viernes, 19 de diciembre de 2008

SI LA NAVIDAD TE ENTRISTECE

 José Arregi

Hola, amigas y amigos:
Dentro de una semana será Navidad. Yo quisiera que esta frase te alegrara como a un niño. O como el ángel alegró de noche y al raso a unos pobres pastores, o como la estrella alegró a unos sabios zoroastrianos que adoraban al Dios verdadero y por eso lo seguían buscando en las señales del cielo y de la tierra. ¡Ojalá te alegres! Pero el hecho es que hay mucha gente –hombres y mujeres normales, creyentes lo mismo que increyentes– a la que la Navidad deprime, y tal vez tú eres uno de ellos, y a ti me quiero dirigir sobre todo.


Estoy seguro de que no es la Navidad de Jesús la que te pone triste: él no puede afligir a nadie, y menos a ti a quien la Navidad aflige. No te faltan razones para estar triste. Miras al mundo con los ojos abiertos, ves por ejemplo los 700 mil millones de dólares que los EEUU han regalado a los bancos como primera remesa, calculas que con esa suma alcanzaría a más de 100 millones de dólares por habitante del planeta –es muy sencillo: 700 mil dividido entre 6 mil–, y sabes que nunca será así ni con Obama, y se te hunde el ánimo. O el alborozo del ambiente –auténtico o fingido, verdadero o falso, no es el caso de discernir– acentúa por contraste tus miedos y angustias; o la alegría ajena, en vez de alegrarte, reaviva el sentimiento de tus ausencias y soledades; o el dispendio propio y ajeno ahonda tu ansiedad insatisfecha; o los villancicos y el “¡Feliz Navidad!” que nacieron del puro gozo de Dios evocan tus vacíos y te hieren el alma; o las luces que decoran los árboles oscurecen aún más tu noche –por lo demás, ¿los árboles iluminados son acaso más bonitos que las ramas oscuras?–.

Sea como fuere, la Navidad te pone triste. No te avergüences de ninguna tristeza. Eres tú, es tu carne herida, es nuestra carne común herida. No reprimas tu angustia, no te fuerces a la alegría. Pero trata de escucha, por favor: “La Palabra se hizo Carne”. Una carne como la tuya, con sus deseos y sueños, con sus miedos y penas. Una carne caduca y frágil, una carne indigente y sensible. Carne de mundo, carne humana, carne de Jesús, carne de Dios. Dios en nuestra carne común. La palabra se hizo carne. Es maravilloso que exista la palabra, que haya letras, nombres y verbos, con los que entendemos el mundo sin acabar de comprender su misterio, con los que nos decimos la realidad sin agotarla nunca. La palabra es siempre palabra de Dios. Pero la palabra de Dios se hizo carne en Jesús, se hizo carne de mundo desde antes del tiempo y seguirá siendo eternamente carne nuestra.

Y esperamos –¿qué sería la vida sin esta esperanza oscura?, ¿para qué es la religión sino para sostener la confianza?–, esperamos un mundo sin tristeza. ¿Qué sería el mundo sin este Adviento en su seno? Amiga, amigo: más allá de todo el artificio deprimente de la Navidad, te invito a no desesperar de tu carne y del mundo, pues fue carne de Jesús y es carne de Dios. La liturgia cristiana, desde muy antiguo, destacó esta semana que precede la Navidad con unas bellas antífonas latinas que empiezan con una “O” de admiración y súplica. Es la semana de la “O”. Como María de Nazaret, “la Virgen de la O” o “de la buena Esperanza”, dejaremos cada día que estas antífonas suban y nos eleven desde el fondo de nuestros pesares: ¡Oh Sabiduría y Sabor de la vida, presencia suave y fuerte de Dios en la entraña del mundo! ¡Oh Adonai liberador, zarza ardiente que abrasa y cura nuestras heridas! ¡Oh Raíz del árbol de la historia, de la que vuelve a retoñar la esperanza cansada! ¡Oh Llave oculta que todo lo abres y a todos te abres, sin que nadie te posea! ¡Oh Sol, luz amiga en nuestras muertes y sombras! ¡Oh Deseado de los pueblos olvidados antes y después de la crisis financiera, pueblos de nuestra misma arcilla! ¡Oh Enmanuel, Dios con nosotros para siempre, aliento secreto en el corazón de todas las criaturas!

No te aflijas porque la Navidad te ponga triste. Acércate humildemente al pesebre de Jesús, toma y besa su carne que es la tuya, desahoga tus penas y las del mundo entero que son las suyas, que son las de Dios. Y deja que Dios te diga: “Yo nazco en tu corazón triste. Y estaré triste contigo, hasta que juntos salgamos de toda tristeza, hasta que juntos consolemos todas las lágrimas. No temas. Nunca os dejaré”.

José Arregi

    Para orar
      Porque nuestros proyectos se desmoronan y fracasan
      y el éxito no nos llena como ansiamos.
      Porque el amor más grande deja huecos de soledad,
      porque nuestras miradas no rompen barreras,
      porque queriendo amar nos herimos,
      porque chocamos continuamente con nuestra fragilidad,
      porque nuestras utopías son de cartón
      y nuestros sueños se evaporan al despertar.
      Porque nuestra salud descubre mentiras de omnipotencia
      y la muerte es una pregunta que no sabemos responder.
      Porque el dolor es un amargo compañero
      y la tristeza una sombra en la oscuridad.
      Porque esta sed no encuentra fuente y nos engañamos con tragos de sal.
      Al fin, en la raíz, en lo hondo, sólo quedas Tú.
      (Anónimo)

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