martes, 23 de diciembre de 2008

OTRO CRISTIANISMO ES POSIBLE - 09

09. Igual en eternidad, sabiduría y poder… Controversias trinitarias (En este vínculo aparece el texto del capítulo de Lenaers)
  • 1. Nota previa sobre la manera de interpretar debidamente a Lenaers.
  • El Equipo de Atrio quiere salir al paso de alguna equívoca -en nuestra opinión- interpretación de Lenaers. En el capítulo anterior, tal vez influidos por sus propias opiniones y deseos, o tal vez -parafraseando a nuestro autor- por el ‘pánico que producen los terremotos’, parece que algunos llegaron a entender que Lenaers afirmaba que Jesús era Dios o Dios era Jesús, en un sentido muy cercano al oficial y tradicional de 15 siglos de cristianismo.

    Sin duda, en este teólogo, más propenso a conciliar que a contraponer, no faltan expresiones ambivalentes que poder leer en sentido diverso, pero siempre conviene interpretar lo oscuro desde lo claro y esto lo es por demás. Hoy dice: “Si durante cien años no se veneró a Jesús como Dios, entonces, durante todo ese tiempo no hubo una doctrina trinitaria con la confesión de la unidad en esencia de tres personas distintas” (p.104). Pero en el siglo II se comenzó a `llamar´ Dios a Jesús y ahí se inicia la doctrina trinitaria. Según el belga Suenens, uno de los más influyentes cardenales del Vaticano II, “la mayoría de los cristianos, de hecho, adoran a tres dioses” (p.105). Hoy se cuestiona los conceptos de naturaleza e hipóstasis aplicados a Dios y a la Trinidad por los concilios de los siglos IV y V pero no la indudable intención de confesar a Jesús y al Espíritu como Dios.

  • 2. Se comienza a abrir camino el retorno a la experiencia originaria.
  • El jesuita Lenaers se desmarca de la dogmática tradicional diciendo “debemos volver a los dos siglos anteriores [el I y II] y dejar de confesar a Jesús como `la segunda persona de la santísima Trinidad´”.

    Lo que defiende Lenaers no es moda heterodoxa de última hora. Varios autores de prestigio lo aseguran igualmente de manera sutil aunque inconfundible (ver en Atrio el curso de J.M. Vigil sobre pluralismo religioso). Jesús es libre, dice Torres Queiruga, para poder acoger el Don de Dios, de modo que “sin esa acogida libre no sería “Hijo de Dios”. Pudo, pues no serlo. Y T.Q. cita en su apoyo al gran teólogo W. Pannenberg: Jesús no es el Hijo desde su nacimiento (encarnación `desde arriba´), sino que lo devino (encarnación `desde abajo´) condicionado este supuesto a varios decisiones libres (enumera 4) de su vida, sin las cuales “no sería el Hijo de Dios” (ver Repensar la cristología, A. Torres Queiruga, Estella 1996). ¿Es conciliable con la fe tradicional este ir Jesús haciéndose, deviniendo voluntariamente Dios? ¿O más bien hemos iniciado un proceso de cuestionamiento de este dogma central? Proceso sutil en el que multitud de laicos son más decididos que los teólogos de profesión.

    Hemos aludido a algunos lectores muy asiduos del curso, defensores de la doctrina católica tradicional. Están en su derecho. Ojalá no se sientan incómodos por la manifiesta apuesta de Atrio por un pensamiento libre, no confesional, pluralista (de creyentes y agnósticos) en la línea de un humanismo razonable y abierto en el que lo propio es argumentar desde la razón abierta, no desde autoridades `heterónomas´, irrelevantes en el mundo moderno, especialmente joven.

    Por no dejar lugar a dudas, Lenaers insiste: “En el pensamiento teónomo no hay lugar para representarse a un Dios que un buen día baja de su mundo celestial [encarnación `desde arriba´] para instalar su tienda de campaña en nuestro mundo y “adoptar la carne” que hasta ese momento no tenía. Esto significa que uno de los pilares centrales de la doctrina cristiana de la fe se derrumba estrepitosamente. Que echa por tierra con su mismo ímpetu la doctrina eclesiástica clásica de la Trinidad y la atribución del título de “Madre de Dios” a la madre de Jesús”.

  • 3. “Encarnación bajo otra luz”
  • Eso reza un párrafo del autor y, en verdad, que lo es de manera muy diferente a la creencia oficial de 15 siglos: Dios se “encarna” en todo el cosmos y en toda la humanidad. Nuestro encuentro con Jesús consiste en reconocer en él la manifestación del amor de Dios en la medida en que, según expresión machacona de D. Bonhoeffer, Jesús es un “existir para los demás”. Ahora bien, esto ocurre igualmente en todos cuantos lleguen a encarnar de modo similar la `manifestación del amor de Dios`.

    En la vieja doctrina, dice Lenaers, “la encarnación [`desde arriba´] se realizaba por la ejecución de un plan divino en un día determinado de la historia humana y sólo en un miembro de la comunidad. La teonomía, por el contrario, ve que el misterio sagrado originario está todo el tiempo en un proceso de realización corporal en el cosmos [encarnación `desde abajo´] y en el ser humano. No lo hace agregando el fenómeno biológico de la carne a su misterio insondable, como desde fuera, sino de manera tal que su ser misterioso toma progresivamente forma desde adentro en el ser humano” (p.104, las negritas son nuestras).

    Resultaría interesante, para quien lo desee, el comparar la exposición de Lenaers con los artículos de Juan Luis Herrero del Pozo ya publicado en Atrio: Dios se hace carne en la creación. El ser humano máxima encarnación de Dios. Dios se hizo carne en Jesús de Nazaret.Plenificación al alcance de todos. (Se puede acceder a todos ellos desde este Índice de Mi nuevo paradigma)

    4. Entre el SÍ y el NO.

    El estilo de Lenaers es, pese a la apariencia, prudente y precavido: sólo a duras penas se distancia de lo tradicional pretendiendo realizarlo tan solo mediante los cambios de lenguaje, bien que los entiende en `sentido tan amplio´ que abarca demasiado contenido para ser sólo lenguaje..

    Y así parece dudar: ¿Superación o no superación de Navidad? Aunque justifica festejar a un “hombre admirable que debe llevar a su plenitud el plan divino de la encarnación del cosmos”, el conjunto restante de lo celebrado “no hace más que aumentar el escepticismo frente al falso culto de Navidad y a su romanticismo invernal” (p. 105).

    Parecida ambivalencia ante la “superación y no superación del dogma trinitario” con saldo a favor de la superación: “debemos volver a los dos siglos anteriores (I y II) y dejar de confesar a Jesús como “la segunda persona de la santísima Trinidad” (p.105) y “el cristiano de la Modernidad se sitúa donde estaban las primeras generaciones de cristianos”. Las invocaciones “en el nombre del Padre y del Hijo…”, “gloria al Padre y al Hijo…” tienen un sentido “pretrinitario”, dice. Frente a la doctrina trinitaria “no se debería considerar [muchos lo hacen] que nadie es menos creyente por sentir que esa doctrina es más un laberinto…ni tampoco por sentirse más confortable en la fe de los tiempos anteriores a las controversias cristológicas y trinitarias” (p.107).

    5. ¿Y el Espíritu Santo?

    “El judío piadoso nunca habría pensado que el espíritu (de que habla el A.T.) era una persona igual a Yahvé” pero una vez divinizado Jesús, estaba expedito el camino para hipostasiar también al Espíritu en el siglo IV con harto débil y tardío apoyo en textos hasta ese momento interpretados de otra manera ¿Cómo no “fruncir el ceño” frente al Conc. de Constantinopla? “¿Cómo podían saber los obispos allí reunidos cuál es la figura más profunda de la realidad última” de Dios y de aquellas “procedencias” interiores según las cuales el Espíritu procede del Padre Y del Hijo…! Capital, decisiva y nefasta esta famosa partícula `Y´ que partió en dos a la Iglesia siglos más tarde (año 1054), en el gran cisma de Oriente y Occidente. ¿No asegura el cuarto evangelio que el espíritu habría de llevar a la iglesia a la verdad y mantenerla en ella? Pues si entendemos así el “intervencionismo” divino ¡difícil lo tenemos!



    lunes, 22 de diciembre de 2008

    EL CIELO EN LA TIERRA

    La muerte de una colaboradora del obispo Casaldàliga, Irene Franceschini, la tía Irene, estimula el recuerdo de quienes han seguido la trayectoria personal, tan heroica como callada, de los centenares de religiosos católicos que tras el concilio Vaticano II abrazaron la teología de la liberación y la practicaron hasta sus últimas consecuencias en América Latina. El biógrafo de Casaldàliga, Francesc Escribano, rememora el papel que en aquella misión tuvo la monja fallecida hace unas semanas.

    En estos días, las aguas del río Araguaia discurren tristes. Como todo lo que tiene vida y sensibilidad en la región de Sao Félix, en el Mato Grosso brasileño, estoy seguro de que también echan en falta a la Tía Irene. Si es cierto que la gente como ella muere alguna vez, la Tía Irene murió el pasado 13 de noviembre. Físicamente era poca cosa, pero su fuerza interior era tan grande que cuando hablaba y se movía sonaba la música.

    Irene Franceschini llegó a Sao Félix do Araguaia en el año 1970. Se sintió atraída, o mejor dicho, llamada, por la labor que allí estaba realizando un sacerdote que hacía solo dos años que había llegado a Brasil. A pesar del poco tiempo transcurrido desde su llegada, su voz ya se dejaba oír con fuerza en todo el país. Aquel sacerdote tenía un nombre extraño y difícil de pronunciar para una brasileña, se llamaba Pere Casaldàliga, actualmente obispo emérito de Sao Félix do Araguaia, donde mantiene su residencia.

    LA VIOLENCIA, la injusticia y la exclusión social que imperaban en la región del Mato Grosso golpeaban como un tiro en el corazón. En aquella tierra y en aquel tiempo no servían las medias tintas, ni las dudas, ni las vacilaciones. A un lado, los indios, los campesinos y los desarraigados que huían de la sequía del noreste; al otro, los terratenientes, los pistoleros y el Gobierno militar. Pere Casaldàliga tomó partido de modo radical a favor de los más desfavorecidos e hizo suya la causa de los pobres.

    Desafiando a los poderes establecidos, jugándose la vida cada día, el compromiso de Casaldàliga fue como un reclamo para un gran número de religiosos y laicos que querían cambiar las cosas en Brasil.

    Irene Franceschini, la Tía Irene, fue una de esas personas. Era religiosa, de la orden de las Hermanas de San José. Llegó a Sao Félix cuando la situación era más tensa y difícil, lo dejó todo atrás y se entregó en cuerpo y alma a una gente y una tierra que pasaron a ser, definitivamente, su gente y su tierra.

    Desde la perspectiva de este nuestro primer mundo en crisis, el tercer mundo parece que cada vez esté más lejano. Existen muchas personas que desde hace años trabajan para acortar las distancias y para acabar con las diferencias. Son gente como Pere Casaldàliga o la Tía Irene en Brasil.

    Pero, afortunadamente, hay muchas más. Hay miles de personas en América Latina y en África que han hecho suya la causa de los pobres, que han decidido entregar la vida para mejorar las condiciones de los que viven sin tener garantizados los derechos más básicos. Gente que, a pesar de creer que los pobres ya tienen ganado el cielo, lo necesario es ganar para ellos el cielo en la tierra.

    SON MUJERES y hombres que llevan la cruz en el corazón y no en el puño, como los misioneros clásicos. No han querido imponer ninguna creencia, han practicado la inculturación, y así, se han hecho pobres porque se han convertido en uno más de la comunidad en donde se han instalado. No han sido conversores sino convertidos. Esto es lo que siempre ha practicado la Teología de la Liberación, un movimiento que sigue teniendo pleno sentido, a pesar de la persecución que ha sufrido por parte de muchos gobiernos y la desconfianza que siempre ha despertado en el Vaticano.

    La entrega incondicional y la opción radical que define a los seguidores de la Teología de la Liberación, asumida por Casaldàliga, no están bien vistas por todo el mundo, y el movimiento tiene aun grandes detractores. 

    Helder Camara, que fue una de las grandes figuras de esta línea de pensamiento y de acción, lo explicaba con mucha claridad: "Si ayudo a un pobre dicen que soy un santo, pero si pregunto por las causas de su pobreza dicen que soy un comunista". 

    Casaldàliga, para responder a todos aquellos que afirman que en el mundo de hoy este movimiento ya no tiene sentido, alega que mientras exista Dios y sigan existiendo pobres la Teología de la Liberación seguirá teniendo plena vigencia.

    La ayuda y la solidaridad con el tercer mundo no es patrimonio de la Teología de la Liberación, ni tampoco de las organizaciones religiosas. En los últimos años han aparecido oenegés de todo tipo; muchas de ellas son laicas y su origen y su práctica, a pesar de que sean muy similares en muchos aspectos, no se justifican por ninguna motivación religiosa. Los voluntarios que las mueven lo hacen por razones humanitarias o por compromiso social. 

    Sin querer criticar a estas oenegés, su proliferación ha conllevado que, en ocasiones, existan algunas iniciativas que no están del todo claras y que aprovechan la voluntad de colaboración de los colectivos más sensibles para algunos objetivos y proyectos de dudosa valía.

    NO ESTÁ muy de moda hablar bien de la Iglesia católica, quizá porque no invita mucho al elogio lo que hace y lo que dice su jerarquía. Pero hay que reivindicar el papel de la Iglesia como, probablemente, la más antigua y la más fiable de todas las oenegés. 

    Cuando defiendo a esta Iglesia católica no estoy pensando en el Vaticano ni en la Conferencia Episcopal Española; pienso en muchos pueblos de América Latina que son mejores por la labor que ha llevado a cabo un religioso; pienso en Presentación López, la monja que perdió las dos piernas en una explosión en el Congo y que dijo que lo primero que haría cuando se recuperase sería volver a África; pienso en Jordi Mas, un misionero que se ha pasado media vida en el Camerún y que acaba de recibir el premio Josep Parera en reconocimiento por su entrega incondicional, y pienso, en definitiva, en la Tía Irene. Una mujer menuda que llegó a una tierra en donde faltaba de todo. Y ella les dio su vida.



    viernes, 19 de diciembre de 2008

    LA VIDA ES CAMINO

      “La vida es camino”

      Juan José Tamayo dirige la cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Ignacio Ellacuría de la Universidad Carlos III y es fundador y actual secretario general de la progresista Asociación de teólogos Juan XXIII.

      El teólogo es referencia inexcusable en nuestro país del cristianismo de progreso, exponente visible de la teología de la liberación. Sin embargo la liberación de Tamayo no sólo es auxilio y solidaridad con los “últimos” del planeta, sino también compromiso con la Tierra, la espiritualidad abierta y desdogmatizada, el diálogo interreligioso…, como podemos observar en la presente entrevista.

      Hemos charlado con el profesor en su despacho en la Universidad. Se siente relajado y seguro, sus respuestas son inmediatas y claras. Juega en su campo, en su ambiente, entre sus libros, al calor de todo lo que allí diariamente alumbra en forma de libros y artículos sobre lo divino y lo humano.

    ¿Diagnóstico de salud del diálogo interreligioso?

    Es preciso superar los tribalismos que se dan en el mundo de las religiones. La religiones establecidas en un territorio fijo, vinculadas a una cultura cerrada, basadas en unos principios doctrinales rígidos que atienden a unas orientaciones morales muy definidas, dificultan el encuentro en general con otras cosmovisiones. Cada una de las religiones se empeña en reforzar aquello que las diferencia de las demás. Ello dificulta los intentos de comunicación y de diálogo.

    ¿… y de las espiritualidades?

    Algo semejante podemos decir de las espiritualidades. Las espiritualidades han estado muy pertrechadas, muy volcadas en sí mimas. No han fomentado el encuentro. El gran desafío de nuestro tiempo es pasar de las espiritualidades individuales y estancas a la interespiritualidad.

    ¿Tras todo su recorrido teológico y vital, cuál es su particular adhesión?

    Me adhiero a una espiritualidad sin nombre, ni adjetivos; espiritualidad surgida desde la experiencia humana radical y profunda en cada contexto. La experiencia humana más actual es la situación de desposesión que vivimos. Estamos inmersos en una cultura del poder, del saber, del tener, una cultura en definitiva de la acumulación y la imagen, de la representación.

    ¿Escasean espacios para el cultivo del ser?

    Cierto, no existe espacio para el cultivo del ser, para la mirada interior, para el descubrimiento de lo profundo de la realidad íntima. Nos movemos en el plano de la superficie. De ahí que nuestra cultura sea epidérmica, una cultura que no va a lo que hay debajo, al trasfondo. Vivimos una cultura de lo llamativo, de lo espectacular, de lo que impacta, una cultura en definitiva de masas, que busca índices de audiencia, que repara en la cantidad en detrimento de la cualidad. Esta cultura en la que estamos ubicados genera unas carencias extraordinarias al ser humano. Promueve una sensación de desasimiento, de falta de asiento, de falta de lugar donde ubicarnos. El ser humano está rodeado de cosas, pero vive una situación de desprotección total.

    ¿Escasean respuestas ante esta cultura del vacío?

    Esta cultura del vacío, de la frivolidad, de la apariencia y de la exterioridad no le satisface en realidad al ser humano. La insatisfacción es muy general, tal como se puede observar en el aumento de depresiones y suicidios, en la proliferación de desencuentros y conflictos en el entorno familiar. Hay un abandono de creencias, pues no se encuentra la satisfacción que en ellas se busca. Hay también huida de la realidad, reclusión en el individualismo. Ante esa situación decadente, la gente busca la manera de compensarlo…

    ¿Pero la gente no corre a la religión para satisfacer esas carencias?

    La religión institucional no ofrece nada que responda a las inquietudes profundas, a los interrogantes antropológicos, a la vaciedad de nuestra cultura. Las religiones te ofrecen un código de comportamiento muy represivo, que no permite el desarrollo de las tendencias del ser humano. Son represivas en la concepción del cuerpo y de la persona. Estamos ante concepciones dualistas en las que el cuerpo es un obstáculo y el alma es lo único que importa. Es un dualismo represivo de todo lo que tiene que ver con la comunicación, la sexualidad…, en definitiva de lo que tiene que ver con el otro. La espiritualidad tiene que ser integral y contemplar la totalidad del ser humano y de la persona.

    ¿En medio de esa crisis, cuál es la oferta de las religiones?

    Una espiritualidad muy cerrada, un código moral, un credo, un conjunto de verdades que hay que creer. Eso a la gente no termina de satisfacerle. Esas verdades se conforman de modo dogmático. Pero por la vida no podemos ir con certezas y verdades absolutas. La verdad es itinerante, es un camino de búsqueda, tal como decía Antonio Machado: “Tú verdad no, guárdatela. La verdad y vamos a buscarla juntos”. El dogma es una perversión de las religiones. El dogma es la negación del símbolo, la petrificación de la experiencia religiosa.

    ¿En concreto, las recetas del cristianismo católico?

    Lo mismo, ofrece la aceptación de unas verdades, de unos principios doctrinales que tienen que reconocerse y aceptarse en su literalidad. La vida no funciona con dogmas, con verdades cerradas y fijas. La vida es camino.

    ¿Desconexión entre el mundo ritual y el mundo vital?

    Las religiones ante esta crisis ofrecen un espacio. ¿Qué se hace en ese espacio? En los templos se ora, se practican los sacramentos, se hacen los ritos. ¿Qué relación tienen esos sacramentos, esos ritos con la vida y la experiencia humana? Ninguna o muy poca. Hay una gran desconexión entre el mundo vital y el ritual.

    Los símbolos que se utilizan en las celebraciones religiosas han ido perdiendo su significado a lo largo de los siglos, pues no están en conexión con la vida de hoy. El dogma es una perversión, un empobrecimiento de las religiones. Pongamos el ejemplo del cristianismo. En el comienzo el dogma era el evangelio. El evangelio quiere decir buena noticia, anuncio de liberación para los pobres, los oprimidos, los marginados… La nueva espiritualidad, en el caso del cristianismo, debe tender a rescatar la buena noticia de la liberación de los excluidos.

    ¿Qué es lo que ha ocurrido en el curso de los siglos con ese lenguaje de símbolos, de imágenes, de parábolas que representa el lenguaje de Jesús? Se convierte en dogma a partir del siglo IV. Eso es una simplificación, un empobrecimiento.

    ¿Cuáles son los límites del diálogo interreligioso? ¿Podemos avanzar a una comunión total en lo interno?

    En el diálogo interreligioso no deberíamos empezar hablando de límites. Ha de haber un diálogo sin condiciones, un encuentro en el que libremente cada una de las tradiciones exponga su concepción de la realidad, su manera de entender la espiritualidad, su manera de comprender a Dios, a lo divino, a lo trascendente. A partir de ahí, fomentar una intercomunicación, superando el paradigma “anti”, que hasta el presente ha predominado y comenzar a fomentar el paradigma “inter”. Es preciso encontrar espacios abiertos de encuentro y comunicación.

    ¿Algo se avanza en esa dirección…?

    Sí, pero para ello será preciso que las religiones se desdogmaticen. Para ello será preciso “etizar”, “espiritualizar”, “ecologizar” las religiones. Sin duda lo más importante para ese diálogo es superar la concepción dogmática de la religión y con ello el respeto al pluralismo y la diversidad. Tampoco en aras de la unión podemos ir a un mismo y único rito. Es preciso respetar la particularidad de cada una de las religiones.

    ¿Dónde se ubicaría Jesús de Nazaret en el mapa espiritual de nuestros días?

    Jesús no renunciaría a su propia tradición. Jesús vivió la propia religión judía de sus padres, pero desde una perspectiva crítica y humanista. Él no es un creyente fundamentalista, sino un creyente crítico. Cuestiona el templo, las instituciones, los ritos, los sacrificios, la propia ley, si no se coloca al servicio del ser humano. El arraigo en una tradición es importante y Jesús lo estaba. Jesús es tradicional en cuanto que vive la experiencia de fe de sus padres, pero no es tradicionalista, en cuanto que no absolutiza la tradición.

    Una cosa es la tradición necesaria, en cuanto referencia a los orígenes, a las propias raíces, a la herencia cultural, que no se puede dilapidar, y otra es el tradicionalismo. Jesús nunca impone, sino que dice: “Si quieres seguirme, éste es el camino”. Jesús en nuestros días estaría abierto, con todos los respetos, a otras vivencias espirituales.

    ¿No mira el cristianismo de progreso en exceso hacia Roma, en lugar de tomar propia iniciativa?

    El cristianismo progresista europeo está muy a la defensiva. Mira mucho a Roma no tanto para seguir las pautas que de allí emanan, sino para oponerse. Tiene demasiado de “anti”. Cuando el Vaticano tiene actitudes contrarias a la democracia y a la libertad es preciso criticarlo, pero no hay que obsesionarse con la jerarquía. El cristianismo de progreso gasta más energía en luchar contra la jerarquía, que en construir una alternativa de Iglesia. La crítica es necesaria, pero lo es más la alternativa. Las protestas son importantes, pero tienen que ir acompañadas de propuestas de nuevos modelos.

    ¿Rasgos de la nueva espiritualidad…?

    La espiritualidad no necesita de las instituciones de forma necesaria. Vamos hacia una espiritualidad sin adjetivos, hacia una interespiritualidad basada en la diversidad de vivencias en función del contexto cultural, de la tradición religiosa particular.

    Soy partidario de una unión en lo interno. Una espiritualidad sin adjetivos debe nacer de la propia subjetividad, de la interioridad del ser humano, de sus propias vivencias. La experiencia espiritual tiene ese componente personal. La institución frena esta experiencia. La experiencia no puede ser dirigida, ni controlada por la institución.

    ¿Riesgo de uniformidad?

    Yo no soy partidario de una espiritualidad uniforme. Se puede caer en el pensamiento único y la diversidad es una riqueza de lo humano. La diversidad cultural y religiosa supone una inmensa riqueza humana. La diversidad biológica es una inmensa diversidad de la vida. La diversidad de planetas es una riqueza del cosmos y así sucesivamente…

    ¿Otros rasgos de la nueva espiritualidad?

    Ha de ser comunitaria. El sujeto de la espiritualidad es el “yo”, pero un “yo” como hermano. No es un “llanero solitario”, ni “un lobo estepario”. El ser humano en cuanto que ser social, se construye en relación con el otro. El “yo” necesita un “tú”. La famosa frase de Desmond Mpilo Tutu refleja muy bien este principio: “Yo soy, si tú eres”. Es decir, la subjetividad tiene que comunicarse con otras subjetividades y así se convierte en espiritualidad “intersubjetiva” o comunitaria. Las experiencias subjetivas se dan en un entorno de comunidad.

    La nueva espiritualidad tiene que ser también ecológica, respetuosa de la casa del ser humano. ¿Dónde nos encontramos más cómodos? En nuestra propia casa, en la naturaleza, por supuesto cuando el clima lo permite. Para que la espiritualidad subjetiva y al mismo tiempo comunitaria se desarrolle plenamente ha de vivirse en la propia naturaleza, que es nuestra casa, nuestro hogar común. El cosmos, la naturaleza, la Tierra es el lugar ideal donde el creyente vive su propia experiencia religiosa. Es preciso recuperar esa idea de carácter sagrado de la naturaleza. Las religiones cósmicas consideran el árbol, la Tierra, la tormenta, la cueva, la cumbre… elementos y espacios sagrados. Yo creo que tienen razón.

    ¿La religión ha de volver a pactar con la Tierra?

    Hemos de ser más humildes y llegar a un pacto con la Tierra. La secularización no está en contra de reconocer la sacralidad de la naturaleza. Sólo reconociendo esta sacralidad el ser humano se verá obligado a respetarla en su integridad. Por lo tanto, la espiritualidad subjetiva y comunitaria considera a la naturaleza como el lugar ideal de encuentro con lo sagrado, con el misterio, con lo divino…, cada uno encuentre la palabra adecuada. Es preciso evitar a toda costa el antropocentrismo de la modernidad. El ser humano no puede vivir sin la naturaleza.

    ¿Hay referencias bíblicas a esta espiritualidad inserta en la naturaleza?

    Donde yo veo mejor reflejado ese pacto, que es el punto de partida de la nueva espiritualidad ecológica, es en el símbolo del Génesis del arco iris. Hay un texto bíblico precioso tras el diluvio universal. Dios dice que nunca más anegará a la Tierra con las aguas y que establecerá un pacto con la naturaleza y el ser humano. Inspirándome en Raimon Panikkar, yo llamo a ese pacto “cosmoteándrico”, ya que en él intervienen tres actores: Dios, el cosmos y el propio ser humano.

    Koldo Aldai



    SI LA NAVIDAD TE ENTRISTECE

     José Arregi

    Hola, amigas y amigos:
    Dentro de una semana será Navidad. Yo quisiera que esta frase te alegrara como a un niño. O como el ángel alegró de noche y al raso a unos pobres pastores, o como la estrella alegró a unos sabios zoroastrianos que adoraban al Dios verdadero y por eso lo seguían buscando en las señales del cielo y de la tierra. ¡Ojalá te alegres! Pero el hecho es que hay mucha gente –hombres y mujeres normales, creyentes lo mismo que increyentes– a la que la Navidad deprime, y tal vez tú eres uno de ellos, y a ti me quiero dirigir sobre todo.


    Estoy seguro de que no es la Navidad de Jesús la que te pone triste: él no puede afligir a nadie, y menos a ti a quien la Navidad aflige. No te faltan razones para estar triste. Miras al mundo con los ojos abiertos, ves por ejemplo los 700 mil millones de dólares que los EEUU han regalado a los bancos como primera remesa, calculas que con esa suma alcanzaría a más de 100 millones de dólares por habitante del planeta –es muy sencillo: 700 mil dividido entre 6 mil–, y sabes que nunca será así ni con Obama, y se te hunde el ánimo. O el alborozo del ambiente –auténtico o fingido, verdadero o falso, no es el caso de discernir– acentúa por contraste tus miedos y angustias; o la alegría ajena, en vez de alegrarte, reaviva el sentimiento de tus ausencias y soledades; o el dispendio propio y ajeno ahonda tu ansiedad insatisfecha; o los villancicos y el “¡Feliz Navidad!” que nacieron del puro gozo de Dios evocan tus vacíos y te hieren el alma; o las luces que decoran los árboles oscurecen aún más tu noche –por lo demás, ¿los árboles iluminados son acaso más bonitos que las ramas oscuras?–.

    Sea como fuere, la Navidad te pone triste. No te avergüences de ninguna tristeza. Eres tú, es tu carne herida, es nuestra carne común herida. No reprimas tu angustia, no te fuerces a la alegría. Pero trata de escucha, por favor: “La Palabra se hizo Carne”. Una carne como la tuya, con sus deseos y sueños, con sus miedos y penas. Una carne caduca y frágil, una carne indigente y sensible. Carne de mundo, carne humana, carne de Jesús, carne de Dios. Dios en nuestra carne común. La palabra se hizo carne. Es maravilloso que exista la palabra, que haya letras, nombres y verbos, con los que entendemos el mundo sin acabar de comprender su misterio, con los que nos decimos la realidad sin agotarla nunca. La palabra es siempre palabra de Dios. Pero la palabra de Dios se hizo carne en Jesús, se hizo carne de mundo desde antes del tiempo y seguirá siendo eternamente carne nuestra.

    Y esperamos –¿qué sería la vida sin esta esperanza oscura?, ¿para qué es la religión sino para sostener la confianza?–, esperamos un mundo sin tristeza. ¿Qué sería el mundo sin este Adviento en su seno? Amiga, amigo: más allá de todo el artificio deprimente de la Navidad, te invito a no desesperar de tu carne y del mundo, pues fue carne de Jesús y es carne de Dios. La liturgia cristiana, desde muy antiguo, destacó esta semana que precede la Navidad con unas bellas antífonas latinas que empiezan con una “O” de admiración y súplica. Es la semana de la “O”. Como María de Nazaret, “la Virgen de la O” o “de la buena Esperanza”, dejaremos cada día que estas antífonas suban y nos eleven desde el fondo de nuestros pesares: ¡Oh Sabiduría y Sabor de la vida, presencia suave y fuerte de Dios en la entraña del mundo! ¡Oh Adonai liberador, zarza ardiente que abrasa y cura nuestras heridas! ¡Oh Raíz del árbol de la historia, de la que vuelve a retoñar la esperanza cansada! ¡Oh Llave oculta que todo lo abres y a todos te abres, sin que nadie te posea! ¡Oh Sol, luz amiga en nuestras muertes y sombras! ¡Oh Deseado de los pueblos olvidados antes y después de la crisis financiera, pueblos de nuestra misma arcilla! ¡Oh Enmanuel, Dios con nosotros para siempre, aliento secreto en el corazón de todas las criaturas!

    No te aflijas porque la Navidad te ponga triste. Acércate humildemente al pesebre de Jesús, toma y besa su carne que es la tuya, desahoga tus penas y las del mundo entero que son las suyas, que son las de Dios. Y deja que Dios te diga: “Yo nazco en tu corazón triste. Y estaré triste contigo, hasta que juntos salgamos de toda tristeza, hasta que juntos consolemos todas las lágrimas. No temas. Nunca os dejaré”.

    José Arregi

      Para orar
        Porque nuestros proyectos se desmoronan y fracasan
        y el éxito no nos llena como ansiamos.
        Porque el amor más grande deja huecos de soledad,
        porque nuestras miradas no rompen barreras,
        porque queriendo amar nos herimos,
        porque chocamos continuamente con nuestra fragilidad,
        porque nuestras utopías son de cartón
        y nuestros sueños se evaporan al despertar.
        Porque nuestra salud descubre mentiras de omnipotencia
        y la muerte es una pregunta que no sabemos responder.
        Porque el dolor es un amargo compañero
        y la tristeza una sombra en la oscuridad.
        Porque esta sed no encuentra fuente y nos engañamos con tragos de sal.
        Al fin, en la raíz, en lo hondo, sólo quedas Tú.
        (Anónimo)

      miércoles, 17 de diciembre de 2008

      "LA IGLESIA ES UN OBSTÁCULO PARA ENTENDER EL EVANGELIO"


      No le gusta utilizar el término profeta. Por respeto a lo que significa. Pero, sin duda, José María Castillo, es uno de los últimos teólogos-profetas. De los que anuncian el gozo de la autenticidad del Evangelio. Y de los que denuncian su perversión. Su obra, “La religión de Jesús” (Desclée) son comentarios de los textos litúrgicos, en los que aparece un Jesús preocupado sobre todo por la salud y la alimentación de la gente. El teólogo asegura que su “hogar intelectual y espiritual sigue siendo la Compañía de Jesús” y considera que “mantener a Losantos en la COPE hace daño a la credibilidad de la Iglesia”. 

      P.- Un libro significativo desde su título: “La religión de Jesús”. 

      R.- Decidí escribir este libro y ponerle ese título por dos motivos. En primer lugar, porque el tema de la religión es más preocupante en estos momentos que el tema Dios. Y en segundo lugar, una de las cosas más sorprendentes de los Evangelios es un Jesús profundamente religioso y, al mismo tiempo, en conflicto con la religión. Con los dirigentes de la religión, con el Templo. Hasta tal punto que éstos últimos lo condenaron a muerte y lo mataron. Es decir, Jesús vive un conflicto radical con la religión, con su religión. 

      P. ¿Esta es, entonces, la tesis del libro? 

      R.- Se trata de constatar algo que está en los Evangelios. A saber, que una lectura de los Evangelios hecha desde los criterios de la religión establecida nos imposibilita para entenderlos. 

      P.- ¿Quiere eso decir que el catolicismo actual dificulta el acceso al Evangelio? 

      R.- La Iglesia es un gran obstáculo para entender el Evangelio. Por eso, grandes sectores de la Iglesia y del clero le tienen mucho miedo al Evangelio. Y es que Jesús denunció al Templo y, por supuesto, no instituyó el sacerdocio. Y la eucaristía no fue un rito religioso, sino una cena de amigos. Es decir, la Iglesia ha asumido una serie de prácticas que no están de acuerdo con el Evangelio. 

      P.- ¿Por ejemplo y en concreto? 

      R.- Por ejemplo, tener templos. La Iglesia no tuvo templos hasta el siglo IV. Los cristianos se reunían en las casas. Y también todo lo ligado al templo. Desde los altares a los sacerdotes convertidos en funcionarios de esos templos. Es decir, Jesús no instituyó un clero como el que tenemos ahora en la Iglesia. Por ejemplo, los presbíteros vivían de su trabajo y no eran obligatoriamente célibes. 

      P.- ¿Y la jerarquía episcopal? 

      R.- La jerarquía episcopal pertenece a la estructura divina de la Iglesia. Jesús elige a los apóstoles para presidir las comunidades. Lo que pasa es que, con el paso del tiempo, la jerarquía se transforma en un episcopado monárquico y en la Iglesia se pierde la práctica democrática. Obispos, sí, pero no separados del resto de los creyentes ni célibes. Dicho de otra forma, el sistema organizativo actual del episcopado no proviene de Jesús. 

      P.- ¿Qué es lo que va a encontrar el lector que se acerque a su libro? 

      R.- Se encontrará con comentarios a los textos litúrgicos del Evangelio de cada día. No una exégesis completa, pero sí los puntos clave de cada texto. 

      P.- ¿Comentarios académicos y espirituales viniendo de quien vienen? 

      R.- Sí y, en esencia, que les sirvan a la gente para dos cosas. Primero, para conocer el Evangelio. Los católicos lo conocen muy poco, a diferencia de los protestantes. Y en segundo lugar, comentarios que les sirvan a la gente para orar y reflexionar. 

      P.- Conociendo a su autor, imagino que desde una óptica muy profética.

      R.- No pretendo ser ni soy un profeta. Es una palabra a la que le tengo mucho respeto por todo lo que simboliza y encarna. Pero sí un teólogo crítico. Porque Jesús también fue muy crítico y quebrantaba continuamente las normas: comía con pecadores y publícanos, acogía a las mujeres, compartía su vida con los pobres y los pecadores... 

      P.- ¿Los críticos también son evangélicos? 

      R.- Claro. Ser crítico es ayudar a entender y a vivir la entraña, la clave y el núcleo de los textos evangélicos. 

      P.- ¿Con sugerencias prácticas? 

      R.- La principal sugerencia es cultivar la humanidad. Tenemos que ser humanos, Dios en Jesús se humanizó, se vació de sí mismo. Ese es el misterio de la Encarnación: la humanización de Dios. Jesús nos enseñó, ante todo, a ser profundamente humanos. Lo indispensable para acceder a Dios es humanizarnos. Porque, en cada uno de nosotros, está mezclado lo humano y lo inhumano. 

      P.- ¿Quiere decir que la tarea del creyente es humanizarse o liberarse de la deshumanización? 

      R.- Claro. Antes de hablar de caridad, tenemos que hablar de respeto, de dignidad, de tolerancia, de estima, de sensibilidad con los sufrimientos de los demás. Tenemos tendencia a hablar de cosas sublimes, pero lo primero, lo mínimamente humano, aquello en lo que todos los seres humanos coincidimos es nuestra condición carnal, la carnalidad. 

      P.- ¿Y además de la carnalidad? 

      R.- La alteridad: nos necesitamos unos a otros. 

      P.- ¿Estas dos condiciones, la carnalidad y la alteridad, están muy presentes en el Evangelio? 

      R.- A Jesús le preocupan fundamentalmente tres cosas. Primero, se preocupa constantemente por la salud de la gente. De ahí los milagros o las curaciones. ¿Eran milagros? Difícil de determinar. Lo que sí está claro es que Jesús no soportaba ver a una persona sufriendo. Por eso, siempre está preocupado por la salud de la gente. 

      P.- ¿La segunda preocupación de Jesús? 

      R.- La preocupación por la alimentación. Los Evangelios están llenos de pasajes que muestran constantemente la preocupación de Jesús por la salud y por la alimentación de la gente. De ahí que comparta la mesa. Es la comensalidad. 

      P.- ¿Y su tercera preocupación? 

      R.- La alteridad, las relaciones humanas, el respeto, la aceptación de las diferencias. Por eso, Jesús se acercó más a lo ‘peor’ de su época: los pobres, las mujeres, los extranjeros o los samaritanos. Y de todos ellos hay relatos conmovedores. 

      P.- ¿Cuál es el texto evangélico que más le llega? 

      R.- El que más me impresiona es el del Juicio Final: Tuve hambre y me disteis de comer...Se trata de una enumeración de situaciones de sufrimiento. El juicio último no se hace en función de la fe ni de Dios, sino en función de la relación con los demás. 

      P.- ¿Y el autor? ¿Cómo se encuentra el autor del libro? 

      R.- Divinamente. Soy feliz y estoy lleno de optimismo e ilusión, a mis 79 años. A los 78 salí de jesuita, porque creía que así iba a tener una libertad de la que no disponía dentro. No porque la Compañía fuese rígida, sino porque es una institución que tiene que rendir cuentas a otra institución mayor que es la Iglesia. Y había exigencias que afectaban a la institución y que las vivía com un bloqueo. 

      P.- ¿Su hogar intelectual y espiritual sigue siendo la Compañía? 

      R.- Por supuesto. Sigo inmerso en los jesuitas. Todo lo que soy y todo lo que tengo se lo debe a los jesuitas. Y por eso no quise seguir creándoles problemas. Además, quería disponer de libertad para poder decir todo lo que pienso. Y me alejé de La Compañía para tener más libertad y no ocasionarle más quebraderos de cabeza. Pero mi hogar espiritual sigue siendo la Compañía de Jesús. 

      P.- ¿Le duele la situación actual de la Iglesia española? 

      R.- Me duele y mucho. Porque hay un éxodo muy grande de gente que se aleja de ella. Su imagen pública no ayuda a que la gente de hoy se acerque al Evangelio. 

      P.- ¿Hay división en la Iglesia? ¿Hay dos Iglesias? 

      R.- Hay una fractura evidente entre los grupos más fundamentalistas y los más abiertos. 

      P.- ¿Se han roto los puentes entre ambos sectores? 

      R.- Y cada día se rompen más. Entre otras cosas, porque la mayoría de la jerarquía se ha inclinado hacia los grupos más fundamentalistas y hacia la derecha política e ideológica. 

      P.- ¿Le ha desilusionado el Papa Ratzinger? 

      R.- En un principio, pensé que su categoría teológica iba a influir en el impulso a la renovación de la Teología. Pero no ha sido así. Y me preocupa profundamente el empobrecimiento de la Teología. La generación de los grandes teólogos del Concilio no tuvo sucesores. Y, además, hay una regresión evidente en todos los aspectos. 

      P.- ¿Qué opina de la polémica de los crucifijos en la escuela pública? 

      R.- Yo no haría problema de eso. Cristo terminó crucificado, algo que, en aquel tiempo, era lo más laico. Era la ejecución de una condena legal para esclavos y subversivos. Era, pues, lo más secular y lo más laico. Hoy, es lo más sagrado y ha perdido su significado original. Además, Cristo no murió entre dos ladrones, como suele decirse, sino entre dos subversivos, dos revolucionarios. 

      P:- ¿Es partidario de exhumar a los muertos de la Guerra civil? 

      R.- Hay que enterrar dignamente a los muertos de la guerra civil. Es un derecho y una obligación para todos. Los familiares tienen la obligación y el derecho de recuperar a sus familiares y darles una sepultura digna. Eso es algo que está pendiente en España. Y la Iglesia también tiene derecho a elevar a sus mártires a los altares. 

      P.- Federico Jiménez Losantos vuelve a estar tristemente de actualidad por su polémica con el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón. ¿Qué piensa del comunicador estrella de la radio de los obispos? 

      R.- Apenas lo oigo. Pero no me agrada. Losantos no le hace bien a la cadena de los obispos. Su forma de decir las cosas me repugna. Me siento mal oyéndolo. Siempre está atacando. No le hace ningún bien ni a la Conferencia episcopal ni a la Iglesia. Si los obispos lo mantienen es porque les da beneficios económicos. Pero mantenerlo le hace daño a la credibilidad de la Iglesia. 



      martes, 16 de diciembre de 2008

      OTRO CRISTIANISMO ES POSIBLE - 08

      08. La piedra angular de la doctrina de nuestra fe. Jesucristo ¿hombre y Dios en uno solo? (En este vínculo aparece el texto del capítulo de Lenaers)

      La pregunta nos parece retórica porque la tesis del capítulo sí que, esta vez, es inequívoca. ¿Jesús hombre y Dios? Rotundamente NO.

      ¿Puede un cristiano rechazar el dogma definido en Nicea de las dos naturalezas en la única persona de Jesús? “La respuesta es afirmativa” dice el autor que se propone examinar el origen, desarrollo y alcance moderno de Jesús como piedra angular de la fe cristiana.

      La piedra angular es el mensaje de salvación existencial en cuantoexperimentado en el encuentro con Dios, en Jesús para sus discípulos (y en otros hombres de Dios para la mayoría de la humanidad). Para nosotros, es la misma actitud vital de tal encuentro religada al testimonio de aquellos primeros creyentes, mediatos o inmediatos. Punto. La dificultad comienza cuando a esta actitud vital de orden existencial se le ha añadido históricamente la posteriorelucubración filosófica helenista de los 4 primeros concilios (siglos IV y V), doctrina filosófica que ha devenido, de hecho, la piedra angular de la creencia jerárquica y popular.

    • Primera fase: el Dios judío es sólo Yahvé.
    • “La confesión de la divinidad de Jesús en el Nuevo Testamento no aparece antes de fines del siglo I” (p.95), en el sentido fuerte de “segunda persona de la santísima Trinidad” (p.97). Incluso para Juan “el Padre continúa siendo siempre mayor que Jesús” (p.95). Jesús no tuvo conciencia de ser igual a Yahvé, pues él mismo hubiera considerado esto como blasfemo. Sólo 60 o 70 años después de su muerte el lenguaje estrictamente metafórico de Juan, el ‘aura divina’ de títulos como ‘hijo de Dios’, ‘Servidor de Dios’, ‘Cordero de Dios’, ‘Ungido de Dios’ y la personificación de atributos como Sabiduría, Espíritu y Logos comenzaron a apuntar alguna divinización de Jesús. Es sorprendente cómo la falta de rigor y de crítica histórica ha interpretado en clave fundamentalista los textos y los ha leído proyectando sobre ellos desarrollos teóricos posteriores (como sigue haciendo BXVI en su libro sobre Jesús).

    • Segunda fase: el carácter politeísta del concepto helenístico de Dios.
    • La ruina de Jerusalén el año 70 marca el comienzo del predominio de los paganos convertidos. Sin percatarse de ello, el concepto Dios va cambiando poco a poco radicalmente. Dioses, semidioses, héroes divinizados habitan el Olimpo. El mismo emperador es dios ¿Cómo no va a serlo Jesús?

      “Para los cristianos el emperador no es el verdadero Dios sino más bien Jesús”. Por ello “en el primer cuarto del siglo II ya es corriente llamar Dios a Jesús” (p.95), sin equivalencia del concepto Dios con el de hoy.

      Los filósofos cristianos asumieron el pensamiento helenístico y, sin advertir la diferencia de contenido del concepto judío y helenista, creyeron armonizar ambas mentalidades. Desaparecidos los dioses ¿qué impedía que la “esencia divina de Yahvé valiese también para Jesús”? (p.96)? La fusión de dos contenidos dio lugar a la confusión que aún perdura.

      Tal fue el contexto de aquellos padres conciliares “pensadores más que orantes” (p.96).

      No nos engañen las ampulosas palabras del Conc. De Nicea “hijo único de Dios, nacido desde siempre del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, etc. Se fundaban más en la especulación que en la experiencia personal. Porque “¿cómo podría aquella asamblea de teólogos tener conocimiento [y decir algo] de la vida interior del misterio indecible que llamamos Dios? …Por eso la solución de Nicea trajo consigo su ruina. Y ésta misma es la que hoy hace crisis” (ps. 96-97). El hecho es que la especulación filosófica comandada por la conveniencia política ha inficionado durante 15 siglos la imagen de Jesús (aunque ¡cien años son para Dios como un día!) y marginado “la experiencia de fe de los primeros discípulos”.

      Volvamos de tales especulaciones filosóficas a la mentalidad con la que los paganos convertidos de comienzos del siglo II nombraban a Jesús como Dios. Muy lejos ya del impacto directo que había sido el de los primeros seguidores, estos conversos tenían una imagen de Jesús basada en la predicación recibida, en la sanación existencial que experimentaban como un nuevo nacimiento. Veían, pues, en Jesús una cierta trascendencia que lo situaba por encima de los dioses que conocían pero sin poder formularla más que mediante lascaracterísticas de éstos, dado que para ellos, paganos hasta ese momento, no significaba nada decir que Jesús era igual al Yahvé de los judíos.

      Estas características identificaban a Jesús como perteneciente al mundo de los dioses, “superadas las limitaciones humanas…era inmortal…podía intervenir castigando o premiando…y además regalaba vida eterna después de la muerte” (p.98). Como los dioses. Características, pues, que dotan a Jesús de rango “divino” que permitía a los paganos conversos entender a Jesús como habitante del mundo-de-arriba, del Olimpo y llamarle, por tanto, Dios pero que hoy son inaceptables para la Modernidad. Esa ‘trascendencia’ que en la experiencia de conversión de los cristianos del siglo II permitió llamar Dios a Jesús no nos lo permite a nosotros, conscientes de que en el sentido más originario de nuestras fuentes bíblicas “Jesús no era Yahvé”.

    • Tercera fase: Recuperar en el encuentro con Jesús la originaria experiencia existencial de Dios.
    • No es cuestión, pues, de rebajar el contenido de la experiencia de los discípulos o de los cristianos del siglo II sino de recuperarla manteniendo su sentido, deslucido por la teología conciliar posterior.

      Es decir, el lenguaje metafórico de Jesús “Señor, salvador… Ungido…hijo del hombre, siervo de Yahvé…y, sobre todo hijo de Dios, entendiendo por hijo la imagen de Dios, su representación, su elegido” (p.99) nos siguen sirviendo. “Tenemos formulaciones valiosas del tiempo de la transición. Las encontramos sobre todo en el cuarto evangelio escrito alrededor del año 100 que fue testigo de los primeros y vacilantes intentos por llamar Dios a Jesús…el camino, la verdad…la vida, la palabra de Dios, la luz del mundo, la vid verdadera, el pastor, el pan de vida. Y ha acuñado una fórmula genial según la cual quien ve a Jesús ve al Padre, el cual es más grande que él” (p.99). Incluso la metáfora joanea de Palabra (Logos) de Dios encarnada (J. Hick). La vivencia experiencial de fe puede ser la misma, pero…

      “Hay ciertas fórmulas que promueven esta fe y podemos pensar que es lo mismo que hicieron las expresiones de los cuatro primeros concilios y no han cesado de hacerlo…¡hasta ayer! Pero hoy ya no lo consiguen más. El ámbito de pensamiento en el que nacieron se ha vaciado completamente de su contenido debido a la Modernidad. Entonces no tiene ningún sentido seguirlas manteniendo a cualquier precio. Es mejor abandonarlas y adoptar otras que nos signifiquen mejor lo que podemos entender” (p. 100). Los concilios cristológicos proyectaron sobre la experiencia cristiana originaria, recubriéndola, unos conceptos abstractos que fungieron el papel de oscurecimiento, para entonces sin duda pero sobre todo para hoy. No hay que leer el Evangelio a la luz de Calcedonia como, al parecer, hace el Ratzinger teólogo, sino filtrar el concilio de todo lo que habría sorprendido a los evangelistas y sería ininteligible y vacuo para los cristianos modernos. Parecidamente a lo que como ocurría en los primeros cristianos “no debemos olvidar que esos obispos respiraban y pensaban en una cultura en la cual la división de la realidad en dos mundo paralelos era evidente. En ese contexto era totalmente posible pensar que Dios bajara condescendiente desde su mundo y asumiera la naturaleza humana por muy asombroso y sorprendente que parezca. A ellos les faltaba comprender el origen histórico que tenía la piadosa costumbre litúrgica de venerar a Jesús como a Dios. Todo esto relativiza de antemano sus percepciones, sus persuasiones y también sus anatemas” (p 101). Falta de sentido histórico, pues, y, por otra parte, interpretación de la Biblia como oráculos de Dios que legitimaban sus opiniones teológicas.

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    • Pregunta decisiva a la teología clásica de barniz moderno:
    • Al final Lenaers relaciona la fe con la salvación y hace este planteamiento: “Tal vez Jesús aparece como superior y más allá de lo humano cuando se lo muestra con el revestimiento filosófico de la «segunda persona de la Trinidad divina». Pero, ¿será por ello más salvador nuestro que cuando se lo ve y cree en él como lo vieron y creyeron sus primeros discípulos y la iglesia de los primeros decenios? (p.100).

      Siguiendo esta reflexión, nosotros continuamos la reflexión: Si Jesús no es Dios, no existe una salvación llegada desde el mundo-de-arriba. Jesús como todos los seres humanos posee una naturaleza de por si misma precaria y deficiente, pero para cuya sanación (salvación) dispone de todas las capacidades de que el ‘misterio creador’ no cicatero lo ha dotado. Si esto es así y si no se ha dado ningún pecado original hereditario que nos haya privado de un ‘paraíso perdido’ ¿qué sentido tiene doblar el ‘misterio de Dios creador’ con una salvación añadida?



      lunes, 15 de diciembre de 2008

      EL DERECHO DE LOS CODICIOSOS

      JOSÉ M. CASTILLO

      ¿DÓNDE está la raíz de la crisis económica que estamos padeciendo? Se dice que la explicación de este desastre radica en la codicia de los gestores de las grandes empresas. Y es verdad. Cuando la economía mundial se ha organizado de forma que se ha convertido en una 'economía electrónica', no nos hemos dado cuenta, cuando todavía el desastre se podía remediar, que estábamos instalados sobre un polvorín que en cualquier momento podía estallar. Cuando se crea una economía en la que los gestores de fondos, bancos, empresas o simplemente los millones de inversores individuales, pueden transferir cantidades enormes de capital de un lado del mundo al otro apretando el ratón de su ordenador, a nadie se le debería haber ocultado que estábamos al borde de un precipicio cuyo fondo nadie conoce todavía. Si un individuo, con el simple gesto de apretar un dedo, puede desestabilizar lo que podían parecer economías fuertes, como ocurrió en Asia en la década de los 90, tendríamos que habernos dado cuenta de que la codicia de los más poderosos podía, en cualquier momento, desestabilizar al mundo entero. Y eso es lo que ha ocurrido.

       

      ¿Quiere esto decir que los grandes empresarios, que han causado este desastre, y los políticos que lo han permitido, son más codiciosos que el resto de los mortales? No creo que eso sea así. Porque codicias y codiciosos siempre ha habido. Y los hay por todas partes. Lo que ha pasado es que ahora se han dado las condiciones propicias para que la codicia de unos cuantos haya tenido la fuerza necesaria para desestabilizarnos a todos. ¿Por qué? No porque haya aumentado la codicia de unos cuantos, sino porque no ha existido una legislación y un derecho de ámbito mundial con el poder y las garantías necesarias para impedir que ocurriera lo que ha ocurrido. Cuando la justicia y las leyes están pensadas y organizadas de manera que lo que se impone no es «la ley del más débil» (L. Ferrajoli), sino «el interés del más fuerte», entonces la economía cesa de ser «un servicio para los ciudadanos» y se convierte en «una fuerza salvaje, orientada exclusivamente aganar dinero rápido a expensas de los consumidores» (L. Napoleoni).

       

      Es un hecho que la manera de pensar que está persuadida de que «el beneficio es lo que cuenta» (N. Chomsky), es un componente constitutivo de la cultura de Occidente. Y esto, no sólo como apetencia interna del ser humano, sino sobre todo como componente del Derecho que ha configurado nuestra cultura. Me refiero al Derecho Romano. Pues bien, lo que siempre interesó a los creadores del Derecho Romano (base del Derecho de Occidente) eran «las reglas que gobernaban la propiedad individual y las acciones derivadas de ésta» (Peter G. Stein). Esto explica por qué los juristas de la antigua Roma dieron tanta importancia al Derecho Privado y apenas se preocuparon de los asuntos públicos. Ya las XII Tablas (451 años a. C.) disponían que si el propietario de una casa capturaba a un ladrón cuando robaba, si el ladrón se resistía al arresto, el propietario podía matar al delincuente. Era una forma eficaz de enseñar que la propiedad privada está antes que la vida humana. Y la historia de nuestra cultura occidental se ha encargado de dar cuenta fehaciente de que el poderoso Occidente ha tomado en serio que la propiedad es más importante que la vida. Ahora empezamos a comprender la atrocidad que hemos hecho, cuando a fuerza de agresiones a toda forma de vida, nuestro Derecho (y nuestra codicia) de propiedad está a punto de liquidar las fuentes mismas de la vida en el planeta. Al decir esto, no hablo de comportamientos éticos. Insisto en que, al decir estas cosas, estoy hablando de uno de los pilares básicos (el Derecho) de una cultura, la llamada cultura de Occidente. Por supuesto, nuestro Derecho no dice que se puede matar para apoderarse de lo ajeno. Pero es que lo grave de nuestro Derecho no está en lo que dice, sino en lo que no dice. De ahí el vacío legal que ha hecho posible tanto atropello financiero. Y -lo que es más indignante- que, después de lo ocurrido, los gigantes de la codicia, cuyos nombres y rostros se conocen, están todos en la calle disfrutando impunemente de sus asombrosas fortunas. ¿No se podía haber evitado semejante atrocidad? Seguramente, el vertiginoso crecimiento de la economía y el alarmante debilitamiento de la política han fomentado el logro de tanta barbarie. Me temo que estamos pagando los costos espantosos que ahora nos impone la matriz jurídica y cultural en la que nacimos y en la que nos han educado. En el s. XIX, Bermhard Windscheid, en su excelente estudio sobre el espíritu del Derecho Romano, advertía que la tradición de este cuerpo legal dio la máxima libertad a la propiedad privada y redujo al mínimo la responsabilidad de los hombres de negocios. Occidente ha redactado la Carta de los Derechos Humanos. Pero antes codificó el Derecho Romano, por cuyos principios se ha configurado nuestra cultura. La cultura en la que hemos sido educados. Lo hemos mamado. De forma que esto nos constituye sin que nos demos cuenta. Por eso se comprende la mentalidad brutal de tanta gente cultivada en los saberes que impregnan el tejido social en el que nos hemos criado. Por eso me atrevo a decir que no nos entusiasmemos con esperanzas fundadas en Obama y sus economistas o en posibles decisiones que se vayan a gestar en Bruselas. Por muy importante que sea el acierto de los economistas y la gestión de los políticos, me temo que el problema no tendrá solución si no cambiamos de mentalidad. Mientras sigamos pensando que lo mío es mío y que la ganancia es lo que importa, podemos estar seguros de que no salimos de la crisis. Y si es que levantamos cabeza, antes o después nos volveremos a hundir. Por no hablar de los más de mil millones de seres humanos que ya están abocados a una muerte cercana y sin remedio.