viernes, 30 de julio de 2010

EL PODER DEL DIÁLOGO Y LOS PELIGROS DE USARLO EN INTERÉS PROPIO

Nacho Celaya

Las palabras tienen un gran poder y por ello hemos de usarlas con precaución. Son armas poderosas que pueden servirnos para comprender el mundo y para destruirlo. La expresión ‘we can’ nos llenó de esperanza, mientras que nos asusta pensar en el ‘eje del mal’.

En los últimos tiempos, el término ‘Constitución’ ha sido tan llevado y traído que no sabemos si es espacio de encuentro o de desencuentro. ‘Corrupción’ ha pasado de definir un momento excepcional, a representar el estado actual de la política. No creo que sea justo, pero el poder de las palabras se impone incluso a la realidad. En el ámbito privado hay ejemplos del uso y abuso de las palabras, por ejemplo ‘calidad’ o ‘excelencia’. No sabemos con precisión qué significan, pero les envuelve un aura que les da prestigio y los hace argumentos definitivos. ‘Diálogo’ es una de estas palabras poderosas. Lo invocamos si una situación se acerca a un callejón sin salida. Los conflictos reclaman diálogo y este es la oportunidad de superar los antagonismos de una forma civilizada y aceptable por las partes. La falta de diálogo sería el origen de múltiples dificultades y errores. Cuando un asunto se bloquea, cuando persisten los conflictos o cuando alguien quiere expresar insatisfacción sobre una decisión, echamos las culpas a una supuesta falta de diálogo.

A menudo, amparados en el poder de las palabras, acusamos a la política de no saber dialogar. ¿Cómo van a abordar los conflictos si no saben usar el diálogo? Sin diálogo, parece evidente, su tarea está condenada al fracaso. Cualquier decisión es desprestigiada por no haber sido suficientemente dialogante. Así, la falta de diálogo es el gran déficit y la gran esperanza de la política. El poder de una palabra se usa para definir aquello que funciona y aquello que no funciona.

El poder del ‘diálogo’ es tan grande que puede ser peligroso, sobre todo si abusamos de su significado. A menudo, lo invocamos para invocar que se nos escuche, pero sin voluntad de escuchar a los demás. También esperando que sirva para darnos la razón, pero sin ninguna predisposición a reconocer las razones de los otros. A menudo, lo usamos como algo propio, cuando por definición es compartido. Cuando lo usamos pensando en nuestros intereses ‘abusamos’ del término: convertimos su enorme poder en una amenaza para quienes no piensan igual. Shakespeare escribía: “Es bello tener la fuerza de un gigante, aunque es horrorosa usarla como un gigante”. Algo parecido pasa con el diálogo. Tiene la fuerza de un gigante, pero no debe usarse para aplastar al adversario. Demasiado a menudo lo invocamos como estrategia para derrotar al otro, cuando es vía para compartir victorias. Demasiado a menudo genera un espacio bélico, cuando debería ser un espacio pacífico. Cuando usa su fuerza para destruir y no para construir, se hace un gigante sin control.

La belleza del diálogo está en sus matices, en la atención al otro, en la voluntad de aprender de los demás, en ser un espacio de encuentro, en las rendiciones mutuas, en la prudencia de las posiciones, en la empatía, en la modestia respecto a los propios saberes. El diálogo se convierte en fuerza peligrosa y destructora usado contra los demás, cuando se convierte en altavoz de consignas o cuando nos apropiamos de su significado en beneficio propio. Cuando invocamos al diálogo, ¿en qué estamos pensando?

jueves, 29 de julio de 2010

DOS MANERAS DE ACERCARSE AL OTRO

Que alguien intente ayudar a los otros sin buscar a cambio beneficio económico alguno puede resultar actualmente un hecho extravagante, extraño, excepcional; que una persona crea y luche por el principio de la igualdad puede ser considerado naif, pueril, absurdo, tonto; que un hombre o una mujer proteja, ayude y acoja a extranjeros sin papeles puede ser y de hecho es un gesto castigado en Europa con multas de hasta 10.000 euros e incluso con penas de cárcel.

Quienes socorran e intenten salvar la vida de naúfragos inmigrantes en el mar se pueden enfrentar a años de prisión o al secuestro de su propio barco. Cuesta menos pasar de largo, ser indiferente. Vivimos en una época en la que la hospitalidad, en determinados ámbitos, es criminalizada, cuando lo realmente criminal debería ser la indiferencia.
Decía John Berger que aceptar la desigualdad como natural es convertirse en un ser fragmentado, es no concebirse a uno mismo más que como la suma de un conjunto de conocimientos y necesidades.
Sin embargo, el funcionamiento de nuestros países se asienta sobre la asunción de la desigualdad: explotamos materias primas de terceros, aupamos o derrocamos gobiernos de otros en función de nuestros propios intereses, elevamos muros para impedir el paso de inmigrantes y de aquellos productos que hacen competencia a los nuestros, mientras permitimos la libre circulación de mercancías, dinero, armas, divisas, turistas.
Al hilo de esto, recomiendo una lectura: Mamadú va a morir, un ensayo sobre la inmigración en el Mediterráneo, escrito por el periodista italiano Gabriele del Grande y publicado en España por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo. En su brillante prólogo el filósofo y escritor Santiago Alba Rico señala que en este mundo actual solo se puede viajar en dos direcciones: o contra los otros o hacia los otros. Reproduzco algunos párrafos:
“Por muy variada que nos parezca la oferta de las agencias de viaje y por muy abigarrados y coloridos que se nos ofrezcan los mapas, en este mundo solo se puede viajar en dos direcciones: o contra los otros o hacia ellos. Contra los otros, el así llamado Occidente no deja de organizar expediciones militares y cruceros de lujo, viajes de negocio y rallys espectaculares, operaciones de bolsa y visitas a las Pirámides. El viaje hacia los otros, por el contrario, es sistemáticamente impedido, desacreditado o despreciado.
Bajo el capitalismo globalizador, incompatible con plazas abiertas, asambleas y ágoras, solo hay dos “lugares” antropológicos de inscripción individual: el “pasillo”, utopía ultraliberal de la circulación sin obstáculos, y el “muro”, que revela su fracaso. En elPasillo giran sin cesar las mercancías, las armas, la información, el dinero, los turistas. En el Muro se quedan enganchados una y otra vez los pobres, los “terroristas”, los inmigrantes. (…)
Contra los otros, vamos blandamente y reclamando gratitud y recibiendo aplausos; hacia los otros se va a trompicones y pidiendo disculpas y recibiendo azotes.
El turista entra en África como los acuerdos comerciales y las directivas europeas, desde el aire y desde lo alto, en avión o crucero de lujo, y se comporta -y es tratado- como si procediese de su alma el valor de sus divisas.
Al inmigrante se le obliga a entrar en Europa a ras de tierra y por agujeros, como las ratas y los insectos, y tiene que hacerse perdonar, con sumisión y bajos salarios, su irreductible condición animal ( y la necesidad que tienen de él).
Bajo el capitalismo globalizador solo hay ya dos posibles desplazamientos en el espacio, en direcciones opuestas y paralelas: el turismo y la emigración. (…)
Los turistas viajan encerrados en confortables lager, clientes de su propia prisión; los inmigrantes, hasta que se les encierra por existir, son libres. (…)
Los turistas visitan; los inmigrantes viajan. Los turistas están siempre llegando a sí mismos; los inmigrantes progresan y arriesgan. (…)
Los turistas, porque tienen papeles, no son “personas”, sino puras personificaciones de un Estado soberano que avala su pasaporte y su moneda; los inmigrantes sin papeles (porque se han desecho de los de origen y no han recibido otros en destino), abandonados por sus Estados infra soberanos, cuerpos completamente a la intemperie, son individuos puros. Los turistas son abstracciones colectivas; los inmigrantes, concreciones individuales.
Los turistas, por eso mismo, son locales, nacionales, para-humanos; los inmigrantes son el hombre desnudo y total. La condición universal que Marx atribuía al proletariado, la encarnan hoy, y por las mismas razones, los inmigrantes.(…)
Que los inmigrantes sean emprendedores, obstinados, aventureros, que sientan nostalgia y tengan raíces garantiza la “selección natural” de nuestra mano de obra semiesclava, asegura en los países de origen la reproducción de un ejército inmigrante de reserva mantenido por las remesas del exterior (sin gastos sociales para los Estados africanos dependientes y corruptos) y conjura el peligro de revoluciones y cambio políticos “desestabilizadores” en el Tercer Mundo. (…)
El resultado es éste: en una dirección hay 160 millones de inmigrantes en todo el mundo que han dejado sus países para levantar casas, recoger cosechas y cuidar ancianos, y nosotros los recibimos a palos. En dirección contraria hay 600 millones de turistas -casi siempre los mismos- que todos los años van a fotografiar fotografías, reforzar dependencias neocoloniales y desbaratar recursos económicos y culturales y exigen y obtienen a cambio reconocimiento y protección. (…)
Viajar hacia los otros o contra ellos es una decisión de la que no dependen solo la vida de miles de africanos, asiáticos y latinoamericanos: de ella depende también nuestra propia dignidad de humanos civilizados; es decir, la supervivencia misma del planeta: de sus rosas, sus pájaros, sus leyes y sus hombres.”
Una lectura muy recomendable.

miércoles, 28 de julio de 2010

UN COLEGIO CONCERTADO FOMENTA VALORES DEL NACIONAL-CATOLICISMO

Publicado por Zorba

Niños vestidos de militares y guardias civiles, jurando bandera. Niñas vestidas de enfermeras, al más puro estilo del franquismo, rindiendo honores a los "soldados" mientras hacen la jura de bandera. Y de fondo, las risas de unos padres/madres orgullosos de la escena.

Esto es lo que se ha podido ver recientemente en el colegio de los Maristas en la localidad Sevillana de Sanlúcar la Mayor. No, no estamos hablando de una escena del franquismo, no estamos hablando de una fiesta fin de curso de hace cincuenta años, estamos hablando de algo ocurrido hace a penas unas pocas semanas en esta Andalucía del siglo XXI. Resulta aberrante ver como se usan niños/as de cuatro años para ensalzar el militarismo, el guerrerrismo, y el nacional-catolicismo, con la bandera rojigualda como santo y seña del acto, como eslabón que, inevitablemente, engancha esta escena con una escena cualquiera del anterior régimen fascista.

Pero tanto o más patético resulta aun, comprobar como estos colegios siguen aplicando indisimuladamente patrones asquerosamente machistas a la hora de educar a los niños/as en sus aulas. La segregación que hacen de los disfraces por sexos, y todo el simbolismo que se esconde tras los disfraces elegidos para unos y otras, es simplemente vomitivo, inaceptable. Huelga decir, que estos colegios, estos padres y madres, católicos supuestamente, son los que montan luego en cólera ante asignaturas como "Educación para la ciudadanía" porque, según dicen, sólo sirven para adoctrinar a sus hijos/as. Hay que tener cara dura.

Ante semejante escena, no podemos más que sentir una profunda vergüenza e indignación. Si las autoridades educativas siguen permitiendo este tipo de actos en colegios que pagamos todos y todas de nuestros bolsillos, es más, si los siguen permitiendo en cualquier colegio independientemente de que sea público, concertado o privado, es que las autoridades educativas son también cómplices de esta vergüenza, y deberían ser las primeras en asumir sus responsabilidades. Es completamente inaceptable semejante barbaridad con niños y niñas de tan corta edad. Inaceptable que se permita impunemente.

El Nacional-catoliscismo nunca se fue, pero es que ahora, además, cada vez se cortan menos, ante los continuos respaldos que sienten tener, y con razón, en todas las esferas de la vida política y judicial de este Estado supuestamente democrático.

El vídeo que acompañaba la noticia ha sido retirado por su autora

UN COLEGIO CONCERTADO FOMENTA VALORES DEL NACIONAL-CATOLICISMO

"Niños vestidos de militares y guardias civiles jurando bandera. Niñas vestidas de enfermeras, al más puro estilo del franquismo, rendiendo honores a los "soldados". Ver video, no tiene desperdicio.

Niños vestidos de militares y guardias civiles, jurando bandera. Niñas vestidas de enfermeras, al más puro estilo del franquismo, rindiendo honores a los "soldados" mientras hacen la jura de bandera. Y de fondo, las risas de unos padres/madres orgullosos de la escena.

Esto es lo que se ha podido ver recientemente en el colegio de los Maristas en la localidad Sevillana de Sanlúcar la Mayor. No, no estamos hablando de una escena del franquismo, no estamos hablando de una fiesta fin de curso de hace cincuenta años, estamos hablando de algo ocurrido hace a penas unas pocas semanas en esta Andalucía del siglo XXI. Resulta aberrante ver como se usan niños/as de cuatro años para ensalzar el militarismo, el guerrerrismo, y el nacional-catolicismo, con la bandera rojigualda como santo y seña del acto, como eslabón que, inevitablemente, engancha esta escena con una escena cualquiera del anterior régimen fascista.

Pero tanto o más patético resulta aun, comprobar como estos colegios siguen aplicando indisimuladamente patrones asquerosamente machistas a la hora de educar a los niños/as en sus aulas. La segregación que hacen de los disfraces por sexos, y todo el simbolismo que se esconde tras los disfraces elegidos para unos y otras, es simplemente vomitivo, inaceptable. Huelga decir, que estos colegios, estos padres y madres, católicos supuestamente, son los que montan luego en cólera ante asignaturas como "Educación para la ciudadanía" porque, según dicen, sólo sirven para adoctrinar a sus hijos/as. Hay que tener cara dura.

Ante semejante escena, no podemos más que sentir una profunda vergüenza e indignación. Si las autoridades educativas siguen permitiendo este tipo de actos en colegios que pagamos todos y todas de nuestros bolsillos, es más, si los siguen permitiendo en cualquier colegio independientemente de que sea público, concertado o privado, es que las autoridades educativas son también cómplices de esta vergüenza, y deberían ser las primeras en asumir sus responsabilidades. Es completamente inaceptable semejante barbaridad con niños y niñas de tan corta edad. Inaceptable que se permita impunemente.

El Nacional-catoliscismo nunca se fue, pero es que ahora, además, cada vez se cortan menos, ante los continuos respaldos que sienten tener, y con razón, en todas las esferas de la vida política y judicial de este Estado supuestamente democrático.

martes, 27 de julio de 2010

ME HE VUELTO INVISIBLE

José Carlos Gª. Fajardo

“Ya no sé en qué fecha estamos. En casa no hay calendarios y en mi memoria los hechos se enmarañan. Me acuerdo de aquellos calendarios grandes, ilustrados con imágenes de los santos, que colgábamos al lado del tocador. Ya no hay nada de eso. Todas las cosas antiguas han ido desapareciendo. Y yo también me fui borrando sin que nadie se diera cuenta.

Primero, me cambiaron de alcoba, pues la familia creció. Después, me pasaron a otra más pequeña aún, acompañada de mis nietas. Ahora ocupo el desván, el que está en el patio de atrás. Prometieron cambiarle el vidrio roto de la ventana, pero se les olvidó.

Desde hace mucho tiempo tenia intención de escribir, pero me pasaba semanas buscando un lápiz. Y cuando al fin lo encontraba, yo misma volvía a olvidar donde lo había puesto. A mis años las cosas se pierden fácilmente: claro, no es una enfermedad de ellas, de las cosas, porque estoy segura de tenerlas, pero siempre desaparecen.

La otra tarde caí en la cuenta de que mi voz también ha desaparecido. Cuando les hablo a mis nietos o a mis hijos no me contestan. Todos hablan sin mirarme, como si yo no estuviera con ellos, escuchando lo que dicen. A veces intervengo en la conversación, segura de que voy a decirles algo interesante. Pero no me oyen, no me miran, no me responden. Entonces, llena de tristeza me retiro a mi cuarto antes de terminar de tomar mi taza de café. Lo hago así para que comprendan que estoy enojada, para que se den cuenta de que me siento ofendida y para que vengan a buscarme. Pero nadie viene.

El otro día les dije que, cuando me muera, me iban a extrañar. Mi nieto más pequeño dijo “¿Estás viva abuela?” Les hizo tanta gracia, que no paraban de reír. Tres días estuve llorando en mi cuarto.

Fue entonces cuando me convencí de que soy invisible, me paro en medio de la sala para ver si aunque sea estorbo, me miran, pero mi hija sigue barriendo sin tocarme, los niños corren alrededor, de uno a otro lado, sin tropezarse conmigo.

Cuando mi yerno enfermó, le llevé un té que yo misma preparé. Se lo puse en la mesita y me senté a esperar que se lo tomara, sólo que estaba viendo televisión y ni un parpadeo me indicó que se daba cuenta de mi presencia. El té se fue enfriando, y mi corazón con él.

Un día se alborotaron los niños, y me vinieron a decir que al día siguiente iríamos a pasar el día al campo. Me puse muy contenta. ¡Hacia tanto tiempo que no salía y menos al campo!

El sábado fui la primera en levantarme. Quise arreglar las cosas con calma. Los viejos tardamos mucho en hacer cualquier cosa, así que me tomé mi tiempo para no retrasarlos. Al rato entraban y salían de la casa corriendo y echaban las bolsas al coche.

Yo ya estaba lista y muy alegre, me paré en el porche a esperarlos. Cuando arrancaron y el auto desapareció envuelto en bullicio, comprendí que yo no estaba invitada, tal vez porque no cabía en el auto. O porque mis pasos tan lentos impedirían que todos los demás corretearan a su gusto por el bosque. Sentí clarito cómo mi corazón se encogía y la barbilla me temblaba, como cuando uno se aguanta las ganas de llorar.

Yo los entiendo, ellos sí que hacen cosas importantes. Ríen, gritan, sueñan, lloran, se abrazan, se besan. Y yo, ya no recuerdo a qué saben los besos. Antes besuqueaba a los chiquitos, me encantaba tenerlos en mis brazos. Sentía su piel tiernita y su respiración dulzona muy cerca de mí. La vida nueva se me metía como un soplo y hasta me daba por cantarles canciones de cuna que creía haber olvidado.

Pero, un día, mi nieta Laura, que acababa de tener un bebé, dijo que no era bueno que los ancianos besaran a los niños, por cuestiones de salud. Desde entonces ya no me acerque más a ellos, no fuera que les pasara algo malo por mis imprudencias. ¡Tengo tanto miedo de contagiarlos!

Yo los bendigo a todos y les perdono, porque ¿Qué culpa tiene los pobres de que yo me haya vuelto invisible?”

Parecerá exagerado. A veces, la realidad es más cruda, por eso conviene mantenerse alerta.



viernes, 23 de julio de 2010

REAPRENDER LA CONFIANZA

José Antonio Pagola

Lucas y Mateo han recogido en sus respectivos evangelios unas palabras de Jesús que, sin duda, quedaron muy grabadas en sus seguidores más cercanos. Es fácil que las haya pronunciado mientras se movía con sus discípulos por las aldeas de Galilea, pidiendo algo de comer, buscando acogida o llamando a la puerta de los vecinos.

Probablemente, no siempre reciben la respuesta deseada, pero Jesús no se desalienta. Su confianza en el Padre es absoluta. Sus seguidores han de aprender a confiar como él: «Os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá». Jesús sabe lo que está diciendo pues su experiencia es ésta: «quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre».

Si algo hemos de reaprender de Jesús en estos tiempos de crisis y desconcierto en su Iglesia es la confianza. No como una actitud ingenua de quienes se tranquilizan esperando tiempos mejores. Menos aún como una postura pasiva e irresponsable, sino como el comportamiento más evangélico y profético de seguir hoy a Jesús, el Cristo. De hecho, aunque sus tres invitaciones apuntan hacia la misma actitud básica de confianza en Dios, su lenguaje sugiere diversos matices.

«Pedir» es la actitud propia del pobre que necesita recibir de otro lo que no puede conseguir con su propio esfuerzo. Así imaginaba Jesús a sus seguidores: como hombres y mujeres pobres, conscientes de su fragilidad e indigencia, sin rastro alguno de orgullo o autosuficiencia. No es una desgracia vivir en una Iglesia pobre, débil y privada de poder. Lo deplorable es pretender seguir hoy a Jesús pidiendo al mundo una protección que sólo nos puede venir del Padre.

«Buscar» no es sólo pedir. Es, además, moverse, dar pasos para alcanzar algo que se nos oculta porque está encubierto o escondido. Así ve Jesús a sus seguidores: como «buscadores del reino de Dios y su justicia». Es normal vivir hoy en una Iglesia desconcertada ante un futuro incierto. Lo extraño es no movilizarnos para buscar juntos caminos nuevos para sembrar el Evangelio en la cultura moderna.

«Llamar» es gritar a alguien al que no sentimos cerca, pero creemos que nos puede escuchar y atender. Así gritaba Jesús al Padre en la soledad de la cruz. Es explicable que se oscurezca hoy la fe de no pocos cristianos que aprendieron a decirla, celebrarla y vivirla en una cultura premoderna. Lo lamentable es que no nos esforcemos más por aprender a seguir hoy a Jesús gritando a Dios desde las contradicciones, conflictos e interrogantes del mundo actual.

EL ESPÍRITU DE LA POLÍTICA

Antoni Gutiérrez-Rubí

Todo estriba en hacer lo que el filósofo Peter Singer define como “ampliar el círculo del nosotros”, aumentando la cantidad de personas que consideramos parte de nuestro grupo.

Richard Rorty (Estados Unidos, 1931-2007) ha sido uno de los grandes filósofos norteamericanos. Poco antes de su muerte, escribió un breve y sugerente ensayo, “Una ética para laicos”[1], en el que reivindicaba una ética que no estuviera subordinada a la religión, sino que tuviera una autonomía constituyente del rearme moral de nuestra sociedad y fuera un importante recurso para garantizar el futuro espiritual de la humanidad.

Cada vez es más evidente que una de las causas más profundas de la crisis de la política (y, en particular, de la política transformadora) es la desconexión entre praxis política y moral política. Una causa a la que no se dedica, lamentablemente, el tiempo y el coraje necesarios para abordar un debate imprescindible y urgente sobre el rearme moral en el proceso de renovación y reformulación de una nueva política de orientación progresista.

La política se está quedando huérfana de filósofos en un inexorable y preocupante éxodo del discurso moral. Sin ellos, desvariamos desnortados en una cartografía que desdibuja la política en gestión. Casi sin darnos cuenta, la política ha ido perdiendo (o expulsando) a sus más brillantes pensadores, renunciando a hacerse preguntas profundas, para ofrecer respuestas superficiales, de manual. Sin sentido. Eso es lo que nos aleja del sentimiento de las personas, la ausencia de sentido y profundidad de muchas prácticas y políticas públicas que parecen incapaces de comprender la complejidad y el vacío que provoca una política sin espíritu. Se impone una triple reacción: más meditación, más espiritualidad y más filosofía.

La política meditada. La praxis política sublima la acción como el paradigma definitivo de la política e ignora y desprecia, por ejemplo, la meditación y el cuidado del espíritu como estructura medular del carácter de nuestros representantes. El absolutismo de la gestión se ha convertido en el indicador de referencia. Les valoramos por lo que hacen, no por lo que son, ni por lo que sienten en su interior.

Pero algo está cambiando y muy rápidamente. Esta crisis está poniendo a cada uno en su lugar. Y afloran, más que nunca, lasdebilidades estructurales de muchos líderes políticos. Hoy la observancia democrática y ciudadana se fija en la talla moral y ética de nuestros representantes y crece la convicción de que la riqueza espiritual e intelectual de nuestros líderes es condición indispensable para su eficacia en la gestión. Además, aumenta la certeza de que la mayoría de las repuestas que debemos dar a los retos del planeta no se pueden gobernar o abordar únicamente desde los instrumentos de la política (demasiado limitada y condicionada), sino que se necesitan cambios de conducta y comportamientos individuales para diseñar futuros compartidos.

La política, con sus ritmos mediáticos y su inmediatez táctica, aleja a nuestros representantes, demasiadas veces, de la ponderación y la distancia imprescindibles. Nadie reclama, por ejemplo, tiempo para evaluar la respuesta adecuada, para estudiar una propuesta, para pensarla con calma. Es como si la distancia cautelar que tantas veces debería guiar la actuación pública, fuera un demérito o un defecto. Todo lo contrario.

Hay un nuevo espacio para la política meditada. La ciudadanía lo está pidiendo a gritos. La meditación, el silencio, el retiro, el estudio, deben estar presentes en la vida política y en nuestros líderes. Necesitamos políticos con mayor capacidad de escuchar su interior y de compartir experiencias de profunda e intensa concentración personal. Una espiritualidad humana, profundamente humanista, como base de otra política.

Necesitamos líderes reflexivos, capaces de meditar, de buscar en su equilibrio personal la fuerza y las ideas que guíen su actividad. Puede situarse en una dimensión religiosa, pero no necesariamente. Debemos fomentar las prácticas que buscan el equilibrio y la armonía y acercarnos a ellas con una nueva naturalidad. Un gestor público debe ser una persona de densidad moral y ética y, para ello, es imprescindible una actitud reflexiva y pausada, una vida interior rica y equilibrada.

La dimensión espiritual de las personas. La política progresista debe mirar la dimensión espiritual del ser humano como una nueva fuente revitalizante de la moral y ética políticas. Francesc Torralba, director de la Cátedra Ethos de la Universidad Ramón Llull, afirma que “hay personas que desarrollan su vida espiritual en el marco de las tradiciones religiosas, pero hay otras que desarrollan su faceta espiritual en otros ámbitos, en contacto con la naturaleza, en la contemplación del arte, en el ejercicio físico, en la meditación. La vida espiritual es heterogénea, fluida y permeable. No nos aísla del mundo, nos conecta con todos los seres.”

La política progresista sigue prisionera de bastantes tópicos y prejuicios hacia la espiritualidad (en su amplia pluralidad) ya que considera que el desarrollo de la vida interior de las personas es una dimensión refractaria a la ideología o al pensamiento político. Craso error. Aceptada, a regañadientes, la inteligencia emocional como un concepto imprescindible para una renovada política más sensible y próxima, se debe iniciar un debate a fondo sobre la inteligencia espiritual, como una disciplina (un comportamiento, una actitud vital) que da profundidad y sentido a la vida, mejorando la capacidad autónoma de las personas, favoreciendo su distancia crítica respecto a la realidad y ayudándolas a convertir sus vidas en proyectos personales con mayor fundamento y equilibrio.

Hasta ahora, la izquierda se ha movido con un reduccionismo simplista considerando lo espiritual como un fenómeno meramente religioso. Lo espiritual, entendido como el sentido que le damos a las cosas y a nuestra vida, permite residenciar en valores y principios los verdaderos reguladores de nuestro comportamiento. Y ahí radica su potencial para la política.

La dimensión espiritual de la persona no puede ser ignorada desde la izquierda renovadora y, mucho menos, desde el socialismo democrático, que tiene una base electoral y sociológica de cultura católica muy amplia y un anclaje histórico con las comunidades de base cristianas y los sectores renovadores de la jerarquía. Pero no estamos hablando de religión ni de iglesias. Se deben multiplicar los gestos hacia las comunidades laicas y creyentes comprometidas con la acción social, sí; pero también acercarse con respeto e interés hacia otros espacios de trascendencia espiritual no específicamente religiosa.

Por una nueva filosofía política… y de la política. “El derrumbe del marxismo, escribía Richard Rorty, nos ayudó a comprender por qué la política no debería intentar ser redentora (como la religión). Los hombres necesitan que se los haga más felices, no que se los redima, porque no son seres degradados, almas inmateriales apresadas en cuerpos materiales, almas inocentes corrompidas por el pecado original. Son, tal como sostenía Friedrich Nietzsche, animales inteligentes, que a diferencia de otros animales, aprendieron a colaborar unos con los otros para del mejor modo hacer realidad sus deseos”.

Creo que hay que “volver a pensar”, en el sentido más profundo del término, si queremos que la política transforme liberando no redimiendo. Pensar en la vida y en las personas. En cómo vamos a buscar su felicidad.

¿Dónde están, hoy, los filósofos en la política? Estamos huérfanos sin José Luis Aranguren y Alfonso Comín, añoramos a Victoria Camps, mal leemos a Daniel Innerarity y desconocemos a Adela Cortina. La ignorancia de buena parte de la política se maquilla por el ejercicio del poder, la prepotencia ideológica y la banalidad de la mayoría de sus presencias y retóricas públicas.

Hay que volver lo andado, quizás, para recuperar el espíritu de la política, releyendo y recuperando en un ejercicio crítico de actualización a los clásicos de todos los tiempos, sin los cuales no es posible ninguna modernización. Pero no lo conseguiremos si la política formal no se esfuerza con determinación en buscar una nueva alianza con la filosofía y la espiritualidad para renovar y rearmar la dimensión moral y ética de la acción política. Para rebelarnos contra el determinismo histórico. Para hacer posible lo urgente y lo necesario.

Acabo con una cita imprescindible de Albert Camus cincuenta años después de su muerte: “Ya que no podemos vivir tiempos revolucionarios aprendamos, al menos, a vivir el tiempo de los rebeldes. Saber decir no, esforzarse cada uno desde su puesto, crear los valores vitales de los que ninguna renovación podrá prescindir, mantener lo que merece la pena, preparar lo que merece vivirse y practicar la felicidad para que se dulcifique el terrible sabor de la justicia… Todos ellos son motivos de renovación y esperanza”.

[1] “Una ética para laicos”, Richard Rorty. (Presentación de Gianni Vattimo). Katz Editores. Madrid, 2009


Antoni Gutiérrez-Rubí es Asesor de comunicación
Artículo publicado originalmente en la Revista de la Fundació Rafael Campalans (Julio 2010), y en el interesante blog personal de Antoni Gutiérrez-Rubí.