martes, 6 de septiembre de 2011

LA ESPERANZA

Joxe Arregi

¿Qué es para mí la esperanza y cómo trato de caminar en ella? Es la pregunta que se nos plantea a cada uno. O también, para ser sincero: cómo trato de cargar cada día con mi parte de desaliento, con mi falta de esperanza. Apunto algunas claves que considero fundamentales, a las que me siento llamado a volver cada día. He aquí unas simples pinceladas.

Convencerme cada día de que otro mundo es posible

O mantener viva la convicción de algo que es evidente. El mundo está expuesto más graves y numerosos que nunca. Pero cada vez es más claro que este mundo tiene solución, y sabemos cuál es. Lo que falta es voluntad para aplicarla. La voluntad puede ser despertada, suscitada.

Creer en Dios es creer que otro mundo es posible y querer construirlo. “Todo es posible para el que cree”. Dios es precisamente la inagotable posibilidad siempre abierta en el corazón de la realidad.

“Dejemos el pesimismo para tiempos mejores” (E. Galeano). No podemos permitirnos ser pesimistas.

Dejarme inspirar por Jesús

Jesús nos inspira lo que él respiró, esperó, practicó: la curación, la comensalía y la fraternidad.

Contando parábolas y tocando, curó a enfermos echados por los caminos. Anunció un nuevo tiempo de justicia a los campesinos hundidos en la miseria por las deudas. Proclamó la ternura de Dios a los “pecadores” despreciados por el sistema religioso.

Con su mensaje y su praxis, desautorizó radicalmente toda relación de dominio y de poder, proclamando y practicando la fraternidad universal. En su vida itinerante, y de manera insólita, se hizo acompañar lo mismo de mujeres que de varones, y reconoció a la mujer el derecho pleno a la palabra y a la autoridad en su movimiento, en ruptura con el patriarcalismo secular y milenario.

Fue alegre comensal de odiados recaudadores de impuestos y de repudiadas prostitutas. Despertó sueños de libertad en el pueblo llano. Para muchos hombres y mujeres afligidas era consuelo de Dios, aurora de un nuevo tiempo, promesa de liberación definitiva. Para otros era un hereje y un peligro, y fue condenado a muerte muy poco tiempo -entre uno y tres años- después de comenzar su itinerancia profética.

Esperar como Jesús esperó

Jesús fue un hombre de gran esperanza. Una esperanza activa. “Levantad la cabeza, se acerca vuestra liberación” (Lc 21,28).

Seguir a Jesús es reconocer que las criaturas son “promesas reales del Reino” (J. Moltmann). Seguir a Jesús es asumir con confianza paciente que la creación y la liberación no están acabadas, pero están en curso:

“Dios aún no ha concluido su obra ni nos ha acabado de crear. Por eso debemos tener tolerancia con el universo y paciencia con nosotros mismos, pues aún no se ha pronunciado la última palabra: “Y vio Dios que era bueno.” (L. Boff, Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres)

Tal es la esperanza comprometida del discípulo de Jesús. Ánimo en el presente y confianza en el futuro.

“La paz es posible. La justicia es posible. La liberación es posible. Dios ha hecho posible lo imposible y estamos invitados a aprovechar nuestras posibilidades para la vida. Participad en la renovación de la sociedad y de la naturaleza.” (J. Moltmann, Cristo para nosotros hoy)

Más allá del pesimismo y del optimismo

Esa esperanza apasionada y activa es la que Jesús compartió. ¿Fue Jesús demasiado optimista? Habría que responder con las palabras que hace unos meses pronunció Z. Bauman en San Sebastián:

“Un optimista es quien cree que este es el mejor de los mundos posibles y no se puede mejorar. Y el pesimista, el que cree que quizás el optimista tenga razón”.

Ni el optimismo ni el pesimismo transforman el mundo. ¿Entonces qué? Primero, convencerse de que “el mundo tal vez se pueda mejorar”; y segundo, seguir en el empeño a pesar del fracaso. Es lo que hizo Jesús. Es lo que le hizo feliz.

La esperanza de Jesús no fue, pues, una “mera esperanza” inoperante, sino una transformadoramente activa. Una esperanza anticipadora: Jesús anunció realizando el anuncio; esperó anticipando lo esperado.

Confiar en Dios como Jesús

La esperanza de Jesús estaba animada por una profunda confianza en Dios. “Nada es imposible para Dios” (Lc 1,37) y, por eso, “todo es posible para el que cree” (Mc 9,23): tal es la íntima convicción vital de Jesús.

Jesús esperó y proclamó, gozó y padeció, anunció y anticipó el Reino de Dios, el mundo según el sueño de Dios, o “la tierra de los justos y de los buenos” (L. Boff).

Más aún, Jesús tuvo la certeza vital profunda de que Dios ya estaba viniendo, interviniendo, reinando y liberando a través de su mensaje y de sus curaciones:

“Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia” (Mt 11,5; Lc 7,22).

El Dios que suscita y sostiene la esperanza de Jesús es un Dios con entrañas, un Dios que escucha, mira y siente el dolor de sus criaturas. No es un Dios poderoso e impasible, ni un Dios compasivo e impotente, sino un Dios cuyo poder reside en la compasión, con la debilidad que ésta conlleva.

El cristiano que mira a Jesús osa confiar en que Dios, la Ternura que consuela y reconforta, está con el que sufre, con todo el que sufre. Se atreve a confiar, como Jesús, en el Misterio divino que es el Sí, el Amén a la creación y a todas sus promesas.

Donde digo “Dios”, ponga cada uno el nombre que más le inspire. Confiar en Dios requiere revisar nuestra representación de Dios, tanto imaginaria como conceptual. El imaginario tradicional del Dios separado, el Legislador y Providente supremo, exterior al mundo, no inspira confianza, porque ya no es creíble.

Dios o el Fondo de la realidad. Dios o el Misterio que lo habita todo y en quien todo habita, “en quien vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28).

Dios que no es parte del mundo ni la totalidad del mundo, pero que tampoco es alguien ni algo exterior al mundo y separado de él.

Dios o la Gran Realidad de toda realidad, el Ser de cuanto es.

Dios o el corazón de la realidad que nos rodea, que nos constituye, que somos.

Dios el Yo del yo, el Tú del tú, el Nosotros de todo yo-tú, la Comunión de la diversidad, la Diversidad inagotable en comunión.

Dios que todo lo anima, lo sostiene, lo habita.

Practicar la bondad, como Jesús

Seguir a Jesús es creer en la bondad y practicar la bondad.

El mejor resumen histórico y la mejor fórmula cristológica acerca de Jesús lo tenemos en las palabras sumamente sencillas de Pedro en los Hechos: “pasó la vida haciendo el bien y curando a los oprimidos” (Hch 10,38).

Jesús fue bueno, creyó en la bondad, practicó la bondad con los pobres, los heridos y los condenados como pecadores.

El Evangelio de Jesús es cuestión de bondad. La religión en general es cuestión de bondad. El gran pensador y creyente que es P. Ricoeur escribía pocos años antes de su muerte:

“Lo que se llama generalmente la ‘religión’ tiene que ver con la bondad. Las tradiciones del cristianismo lo han olvidado un poco. Hay una especie de encogimiento, de encerramiento en la culpabilidad y la moral (…). Pero yo tengo la necesidad de verificar mi convicción de que, por muy radical que sea el mal, no es tan profundo como la bondad. Y si la religión, las religiones tienen un sentido, es el de liberar el fondo de bondad de los hombres, de buscar allí donde está completamente sepultado”

P. Ricoeur, “Libérer le fond de bonté “, en Actualité des religions 44 (2002)

La adhesión a Jesús es cuestión de bondad compasiva, libre y gozosa: creer en la bondad, anunciar la bondad, practicar la bondad.

Claro que practicar la bondad conlleva también practicar la rebeldía. En la buena noticia de Jesús no faltan dichos que suenan a mala noticia: “He venido a traer fuego a la tierra; y ¡cómo me gustaría que ya estuviese ardiendo!” (Lc 12,49).

Quizás nos cuesta imaginar a Jesús hablando de este modo.

Jesús era bondadoso y también apasionado. Tierno y subversivo. Poeta y profeta. Anunció una revolución, llamó a una revolución. No ciertamente echando mano de las armas, no exterminando a los romanos y a los poderosos opresores. Pero, ciertamente también, Jesús anunció una auténtica “revolución de valores” y la promovió.

El fuego de Jesús no quiere destruir y consumir a nadie, sino transformar a todos con su luz y su calor. El fuego de la buena noticia quiere alumbrar lo oscuro, curar lo enfermo.

Dios es buena noticia para todos, y nos quiere a todos como comensales en el banquete de sus bodas. Sin excluidos. Sin perdedores. Quiere que todos seamos comensales, empezando por los últimos, por los perdedores de la sociedad y de todas las religiones.

Creer que la bondad y la bienaventuranza son inseparables

El programa de Jesús son las Bienaventuranzas. No unos dogmas, no un código moral. La misericordia que hace feliz, la pobreza solidaria y liberadora, la compasión efectiva que nos hace sentirnos hijos, hermanos, felices.

Las bienaventuranzas son el núcleo del evangelio, y deberíamos hacer de ese núcleo levadura de la vida, levadura de la sociedad, levadura de la Iglesia, levadura del mundo, energía transformadora capaz de convertirlo todo en bueno y feliz.

Bueno y feliz, eso es. Es tan simple como el pan. La bondad de la felicidad y la felicidad de la bondad: ambas cosas van juntas, son imposibles de separar. ¿No es ésa la ley de la vida? ¿No es ésa la ley de Dios? ¿Qué es lo que puede hacernos felices sino la bondad? ¿Y qué es lo que puede hacerlos buenos sino la felicidad?

En vano te empeñarás en ser bueno sin ser feliz, y también en ser feliz sin ser bueno. En vano nos empeñaremos en ser buenos a fuerza de leyes morales y dogmas religiosos, e igualmente en ser felices a fuerza de tener, de saber, de poder.

El evangelio de Jesús es eso: es la bondad de la felicidad y la felicidad de la bondad. El misterio de Dios es eso: la bondad dichosa y la dicha bienhechora. Es lo más simple y lo más pleno. ¿Y qué otra cosas es sino eso la entraña de la religión y la esencia de la Iglesia? ¿De qué sirven las leyes y los dogmas y todas nuestras teologías, si no hacen buenos siendo felices y no nos hacen felices siendo buenos?

Renunciar a poseer el bien, la verdad, la esperanza

Nadie posee la verdad. Nadie posee el bien. Los mayores crímenes se han cometido en nombre de la Verdad y del Bien absolutos.

La revelación de Dios se inscribe en el registro de la historia. Y la historia pone a todo el sello de la parcialidad y de la contingencia. El respeto al destino histórico de la palabra de Dios obliga a los creyentes a asumir plenamente el deber de la búsqueda, de la confrontación, del intercambio.

El creyente no posee el saber y la llave del futuro. También para el creyente y para la Iglesia en su conjunto el futuro es impredecible. Oteamos el futuro con el recuerdo y la esperanza, pero no tenemos ante nuestros ojos la figura exacta del porvenir que hemos de construir, ni somos dueños de las llaves del futuro.

En consecuencia, “la negativa a controlar el devenir del mundo” (Ch. Duquoc) es una condición indispensable para la presencia de la Iglesia en la sociedad actual.

No se puede decir, como estamos habituados a escuchar de labios de los dos últimos papas: “No hay esperanza sin fe en Dios”, “No hay humanidad fuera del cristianismo”… Compartimos el mismo deseo, el mismo dolor, la misma ignorancia. Compartimos la compasión y el camino.

Seguir aunque fracase

Estamos seguros de que otro mundo es posible, pero no de que vayamos a conseguirlo. La inseguridad nos duele. Pero entonces podemos mirar de nuevo a Jesús, un fracasado más de la historia.

¿Fracasó Jesús? Depende de cómo se mire. Fue feliz haciendo lo que hizo. Su vida no es una vida malograda, “fracasada”. Es una vida realizada, a pesar del fracaso de sus expectativas. Lo fundamental para él no eran las expectativas, sino la vida samaritana y feliz independientemente de los logros.

Por eso le proclamaron resucitado: “Dios estaba con él incluso en el fracaso. Y si Dios estaba con él, no fracasó”. Ser cristiano consiste en creer que su fracaso, junto con el fracaso de todos los hombres y mujeres de bien, es semilla y levadura de Reino.

Ser cristiano consiste en reconocer la pascua (el paso, la presencia, la solidaridad de Dios) precisamente en el fracaso de Jesús y de todos los mártires de Dios, y seguir aplicando la lógica y la praxis compasiva de Jesús a pesar del fracaso, porque así es mejor, porque nos hace más felices, porque es la única forma de que alguna vez la tierra llegue a ser Reino de Dios, tierra sin males.

Seguir soñando el “sábado” de Dios y de todas las criaturas

Dios crea durante seis días y en el séptimo descansa. Ésta es una de las intuiciones más hondas y bellas de toda la Biblia. La creación culmina en la liturgia y el descanso sabático. La vida busca el gozo y el descanso. La vida no es para trabajar, sino para disfrutar.

“Trabajar más para ganar más” fue el lema de N. Sarkozy en las elecciones presidenciales francesas, pero este lema es un desatino inhumano. ¿De qué sirve ganar, si con ello nos obligamos a cansarnos más? ¿De qué sirve trabajar más y ganar más, si con ello dañamos nuestra vida y la vida de millones de seres humanos y de seres de la naturaleza?

La vida es para celebrar y gozar juntos, y ése es el sentido del sábado y de toda fiesta.

“Acuérdate del sábado, para consagrárselo al Señor. Trabaja seis días y haz en ellos todo lo que tengas que hacer, pero el séptimo día es de reposo consagrado al Señor tu Dios. No hagas trabajo alguno en ese día, ni tampoco tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo o tu esclava, ni tus animales, ni el extranjero que viva contigo.

Porque el Señor hizo en seis días el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, y descansó el día séptimo. Por eso el Señor bendijo el sábado y lo declaró día sagrado. Durante seis días trabajarás y harás tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor tu Dios…” (Ex 20, 8-11).

“Acuérdate del sábado”. Acuérdate de que la vida es gracia y merece ser agradecida y celebrada. Acuérdate de que tu vida no es para producir, servir, explotar, sino para saborear, compartir, saborear juntos, ser libres y hermanos.

Acuérdate del sábado para relajar tus tensiones excesivas y recuperar el bienestar de la vida. Acuérdate del sábado para que toda la naturaleza descanse también y respire, y cada ser sea él mismo. Acuérdate del sábado para que toda la creación sea templo del Espíritu y para que el Espíritu de Dios encuentre reposo en su creación.

Dios también espera el descanso, necesita respirar. Su esperanza es nuestra esperanza.

(texto de una conferencia reciente)

lunes, 5 de septiembre de 2011

¿POR QUÉ SE QUIERE TANTO AL PAPA?

José Mª Castillo

Una de las cosas que más me han impresionado, en la reciente JMJ celebrada en Madrid, ha sido lo mucho que tanta gente quiere al papa. No me refiero simplemente al entusiasmo masivo, al respeto, la admiración, al fervor de los fieles. De todo eso, por supuesto, ha habido mucho. Pero es que, además, lo que se ha palpado en las miradas y en los rostros, en los gritos y en los cantos de muchos de los asistentes ha sido algo más hondo, seguramente el sentimiento más íntimo y más profundo que un ser humano puede sentir hacia otro: el cariño, el amor sincero.

Y naturalmente me he preguntado, y me pregunto, ¿es esto el mero contagio de una especie de histeria colectiva tan característica en las concentraciones masivas de gente entusiasmada? Sin duda, algo de eso se ha producido. Pero creo que con echar mano del contagio de masas, que se puede producir en cualquier espectáculo o concentración masiva de gente, con eso nada más no explicamos lo que realmente ha ocurrido en Madrid con motivo de la venida del papa. ¿Por qué?

Porque los cientos de miles de personas, que ha concentrado el papa, no se han reunido para asistir a un espectáculo artístico, deportivo o de cualquier otro tipo que se parezca a eso. La gente que ha ido a ver al papa no ha ido a divertirse. Ha ido a oír mensajes, consignas, mandatos y prohibiciones que no siempre y en todo son precisamente agradables. El papa les ha dicho a sus oyentes, ya fueran jóvenes o mayores, clérigos o laicos, hombres o mujeres, monjas o profesores de universidad, que lo que tienen que hacer en la vida es aceptar y cumplir lo que les enseña y les manda la Iglesia. Y bien sabemos que lo que enseña la Iglesia es, a veces, difícil de entender. Y lo que manda la Iglesia no siempre es fácil de observar o de cumplirlo a rajatabla. Lo que ha dicho el papa, si se toma en serio, si se acepta de buen gusto, si se acoge con cariño y se aplaude con entusiasmo, supone un fenómeno de amor masivo y entusiasta que no resulta fácil de explicar, al menos a primera vista. A no ser que estemos hablando de un imponente espectáculo de hipocresía colectiva o de una impresionante representación teatral en la que nadie ha tomado en serio el papel que parecía estar representando.

Pero no. No se trata de nada de eso. El papa ha dicho lo que creía que tenía que decir, ¡qué duda cabe! Y el millón y medio de personas, que le han escuchado y aplaudido con asombroso entusiasmo, han hecho igualmente lo que creían que tenían que hacer. De la misma manera que, en cualquier portal de la red, como digas cualquier cosa que pueda rozar el intocable proceder del papa, ten por seguro que te llueven insultos y amenazas como no te puedes ni imaginar.

Realmente, ¿qué pasa con esto del cariño al papa? Se puede cuestionar lo que dijo Jesucristo en tal o cual pasaje de un evangelio. Te dirán que eso es asunto de teólogos o de exegetas. Pero como te atrevas a cuestionar lo que el papa ha dicho en un discurso cualquiera, prepárate para lo que se te viene encima. ¿Hasta tal extremo se han trastornado las cosas, las mentes y la misma religión?

Todo esto –dicen los entendidos– tiene una explicación tan simple como profunda al misma tiempo. El fondo del asunto está en el miedo que todos le tenemos a la libertad. Sí, es así, por más sorprendente que pueda parecer. No nos cansamos de repetir que queremos ser libres, cuando en realidad lo que más tememos es ser libres de verdad. Como es bien sabido, la genialidad de F. Dostoyevsky lo supo formular en su famoso discurso del “Gran Inquisidor”, en “Los Hermanos Karamazov”: “no hay ni ha habido jamás nada más intolerable para el hombre y la sociedad que ser libres”. Por eso la gente ama apasionadamente a quien les quita de encima el peso insoportable de tener que enfrentarse cada día y en cada situación al sobrecogedor problema de pensar por sí mismos, decidir desde ellos mismos, asumir ante cada ser humano la propia responsabilidad. Mucho se ha dicho sobre el “miedo a la libertad”. Pero nunca llegaremos a tocar el fondo del problema. Porque, en definitiva, es el problema insondable del ser humano que sólo en el encuentro con su propia humanidad es donde puede encontrar la trascendencia que todos (quizá sin saberlo) tanto anhelamos. Benedicto XVI ha censurado a los que quieren “ser como dioses” decidiendo ellos lo que está bien y lo que está mal. Según el mito bíblico del Paraíso, esa aspiración a “ser como Dios en el conocimiento del bien y del mal” (Gen 3, 5) es la tentación básica de todo ser humano. La tentación que se vence, no aspirando a una presunta “divinidad”, sino encontrando nuestra propia “humanidad”. Lo que conlleva, como es lógico, nuestra propia libertad. El catolicismo es la religión que ha cargado sobre los hombros de un solo hombre, el papa, la asombrosa responsabilidad de ir por el mundo liberando a la gente del peso insoportable de la libertad de pensar, de decidir y de actuar. Por eso hay tanta gente que cuando ve a ese hombre lo quiere apasionadamente con un amor sin fin.



sábado, 3 de septiembre de 2011

PARADOJAS CATÓLICAS

Antonio Muñoz Molina

Mi madre es una mujer católica de 81 años que cada noche, antes de dormir, le reza a Dios por cada uno de los miembros de su familia, los vivos y los muertos, procurando no olvidarse de ninguno. Mi madre, que nació en una familia campesina y tenía seis años cuando empezó la guerra civil, fue muy poco tiempo a la escuela y pasó su juventud bajo la hegemonía indisputada de la propaganda franquista y el integrismo católico.

Pero, como muchas personas de su generación, sobre todo mujeres, con la llegada de la democracia asistió a la escuela nocturna y se fue haciendo una mentalidad muy abierta. Ahora lee mucho, sobre todo novelas –entre ellas, las que escriben su hijo y su nuera- y aunque conserva intacta su fe siente un rechazo instintivo hacia el Papa y no se ha molestado en conectar la televisión para ver alguno de los programas larguísimos que se han dedicado a su visita.

Mi madre, tan católica, asistió hace años con plena emoción a la boda civil de su hijo recién divorciado, y ahora recibe con naturalidad en su casa al compañero de su nieto gay, y cuando sabe que van a venir a verla les prepara uno de los dormitorios con cama grande. Y estoy seguro de que si ese nieto decide casarse, mi madre asistirá a su boda con algo de descocierto íntimo, pero también con perfecta desenvoltura, con esa nueva mundanidad que es uno de los síntomas del cambio formidable que ha vivido España desde los años setenta.

Cuando se quieren calibrar cambios se piensa en los jóvenes. Pero en España quienes más y mejor cambiaron en el tránsito de la dictadura a la democracia fueron muchas personas mayores, padres y abuelos, abuelas y madres, gente que sufrió el peso cruel del miedo y del adoctrinamiento durante muchos años y sin embargo, cuando llegó la hora de votar por primera vez, votó tranquilamente a la izquierda, y aceptó que sus hijos se casaran por lo civil o vivieran juntos sin casarse o se divorciaran, y mantuvo las redes de solidaridad familiar ocupándose de los nietos, dando refugio a los hijos cuando se separaban, volviendo a aceptarlos cuando perdían el trabajo.

No sé cuántos católicos se parecen a mi madre en la España de ahora, capaces de ir tranquilamente a una misa y a una boda homosexual, de rezar a Dios cada noche por los vivos y por los muertos y de votar luego a la izquierda. Lo que sí sé es que cada vez van a ser menos visibles, y que la visita del Papa de estos últimos días va a reforzar una identificación ya muy acentuada entre la iglesia católica y la derecha y la extrema derecha españolas. Ahora mismo, si se presta atención a los medios conservadores, el éxito multidinario de la llamada JMJ –Jornada Mundial de la Juventud- ha sido a la vez un desquite contra la supuesta hostilidad al catolicismo alentada por el gobierno socialista durante estos siete últimos años y un anticipo de la victoria del Partido Popular en las elecciones de noviembre. En uno de esos canales de televisión que se dedican en exclusiva a alentar el delirio ideológico, a la manera de Fox News en Estados Unidos, escuché ayer mismo a un comentarista decir que en estos últimos años “se puede hablar de una persecución de la Iglesia católica en España”.

De lo que se puede hablar más bien es de una triste serie de oportunidades perdidas. El gobierno de Zapatero enfureció a la Iglesia con una renovación de la ley del derecho al aborto equiparable a la de cualquier país europeo y con la legalización del matrimonio homosexual, y la derecha política se apresuró a hacer causa común con la jerarquía eclesiástica. La derecha buscaba debilitar al gobierno de cualquier manera, y en los últimos años se ha dedicado a cultivar a su clientela más extremista. En cuanto a la Iglesia, su activismo político está motivado por un intento de compensar la pérdida acelerada de su presencia social.

La inmensa mayoría de los españoles reciben el bautismo católico, por una especie de inercia cultural, pero el número de los que se declaran creyentes ha ido disminuyendo de manera regular a lo largo de los años, y la asistencia regular a la misa del domingo no supera el doce por ciento. Una paradoja de la España de ahora es que la visibilidad de los símbolos exteriores de la religión católica encubre una secularización que asombra más por la rapidez con la que ha sucedido. Mucha gente se casa por la iglesia, celebra con gran boato las comuniones de sus hijos y asiste en primavera a las procesiones de la Semana Santa. Pero esa misma gente no va nunca o casi nunca a misa y se divorcia y usa el preservativo y acude cuando le hace falta a una clínica abortista. Y la fuerza misma de la familia española actúa a favor de la tolerancia sexual.

En Nueva York tengo amigos a los que sus padres, evangélicos rigurosos, retiraron el saludo o expulsaron de casa al saber que eran homosexuales. En España a un hijo o a un nieto se le acepta incondicionalmente, sobre todo en las clases populares: por eso en la gran transformación de las costumbres españolas la audacia de la gente más joven se ha correspondido en este años con la sorprendente liberalidad de muchos viejos.

Las leyes, en España, han ido por detrás de los hábitos sociales. Pero el peso tremendo del pasado ha seguido actuando con más eficacia de lo que parece. Los comentaristas de derechas claman contra el gobierno de Zapatero como si hubiera traído la revolución social y la persecución del catolicismo, pero si algo ha caracterizado a este hombre ha sido su frivolidad y su afición a los gestos cosméticos por encima de los proyectos rigurosos.

A Rodríguez Zapatero le gustaba declarar que era “un rojo”, rescatando innecesariamente un término con resonancias sombrías de la guerra civil, pero su política fiscal de estos años no ha rozado siquiera los privilegios de los más ricos. Este gobierno supuestamente anticatólico ha continuado sosteniendo con dinero público a la Iglesia, y subvencionando al cien por cien sus centros educativos, en un país donde la escuela pública está cada vez más desasistida. Y casi cuarenta años después de la muerte del tirano que entraba bajo palio en las catedrales, las autoridades civiles de la democracia continúan asistiendo a los desfiles y las ceremonias de la iglesia católica, y los ministros juran sus cargos delante de un crucifijo.

En este afán por figurar en las solemnidades religiosas son idénticos los políticos de izquierda y derecha, los centralistas españoles y los independentistas catalanes o vascos: con idéntica desvergüenza cultivan un populismo que sin duda les dará algunos votos, pero que tiene un efecto corruptor sobre la conciencia de la ciudadanía al hacer borrosa la separación entre la Iglesia y el Estado, y al privilegiar a una confesión religiosa sobre todas las demás, y sobre el derecho de quienes no pertenecen a ninguna.

A quienes conocimos la obscena complicidad de la jerarquía eclesiástica con la dictadura de Franco nos da miedo, estos días, la creciente vehemencia católica de la derecha, que se ha desatado sin ningún disimulo durante la visita del Papa: la identificación agresiva de lo español con lo católico y lo vaticano, el proselitismo escandaloso de medios informativos que por ser públicos deberían ser neutrales y se han convertido durante dos semanas en aparatos de propaganda sectaria. En esos medios oficiales, y en los periódicos conservadores, el millón o millón y medio de jóvenes que vitoreaban al Papa se han presentado como la antítesis luminosa de esa otra juventud reivindicativa y desaliñada que un poco antes ocupaba el centro de Madrid: los unos, alegres, saludables, rezadores; los otros sucios y promiscuos.

Esa división radical entre los unos y los otros sin duda va a acentuar en el futuro la temible dificultad española para lograr lo que ahora mismo más nos hace falta, una base de concordia que nos permita hacer frente con alguna posibilidad de éxito a la situación desastrosa en que nos encontramos. Pero llevamos tanto tiempo viviendo en el delirio –la falsa prosperidad, la burbuja de la construcción, el fracaso educativo, la obsesión por el pasado lejano- que no es probable que la marcha del Papa y la de su millón de peregrinos nos devuelvan a la realidad.

En cuanto a mi madre, sigue con sus rezos, y no olvida decirme cuando la llamo por teléfono: “Hijo mío, a mí este Papa con tanto lujo no me gusta”. Y se acuerda del poco boato con que entró Jesús en Jerusalén.

DIE ZEIT 28 Agosto 2011



viernes, 2 de septiembre de 2011

MONSEÑOR, EL CASO JESUITAS Y LA ESPERANZA

JON SOBRINO, Centro Monseñor Romero UCA, jsobrino@uca.edu.sv
SAN SALVADOR (EL SALVADOR).

ECLESALIA, 02/09/11.- El 15 de agosto Monseñor Romero hubiera cumplido 94 años, y su cumpleaños coincide con el revuelo que ha ocasionado el “caso jesuitas”. En esta Carta a las Iglesiaspublicamos el pronunciamiento dela UCA, cuya lectura se enriquece con las reflexiones del Padre Rodolfo Cardenal y Benjamín Cuéllar.

Ahora recordamos a Monseñor para ubicarnos bien en medio de este revuelo y actuar lo mejor posible. Monseñor sigue ofreciendo impulsos lúcidos y vigorosos para caminar hacia la verdad, practicar la justicia y tener esperanza. Son impulsos muy útiles para enfrentar el caso jesuitas, y sobre todo para sanar la lamentable situación en que vivimos.

1. Las heridas están abiertas, no cerradas

El asesinato de los jesuítas, Julia Elba y Celina es un símbolo de innumerables asesinatos en los años setenta y ochenta. En 1981 comenzó una guerra cruel entre dos ejércitos. Pero antes, en los setenta, tuvo lugar una represión despiadada y unilateral contra el pueblo por parte de la oligarquía, gobiernos, cuerpos de seguridad y escuadrones de la muerte -lo que no hay que olvidar. Prácticamente todo sigue sin ser juzgado. Los acuerdos de paz fueron necesarios para poner fin a la guerra, pero no hubo decisión ni tiempo para enfrentar la raíz del problema: la injusticia de siglos, estructural. La amnistía también fue necesaria para posibilitar un mínimo de convivencia, pero fue precipitada en el tiempo y sobre todo en su enfoque: no se buscaron seriamente caminos de reconciliación entre seres humanos. Tampoco facilitó una reparación eficaz para que los familiares de las víctimas, en su inmensa mayoría gente pobre, del pueblo, pudiera rehacer sus vidas. Y no hizo desaparecer, sino que reforzó la cultura de impunidad. Durante siglos los poderosos han sido prácticamente intocables. Y sigue siendo verdad.

El Nuevo Testamento dice que “la raíz de todos los males es la ambición del dinero”. Hoy, junto a esa ambición, en El Salvador hay que insistir en que “la impunidad” es raíz muy principal de la violencia, de la injusticia, de la mentira y de la corrupción. Y hay que insistir en la responsabilidad específica dela CorteSupremade Justicia. Lo hacemos desde Monseñor.

No ha habido pacificación y no hay paz. Terminó el conflicto bélico, pero no la violencia masiva. Impera el homicidio. Desde hace años se cometen de10 a 12 al día. Según noticias de prensa, en el mes de julio hubo 70 homicidios más que en julio del año pasado; en lo que va de año han sido asesinados 93 estudiantes; hace una semana se leía: “fuerte repunte de homicidios”; hoy se lee: “40 asesinados en 36 horas”. Para mayor información y análisis remitimos al artículo de Benjamín Cuellar.

Hay avances en proyectos concretos de beneficio social y hay intentos de frenar la violencia, pero es mayor la incapacidad, la incompetencia -en ocasiones la connivencia- para ponerle fin. Y en nada facilita la tarea una muy larga tradición: ninguno de los poderes públicos ha tomado en serio la violencia y la impunidad.

Además, en su conjunto, aunque con excepciones, los partidos, los medios de comunicación, la empresa privada, la banca, no se desviven -por decirlo suavemente- por erradicar la violencia y los homicidios. Y también hay que preguntarse si se desviven por erradicarla otras fuerzas sociales importantes, las universidades e incluso las iglesias que tanto han proliferado -aunque normalmente su pecado sea de omisión.

Aducir que el enjuiciamiento de los militares puede hacer peligrar el proceso de pacificación es mentira manifiesta, pues no hay tal paz. Lo que hay que practicar es la honradez con lo real. Por esa razón empezamos con esta cita de Monseñor. “Los asesinatos, las torturas donde se queda tanta gente, el machetear y tirar al mar. Esto es el imperio del infierno” (1 de julio, 1979).

La pax romana, la eirene griega, el shalom de la Biblia. Además de la denuncia de la violencia actual, hoy se necesita un mínimo de análisis de lo que se entiende por “paz”, para que la palabra no sea usada, en definitiva para no enfrentar otras realidades más primigenias: la justicia y la injusticia. Veámoslo desde la visión y convicción de Monseñor.


En navidad cantamos “paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”. El evangelista Lucas escribía en griego, y para hablar de “paz” eligió la palabra eirene, que significa ausencia de violencia y de guerra. Hoy, en sentido estricto, en El Salvador ya no hay violencia bélica, pero en absoluto existe la eirene griega. Hay homicidios a millares.

Un paso más. San Lucas usó la palabra eirene, pero al hablar de “paz” lo que tenía en mente era el shalom dela Biblia: la vida en común de los seres humanos, basada en la justicia y la verdad, en la solidaridad y la reconciliación. En ella los pobres y las víctimas llegan a tener, de verdad, carta de ciudadanía. Y en ella la paz fructifica en fraternidad y gozo. Isaías lo dijo en una fórmula densa: “la paz es fruto de la justicia”, en lo que insistió Pablo VI. Y Monseñor lo dijo en la homilía del 31 de diciembre de 1977: “una paz que se construye en la justicia, en el amor y en la bondad”. El salmo lo formula bellamente: “la paz y la justicia se besan”.

La paz shalom ciertamente no existe en el país, y sin tenerla presente y trabajar por ella sería simplismo invocar la paz como lo que hay que salvar por encima de todo, como suele ocurrir, interesadamente, en ámbitos políticos, y, a veces ingenuamente, en ámbitos eclesiásticos. No hay que caer en el absurdo del antiguo adagio “fiat iustitia et pereat mundus”, “que se haga justicia, aunque perezca el mundo” -lema de Fernando I de Ausburgo, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en el siglo XVI. Pero sin shalom no hay paz duradera ni digna de los seres humanos. Con el shalom, la justicia no hará que perezca al mundo, por el contrario, el mundo se humanizará. Sin el shalom la amnistía no produce bienes, sino que sólo encubre males. Monseñor lo vio con lucidez, aunque lo plantease no desde la perspectiva de una amnistíatras la guerra, de lo que hoy se habla, sino del díálogo para ponerle fin de lo que se hablaba en su tiempo.

“Pero ni siquiera este diálogo servirá para restablecer la paz deseada si no se da la firme voluntad de transformar las estructuras injustas de la sociedad. Sólo esa transformación será capaz de eliminar las violencias concretas, opresivas, represivas o espontáneas. De otra manera, como lo han dicho los obispos latinoamericanos, la violencia se institucionaliza y por ello sus frutos no se hacen esperar.La Iglesiacree en la paz; pero sabe muy bien que la paz no es ni la ausencia de violencia, ni se consigue con la violencia represiva. La verdadera paz sólo se logra como fruto de la justicia” (Homilía del1 de abril, 1978).

No a la pax romana, y no a la eirene griega absolutizada. Lo de Monseñor fue el shalom, a lo que apunta importantemente la “transformación de las estructuras injustas”.

De lo que sí sabemos en el país, por desgracia, es de la pax romana, el sometimiento impotente y resignado que imponía el imperio romano a pueblos enteros, y que siempre imponen los imperios, militares y económicos a lo lago de la historia. Imperó en El Salvador, por cierto hasta que los campesinos, con estudiantes, obreros, sacerdotes, tomaron conciencia y se organizaron. Bien lo entendió Monseñor Romero, y se alegró. Aun con ambigüedades, peligros y pecados, vio que mayor era su necesidad y su potencial de construir shalom. Como creyente escribió que el crecimiento de las organizaciones populares era “un signo de los tiempos”, lugar de la voluntad y de los planes de Dios.

Por todo lo dicho, los que ahora repiten “paz, paz, paz” debieran preguntarse si no recae sobre ellos en alguna forma la recriminación de Jeremías. “No se fíen de palabras engañosas diciendo ‘Templo de Jerusalén’, ‘Templo de Jerusalén’, ‘Templo de Jerusalén’… Si realmente hacen justicia, no oprimen al forastero y la viuda, y no vierten sangre inocente en este lugar, yo me quedaré con ustedes” (Jer 7, 3-7)”. De otro modo, invocar el templo -o la paz- es autoengaño.

Otras formas de violencia actual. Hambre y emigración. Desde la firma de los acuerdos de paz ha aumentado la emigración. Configura la realidad del país, la economía ciertamente. Afecta, a veces hasta disolverla o destrozarla, a la familia. Y para muchos se convierte tristemente en su única esperanza, tabla a la que agarrarse para no hundirse, sobre todo los jóvenes. El capital, inmisericorde, sigue avasallando a las mayorías, y produce pobreza, “muerte lenta” se la llamaba en tiempos de lenguaje recio. No pone fin a la desnutrición ni al hambre, y los pobres no encuentran más solución que marcharse. En sí misma la emigración está llena de crueldades.

Monseñor lo denunciaría. Y hoy denunciaría con gran fuerza y repetidamente el hambre en Somalia, a sus responsables directos y a la llamada comunidad internacional. No tiene voluntad política, es decir, no tiene voluntad humana, es decir no tiene voluntad de eliminar el hambre. Más que números y palabras producen horror las fotografías de niños desnutridos y moribundos y de sus madres desesperadas o impávidas, sin energía siquiera para la queja y la protesta. La hambruna se ha ido cobrando la vida de decenas de miles de niños, y otras decenas de miles están en inminente riesgo de muerte. Andrew Edwards, portavoz del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, prohíbe ni siquiera un optimismo moderado: “No cometamos el error de creer que lo peor ha pasado. Esta crisis continúa con desplazamientos masivos, riesgo de propagación de enfermedades, hacinamiento en los campamentos y situaciones que superan a los trabajadores humanitarios en el terreno”. A la hora de la verdad, Somalia desaparece. ¿Ha estado centralmente presente en Madrid? Hoy el Padre Ellacuría hablaría de Somalia y repetiría sus conocidas metáforas. Somalia es como un espejo invertido en el que el primer mundo se ve en su verdad. Son las heces que aparecen en el coproanálisis de ese primer mundo.

Otras heridas sin cerrar. La desidia de muchas instituciones para detener la muerte rápida de la violencia y la muerte lenta del hambre, sea cuales fueren las buenas intenciones de individuos. La ceguera ante lo evidente, promovida por los poderosos en connivencia con los medios de comunicación, con excepciones notables, a veces audaces. La tergiversación inicua de que son objeto las víctimas. En los setenta y ochenta se llamó terroristas, o cómplices de terroristas, a campesinos inocentes e indefensos de las masacres del Sumpul y del Mozote. De Monseñor se dijo que “ha vendido su alma al diablo”. Hasta obispo hubo que, ante Juan Pablo II, dijo que Monseñor -muerto él, inocente e indefensamente- había sido responsable de 70.000 muertos. En estos días del “caso jesuitas”, recordemos que en vida fueron acusados de ser responsables de terrorismo. Y a quienes según serios indicios y testimonios fueron sus victimarios, hoy se les hace pasar por víctimas.

El desprecio a los familiares de las víctimas y la burla de su dolor. Los familiares siguen exigiendo que se juzgue a los militares. Lo hacen junto a miles de nombres de víctimas en el Monumento a la Memoria histórica en el parque Cuscatlán, con la leyenda Verdad, Justicia, Reparación. También familiares de los militares acusados han protestado ante la embajada española. Sufren, y están en su derecho de protestar. Pero no sufren el desprecio que sufren los pobres.

Y la inutilidad de decir la verdad y de argumentar con ella, como lo muestran los artículos anteriores.

2. Monseñor Romero: la denuncia desde el pueblo crucificado

“Este es el pueblo crucificado”. A un pueblo así oprimido, reprimido y despreciado Monseñor Romero llamó “el divino traspasado”. E Ignacio Ellacuría, sin vacilar ni discernir, afirmó que “ese pueblo crucificado es el signo de los tiempos”. Para ambos era la presencia del siervo de Jahvé, del Hijo de Dios. Y en él irrumpe Dios. La conclusión fue “bajarlo de la cruz”, cargando nosotros con el peso de ese pueblo crucificado. Y según la locura cristiana, dejarnos cargar por él, y recibir de él salvación.

Sin caer en masoquismos, pero menos en autoengaño, Ellacuría insistió escandalosamente en que el pueblo crucificado es “siempre” el signo de los tiempos. Antes y después de los acuerdos de paz, las mayorías viven en trance de cruz. Hoy existen otros problemas en el país, y ha habido algunos avances y buenas ideas en política social. Pero es poco en comparación de lo que hemos visto. El pueblo sigue oprimido, maltratado y zaherido. Sin mirarlo cara a cara no se puede conocer la realidad de nuestro mundo ni creer en el Dios que se hace presente en él.

Las raíces de esas cruces. Monseñor denunció, pero es importante recalcar que también analizó las raíces de esas cruces Y empezó por la riqueza. “Yo denuncio, sobre todo, la absolutización de la riqueza, este es el gran mal de El Salvador: la riqueza, la propiedad privada, como un absoluto intocable”. Es raíz de muchos males: “¡Ay del que toque ese alambre de alta tensión! Se quema” (12 de agosto, 1979). Y es principio de degradación social: “el robar se va haciendo ambiente, y al que no roba se le llama tonto” (18 de marzo, 1979). Denunció la falsedad: estamos “en un mundo de mentiras”, y la degradación que produce: “nadie cree ya en nada.” (18 de marzo, 1979). Denunció el desprecio al pueblo: “se juega con los pueblos, se juega con las votaciones, se juega con la dignidad de los hombres” (11 de marzo, 1979). Visto todo en su conjunto, sentenció: “es triste la situación” (24 de junio, 1979). “Esto es el imperio de infierno”.

El pathos -pasión con lucidez y libertad- de Monseñor al analizar la realidad sigue siendo necesario. No es fácil que aparezca otro Monseñor, pero hay que llorar su pérdida y no pactar con su ausencia y no instalarse en lo política o eclesiásticamente correcto. Hay que ir a la raíz, y por eso el pathos de Monseñor fue poderoso. Denunció el ejercicio corrupto en todos los ámbitos de la sociedad, pero lo hizo siempre en el contexto fundamental, que, como cristiano, lo expresó desde Dios: ”La sangre, la muerte, tocan el corazón mismo de Dios” (16 de marzo, 1980).. Es la abominación radical.

La Corte Suprema de Justicia. Mucho de lo que hemos dicho ha vuelto a salir a luz a propósito del “caso jesuitas”. Y por la naturaleza del asunto, también el problema de la administración de justicia. En este contexto recordemos dos cosas de Monseñor.

La primera es que la administración de justicia con frecuencia no tiene nada, o poco, de imparcial, como la mujer de ojos vendados. En nuestro país -y en otros- suele tener los ojos abiertos para favorecer a ricos y poderosos. Monseñor lo dijo con una frase genial, escuchada a un campesino: “La ley es como la serpiente. Sólo pica al que está descalzo“. La ley, su administración y su funcionamiento, debido a condicionamientos materiales e históricos -no sólo a la debilidad ética, frecuente en las personas- no solo no son imparciales, sino que históricamente son parciales en favor del poderoso y en contra del pobre -en algunos lugares más y en otros menos. Y ocurre como por necesidad, pues ese tipo de parcialidad ha llegado a convertirse en una especie de segunda naturaleza, un existencial histórico que configura la administración de justicia.

Monseñor condenó esa parcialidad en favor del poderoso, pero no exigió sólo imparcialidad, sino otra parcialidad más abarcadora y más divina. “Dios está en directo en favor del pobre”. Esta parcialidad transcendente debe configurar todo lo histórico de los humanos, el saber, el esperar, el hacer y el celebrar. Por difícil que parezca -incluso absurdo- el “espíritu” de esa parcialidad debe impregnar la “letra” de la ley y su administración. Así, pienso yo, veía Monseñor la administración de justicia, tal como surgió en el antiguo Israel. “El rey justo esperado es el que hará justicia al pobre. Sin ese rey parcial los pobres serán más fácilmente víctimas de los poderosos”.

La segunda es sobre la corte suprema de justicia. En los últimos mesesla Salade lo Constitucional generó esperanzas de una actuación autónoma y justa, al declarar anticonstitucionales diversas actuaciones de particulares, de la asamblea y del ejecutivo. Pero las esperanzas se esfumaron con el decreto 743, aprobado porla Asambleay sancionado por el presidente del ejecutivo.

Aunque la situación no es la misma, mucho podemos aprender hoy de Monseñor Romero. El 30 de abril de 1978 habló clara y duramente contra la corte suprema de justicia. Domingos antes había denunciado en la homilía que hay “jueces que se venden” -de hecho abundaban.La Cortesuprema, hipócritamente, le pidió que le proporcionase los nombres de dichos “jueces venales”. En la homilía Monseñor respondió con una precisión legal: él no había hablado de “jueces venales”, sino de “jueces que se venden”, y añadió que no era responsabilidad suya, sino dela Corte, averiguar quiénes eran dichos jueces. Pero se concentró en lo fundamental, lo que en buena medida es válido hasta el día de hoy.

“¿Qué hace la Corte Supremade Justicia? ¿Dónde está el papel trascendental en una democracia de este poder que debía estar por encima de todos los poderes y reclamar justicia a todo aquel que la atropella? Yo creo que gran parte del malestar de nuestra patria tiene allí su clave principal, en el presidente y en todos los colaboradores de la Corte Supremade Justicia, que con más entereza deberían exigir a las cámaras, a los juzgados, a los jueces, a todos los administradores de esta palabra sacrosanta, la justicia, que de verdad sean agentes de justicia”.

Conla Constituciónen la mano, enumeró los derechos conculcados. Y concluyó:

“Esa Honorable Corte no ha remediado estas situaciones, tan contrarias a las libertades públicas y a los derechos humanos, cuya defensa constituye su más alta misión. Tenemos, pues, que los derechos fundamentales del hombre salvadoreño son pisoteados día a día, sin que ninguna institución denuncie los atropellos y proceda sincera y efectivamente a un saneamiento”.

Hoy denunciaría homicidios, desnutrición, hambre. Y recriminaría a la corte suprema de justicia que muchas víctimas y sus familiares tienen que tragar su dolor sin ser siquiera oídos. Estos días muchos han tenido la total convicción de que no habrá extradición de los militares acusados en el caso jesuitas. Y esa convicción no ha estado basada en argumentos, sino en un a priori: tienen mucho poder. Y así ha ocurrido. Y pensamos que la jerarquía no debiera adherirse precipitadamente a los dictados dela Corte, tantas veces turbios. Y cuesta creer que el obispo castrense haya celebrado en la escuela militar una misa en acción de gracias porque los militares no han sido extraditados.

3. El Monseñor creyente: Dios y esperanza

No se puede ir al fondo de Monseñor sin tener presente a su Dios y cómo su misterio nos humaniza. Baste citar estas palabras que pronunció en medio, seis semanas antes de ser asesinado, en medio de la tragedia del país:

“Ningún hombre se conoce mientras no se haya encontrado con Dios… ¡Quien me diera queridos hermanos, que el fruto de esta predicación fuese que cada uno de nosotros fuéramos a encontrarnos con Dios y que viviéramos la alegría de su majestad y de nuestra pequeñez” (10 de febrero de 1980).

Desde esa experiencia de Dios Monseñor pudo hablar con absoluta convicción de cosas de las que no se suele hablar mucho y que, sin embargo, son centrales alrededor del caso de los jesuitas: la conversión, el perdón, el dejarse perdonar, las víctimas y mártires… Y pudo hablar de esperanza , cosa que, por lo general, nadie hace hoy, ni en la sociedad ni enla Iglesia, ni en El Salvador ni en el Vaticano. Sí lo hizo Monseñor. “Regresarán los desaparecidos. La sangre derramada no será en vano”. Pensando en los sufrimientos de nuestros días, recordemos estas palabras suyas.

“Y habrá una hora en que ya no haya secuestros y habrá felicidad y podremos salir a nuestras calles y a nuestros campos sin miedo de que nos torturen y nos secuestren. ¡Vendrá ese tiempo!… Para mí, éste es el honor más grande de la misión que el Señor me ha confiado: estar manteniendo esa esperanza y esa fe en el pueblo de Dios (Homilía del2 de septiembre, 1979)

Monseñor anunció la esperanza y sus palabras sólo pueden venir de lo alto: “Sobre estas ruinas brillará la gloria del Señor“ (7 de enero, 1979). Y si alguien pregunta qué es esa gloria de. Señor, Monseñor le responde: “La gloria de Dios es la vida del pobre”. “Gloria Dei vivens pauper”

martes, 30 de agosto de 2011

LA ESPIRITUALIDAD COMO PUNTO DE PARTIDA PARA LA RECONSTRUCCIÓN DE LA TEOLOGÍA CRISTIANA


Roger Haight, SJ

Vivimos en una época y en una cultura occidental, en que la práctica de la fe cristiana está decayendo. Los sociólogos de la religión aducen una variedad de razones para explicar por qué la gente se aparta de las iglesias. Rara vez bastarán un par de razones para explicar por sí solas por qué la gente ya no participa activamente en sus parroquias y comunidades. Las personas pueden conservar su fe cristiana independientemente de la pertenencia activa a una comunidad; pero, sin el apoyo comunitario, el carácter de esta fe se debilitará indudablemente y se desviará hacia lo peculiar de cada idiosincrasia. Nadie puede predecir los resultados de tal deterioro, que afecta de diversas maneras y grados a diferentes culturas y países. Pero la orientación a que apunta esta tendencia se muestra de un modo semejante en los países desarrollados de Europa y Norteamérica. Grupos enteros de personas educadas en las sociedades urbanas por todo el mundo se ven afectadas por ímpetus culturales parecidos.
Observando esta corriente desde dentro de la fe cristiana hay que concluir que las razones de la gente para abandonar las iglesias no se hallan en el interior de la fe misma, sino en el modo de presentarla las iglesias. No entiendo los diferentes grados de rechazo de la fe cristiana como testimonio de mala fe o de malas inclinaciones por parte de tantas personas, sino como consecuencia de la manera como la fe es comunicada y explicada a quienes participan en la cultura de nuestras sociedades contemporáneas. Pero esto significa que la iglesia se halla en una encrucijada en su camino hacia delante; se puede representarse con una pregunta: ¿Debería la teología buscar un camino para comunicar con un nuevo público que vive en un entorno cultural occidental significativamente nuevo? Karl Rahner lo sugería hace ya décadas, cuando describía a la iglesia afrontando el desafío más significativo desde los días de su adaptación a las culturas griega y romana y luego al imperio romano de Constantino.[1]
El papel de la teología incluye la tarea de entender la fe en circunstancias y contextos culturales cada vez más nuevos. Los términos “secularización” y “pluralismo religioso” se refieren a dimensiones integrales de nuestra nueva situación y la representan simbólicamente. Escucharán ustedes más acerca de ambos términos a lo largo de este curso. No describiré o analizaré estos fenómenos, sino los presupondré en este debate estrictamente teológico. Me concentraré en la siguiente pregunta: ¿Hay maneras de reconstruir la la fe cristiana? Uso el término “construir” en el sentido de “comprender”. Reconstrucción significa en este caso interpetar lo mismo de otro modo nuevo. La palabra “construcción” añade la noción de que ésta es una tarea humana; aunque el contenido de la teología sea revelado, recibe su forma de recursos humanos como el lenguaje, la cultura y la imaginación creadora. Como cada construcción teológica es precisamente una construcción y comprensión de la fe, no debe confundirse con la fe misma. No existe una teología revelada.
La tesis de esta ponencia se puede formular así: el declive de la fe cristiana en Occidente, frente a una nueva apreciación positiva de la secularización y el pluralismo religioso, reta a la teología cristiana para que reformule su autocomprensión. Una fórmula y estrategia para tal proyecto se dirigiría a “personas buscadoras” (“seekers”) en el nivel de espiritualidad básica, para responder a su búsqueda mediante consideraciones sugeridas por las narraciones de Jesús en los evangelios. Una espiritualidad del “seguimiento de Jesús” proporcionaría la base para reinterpretar la historia sagrada cósmica del cristianismo partiendo de la espiritualidad contenida en la historia de Jesús.
Explicaré esta propuesta en seis puntos que muestren cómo la teología puede  comenzar a reconstruir su comprensión de la fe cristiana de modo que supere la incapacidad del lenguaje cristiano tradicional para comunicarla a un número creciente de personas en Occidente. Estos seis puntos definen una manera distintiva con la que las personas puedan apropiarse su fe y una estrategia con la que la teología pueda reconstruirse a sí misma programáticamente. No es el único programa posible, sino uno que es plausible y potencialmente fructífero.

La espiritualidad como un punto de partida para reconstruir la teología cristiana.

La primera pregunta plantea si es posible hallar un punto de partida adecuado para reconstruir nuestra teología cristiana de tal modo que ésta pueda salir al encuentro de las personas en una cultura en la que la fe cristiana está en decadencia. Encuentro un punto de partida así en el fenómeno de quienes podemos llamar “personas en estado o actitud de búsqueda religiosa” (“seekers”), personas en trance de buscar de una espiritualidad  relevantemente significativa. Explicaré los dos puntos principales de esta respuesta: la idea de lo que entiendo por “personas en estado de búsqueda espiritual” y la idea de una espiritualidad en cuya búsqueda van esas personas.
Reconozco que la idea de una persona en estado de búsqueda queda más bien vaga. Lo expreso así intencionadamente. La persona en estado de búsqueda es alguien que va en busca de algo, de lo que supuestamente carece. Estas personas busacadoras no se sienten con facilidad en casa en ninguna fe religiosa establecida y no tienen un único compromiso de fe. Viven en los límites de cualquier credo y no apoyan por completo ninguna religión. No hallan un asiento firme dentro de la realidad y ciertamente no poseen ninguno de los relatos dominantes que excluyen a los demás. Pero al mismo tiempo van en busca del sentido de sus vidas y de un marco más abarcante que proporcione contexto para dicho sentido. Desean mayor coherencia en su  visión de las cosas, más orientación en sus vidas, y un sentido más abarcador. Abarcante o comprehensivo sugiere amplitud y profundidad., como un horizonte, dentro del cuál los elementos discretos puedan medirse siendo colocados dentro de una perspectiva amplia que porporcione la distancia necesaria para una evaluación comparativa.[2] Ciertamente algunas cosas deben ser más importantes que otras. La referencia para el término “personas buscadoras”, por tanto, tiene que ver con las amplias cuestiones sobre el sentido y finalidad de la existencia misma. Personas buscadoras viven en ese contexto, no están satisfechas con las respuestas a estas preguntas básicas, tal como les han sido formuladas y van en busca de símbolos que sirvan para poner más orden en sus vidas.
 La idea de una espiritualidad, tal como la uso aquí, se refiere al camino por el que personas o grupos conducen su vida ante la realidad última o trascendente, cualquiera que sea el modo como ésta se conciba. Esto se aplica tanto a individuos como a comunidades. Esta definición amplia pretende superar la frecuente separación entre espiritualidad y vida oridnaria, así como mostrar que la suma total de las acciones de la gente en su vida de cada día definen quién es cada persona y la conecta o la separa de la trascendencia. La espiritualidad tiene una estructura narrativa, está constituída por los comportamientos y prácticas de las personas y puede entenderse como la lógica o coherencia de sus vidas ante la ultimidad. Naturalmente, lo que se entiende por ultimidad debería serlo efectivamente. Pero ya no se trata de que la religión y la espiritualidad se impliquen mutuamente. Más y más personas cada vez, de hecho amplios sectores de la juventud en Estados Unidos, se describen a sí mismas como espirituales, pero no religiosas. En este caso “religioso” significa ser miembro de una religión organizada o de una comunidad de fe. Este uso del término espiritualidad se refiere a una dimensión de la vida anterior a y más básica que la pertenencia a una comunidad religiosa y es compatible con el estatuto de una persona como buscadora.
Este primer punto no significa que el punto de partida para comprender la fe cristiana esté fuera de la misma fe. Las fuentes de la fe cristiana son la Escritura, la tradición y la misma comunidad cristiana. Pero la apropiación activa del sentido de la fe cristiana requiere apelar a la experiencia. Personas buscadoras, cuya buena voluntad y apertura están implícitas en su misma búsqueda, representan las preguntas y preocupaciones de culturas secular y religiosamente plurales, con las que hay que encontrarse en la reconstrucción teológica. Personas buscadoras, por tanto, representan una dimensión de nuestras nuevas culturas secular y religiosamente pluralísticas, que está abierta a la realidad trascendente.

La experiencia tras la idea de una realidad trascendente


La espiritualidad es un camino de vida correspondiente a un valor trascendente o a una realidad última. ¿Hay alguna experiencia que apunte a una realidad así? No una, sino muchas experiencias en la vida humana apoyan la idea de un principio trascendente del ser, a quien las personas cristianas y otras llaman Dios y otras religiones le dan otros nombres. Una encuesta entre personas cristianas, a quienes se pregunte si han tenido alguna vez experiencia de Dios en sus vidas nos ofrecería un conjunto de encuentros personales referidos a toda una serie de tipos de experiencia que abarcan desde los campos de conocimiento científico hasta los psicológicos, estéticos o filosóficos y morales. La tradición cristiana ofrece un acervo de análisis sobre cómo lo humano puede comprenderse como apertura instintiva a la trascendencia, sobre cómo la estructura misma del espíritu humano está orientada hacia el reconocimiento de alguna realidad trascendente que abarca el mundo finito que conocemos. La realidad de Dios o de cualquier otro principio trascendente  de la realidad no puede ser objeto de pruebas de su existencia, pero la gama amplia de acercamientos a ella resalta la capacidad humana para trascender como base de la búsqueda de sí mismo por el ser humano. Además, las interrogaciones de las personas buscadoras pueden indicar que ellas ya participan de lo que están buscando, aunque carezcan de medios para explicitarlo en el lenguaje.

Un lugar para encontrar cómo concebir una idea de Dios

Muchas religiones ofrecen hoy lugares donde la persona buscadora puede investigar la naturaleza de la realidad trascendente. Varias religiones, notablemente las abrahámicas, el judaísmo, cristianismo e islam, así como otras religiones teístas, aportan largas tradiciones de meditación y reflexión sobre la realidad divina. El problema confrontado a menudo por las personas buscadoras hoy yace menos en la escasez de revelación y más en las exigencias diversas y a veces conflictivas acerca del carácter del orden trascendente. En nuestra adaptación a la situación de pluralismo religioso reconocemos ahora que ya no podemos pensar en términos de una sola religión verdadera, mientras que las otras serían falsas o seriamente defectuosas. Cada vez más y más pèrsonas que reflexionan sobre su propia fe monoteísta en Dios reconocen que otras religiones contienen verdad acerca de la realidad trascendente y que pueden aprender de ellas.
Pasando ahora a hablar del cristianismo, hay que decir que Jesús de Nazaret proporciona el foco de la imaginación cristiana para hablar de Dios. La fe cristiana es fe en Dios tal como Dios se ha revelado en la enseñanza y ministerio de Jesús. Las personas cristianas, por supuesto, se relacionan con el conjunto de la Biblia en la que ambos Testamentos hablan de Dios. Pero dentro de esta colección de fuentes es Jesús de Nazaret quien está en el origen de la fe cristiana y proporciona el centro y el foco centralizador que apunta a Dios y hace a Dios presente para la imaginación cristiana.
Este punto que acabamos de precisar aquí puede verse a veces oscurecido por el peso masivo de la tradición cristiana, esa aparentemente enorme caudal de conocimiento sobre Dios que los cristianos han acumulado a lo largo de los siglos. La tradición cristiana remite a un inmenso acervo de reflexiones y conclusiones  acerca de todo cuanto existe. Sin embargo, a pesar del valor de esta tradición, la estructura íntima de la fe cristiana consiste en apoyarse en Dios tal como Jesús lo ha representado en su enseñanza y mi nisterio. Toda la sabidurái sobre Dios acumulada por los cristianos a lo largo de los años gravita en torno a este centro y llena este recipiente del encuentro de la fe cristiana con Dios tal como Dios se ha dado a conocer en Jesús de Nazaret. La tradición ha añadido, suplido e interpretado este encuentro de fe con Dios en Jesús, pero nunca lo ha suplantado..

La idea de Dios concebida por Jesús

El concepto de Dios que una persona encuentra en Jesús de Nazaret ha sido sujeto de la teología durante dos milenios. Un intento de describir la representación de Dios en Jesús para una persona buscadora de hoy se quedaría corto comparado con lo que una larga historia registra sobre la experiencia cristiana de Dios. Los autores inspirados del Nuevo Testamento, empezando por Pablo de Tarso y los evangelistas, nos han dejado relatos de Jesús y sus enseñanzas. Esta persona de Jesús forma el núcleo central del Nuevo Testamento, que siempre presupone el encuentro con Dios en Jesús, incluso cuando el tema conlleva otros aspectos como la moralidad o el orden en las comunidades. Gran parte de la enseñanza de Jesús, por no decir toda, acerca de Dios viene de la Biblia judía, porque Jesús fue un judío profeta, maestro y sanador.
Jesús presentó a Dios como realidad trascendente, creador y señor del universo. El Dios de Jesús es un Dios de poder y potestad que creó cuanto existe y se preocupa y cuida de todo ello, porque es fruto de su creación amorosa. Como creador, la palabra de Dios era autorrealizadora, es decir, su palabra crea lo que dice. Jesús habló de la previsión y cuidado que Dios tiene del mundo en términos providenciales que descendían a detalles individuales: “hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados” (Mt 10, 30). Dios cuida de cada persona, incluso como el Dios que viste con esplendor a los lirios del campo.
Como en la Biblia hebrea, Jesús imaginó a Dios como soberano del universo: Dios gobierna como rey, como un rey que cuida de su pueblo. El señorío y dominio de Dios constituyó la metáfora radical para la concepción operativa que Jesús tenía de Dios. Toda su enseñanza giró en torno a que se cumpliera la voluntad de Dios y que se realizara el reinado de Dios de un modo reformadoramente nuevo. La enseñanza de Jesús sobre el reinado de Dios se aplicaba a toda clase de situaciones y solía irrumpir en las cosas, porque el estilo de Dios no era el de los humanos. El reinado de Dios estaba llamado a poner del revés muchos valores egoistas insertos en el sistema social. El reinado de Dios exige justicia social.
Jesús también acentuó la personalidad de Dios. Que Dios sea personal era algo dado por supuesto en la tradición judía. También cristianos y musulmanes piensan a Dios como personal. Pero lo que conocemos del universo hoy, su tamaño y edad extraños, reta profundamente la idea de que Dios sea una persona individual. La magnitud del universo, que la ciencia representa con números y fórmulas, confunde nuestra imaginación: su tamaño, complejidad, edad, y la mezcla de ley impersonal y extrañas coincidencias azarosas, impide imaginar en su fondo una realidad personal individual por muy grande que sea. Sin embargo, la enseñanza de Jesús desafía a nuestra imaginación para reconocer que el poder que envuelve y sostiene desde dentro este universo en su existencia no puede ser menos que el mismo producto del proceso evolutivo, es decir, un ser personal. Jesús llamó a este poder Padre y describió a Dios de un modo que tienen muchas cualidades femeninas, como la ternura y el cuidado de quienes lo necesitan. Pero la infinita magnitud de Dios hace estallar toda característica espacio-temporal como el género.
Otra característica del Dios que Jesús propone al mundo es el amor: Dios ama lo que crea. El amor de Dios aparece a lo largo de toda la enseñanza de Jesús, incluso cuando Jesús rechaza la injusticia y la mala práctica en nombre del reinado de Dios.Esta palabra profética casi siempre pretende impedir el daño infligido a las personas por las acciones injustas o desmontar alguna forma de idolatría que suplanta el puesto de Dios. La espiritualidad de Jesús orientada a un Dios de amor se hace socialmente actual en respuestas humanas de compasión hacia todas las personas que sufren, incluso enemigas, como muestra la parábola del samaritano. Así, el amor que Jesús predica de Dios empapa la acción creadora como motivación interna de su poder y potestad. La lógica interna de la realidad misma descansa en el seno de un amor personal que se autocomunica y lo abraza todo. Y esto se desborda sobre el mundo a través de la intencionalidad personal y las acciones sociales de amor mutuo emtre las personas.
Parece ridículo resumir la representación del Dios de Jesús con estas cuatro cualidades: la trascendencia de Dios, su gobierno soberano, la personalidad y el amor. La descripción de las experiencias humanas de trascendencia seguiría indefinidamente. No imaginemos esto como una síntesis reduccionista, como si el objeto de la fe cristiana pudiese ser objeto de tal reducción. Pero si una persona interioriza profundamente estas enseñanzas de Jesús no le faltará mucho de la perspectiva cristiana.

Cómo Jesús engendra una espiritualidad

Paso ahora a la cuestión de cómo Jesús de Nazaret estimula en otras personas una espiritualidad. El modelo para comprender cómo ocurre esto lo obtenemos a partir del modo cómo Jesús engendró una espiritualidad en su primeros seguidores. Sus vidas se vieron comprometidas con él. Caminaron con él y siguieron su modelo de vida. Escucharon sus enseñanzas e interiorizaron sus valores. Esta misma interacción de asociación y apropiación prosigue hoy. La siguiente descripción de este proceso encuentra su inspiración en Ignacio de Loyola, que lo aprendió no lejos de aquí hace cerca de quinientos años. Lo podemos resumir en estos dos pasos: asociación y apropiación.
El primer paso es asociación, en compañía de Jesús. Jesús era un ser humano. Más que un ser humano, pero un ser humano al fin y al cabo. Como ser humano su historia es accesible a todo el mundo. La humanidad de Jesús significa que todas las personas buscadoras (“seekers”), cualquiera que sea su cultura y ámbito social, pueden adentrarse en las narraciones sobre Jesús contadas simplemente en los evangelios y que constituyen en su conjunto el relato de Jesús. A un nivel inicial,uno podría acercarse a Jesús como a cualquier otro maestro de la vida espiritual. Sin embargo, si uno quiere encontrar a Jesús más profundamente, merece la pena detenerse en los relatos sobre Jesús y adentrarse en ellos imaginativamente. Uno puede incorporarse a sí mismo en una determinada escena asociándose con uno de los personajes o poniéndose en su lugar para convertirse en un observador participante. De este modo una persona podría ser capaz imaginativamente de recibir el mensaje y el impacto del relato desde dentro. Por supuesto, la lectura de de un comentario exegético puede ayudar en este proceso; pero, en el primer nivel de un contacto interpersonal, sustitutivo y literario, uno puede aprender por qué apuesta Jesús, quién es él, qué clase de vida propone ante Dios y ante el reinado de Dios.
El segundo paso es la apropiación del relato de Jesús. Los filósofos que han analizado la lógica de la interpretación hablan de una fusión de horizontes. La idea de un horizonte sugiere metafóricamente el espacio abierto ante nuestra vista, en el que colocamos  las cosas y las situamos refiriendo unas a otras. Todos tenemos horizontes interiores de comprensión creados por nuestro lenguaje y cultura. La fusión de horizontes describe cómo comoprender la visión de algo de otra cultura requiere entrar en su significado precisamente como colocado claramente en su propio horizonte. Las personas en la actualidad se apropian esa visión introduciéndola o, por así decir, fundiéndola con su propio horizonte presente. La fusión debería desafiar a las personas por la diferencia y la alteridad extraña de lo que se apropian y, a la vez, apropiárselo en el sentido de ajustarse al contexto de lo que la gente sabe en su tiempo que es verdad y que repercute en sus vidas.[3]
Lo que los filósofos llaman una fusión de horizontes, para mostrar cómo los conceptos de una cultura pueden ser relevantes en otra, puede llamarse una fusión de relatos en la apropiación de Jesús en el interior de una espiritualidad para el mundo de hoy. Las personas se adentran en el interior de los relatos sobre Jesús y con su mejor habilidad los aprecian desde dentro como acontecimientos pasados. Permiten que los relatos y el conjunto de la hsitoria a que dan lugar las diversas escenas converjan con sus propias vidas, para descubrir las posibilidades que se desencadenan para el presente y para el futuro.[4] Jesús es imitable, porque era un ser humano. Las personas pueden imaginativamente, ensayar a probarse sus enseñanzas y valores, medir su potencial con los parámetros de las posibilidades personales, sociales y culturales de sus propias vidas, y probarlos o probárselos (“try them out”), tratar de ponerlos en práctica. Por ejemplo, hoy el amor del samaritano por la víctima en el camino de Jericó puede mostrarse mejor haciendo que el camino sea seguro y estableciendo una justicia social que elimine el pillaje.
Para apreciar mejor lo que está aquí en juego, podría ayudar distinguir tres clases de relatos. Un relato corriente describe acontecimientos de la vida diaria y cómo se desarrolla nuestra vida cotidiana. Un relato más profundo, como las parábolas que Jesús contó o las narraciones sobre el mismo Jesús, plantean ideas y valores en acción que repercuten en el modo de conducir su vida una persona. Un relato sagrado, un metarrelato organiza el mundo de manera que uno no lo controla por completo, ya que establece el sentido y destino de la vida misma.[5] La historia de Jesús, hecha de narraciones evangélicas sobre él,  se solapa entre la segunda y la tercera clase de relatos. Por esta razón, cuando nos adentramos en ella y mediante una fusuión de horizontes dejamos que comunique dirección a nuestra vida, empezamos a interiorizar la espiritualidad.

Cómo la espiritualidad de Jesús proporciona los cimientos para una nueva teología.

 ¿Cómo repercute en la teología una espiritualidad de Jesús? Una respuesta directa a esta pregunta a bocajarro afirmaría que ocurre del mismo modo que ocurrió la primera vez y ha seguido ocurriendo desde entonces. La espiritualidasd proporciona el criterio y la base para una teología eficaz.
Esta respuesta asume una perspectiva evolutiva de desarrollo histórico acerca de lo que ocurrió con los discípulos de Jesús tras su muerte y resurrección. Ellos desarrollaron una espiritualidad  del “camino” enseñado por Jesús mediante su asociación con él y su apropiación. (Act 9, 2). Pero ellos tenían un gran problema: cómo explicar para sí mismos y para el público lo que ocurrió en la muerte de Jesús, porque no correspondía con lo previsto en los escritos mesiánicos.¿Quién era exactamente Jesús y cómo encajaba todo esto? Descifrarlo llevó tiempo y esfuerzo, un esfuerzo propiamente teológico para entender cómo Dios actuaba en esos acontecimientos. La teología del Nuevo Testamento se generó así literalmente a partir de la espiritualidad de los discípulos, confiriendo con la tradición de la Biblia hebrea, especialmente Isaías, y con la energía inspiradora de Dios como Espíritu. La espiritualidad proporcionó la matriz para la teología. El término “espiritualidad”, más plenamente que el término “experiencia”, apunta allí donde la convicción existencial humana se convierte en la clase de certeza que engendra tomas de decisión y comunicación pública por escrito. El lenguaje religioso primario, el que articula la experiencia religiosa en términos relativamente espontáneos, expresa a menudo la espiritualidad de forma narrativa reflejando la vida del movimiento espiritual. Un lenguaje reflexivo de segundo orden, el lenguaje de la teología, vuelve precisamente sobre el lenguaje de la espiritualidad de un modo analítico, reflexivo y crítico. Esto describe no solamente la génesis del Nuevo Testamento, sino la historia continua de la teología.
Si la espiritualidad en acción porporciona la fuente experiencial de la teología, entonces también aporta el criterio para justipreciar su grado de adecuación. Si una determinada fórmula teológica o propuesta de comprensión de la fe cristiana no encaja con la vida básicas de fe, no puede sostenerse. No me estoy refiriendo a cualquier práctica espiritual, porque hay otros criterios también que pueden criticar prácticas espirituales particulares. Me estoy refiriendo al la base misma de la espiritualidad, es decir, al compromiso con Dios como revelado en Jesús. Esto es algo que puede permanercer idéntido, aun cuando suscite diferentes formas históricas en las correspondientes culturas y contextos. Una teología inconsistente con la lógica fundamental de la vida de fe y la espiritualidad no se sostiene o es irrelevante. La espiritualidad es el criterio de una teología eficaz.
En resumen, una espiritualidad centrada en Jesús de Nazaret proporciona la relación existencial con Dios que aporta el punto de partida, la fuente experiencial y el criterio para la reconstrucción de la teología que pueda responder al declive del cristianismo en Occidente. Esta fórmula no pasa por alto la historia de la teología y la doctrina hasta este punto. Más bien proporciona una estrategia para reapropiársela de modo que pueda salir al encuentro de los problemas actuales.

Conclusión

Concluiré esta presentación resumiendo la lógica simple que apoya esta propuesta en tres puntos. El primero tiene que ver con el problema que confrontamos hoy. Vivimos en un mundo de intercomunicación e interdependencia. Este mundo presenta un rostro culturalmente secular, un mundo neutral compartido en el que florecen muchas religiones con la premisa de la libertad religiosa. Parte del declive del cristianismo en Occidente puede asociarse con la pérdida de una identidad exclusivista y de superioridad, que ya no puede mantenerse en nuestro mundo, ni pragmática ni teológicamente. Muchas de las doctrinas y del lenguaje basado en esas premisas necesita ser reinterpretado o reconstruído. La cuestión es cómo hacerlo.
En respuesta a este problema podemos imaginar la visión cristiana construída sobre la base de dos clases de relatos. El primer relato es la historia de Jesús: tiene cuatro versiones en las escenas recopiladas sobre el ministerio de Jesús en los cuatro evangelios. Esta es la pequeña historia de Jesús y la historia básica, el núcleo central del cristianismo. Está circundado por una gran narración, un metarrelato que interpreta la pequeña historia y la sitúa en términos cósmicos de la totalidad del ser. Este relato empieza antropomórficamente con Dios y la creación, incluye la caída y el envío de un redentor, prosigue con el relato de la iglesia hasta el fin de los tiempos. Este metarrelato se refiere a la pequeña historia de Jesús, no por necesidad lógica o deducción, sino por interpretación existencial reflexiva. La comunidad reflexionó sobre su vida espiritual intensamente durante el período de redacción del Nuevo Testamento y el siguiente. Posteriormente desarrolló a lo largo de los siglos el gran relato que abrazó y envolvió a la pequeña historia dentro de sí. El metarrelato contado en la doctrina cristiana se convirtió en la introducción al cristianismo y proporcionó las lentes con que la gente entendió a Jesús, a menudo sin acudir a los relatos sobre él. Virtualmente todos los elementos de este metarrelato han sido cuestionados: creación, caída, redención, iglesia y fin de los tiempos. Hasta la misma posibilidad de metarrelatos sigue siendo cuestionable en nuestra cultura. Tengan o no éxito estos asaltos al metarrelato cristiano, el hecho es que hay que reinterpretar la metanarración cristiana.
Según la fórmula propuesta aquí, no deberíamos acudir primero al metarrelato para interpretar a Jesús, sino volver a la historia de Jesús para reinterpretar el metarrelato sobre la base de una espiritualidad del seguimiento de Jesús que, además, se pregunta hacia dónde nos conduce en el mundo contemporáneo. Esto reproduce el proceso por el cuál se creó el metarrelato en sus orígenes. Tal propuesta se dirije tanto a la secularidad como al pluralismo religioso. Ofrece una fórmula para que cada persona cristiana se reapropie su fe y un esquema de estrategia para reconstruir la disciplina de la teología cristiana en Occidente. Para todas las personas buscadoras, tanto fuera como dentro del círculo de la fe cristiana, Jesús aparece en la historia como un ser humano, todas las personas pueden aproximarse a él, es amable y atractivo para la imaginación religiosa y ofrece un mensaje de justicia y esperanza últimas. Este no es el final de la búsqueda humana, sino su comienzo.Se encontrará que, de hecho, Jesús enseña muchas de las cosas enseñadas por otras religiones. En cuanto a las personas buscadoras individualmente, Jesús manifestará para ellas la figura de un Dios personal amoroso, que ama a los seres humanos y por amor los interpela y cuestiona. Para las personas creyentes, asociarse más íntimamente con Jesús de nuevo como por primera vez, según dice Marcus Borg, puede revitalizar su fe y hacer que penetre el metarrelato  una más inmediata relación personal con Dios que sea, a la vez, confortante en nuestro nuevo mundo y retadora, porque Jesús propone una espiritualidad de activa preocupación social. Al final de la jornada, parece que de hecho esto describe lo que, de hecho, están haciendo muchas personas cristianas que piensan críticamente.




[1] Karl Rahner, “Towards a Fundamental Theological Interpretation of Vatican II”, Theological Studies 40 (1979), 716-727
[2] El horizonte d ela propia consciencia “es el alcance de visión que incluye cuanto puede verse desde un punto de vista particular.” Hans-George Gadamer, Truth and Method (New York: Seabury Press, 1975), 269“
[3] Gadamer, Truth and Method, 271-274

[4] Ricoeur describe lo que uno puede aprender de un relato del pasado, pero no en términos de corrrespondencia una a una a las cosas situadas en el horizonte del propio mundo actual, Más bien uno aprende posibilidades existenciales para vivir, ideales que pueden proyectar unnuevo futuro para el sujeto.El mundo designado por los relatos sobre Jesús no está allí simplemente de un modo objetivo, sino está presente en cuanto construído intencional y participativamente. La referencias a la que apunta el texto “es un mundo propuesto en el que yo podría habitar y en el que podría proyectar una de mis más propias posibilidades.” Pasul Ricoeur, “The Hermeneutical Function of Distanciation”, Hermeneutics and the Human Sciences, ed. By J. B. Thompson (Cambridge: University Press, 1981), 142.
[5] “En efecto, el relato sagrado no transpire en el interior de un mundo consciente. Forma la misma consciencia que proyecta un horizonte de mundo total y, por consiguinete, ionforma las intenciones mediante las cuales las acciones se proyectan en ese mundo.” Stephen Crites, “The Narrative Quality of Experience,” Journal of the American Academy of Religion 39 (1971), 296. 

viernes, 26 de agosto de 2011

JULIO LOIS HA MUERTO

JULIO LOIS, EL TEÓLOGO, EL MAESTRO, EL AMIGO


José Manuel Vidal, en Religión Digital

Se ha ido Julio Lois, el teólogo, el maestro, el amigo. Sin hacer ruido, de puntillas, como ha vivido. Siempre se van los mejores. Se ha ido Julio en gran teólogo, un cura íntegro, una excelente persona. Era capaz de amar incluso a sus enemigos o a los que decían que eran sus enemigos. Tan bueno y tan humilde que escapaba de los focos de la actualidad. Lo tenía todo para triunfar en el mundillo eclesiástico, pero siempre renunció a lucir, a brillar y a hacer carrera. Vivía lo que decía, lo que escribía y lo que predicaba. He conocido a pocos curas tan íntegros, tan honrados y tan militantes como él.

Le conocí militante y siempre militante. De los pocos a los que la militancia no se le subió a la cabeza. De los pocos a los que la militancia no escupió después de tanto tiempo. De los pocos que ni siquiera hablaba mal de los compañeros que, por convicción o por hacer carrera, cambiaron de bando. El se mantuvo siempre en el mismo sitio. El de los fieles seguidores de Cristo. El de los que ponen el seguimiento y la conciencia por encima de carreras, laureles y reconocimiento.

Te vamos a echar de menos, Julio. Ya no quedan referencias. Se acaban los profetas. Aunque no morirás en la memoria y en el corazón de todos tus alumnos, de todos los que te apreciamos y te quisimos. Seguirás vivo, ahora ya en ese Reino al que entregaste tu vida por entero, sin ahorrarte nada, privándote de todo. Fiel, pobre, astero, consecuente, honrado a carta cabal, amigo de sus amigos, humilde...Un encanto de persona.

Generaciones de curas y laicos pasaron por sus clases de Cristología y de Teología de la Liberación (otra de sus especialidades) del Instituto de Pastoral León XIII de la Universidad Pontificia de Salamanca en Madrid. Una Cristología encarnada y liberadora. Durante más de 30 años ejerció su magisterio desde su cátedra, con sus libros, artículos y conferencias. Y con su propio testimonio vital. Fue durante más de 30 años un simple coadjutor (ni siquiera párroco) de la parroquia de Santo Tomás de Villanueva de Vallecas.

Punto de referencia de la Iglesia de base, alimentaba con sus ideas a la “mayoría silenciosa” de cristianos desencantados de la Iglesia oficial. Sencillo y profundamente espiritual decía las verdades sin acritud. Por ejemplo, que la Iglesia “debería renunciar al Vaticano” y que “otra Iglesia es posible, pero no paralela ni frente ni en contra de la institucional”.

Un gran teólogo, pionero de la teología práctica, es decir de la teología aplicada a la pastoral, un análisis de la realidad que permite ver aquí y ahora el paso de Dios por la historia. De ahí la constante presencia en su vida y en su obra de los pobres, de la lucha por la justicia, de la liberación integral y, en definitiva, de la radicalidad del seguimiento de Jesús. Un teólogo tan enamorado de Jesús que exigía a sus alumnos, como condición para conocer a Cristo, el seguirlo o, al menos, intentarlo.

Compañero de cátedra durante tantos años, entre otros, de Casiano Floristán, Jesús Burgaleta, Luis Maldonado, Antonio Cañizares (el cardenal), Juan de Dios Martín Velasco, un brillante ramillete de teólogos que convirtieron el Instituto de Pastoral en el motor de la recepción del Concilio Vaticano II en España y en la cantera del “aggiornamento” eclesiástico español. Por sus aulas pasaron, durante décadas, miles de curas y laicos para ponerse al día. Uno de los profesores que más llegaba a los alumnos era, precisamente, Julio Lois.

Sus clases siempre abarrotadas, era el típico profesor que enseñaba con su obra y con su vida. Un maestro, que es aquel con el que se comparte la vida y no sólo la asignatura.

Desde su 'Jesús de Nazaret, el Cristo liberador' a 'Teología de la Liberación, opción por los pobres', pasando por 'La Teología de la Liberación en América Latina, África y Asia', 'La Cristología de Jon Sobrino' , 'El seguimiento de Jesús', 'Jesús de Nazaret', hasta su último título 'El Dios de los pobres', las obras de Lois reflejan su pensamiento, que tiene como principales destinatarios de su reflexión a los preferidos de Dios. El Dios “de los que apenas son y apenas cuentan”, como solía decir. Porque, para él, “Jesús es el sacramento de la compasión de Dios en la Historia”. Y por lo tanto, “para ser fiel al plan salvífico es necesaria la opción por los pobres y por la Justicia”.

Y a partir de esos y otros postulados, el teólogo, siempre libre y sin ansia alguna de hacer carrera eclesiástica, iba hasta las últimas consecuencias. Y eso molestaba al poder eclesiástico. Decía, por ejemplo: “La Iglesia de Jesús tiene que ser una Iglesia pobre y de los pobres. Y no sólo pobre material, sino también pobre de poder. Porque el mensaje de Jesús no se impone, se ofrece, se propone”.

¿Una Iglesia a años luz de la actual? ¿Dos Iglesias: la soñada y la real? Lois subrayaba, una y otra vez, que él y los que opinan como él, no estaban pidiendo “una Iglesia frente o contra la Iglesia institucional”. Sólo le piden a la Iglesia real, que “sea fiel a lo que tiene que ser, que esté orientada permanentemente hacia un proyecto de conversión”, porque “el ideal cristiano es un ideal al que hay que tender” y “aspirar a lo imposible”. Y para que la Iglesia “siga corriendo hacia esa meta” tiene que “andar por el mundo ligera de equipaje”, porque “la solidaridad sólo es posible si hay austeridad”.

Los que conocimos y quisimos a Julio podemos decir, alto y claro, que no sólo fue un gran teólogo y un profesor entregado, cercano y clarividente, sino que, además y sobre todo, era una buena persona, que se hacía querer, y un extraordinario sacerdote. Un cura íntegro, que intentaba vivir lo que predicaba, sin dar lecciones a nadie. Un militante siempre comprometido y que no se dejó envinagrar por tantos palos recibidos de la institución ni por tantos años de militancia en los márgenes y en las fronteras de la Iglesia.

Pudo hacer carrera, pero no quiso. Sólo tenía que haber cambiado de chaqueta y plegarse a los nuevos tiempos, cuando los vientos de la involución empezaron a soplar de Roma con la llegada al solio pontificio del Papa Wojtyla. Pero, fiel a su conciencia, nunca lo hizo. Y se quedó en simple profesor y en coadjutor de su parroquia de Vallecas. Por eso, por su obra y por su vida coherente y entregada, deja huella en la Iglesia española y en el corazón de todos los que pudimos gozar de sus clases y alimentarnos de su sabiduría humilde.

Un ejemplo a seguir. Uno de los últimos profetas. NO te olvidaremos, Julio. Y seguiremos luchando por esa Iglesia pobre, samaritana y liberadora a la que entregaste tu vida.