mirar y escuchar atentos. Es profeta Amnistía Internacional en sus múltiples causas, y cuando reclama de nosotros aunque sólo sea nuestra firma en favor de un preso político o en favor del agua para los palestinos, como en estos días. Son profetas los que, en esta nuestra Europa tan temerosa, reivindican el derecho a construir minaretes musulmanes. Son profetas los que han levantado su voz para que la voz de la Madre Tierra herida sea escuchada por los dirigentes de los Estados reunidos en Copenhague. Es profetisa Aminatu Haidar que como todos los profetas se juega la vida, y algún día la festejarán muchos que hoy estarían dispuestos a venderla por razones de Estado. Son profetas las innumerables cristianas y cristianos empeñados en que tantas estructuras eclesiales tan obsoletas, tan impermeables, se dejen orear, se dejen empapar de humanidad y de evangelio. Fueron profetas los militantes pioneros de los derechos humanos que casi siempre perdieron y casi siempre -¡qué triste resulta decirlo!- fueron condenados por la iglesia institucional de turno. Hoy los celebramos con pesar y gratitud, y hemos de preguntarnos: ¿no estaremos hoy condenando a muchos profetas que otros alguna vez celebrarán con pesar y gratitud?
            Amiga, amigo: sé profeta también tú, a tu manera, como puedas, donde estés. Entra en una página web y estampa tu firma humilde y a la vez poderosa, une tu débil voz a la voz irreductible de los profetas. Sé profeta, y no importa que clames o que apenas susurrres. Soñemos y anunciemos, tratemos de construir una nueva sociedad, una nueva economía, una nueva religión. Como un día soñó el profeta Baruc, soñemos y anunciemos y construyamos la nueva Jerusalén, la ciudad de Dios y de todas las criaturas. Y le pondremos nombres nuevos, como lo hizo el viejo profeta Baruc: Jerushalom -"Casa de paz"- o Jerusedek -"Casa de justicia"-. Jerusalem, Jerushalom, Jerusedek: "Casa de paz", "Casa de justicia", "Paz en la justicia", "Dicha en la piedad".
Amiga, amigo: en tu desierto, sé profeta también tú. ¡Y sea contigo Aquel que es Paz en la justicia y Dicha en la piedad!

José Arregi

Para orar
DANOS TU PAZ
“Danos, Señor, aquella Paz extraña
que brota en plena lucha
como una flor de fuego;
que rompe en plena noche
como un canto escondido;
que llega en plena muerte
como el beso esperado.
Danos la Paz de los que andan siempre,
desnudos de ventajas,
vestidos por el viento de una esperanza núbil.
Aquella Paz del pobre
que ya ha vencido el miedo.
Aquella Paz del libre
que se aferra a la vida.
La Paz que se comparte
en igualdad fraterna
como el agua y la Hostia”.
(Pedro Casaldáliga)


martes, 8 de diciembre de 2009

COMPETENCIA NAVIDEÑA


Dolores Aleixandre
Competencia es una palabra de moda y el último grito en el lenguaje educativo. La definen como: “la capacidad de responder a demandas complejas” y la traigo a colación porque cada vez me convenzo más de que nos lo jugamos todo en la “competencia básica” de irnos pareciendo algo a ese Dios de quien, si algo sabemos, es de su poderosa corriente de aproximación y cercanía. Esa que nos alcanza en Jesús y nos hace felicitarnos en Navidad porque Él nos contacta y nos roza, conecta con nosotros, se nos pega, se inscribe en nuestro censo como uno de tantos, se apellida “Hijo del hombre” en su DNI, se mezcla con nuestros sudores, olores y lágrimas, con nuestra saliva, barro, sangre y sueños.
Se presentó en sociedad expuesto e indefenso sobre un pesebre, sin protección de tapias, alambradas o alarmas, y por eso pudieron acercársele aquellos pastores que apestaban a cabra y a humo sin que se lo impidieran carteles como los que hoy los detendrían: “Propiedad privada”,” Recinto sagrado”, “Prohibido el paso”, “Perro peligroso”, “Avisamos grúa”.
Ser cristiano consistiría en tratar de coincidir con Dios en ese “instinto básico” de simpatía incondicional ante todo lo humano: “Ha aparecido la bondad de nuestro Dios y su filantropía… no por méritos nuestros sino por sola su misericordia.” (Ti 3,4). La filantropía evoca una predisposición “por defecto” de estar a favor de cualquier persona, más allá de sus desvaríos, aciertos, descalabros, heroísmos o mezquindades, con esa mirada de infinito respeto y reverencia que comunican por ejemplo las fotos de Sebastiao Salgado o Gervasio Sánchez .
Doy vueltas a todo esto desde una parada de autobús, y me sobresalta de pronto darme cuenta de que estoy emparedada entre dos anuncios: CK a mi derecha y D&G a mi izquierda. Al mirarlos, se me frena en seco la “simpatía incondicional” y me invaden sentimientos de extrañeza, distancia y “ajenidad”, algo que los antiguos llamaban xenosía (de xenos, extranjero). Miro a sus modelos en posturas inverosímiles, poseíd@s de su belleza, adust@s y hermétic@s, haciendo visible la infelicidad y la estupidez del mundo que representan, ése que, encerrado en su burbuja, se cree el culmen de la civilización mientras impera en él la barbarie de la indiferencia ante lo ajeno. Y me encuentro de pronto presa de la xenosía en vez de la filantropía y escapando de las noticias que me lo recuerdan: huyo para no enterarme de los sueldos de futbolistas y banqueros, de las sobornías y corrupcionosis de los políticos, de la alta cosmética, de los vampiros y los góticos, de la “Trilogía de culto”, de los avatares afectivos de la duquesa de Alba, de las pantallas de plasma, la nouvelle cuisine y la pasarela Cibeles. Y de vivir todo eso bajo las guirnaldas de las calles que alumbran a miles de ciudadanos en paro que ya no pueden pagar la factura de la luz.
Intuyo que voy por mal camino y me agarro como a un salvavidas a la escena del nacimiento, a ver si descubro el secreto de reunir lo aparentemente inconciliable: luz y noche, gloria e intemperie, ángeles y pastores, cielo y tierra, himnos y silencio, Mesías y pañales. Miro a los curritos de siempre desplazándose a merced de un gobernante (¿con túnica a medida regalada como pago de algo?), y al posadero colgando el “Completo” en su puerta, lo mismo que nosotros en nuestras fronteras. Y en medio de todo eso, el anuncio asombroso de que Dios está de nuestra parte, le caemos divinamente, está encantado ser vecino nuestro y da por supuesta nuestra capacidad de cambiar. Y pienso ahora que la verdadera “competencia navideña” es la que nos capacita para vivir a la vez la filantropía y la xenosía, el embeleso y la indignación, la canción y la crítica, el realismo y la esperanza.
Y como nos resulta tan difícil de adquirir, el Evangelio nos señala a la mujer que, en medio de la noche, daba vueltas en su corazón a lo que estaba pasando, reunía lo disperso y concertaba lo discordante (Lc 2,19).
Santa María, Experta en Competencia Navideña, ruega por nosotros.

jueves, 3 de diciembre de 2009

LAICIDAD DEL ESTADO Y SIGNOS RELIGIOSOS

Juan Antonio Estrada
La mejor sociedad no es la que se ajusta a un credo determinado, sino aquella en la que pueden convivir personas que pertenecen a diversas religiones y otras que no son creyentes. La secularización de la sociedad y la laicidad lleva a la separación del ámbito político y religioso, a la no confesionalidad del Estado y al rechazo de privilegios para una iglesia. Esta perspectiva legitima la ausencia de signos religiosos en las instituciones públicas, sobre todo estatales. Responde a las demandas laicistas, que impugnan la dimensión pública de la religión, y se satisfacen las demandas de las religiones minoritarias contra la hegemonía del catolicismo en España. Estas y otras razones avalan la legitimidad de una ley gubernamental que ponga fin a formas tradicionales del cristianismo sociológico. Si la sociedad y el Estado no son cristianos, hay que acabar con tradiciones religiosas centenarias, hoy rechazadas.

El problema, sin embargo, no se reduce a esto. Abordarlo desde la mera legitimidad e ignorar otras dimensiones implica menospreciar a la opinión pública. No todo lo  legal es moral, ni lo técnicamente factible, aconsejable. La política es el arte de lo posible y de lo prudente, sin voluntarismos simplificadores. Hay que partir de que somos ciudadanos y no súbditos. No es la sociedad la que debe someterse al Estado sino a la inversa. Si los dirigentes son los representantes del pueblo, hay que consultarlo y no prescindir de él. “Todo por el pueblo pero sin el pueblo” es la tentación de gobernantes paternalistas, que apelan a la voluntad popular en las elecciones, para luego olvidarse de ella. Ellos saben lo que conviene hacer, en lugar de dejar a la sociedad que resuelva libremente los asuntos.

El problema es si la sociedad española demanda una ley general de exclusión de los signos religiosos o si obedece a una iniciativa, con motivaciones políticas. Vivimos una sociedad fracturada, con graves problemas como el desempleo, la corrupción en los partidos y cargos políticos, el desencanto ante un poder judicial politizado, la crisis del modelo educativo y la alarma social ante la violencia de menores de edad. En este contexto, ¿tienen sentido nuevas leyes que polarizan y crispan a la sociedad? ¿Es el momento adecuado para legislaciones que aceleran un proceso que puede desarrollarse de forma espontánea y progresiva? ¿No hay que dar la primacía a la paz social en un momento social delicado? ¿No hay urgencia política por marcar signos de izquierda en la cultura, ya que ha fracasado la política económica? ¿Se puede ignorar la sensibilidad y emociones de generaciones y personas tradicionales, todavía marcadas por los ataques a la religión del pasado?

A esto se añaden otras cuestiones. El núcleo de los problemas son los acuerdos Iglesia-Estado de 1979.  ¿Tiene sentido promulgar leyes nuevas sin modificar el acuerdo marco que las limita? Si se quitan signos religiosos del ámbito público habría que eliminar los políticos en el religioso. ¿Se está seguro  de que la mayoría quiere que policía, ejercito y autoridades dejen de participar en manifestaciones religiosas y ciudadanas, como procesiones, romerías, fiestas patronales, etc? ¿Qué hacemos con celebraciones religiosas que son también tradiciones de nuestra identidad cultural, histórica y folklore? Además, ¿Qué signos se quitan y cuáles quedan ?¿Quién determina lo que es artístico, además de religioso? ¿Dejamos que decidan los políticos y que, según quién gobierne, cambie de una legislatura a otra? El catolicismo ha marcado nuestra historia, tradiciones y formas de convivencia. ¿Lo tratamos por igual que otras religiones sin arraigo en España? ¿Asumimos la demanda de laicistas que no buscan la neutralidad del Estado, sino excluir la religión del ámbito público? ¿No caemos así en una confesionalidad de signo inverso, en este caso antirreligioso? ¿Hay que escuchar a grupos religiosos que rechazan la presencia pública de la religión mayoritaria de los españoles y que en sus países no toleran nada que se aparte de su religión oficial? ¿Es aconsejable, además, regular el velo islámico por ley y entrar en una espiral de conflictos, que hasta ahora, sabiamente, se han obviado?

Son preguntas que exigen un debate social sereno, complejo, plural y abierto. La preferencia personal que tengamos no debe confundirse con lo que siente y piensa la mayoría. El proceso de secularización es gradual y responde a una transformación de la sociedad. No es el Estado ni el gobierno, el que debe tener  la iniciativa, sino la sociedad. Hay que legislar lo mínimo posible, sólo lo necesario, huir del intervencionismo en la vida ciudadana, y aplicar el principio de subsidiariedad. Hay que distinguir entre  esfera estatal y el ámbito público en que  cada institución resuelve los conflictos según tiempos, lugares, personas y circunstancias. Ante demandas concretas sobre signos religiosos, que cada caso se resuelva atendiendo a las opiniones de los implicados. Es una imprudencia política tensionar más a la sociedad con leyes posiblemente legítimas, pero que no urgen. Habría que aprender de otros países con larga tradición laica y democrática que, sin embargo, mantienen signos religiosos, aunque para muchos ciudadanos sean más parte de la tradición y de la cultura que signos de fe. ¿No hay nada que tengamos que aprender de ellos?

Juan A. Estrada
Catedrático de Filosofía. Universidad de Granada

miércoles, 2 de diciembre de 2009

¿A QUÉ ESTÁIS ESPERANDO?


Meditación de adviento sólo para Obispos
Jairo del agua, jairoagua@gmail.com
¿Qué os ha ocurrido queridos hermanos Obispos? ¿Quién os ha cerrado los ojos? ¿Cómo no oís el clamor de este Pueblo que busca guías fieles y ejemplos evangélicos?
¿Habéis olvidado vuestros días de fervor? Os imagino orando con fe reventona, con el clamor del Evangelio en las entrañas, con el amor al Pueblo de Dios apretado a la cintura hasta confundirse con vuestra propia carne.
¿Qué pasa cuando os nombran Obispos? ¿Qué cambia en vuestro interior? ¿Por qué os dejáis uncir como silentes bueyes a la uniformidad, al paso lento, al pensamiento único, a los arcaicos signos y estructuras?Eso no es unidad, hermanos míos, eso es claudicación ante la permanente llamada del Espíritu renovador. ¿No sois vosotros los adalides del Evangelio? Pues deberíais ser los primeros en reflejar el permanente dinamismo de la vida: “He venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10,10).
Sin embargo, os percibimos atrincherados e inmovilizados bajo el incienso de vuestros turiferarios. ¿Os habéis fijado -por ejemplo- en quiénes conforman vuestros Consejos? Con los laicos contáis poco, pero los que escogéis son siempre los bailadores del incensario. No toleráis los distintos, críticos, disconformes, heridos, perdidos o buscadores. Habéis borrado de vuestro particular evangelio a los “zaqueos”, “magdalenas”, “mateos”, “leprosos”, “paralíticos”, “cananeas”, “adúlteras”, “bartimeos”, “samaritanos” y demás gente sospechosa. Os encanta rodearos de doctores, escribas y fariseos. Por supuesto, la oveja perdida ya falleció de cansancio, desorientación y hambre, hace mucho tiempo.“Porque voy a poner en este país a un pastor insensato, que no se preocupará de la oveja perdida, ni buscará la que anda descarriada, ni curará a la herida, ni alimentará a las sanas; sino que comerá la carne de las más gordas y no dejará ni las pezuñas” (Zac 11,16). Podría seguir con Ezequiel 34, pero de sobra lo conocéis. La Escritura debería, al menos, cuestionaros.
Hoy sólo quiero invitaros a meditar sobre vuestros signos, vuestra apariencia, vuestra imagen ante nosotros y ante el mundo. Bajo la pesada losa de la uniformidad e inmovilismo canónicos os amancebáis con la pompa, el lujo, la púrpura, el boato y la profanidad. ¿Os sentís cómodos con vuestras coronas, cetros y tronos? Un sirviente no necesita ostentosa corona. No es propio, no es adecuado, no es digno. Su entrega, su servicio y su sudor son su auténtica diadema. Un pastor bueno escucha, conoce y camina sencillamente entre sus ovejas:“Conozco a mis ovejas y ellas me conocen” (Jn 10,14). No se ciñe picuda corona, ni se fabrica relucientes cetros, sino que apoya su cansancio en un palo, que eso es un cayado.
Si queréis ser guías, mostrad con vuestro ejemplo la luz del Evangelio. No os endioséis en tronos y sitiales que nos confunden y abochornan. No aceptéis palio, baldaquino o dosel para ensalzar vuestra dignidad, porque nada de eso necesitáis para vuestra misión. Es muy difícil percibiros como apóstoles porque no sólo habéis caído en la ambición de vuestra carrera eclesiástica: “uno a tu derecha y otro a tu izquierda” (Mt 20,21), sino que os habéis subido al mismísimo trono divino con la escusa de que sois sus representantes, sus vicarios, sus apoderados, sus mediadores, su autoridad. Vuestros signos no son los del Señor: “El más pequeño de vosotros ése es el más importante” (Lc 9,48). “Ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón” (Mt 10,10). ¿Cómo podremos reconoceros con tanto disfraz?
¡Rechazad toda apariencia de poder! ¡No os es lícito convivir con esa concubina del encumbramiento, el fasto y oropel! Vuestra legítima esposa es la Iglesia, este Pueblo fiel que os busca y os ama a pesar de todo… Buscad los signos del Señor: “Sabéis que los jefes de las naciones las tiranizan y que los grandes las oprimen con su poderío. No será así entre vosotros, sino que, si alguno de vosotros quiere ser grande, sea vuestro servidor; y el que de vosotros quiera ser el primero, que sea el servidor de todos” (Mt 20,25).
¿Cómo podéis haceros llamar Santidad o Santo Padre? ¿Por qué no os habéis conformado con el “servus servorum”? ¿No sois vosotros los especialistas en Escritura? Sus palabras son nítidas y transparentes:
- “Sólo Dios es Santo” (Mt 19,17).
- “Tú eres el único Santo” (Ap 15,4).
- “Al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo darás culto” (Mt 4,10).
- “No a nosotros, Señor, no a nosotros sino a tu nombre da la gloria” (Sal 115).
- “Pero vosotros no os dejéis llamar maestro, porque uno es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. A nadie en la tierra llaméis padre, porque uno solo es vuestro Padre, el celestial. Ni os dejéis llamar preceptores, porque uno solo es vuestro preceptor: el Mesías. El más grande de vosotros que sea vuestro servidor. Pues el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado” (Mt 23,8).
Y lo cantamos a voz en cuello: “Sólo Tú eres Santo, sólo Tú Señor, solo Tú Altísimo Jesucristo” (Gloria).
¿Cómo podéis haceros llamar “monseñor”, mi señor? Me aterra la lucidez que os ha sorbido esa aduladora vanagloria con la que vivís. “¡No os es lícito!” (Mt 14,4). Me duele hasta el hondón del alma la ceguera a la que os ha reducido. Camináis ciegos y sordos bajo vuestras ilustrísimas, excelentísimas, reverendísimas y eminentísimas contradicciones.Cuanto más os encumbráis más lejos estáis de este Pueblo y de su Dios. Habéis sido nombrados servidores para ayudar, no para vuestro propio medro y prestigio. “¿Cómo podéis creer, si sólo buscáis honores los unos de los otros, y no buscáis el honor que viene del Dios único?” (Jn 5,44).
Os vestís afeminadamente con llamativos colores, sedas, rasos, encajes y borlas. No me refiero a los ornamentos eucarísticos, que prestan un servicio cara al Pueblo, sino a los que usáis para vuestra pompa personal. Os encofráis la cabeza con arcaicos perifollos y os significáis bajo teatrales capas. Os ceñís fajines de generales y nobles, aceptáis reverencias ante vuestra pobre humanidad y no dais un paso sin vuestro maestro de ceremonias. ¿Es propia del reino de Dios tanta farándula? “Guardaos de los maestros de la ley, a los que les gusta pasearse con vestidos ostentosos, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes” (Mc 12,38).
Os colgáis preciosos pectorales, como insignias o condecoraciones, pretendiendo que signifiquen vuestro cristianismo. ¿Se os ha olvidado cómo era la Cruz del martirio del Señor? ¡Madera de la más basta! ¿Por qué no vemos sobre vuestro pecho -y no sobre hartas barrigas- una sencilla cruz de madera con la silueta del Crucificado grabada a fuego? Eso sí lo entenderíamos. ¿Es poco para vosotros? ¿Tan cogidos os tiene la pecadora ostentación? Qué buen ejemplo daríais a muchos católicos que pervierten la cruz en presuntuosa joya de lujo; a muchas religiosas que trocaron la cruz por inexpresivos colgantes; a muchos sacerdotes que, abandonando todo signo de su misión, se ocultan bajo mundanas corbatas o se aderezan con anillos y pendientes. De tal palo, tal astilla.
Vuestras manos han sido consagradas para bendecir, ayudar, perdonar y guiar. Pero vosotros las habéis paganizado con grandes anillos. ¿No os importa nada escandalizar? “Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le ataran al cuello una rueda de molino y lo tiraran al mar” (Mc 9,42). “Hacen todas sus obras para que los vean los demás. Ensanchan sus filacterias y alargan los flecos del manto” (Mt 23,5). “¡Ay de vosotros, maestros de la ley y fariseos hipócritas, que cerráis el reino de Dios a los hombres! ¡No entráis vosotros ni dejáis entrar a los que quieren!” (Mt 23,13).
Por si todo eso fuera poco habitáis en palacios, usáis blasones nobiliarios, os hacéis pintar grandes retratos para memoria de los años venideros. ¿Memoria de qué? ¿De vuestro amancebamiento con el poder, el lujo, la fama, la imagen, la ostentación y la vanidad del mundo? “Por los frutos les conoceréis” (Mt 7,16). Habéis elegido, como signos de vuestra dignidad, la exhibición de vuestra indignidad cristianaporque os habéis rodeado de signos paganos. ¿No es eso lo que se aprecia, a simple vista, sólo con observar cómo os presentáis ante la Iglesia? “Vosotros sois los que os las dais de intachables ante la gente, pero Dios os conoce por dentro, y ese encumbrarse entre los hombres le repugna a Dios” (Lc 16,15).
Me duele tener que deciros todo esto. Siento una terrible vergüenza porque un pecador no es el indicado. Pero no tengo más remedio que expulsar esta profecía que me lleva corroyendo las entrañas mucho, muchísimo tiempo… ¡Daría por vosotros la vida! Pero no puedo silenciar la contaminación mundana que os rodea. Sé que en los últimos años os habéis simplificado, pero “os falta un largo camino” (1Re 19,7). Sé que sois “creyentes”, algunos incluso “fervorosos creyentes”, pero no resultáis “creíbles” porque os falta coherencia. “Como cristiano que soy, digo la verdad, no miento. Mi conciencia, bajo la acción del Espíritu Santo, me asegura que digo la verdad. Tengo una tristeza inmensa y un profundo y continuo dolor” (Rom 9,1).
Tengo la esperanza de que, alguna vez, cuando os arrodilléis a orar ante una talla del Crucificado, os fijéis bien en el vestido que arropa su dignidad, en los rubíes que adornan sus manos, en su corona de Rey, en la magnífica sede magisterial desde la que enseña. Espero, tengo la esperanza, de que esa visión sea el comienzo de vuestra liberación.
Hoy os ruego que meditéis sólo sobre vuestros signos externos, lo que se ve, lo que os desprestigia y os ata. No me siento con fuerza para hablar de vuestro autoritarismo o de vuestra afición a arrancar supuestas cizañas sin esperar a la siega, en contra del mandato evangélico: “¡No! No sea que al recoger la cizaña, arranquéis con ella el trigo” (Mt 13,29). Tampoco quiero extenderme con vuestro protagonismo, con vuestra creencia de que sois los garantes de la Iglesia, es más, de que sois “La Iglesia”. ¿Se os olvidó que quien dirige y garantiza es el Espíritu Santo? ¿Por qué no lo veis caminando entre el Pueblo?
Habéis institucionalizado vuestros escándalos, por eso no los veis. Todo lo justificáis bajo un burdo disfraz: la sacralización. Esa capacidad que os arrogáis para convertir en sagrado lo profano o inmoral. Habéis llegado a sacralizar y santificar el oro, la plata, las joyas, las piedras preciosas, el arte profano, es decir, la riqueza mundana. Convertís el oro en “oro del templo” y todos justificados. Habéis promocionado su uso, acumulación y exhibición como signos de religiosidad. Coronáis y enjoyáis imágenes, construís riquísimas custodias, coleccionáis valiosos cálices, copas, relicarios, etc. ¿De verdad creéis que el Señor se encuentra cómodo entre tanta brillante riqueza?
Decís: “para el culto a Dios lo mejor, lo más valioso”. ¿De verdad pensáis que lo más valioso es la riqueza material? ¿Qué haremos entonces los que, como vuestros predecesores Pedro y Juan, “no tenemos oro ni plata”(He 3,6)?
Habéis sustituido los “novillos cebados” por lujos y objetos preciosos. ¿Eso le agrada al Señor? “Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable” (Cant 8,7). ¿Se os olvidó que el verdadero culto a Dios está unido a la misericordia?“Cuando lo hicisteis con alguno de éstos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). “Porque yo quiero amor, no sacrificios; conocimiento de Dios, y no holocaustos” (Os 6,6).
Incluso habéis creado museos para exhibir la historia de vuestras riquezas, algunas muy antiguas, como antigua es vuestra ceguera. El otro día me hirió de repente una visión aberrante: un famoso Nazareno con corona de espinas… ¡de oro! ¡Qué corrupción tan infame de la religión!
- “Si me ofrecéis holocaustos y ofrendas, no los aceptaré; no me digno mirar el sacrificio de vuestros novillos cebados… Quiero que el derechofluya como el agua y la justicia como torrente perenne” (Am 5,22).
- “Escuchad mi voz, y yo seré entonces vuestro Dios y vosotros seréismi pueblo; seguid cabalmente el camino que os he prescrito para vuestra felicidad” (Jr 7,22).
- “Vuestra riqueza está corrompida y vuestros vestidos están apolillados. Vuestro oro y vuestra plata están herrumbrados, y esa herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará vuestra carne como el fuego” (Sant 5,2).
Mientras tanto, muchos hermanos nuestros suplican medicinas, pan, escuelas, iglesias, catequesis, tantas y tantas cosas muchísimo más importantes que la riqueza que atesoráis en museos y sacristías. “No atesoréis en la tierra, donde la polilla y el orín corroen y donde los ladrones socaban y roban. Atesorad, más bien, en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corroen, ni los ladrones socaban ni roban” (Mt 6,19).“Anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres… después ven y sígueme” (Mt 19,21). ¿No fue eso lo que os dijo al principio, cuando os miró y llamó con tanto amor? ¡Volved al desierto “donde os hablaré al corazón, como en los días de juventud”¡ (Os 2,16).
No es que los tiempos estén en vuestra contra, ni que haya católicos lenguaraces que os abominan. Es que vosotros mismos os habéis desprestigiado, os habéis convertido en sonrojo para los de dentro y en irrisión para los de fuera. Es que vuestro escándalo clama al cielo y el Pueblo no cesa de llorar por vosotros y por vuestra amnesia: “el dios del mundo éste les ha cegado la mente y no distinguen el resplandor de la buena noticia del Mesías glorioso, imagen de Dios. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo, el Señor, ynosotros somos vuestros siervos por amor de Jesús” (2Cor 4,4).
¡Desnudaos, sumergíos en el Evangelio, volved al corazón de la Iglesia!“Procurad tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual, teniendo la naturaleza gloriosa de Dios, no consideró como codiciable tesoro el mantenerse igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y, en su condición de hombre, se humilló a sí mismohaciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil 2,5).
Empezad por los signos y atributos, no os dejéis engañar. ¡Volved, volved y caminaremos juntos hacia la evangelización de nuestra Iglesia! No cerremos los oídos a la dulce voz: “¡Levántate, amada mía, hermosa mía, ven a Mí!” (Cant 2,10). ¡Volved y podréis vivir con gozo vuestra misión de santificar, enseñar y gobernar en medio del Pueblo!
Hace poco Benedicto XVI, citando a san Juan Leonardi, dijo textualmente:“La renovación de la Iglesia debe comenzar en quien manda y extenderse al resto”. ¿A qué estáis esperando?
¡No me lo digáis! Lo sé, lo sé: “Todo tú eres pecado desde que naciste, y ¿nos enseñas a nosotros?” (Jn 9,34). ¡Tenéis razón! Por eso necesito vuestra ayuda, vuestro ejemplo, vuestro caminar delante. ¡Ayudadme, por favor, ayudadme! ¡No me dejéis cargado con mis pecados y los vuestros!


lunes, 30 de noviembre de 2009

MINARETES, CRUCIFIJOS Y LIBERTAD RELIGIOSA

Jesús Bastante


"Quedará prohibida la construcción de mezquitas con alminares. Las cuatro existentes en Suiza que los tienen, seguirán ahí. Se podrán construir nuevas mezquitas pero sin ellos, y los musulmanes podrán seguir rezando los viernes". Este es el triste compromiso adquirido ayer en elreferéndum de Suiza. Nótese que se prohibe cualquier tipo de construcción de este tipo. ¿Imaginan que se obligara a los arquitectos a no incluir torres de campanario en las iglesias? Con todo, lo más sangrante es la frase final: "Los musulmanes podrán seguir rezando los viernes". ¿Acaso podrían prohibirlo en un país democrático? Una diferencia entre esta decisión y lasentencia del Tribunal de Estrasburgo sobre el crucifijo: en ésta se habla de "laexhibición obligatoria del símbolo de una determinada confesión en instalaciones utilizadas por las autoridades públicas, y especialmente en las aulas". La exhbición obligatoria. Afortunadamente, y pese a que se empeñen los ultras de uno y otro signo (sí, también los ultralaicistas), el crucifijo en España no se encuentra en esa tesitura. La cruz es un símbolo universal: otra cosa es que algunos, en su legítimo derecho, no quieran que en las escuelas públicas se hallen este tipo de signos, siempre y cuando no sean objetos con una significación cultural, histórica o artística reconocida. En España ya contábamos con una sentencia desde mediados de los años ochenta, por lo que el fallo de Estrasbusgo no nos afecta. Lo que sí nos compete es luchar por la libertad religiosa, la de todos, en una sociedad democrática occidental. No nos vayamos a comparar con otros regímenes intolerantes. Esto es lo que debería interpelarnos a todos.



sábado, 28 de noviembre de 2009

LA PUNTA DEL ICEBERG


“A menudo os he oído hablar de aquel que ha cometido una falta como si
no fuera uno más de entre vosotros, (...) una sola hoja no amarillea si no
es con el consentimiento silencioso de todo el árbol, así el perverso no
puede causar daño sin el deseo oculto de todos vosotros”. Kalhil Gibran
(1883-1931), poeta, novelista, pintor, y filósofo, uno de los mayores
representantes del arte del mundo árabe.
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Ella tendría más de 75 años.
Ingresó en el servicio de urgencias de un gran hospital. Decenas de escaras desperdigadas por todo su cuerpo, desnutrición y mirada perdida.

Todo su cuerpo era un grito ahogado de dolor. Años de soledad, años de hambre, ya cruelmente acostumbrado. Olvidada en una habitación, su vida era dependiente de su maltratador. Hay actos psicológicos que duelen como bofetadas.

Hoy, postrada en una cama del hospital, su mano acaricia las sábanas limpias. Era sumamente complicado encontrar una vena en su esquelético brazo. Ella apenas tenía fuerzas para llorar ni para protestar. El deterioro era tan extremo que dolía sólo con mirarla.

Recibimos órdenes de sondarla. Después de introducir la sonda por la uretra y que ésta llegara hasta la vejiga de repente pude ver, entre lágrimas cómo por la sonda se deslizaban gusanos. La infección por estar larvas provenía de las profundas heridas que tenía por todo su famélico cuerpo. Es común sobre todo en pacientes que no han recibido jamás asistencia sanitaria.
A las tres horas falleció.

Esto no era más que la punta del iceberg.
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Hoy Día Internacional contra la Violencia de género hay que seguir recordando que el número de mujeres asesinadas sólo en nuestro país, a manos de su pareja o expareja, contadas desde enero 2009 hasta el momento asciende a 43. En el año 2008 llegó a alcanzar la cifra de 76.

Dicen que lo que se conoce como punta del iceberg representa sólo un 10% de los casos reales en España. No es más que la parte visible de esta lacra que es la violencia ejercida hacia la mujer. Las víctimas, las muertas.

¿Cuantos días, semanas, años habrá padecido esta mujer anciana que falleció en una sala de hospital?. Veo tan necesario un cambio educativo, desde las aulas. Un cambio social, donde toda la ciudadanía participe, sin ser cómplice con su silencio, eliminando estereotipos, roles asignados a la mujer desde tiempos pretéritos y por supuesto consolidando Leyes que hasta hace relativamente poco (desde 1989 no se contemplaba nada de violencia de género) y gestionando más recursos para las víctimas y las otras víctimas: los menores.

Quiero ser optimista, quizás algún día este horror desaparezca. Sea más visible y tanquible la parte escondida del iceberg y seamos capaces todos, mujeres y hombres de participar en el cambio de mentalidad y trabajemos juntos por la igualdad y por la lucha contra la violencia en todas sus facetas.

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Las cifras más que hablar, gritan:

Cada 18 segundos una mujer es maltratada en el mundo, según datos de Naciones Unidas. Al menos una de cada cinco es víctima de malos tratos en su propio hogar, según el estudio “Violencia contra la mujer infligida por su pareja” realizado por la Organización Mundial de la Salud en el año 2006.


Entre 300.000 y 500.000 menores combaten en conflictos armados. El 40% son chicas, que sufren además abusos sexuales.


En el mundo, 135 millones de mujeres y niñas han sido mutiladas genitalmente (extirpación parcial o total de los órganos genitales femeninos) y dos millones más se añaden a esta cifra cada año. Practicada de forma generalizada en más de 28 países africanos y en algunos de Oriente Próximo.


Una de cada cuatro europeas ha sido víctima de malos tratos y un 10% de víctimas de agresiones sexuales.


El perfil de las víctimas de violencia de género corresponde a una mujer de entre 25 y 44 años, y dentro de este tramo de edad, especialmente las de 35 a 44 años. El 81,82% de ellas tenía un trabajo no cualificado.


El 52,63% de las mujeres asesinadas en 2008 han sido españolas, y del resto (47,37%), el 52,78% procedían de países latinoamericanos; el 30,56 % de países de la Unión Europea, el 2,78% del resto de países de Europa, un 5,56% de África y un 8,83% de otra procedencia.

En el 2008, en nuestro país se produjeron 142.125 denuncias por malos tratos. La cifra supone un incremento del 12’5% respecto a 2007, y unas 400 denuncias diarias.

De las 142.125 denuncias interpuestas por las víctimas en el año 2008, 16.100, es decir el 11,33%, fueron posteriormente retiradas


viernes, 27 de noviembre de 2009

ESPAÑA LAICA

DÍAZ-SALAZAR Rafael, “España laica”, (Ciudadanía plural y convivencia nacional)

Ed. Espasa, Madrid 2008

“ La laicidad es uno de los grandes temas de debate cultural y político en Europa y en diversos países de América y Asia. Es especialmente intenso en Francia, el Reino Unido, Holanda, Polonia e Italia. El incremento de la población islámica en el continente, el nuevo rol político de las confesiones religiosas y la irrupción de movimientos de identidades diversas rompen el consenso normativo tradicional en algunos países, y en otros alteran la concepción republicana del Estado y la ciudadanía. Fuera del marco europeo, la laicidad está siendo reivindicada con fuerza en Turquía y en diversos países de América Latina, entre los que destacan México, Nicaragua, Cuba y Brasil. También es objeto de debate en Estados Unidos, Israel, India y Tailandia. En Irán y en diversos países árabes hay sectores sociales que aspiran a conquistar la laicidad.

En los últimos años la sociedad española ha experimentado tensiones sociales originadas por diversas iniciativas legislativas. La prensa internacional ha seguido con atención estos hechos. Da la impresión de que vuelven a resurgir las dos Españas enfrentadas. Por un lado, están los defensores de una España más laica y de un Estado que la haga posible. Frente a ellos se ha creado un polo social, mediático, político y eclesiástico
que reivindica la identidad tradicional española y alerta contra una nueva dictadura ideológica desde el Estado. El tema de la laicidad ha cobrado fuerza en nuestro país y es necesario abordarlo a través de una reflexión serena con el fin de convertir el problema de la España laica en una oportunidad histórica para articular la convivencia nacional de los españoles plurales y diversos.

Después de la muerte de Franco y del final de la dictadura, hemos sido capaces de crear un marco constitucional y cívico que ha hecho posible que por primera vez en la historia de nuestro país el pluralismo político pueda desarrollarse y no origine un cainismo destructor. A pesar de sus insuficiencias, 1a transición política ha creado una democracia estable en el ámbito institucional y ha logrado que se desarrolle una convivencia pacífica entre quienes tenemos distintas opciones políticas e ideológicas. Actualmente nos
encontramos ante una transición cultural generada por la acumulación de los cambios acontecidos en la sociedad española durante los últimos treinta años. Tenemos que lograr que nuestra pluralidad y diversidad moral, religiosa, sexual, lingüística, territorial e incluso étnica (inmigrantes de varios continentes) pueda articularse en un proyecto de vida en común basado en la cultura de la tolerancia activa, entendida esta como apertura a 1o diverso y como reconocimiento del valor y el límite de cada identidad.

Este libro aborda un análisis sociológico del pasado, el presente y el futuro de España desde la perspectiva de la constatación de la laicidad. Propone una alianza de las diversas culturas públicas que existen en la sociedad civil española como medio para articular un vínculo común que respete la diversidad, pero que también haga posible el desarrollo de una identidad colectiva compartida.

La obra se estructura a través de tres capítulos que tienen como trasfondo diacrónico, que marca todo mi análisis, lo que L'Ecole des Annales denomina los ciclos históricos. Tengo en cuenta un ciclo largo de algo más de cinco siglos que arranca de la constitución unitaria de España en torno a los Reyes Católicos y continúa con la persecución del cristianismo erasmista, la derrota del cristianismo emancipatorio de Las Casas, la salida de la Iglesia de los católicos liberales fundadores de la Institución Libre de Enseñanza y las tensiones entre progresistas y conservadores que atraviesan el siglo XIX y los primeros treinta años del siglo XX. Este proceso culmina en la II República y en la insurrección militar que desencadena la guerra civil. Posteriormente se desarrolla un ciclo medio de 65 años que transcurre entre el final de la guerra civil y las elecciones generales de marzo de 2004. Finalmente tengo muy en cuenta los años del gobierno de Zapatero, que todavía no podemos saber si inauguran un nuevo ciclo o se reducirán a cuatro u ocho años de acción
gubernamental sin especial trascendencia histórica. No obstante, este periodo, aunque corto en el tiempo, es muy rico analíticamente, especialmente por la reacción de la institución católica y el discurso de su jerarquía, que ha introducido cuestiones teóricas y políticas importantes y ha activado 1a explosión de problemas de fondo que atraviesan la historia de nuestro país.

El objetivo de este libro no es hacer una historia de la laicidad española. Los ciclos históricos son importantes, pero sólo me interesan como trasfondo para el análisis de las cuestiones que determinan la construcción de la laicidad en la España actual. El primer capítulo aborda el tema del laicismo en Europa. Presento sus señas de identidad, pues existe mucha contusión sobre su significado y objetivos. Realizo una
tipología de los diversos laicismos europeos y me adentro en los debates actuales sobre la denominada «nueva laicidad», con especial referencia a los desarrollados en Francia e Italia.

El análisis comparado de los laicismos europeos es imprescindible para abordar e1 laicismo en España. En el segundo capítulo estudio su génesis, el contexto sociológico en el que se desarrolla actualmente, las bases ideológicas y las demandas de las asociaciones laicistas, y los tipos de laicismo dominantes en algunos partidos políticos. También realizo un contraste entre algunas demandas de estas asociaciones y su recepción por la opinión pública, teniendo en cuenta la identidad religiosa e irreligiosa de los españoles. Para efectuar este trabajo utilizo y exploro una gran encuesta del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas).

En el tercer capítulo estudio las condiciones para la construcción de la laicidad en España, abordo el tema del modelo cultural y político que la puede hacer posible y, finalmente, desarrollo la concepción y los objetivos de una alianza de culturas públicas para la laicidad. Diversas cuestiones relacionadas con la sociología de la moral - un tema central en las obras de Weber, Durkheim, Tocqueville y Gramsci - están muy presentes en estas páginas.

Son bien conocidos por la opinión pública los acontecimientos vividos en torno a la promulgación de la Ley de matrimonios homosexuales, la Ley de educación, la Ley de reproducción asistida, la Ley de investigación biomédica, la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía, la Ley de la Memoria Histórica. Mientras grupos de la población española han acogido con gozo estas iniciativas del gobierno apoyadas por la mayoría del Parlamento, los obispos y una parte de la ciudadanía han reaccionado con rotundidad hasta el punto de
manifestarse en la calle, realizar una crítica sistemática al gobierno, permitir que la cadena de radio de propiedad episcopal se convierta en la principal fuerza mediática de oposición al ejecutivo y, sobre todo, generar un discurso que plantea cuestiones muy de fondo sobre las relaciones entre democracia, derecho, moral y religión. Del mismo modo que existe una oposición política, sindical o social a un gobierno, parece haber surgido un nuevo tipo de oposición, lo que podríamos denominar la oposición moral, formada por la Conferencia Episcopal y las bases católicas y ciudadanas que se identifican con ella. Por otro lado, el laicismo se ha organizado, se ha constituido como grupo de presión emisor de demandas para conseguir una «España más laica», y también ha generado su propio discurso sobre los temas planteados por los obispos.

El nuevo antagonismo ciudadano nos plantea la necesidad de entablar un debate público sobre un tema tan importante como es la configuración cultural, moral y religiosa de España. Esta obra pretende ser una aportación a este debate. La perspectiva desde la que está escrito el libro y mi intención como autor es muy clara: contribuir a la construcción de un modelo de laicidad basado en el reconocimiento de la diversidad y la atención a las razones de todos los sujetos públicos que intervienen en la vida española. Es muy importante que sepamos ponernos en el lugar de los otros y evitemos polarizaciones innecesarias. Es más, la laicidad la concibo como una cultura de la cooperación de sujetos e instituciones que desde su identidad y diversidad se esfuerzan en aprender unos de otros e intentan colaborar en acciones para el bien común del país.

En ocasiones es necesario reforzar las posiciones propias con el razonamiento de grandes intelectuales mundiales. En este sentido, me sitúo claramente en la línea de Habermas, pues su pensamiento inspira mi análisis. En mi libro “Democracia laica y religión pública” he abordado el debate entre este autor, Rawls y Ratzinger sobre las relaciones entre democracia, derecho, moral y religión en el mundo actual. Desgraciadamente, Habermas es un pensador más citado que conocido. Sus últimos escritos, como podremos ver en diversos capítulos, son esenciales para la construcción de la laicidad en España y deberían ser asimilados tanto por las asociaciones laicistas, como por las instituciones eclesiales. Habermas es el mejor maestro para unos y para otros: «El reconocimiento recíproco significa que los ciudadanos religiosos y laicos están dispuestos a escucharse mutuamente y a aprender unos de otros en debates públicos [...]. La polarización de las cosmovisioness en un frente religioso y otro laico, polarización que pone en peligro la cohesión de la ciudadanía, es un asunto que concierne a la teoría política [...] [Debemos] aprender a adoptar también las perspectivas de los otros» (Habermas, “Entre naturalismo y religión” , 2006, págs. 11, 14, 127).

Tenemos que plantear con serenidad y profundidad un gran debate nacional sobre el modelo de laicidad más conveniente para España. Conviene tener muy en cuenta los planteamientos sobre la «nueva laicidad» que se están desarrollando en Europa, y que expongo en el primer capítulo. En España todos debemos aprender a ser laicos, pues los terribles acontecimientos de nuestra torturada historia no nos lo han permitido.

El aprendizaje de la laicidad es una de las asignaturas pendientes en nuestra democracia. La dialéctica pasado-presente que aprendí de Gramsci está muy presente en este libro. Cuando voy al Museo del Prado siempre inicio mi visita por la contemplación del cuadro de Goya “Duelo a garrotazos”. Ahí está quintaesenciada la historia terrible de España y, por ello, esta pintura debe servirnos como estímulo para impulsar la cultura nacional del diálogo. La construcción de la España laica puede convertirse en un nuevo
duelo a garrotazos o ser el medio para el reconocimiento y el aprecio del otro diferente, cuya identidad diversa enriquece la nuestra. El aprendizaje de la cultura de la amistad cívica entre adversarios como superación de la cultura del garrotazo es un proceso complejo y difícil, pero inevitable si queremos vivir en una España más civilizada.

En este libro ofrezco un conjunto de reflexiones, propuestas y objetivos para hacer posible la alianza de culturas públicas como medio de articulación de nuestra pluralidad. Si logramos construir esta alianza, conseguiremos culminar con éxito una transición cultural histórica e instaurar, ¡por fin!, la España de la diversidad en paz, diálogo y tolerancia. La España soñada, entre otros, por Francisco Giner de los Ríos,
Joan Maragall y Antonio Machado, que todavía aguardamos.”