jueves, 19 de enero de 2012

TELÉMACO

Julián Mellado

No nos damos cuenta lo que le debemos a nuestros antepasados en la fe, y damos por sentado muchas cosas sin ser conscientes de cómo se consiguieron las libertades que disfrutamos. Los cristianos deberíamos ser sensibles a ese pasado ya que afirmamos que nuestra fe se originó hace 2000 años y se ha mantenido a lo largo de los siglos.

Es verdad que en ese largo camino ha habido episodios de mucha oscuridad, de locura humana, de negación de lo más auténtico del mensaje cristiano. Conocemos de sobra todas esas cosas. Pero a lo largo de los siglos no solo hubo oscuridad, también hubo luz, que sigue alumbrando hoy a la humanidad.

Porque cuando esa luz está relacionada directamente con la persona de Jesucristo, tiene esa capacidad de atravesar los tiempos, y resplandecer en nuestro medio. Y siempre es una luz encarnada, hecha realidad a través de un hombre o una mujer, no una mera especulación metafísica.

En esta ocasión quisiera que recordásemos a un hombre, un cristiano, un monje, que encarnó esa verdad, que hizo presente a Cristo en medio de unas circunstancias terribles, en un tiempo en que los cristianos participaban de una locura universal: el disfrute de ver cómo un ser humano es aniquilado por otro. Pero veamos el contexto histórico y quién era ese cristiano que alumbró el mundo, y que en cambio, casi nadie conoce.

Nos encontramos en el siglo V. Oficialmente el Imperio Romano es cristiano. En realidad, el cristianismo se había convertido en un consenso social, en una religión de Estado. Se nacía cristiano por el hecho de ser aceptado en la Iglesia por medio del bautismo. El gran problema fue que muchas personas bautizadas como cristianos, mantenían sus costumbres paganas, que venían de antiguas tradiciones. Una de esas costumbres que se habían mantenido, era el combate de gladiadores. Las multitudes asistían con entusiasmo a ese espectáculo degradante. Se suponía que por ese tiempo, esos espectadores eran cristianos.

Un día, en medio de uno de esos combates, apareció una persona. Un monje llamado Telémaco. El también asistió al espectáculo, pero con otra intención. Quería detenerlo. Durante uno de los enfrentamientos entre dos gladiadores, Telémaco saltó a la arena del circo romano. Quiso impedir tal violencia entre seres humanos en el nombre de Cristo. La multitud enfurecida lo mató ahí mismo.

Pero aquel hecho significó un cambio en la sociedad. A partir de ese acontecimiento y en respuesta a la acción de Telémaco, el emperador Honorio prohibió los combates de gladiadores. Este monje reivindicó la dignidad humana en nombre del Evangelio, y mostró la falsedad de una religión oficial que sabe cómo sedar las conciencias.

 Quizás miremos estas cosas con la sonrisa complaciente de sabernos lejos de esos tiempos. Que estas barbaries no son nuestra realidad, que los hombres de hoy no participaríamos de esos espectáculos, que no aprobamos la humillación o la destrucción de nadie. Hasta somos conscientes que en nuestra sociedad hay violencias que todos desaprobamos y condenamos. No nos deleitamos en ello.

Y es cierto. Creo que hay cosas que hemos avanzado, es verdad. Pero no deja de ser curioso que los programas de televisión con más audiencia sean aquellos donde unos famosos, u otros en vía de serlo, se enfrentan con una violencia verbal impresionante. Se trata de vencer al contrario, de humillarlo, en medio de gritos e insultos. Eso sí, previo pago. Y todo esto para el deleite de los tele-espectadores que seguirán el desarrollo de estos "combates" durante muchas semanas. El efecto es el mismo: la sedación de nuestras consciencias.

Podríamos poner más ejemplos, desde esos héroes del cine, que lo son por su violencia, hasta el "morbo" que produce ver la humillación de personas en diferentes situaciones recogidas por los medios.

¿Necesitamos hoy un Telémaco? ¿Alguien que en nombre de la dignidad humana se oponga a esa despersonalización? Alguien que en Nombre del Evangelio despierte las conciencias?

Si somos aquellos que han decidido seguir a Jesús de Nazaret, entonces debemos encarnar como él, la compasión, la dignidad y la justicia. Y así mismo, debemos denunciar la crueldad, la violencia (de todo tipo), todo lo que mata o despersonaliza. En el fondo, lo que hizo Telémaco fue manifestar en qué consiste El Reino de Dios. ¿Lo haremos nosotros?