jueves, 14 de mayo de 2009

¿Y SI EL VATICANO NO EXISTIERA?

Alfredo Tamayo Ayestarán
Doctor en filosofía y teología

Considero que la pregunta propuesta tiene por referente el Vaticano como un Estado soberano, con su territorio, con el Papa como autoridad absoluta, con su gobierno de cardenales, su constitución, sus tribunales, un cuerpo diplomático acreditado. Entiendo en consecuencia que el término Vaticano no tiene como referencia al Papa como portador de lo que llamamos “carisma de Pedro”. Estaría por tanto justificado que un creyente puede afirmar que cree en el Papa pero no en el Vaticano. 
Para poder responder de modo adecuado a la pregunta es indispensable mirar a la historia. Nos dice que el obispo de Roma –reconocido ya desde los primeros tiempos de la comunidad cristiana como “pastor universalis”, como instancia suprema de la fe y de la unidad de la Iglesia– no dispuso en cambio al principio de un patrimonio territorial ni reivindicó poder político alguno. Tuvo que llegar el derrumbe del Imperio Romano y el feudalismo medieval para que el obispo de Roma revistiera la figura de un soberano también temporal al modo de los otros señores y príncipes y se hiciera con un territorio y una superestructura política.
Como acontecimiento capital en la historia del papado hay que recordar la pérdida de los Estados Pontificios a mediados del siglo xix en la guerra en pro de la unidad italiana por obra de los Victor Manuel, Cavour y Garibaldi y siendo el pontífice romano Pío IX. Los pactos de Letrán en 1929 entre Pío XI y Benito Mussolini darían carta jurídica a este estado de cosas. Si una inmensa mayoría del pueblo católico vio en este acontecimiento una inmensa desgracia para la Iglesia y promovieron movimientos de masas al grito de “Viva el Papa Rey”, los años que siguieron pusieron en evidencia que esta pérdida de poder temporal había traído consigo un incremento notable del prestigio de la institución del primado romano. Papas como León XIII, Pío X, Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, gozaron de una autoridad moral desconocida. Si bien el Concilio Vaticano I quiso compensar la pérdida de poder temporal con una afirmación de poder espiritual, proclamando el dogma de la infalibilidad pontificia en 1870.
En el siglo xx el papa Juan XXIII, el Concilio Vaticano II y el primer Pablo VI quisieron llevar adelante esa reducción de la estatura secular del pontificado romano y a la vez alejar de la institución papal el carácter de soberano espiritual absoluto heredado del Concilio Vaticano I. A ello obedeció la insistencia en la colegialidad episcopal llamada a mitigar la inflación de la institución papal. El Papa debía ejercer su carisma en comunicación y gestión con el resto de los obispos del orbe católico y no sólo con la curia. Pablo VI fue el iniciador de esta doble tarea de ir aligerando el apartado secular vaticano y un poder espiritual inflacionado desde los días de Pío IX. Como dijo un eminente teólogo, “hemos llegado a un punto que hasta otorgamos infalibilidad al discursito que pronuncia el Papa los miércoles ante los fieles reunidos en la plaza de San Pedro”. Pablo VI eliminó la tiara o triple corona pontificia, redujo la ostentación cardenalicia, internacionalizó la curia y, sobre todo, puso en juego aquello que creyó Congar era el avance más importante del Concilio Vaticano II, la colegialidad episcopal. Convocó en Roma el primer sínodo de obispos. Fue un buen paso adelante. Pero nada más. El carácter hamletiano del papa Montini, la angustia por las defecciones sacerdotales y la edad vencieron en él. Juan Pablo I, el papa Luciani, quiso continuar la reforma del aparato iniciada por su predecesor, sobre todo en lo que a las finanzas vaticanas atañe, pero murió en el intento.
Ya con Juan Pablo II se abre un claro tiempo de contrarreforma en que el pontificado como poder es reforzado. Se apuesta por una Iglesia triunfalista, si bien en un momento de sinceridad el papa Woytila confesara que el modo de concebir el ministerio de Pedro necesitaba ser sometido a revisión ya que constituía el obstáculo máximo para la unión de las Iglesias. El papa Ratzinger parece seguir la línea de contrarreforma del papa polaco.
Hoy no miramos ya a los sucesos de 1870 para aprender su lección. El aparato secular en el que se movía el Papa reducido a mínimos redundó en un aumento de calidad evangélica. Si el primado romano dejara de ser un jefe de Estado con todo el lastre secular que implica y se acercara al modelo de los primeros siglos, la Iglesia católica daría un paso decisivo para ser de veras Iglesia de Cristo sin necesidad de que un nuevo Garibaldi lo imponga.



miércoles, 13 de mayo de 2009

LOS COMUNISTAS NO SON QUIENES PARA DAR LECCIONES

Entrevista con Martínez Camino


–Han pasado unos días desde que la Mesa del Congreso admitió a trámite la propuesta de reprobación del Papa. 
–Es lamentable que se haya admitido algo así, y más aún a instancias de un grupo político pequeño, los comunistas, una ideología que no puede dar lecciones de respeto a los Derechos Humanos. No son quiénes. Admitir a trámite en el Parlamento una valoración de las palabras del Papa, en positivo o en negativo, es algo que no tiene sentido. Resulta hiriente y chocante que el Parlamento crea ser juez y valorador de la actividad del Santo Padre. Esto que ha pasado es triste, es lamentable y no pueden justificarlo con excusas reglamentarias.

–La Iglesia objeta que el preservativo sea un método anticonceptivo y tenga un efecto de barrera. ¿Qué pasaría si se inventase un método preventivo contra el Sida sin estas características? Por ejemplo, se investiga con la posibilidad de geles vaginales. 
–Si se diera esa hipótesis, si hubiese un método que no fuese anticonceptivo y no tuviera otros problemas de tipo moral, no veo ninguna objeción. Pero el juicio moral trata de hechos concretos, no de hipótesis.

–¿Hay cristianofobia en la sociedad española? 
–No en la sociedad, pero sí en ciertos ámbitos. Hay sectores influyentes del poder político y económico que dirigen y crean pautas de opinión pública. Confluyen en crear ciertos consensos sociales, dando forma a una visión de las cosas centrada en la satisfacción de los deseos cambiantes, como criterio último de la conducta humana. Esto es relativismo. Estos sectores saben que la Iglesia es la única realidad, o casi la única, que no se va a plegar ante su visión de las cosas. Ven a la Iglesia como un adversario, con cierta razón. Y por eso la combaten con diversas armas. 

–Se acercan las elecciones europeas. ¿Qué partidos en España cumplen con los «principios no negociables» enumerados por Benedicto XVI? Es decir, la defensa de la vida desde la concepción, la defensa del matrimonio, la libertad religiosa, los derechos de los padres a educar a sus hijos... 
–La Conferencia Episcopal ha declarado en numerosas ocasiones que los principios del Evangelio deben dar forma a la acción de los católicos cuando participan en política. Lo que pasa es que luego esto es algo difícil de cumplir en toda su integridad.

–Yo no preguntaba sobre «toda la integridad» de la doctrina católica. Preguntaba sobre esos puntos mínimos, que Benedicto XVI llama «principios no negociables». 
–Es cierto que resulta difícil encontrar hoy, en España, una fuerza política que los cumpla. En la práctica, tenemos en este país leyes muy injustas, leyes que atentan contra la vida y el matrimonio. Hay unos partidos que se acercan más al ideal, y otros que se acercan menos. Pero, en la práctica, ¿quién los realiza?

–¿Habrá un documento de la Conferencia Episcopal para orientar el voto de los españoles en las próximas elecciones al Parlamento Europeo? 
–Puede que sí. Es algo que se ha hecho en otras ocasiones. Pero todavía no lo hemos debatido. 

–En Estados Unidos hay obispos que niegan la comunión a políticos que dicen ser católicos pero votan a favor del aborto. Se remiten a un documento de 2004 de la Congregación de la Doctrina de la Fe, presidida por el Cardenal Ratzinger. El texto dice que a «un político católico» cuya «cooperación formal se hace manifiesta», mediante «campapaña consistente y voto por leyes permisivas de aborto y eutanasia» no se le puede dejar comulgar «hasta que acabe con su situación objetiva de pecado». ¿Qué pasará con los políticos españoles que dicen ser católicos pero que apoyan o votan a favor de la nueva ley del aborto? 
–La eliminación de seres humanos inocentes, como es el caso del aborto, es incompatible con la conciencia cristiana. Quien hace eso, ya no está en comunión con la Iglesia. Ahora bien, en la práctica concreta de los sacramentos, la medida a tomar no se puede generalizar. Depende de cada caso. Es el obispo y el párroco quien conoce el caso concreto y el estado real de la conciencia del feligrés. Ellos son los que han de discernir si se le da o no de comulgar. Hay que evitar el escándalo, pero también hay que atender a cada situación.

–¿Es suficiente para la conciencia católica que un político se abstenga de votar la ley del aborto? Imaginemos, por ejemplo, que se ausenta del hemiciclo durante la votación. 
–Si el político en cuestión ha declarado públicamente que estaba en contra de esa ley injusta, si se ha manifestado expresamente contra esa acción concreta de su partido, entonces sí puede ser suficiente que se abstenga. De hecho, ha habido varios casos así en la política española.

–En 2001 se legalizó la «píldora del día después», que tiene efectos abortivos. En 2003 se aprobó la primera ley de experimentación con embriones. La Conferencia Episcopal protestó ante estas leyes con documentos oficiales y muy elocuentes, pero ¿por qué no sacó gente a la calle en protesta, como sí haría en 2005 con la gran manifestación en defensa de la familia y el matrimonio? 
–Primero hemos de puntualizar que la Conferencia Episcopal nunca ha sacado gente a la calle, no en el sentido político. La Conferencia Episcopal no convoca a manifestaciones políticas. Sí que puede sacar gente a la calle en actos de oración. Por ejemplo, es el caso de los dos grandes encuentros de oración en la Plaza de Colón de Madrid, en el Día de la Familia. Hay que tener en cuenta que en 2003 no había una legislación tan radical contra la familia como la que hay actualmente. Desde 2003, ha empeorado mucho.

–Hablemos de las recientes campañas publicitarias de la Iglesia: la del lince, la del IRPF... ¿Ha descubierto la Iglesia española el poder de la publicidad? ¿Es realmente eficaz?

–No hemos hecho estudios demoscópicos para evaluar el resultado de estas campañas, pero creemos que han sido positivas. La campaña de vallas y carteles de la Jornada por la Vida expresa nuestra preocupación por leyes que van a desproteger aún más la vida del que va a nacer, del que no tiene voz. Decían que era un debate cerrado, del pasado, pero hemos demostrado que no lo era. La defensa de la vida preocupa realmente a la sociedad y la gente responde cuando ve que hay un debate real. Ahora tenemos prevista otra campaña para animar a católicos y no católicos a aportar libremente el 0,7 por ciento de sus impuestos a los fines de la Iglesia católica a través de la cruz en la casilla del IRPF.

–¿Y campañas como las de la Iglesia en EE UU, para animar a volver a los sacramentos en Cuaresma, o para invitar a la práctica a católicos alejados? 
–Por Cuaresma y en otros momentos ya hacemos muchas campañas de otro estilo, más regulares, cada año, y por eso, más eficaces. Los tiempos litúrgicos en España se viven con mucha fuerza, son muy visibles.

–Las estadísticas dicen que sólo un 11 por ciento de jóvenes de 15 a 29 años va a misa. Hay 6,4 millones de jóvenes que se declaran católicos pero la religión no les dice nada. Y hay 2,1 millones que dicen que la religión, lo espiritual, les parece importante, pero no practican. ¿Qué piensan hacer los obispos ante esa deserción masiva? 
–Entre los obispos hay preocupación, pero que no quiere ser obsesión. No aceptamos tópicos como el que dice que la juventud se ha apartado de la Iglesia. Claro, esos porcentajes nos preocupan. Pero que aún vaya a misa un 11 por ciento es un dato interesante. No hay ninguna otra implicación social, regular, con un grado de exigencia similar, que atraiga a tantos jóvenes. Es poco, pero no debe desfigurar la imagen de la Iglesia. Para llegar a más jóvenes se está renovando la pastoral juvenil donde se puede. Por ejemplo, la Jornada Mundial de la Juventud 2011 en Madrid es una ocasión para estimular esta renovación. Por otra parte, la pastoral juvenil forma parte de la pastoral normal, la de toda la familia.

–¿A qué llama usted renovar la pastoral juvenil? 
–A colocar acentos en aspectos como el anuncio de Jesucristo, ser humano en quien Dios se nos comunica. Y en la relación personal con Jesucristo y en la vida en la Iglesia, lugar de encuentro con Cristo. Estos temas antes quizá estaban más diluidos.

–Los medios de comunicación y muchos fieles católicos ven dos corrientes en conflicto en la Conferencia Episcopal, una encabezada por el cardenal Rouco y otra por el cardenal Cañizares. Puesto que ambos son ortodoxos en doctrina y evangelizadores... ¿cómo explicar esta división al católico de a pie? 
–No tengo noticia de que exista esa imagen de dos corrientes. La CEE no tiene por misión gobernar la Iglesia de España. Está para ayudar a cada obispo a cumplir con su misión en su diócesis, coordinar la ayuda a sus tareas. En la CEE los obispos se ayudan mutuamente y expresan sus opiniones. No es un gobierno ni un parlamento. A veces se le aplican plantillas propias del mundo político y parlamentario, y se habla de bloques o partidos, pero no funciona así. Y sería legítimo, si la CEE fuese otra cosa. En ella no hay bloques ni corrientes. 

Portavoz en tiempos de laicismo 
El 26 de noviembre los obispos españoles renovaban su confianza en Juan Antonio Martínez Camino, su secretario general y portavoz desde junio de 2003. En este tiempo ha tenido que dar voz a una Iglesia que intenta ofrecer un anuncio de esperanza y se encuentra con un bombardeo de leyes hostiles a los valores culturales y familiares cristianos, a su sentido de la dignidad humana y de la justicia. Este jesuita, que se formó en la Universidad de Comillas y en Alemania, ejerció sobre todo responsabilidades como profesor de teología y formador. En noviembre de 2007 se hacía público su nombramiento como obispo auxiliar de la Archidiócesis de Madrid.



martes, 12 de mayo de 2009

BUSCAR ALTERNATIVAS A LA CRISIS ACTUAL

Foro andaluz Diamantino García: Buscar alternativas

José Sánchez Luque

Somos Iglesia Andalucía

El pasado 18 de abril nos reunimos en Antequera cerca del centenar de personas pertenecientes al Foro andaluz Diamantino García para hacer una reflexión sobre la actual crisis económica. Nos acompañaron en nuestra reflexión el catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla Juan Torres López y el teólogo Pope Godoy. Los allí reunidos, soñadores convencidos de que ser humanos significa luchar por la plenitud de la vida, manifestamos a la opinión pública lo siguiente:

1. Partiendo de las aportaciones del profesor Juan Torres que nos describió el funcionamiento del capital financiero, su codicia, su avaricia y su insaciable voracidad que han sido los causantes de la actual crisis económica global, queremos poner mente y corazón en la búsqueda de caminos que hagan posible un mundo nuevo donde sean eliminados tantos “activos tóxicos” que nos envenenan, y sean reconocidos y defendidos los derechos de los empobrecidos del planeta

La crisis financiera que nos envuelve y que ha evaporado en pocos días 15 trillones de dólares para reflotar a los ricos ha dejando atrás, en medio de las frías estadísticas, los despidos en masa, el desempleo, el hambre, la desesperación y las lágrimas. Una crisis que asola no sólo la periferia sino el corazón del imperio, nos está haciendo ver las artimañas sutiles del capitalismo haciéndonos creer que esta es una crisis más de las muchas que ha padecido el sistema.

2. No obstante, pensamos que la crisis actual es terminal. El sistema actual, regido por el capitalismo y por las leyes del mercado, es voraz, acumulador, destructor del medio ambiente, creador de desigualdades y sin sentido de solidaridad, certifica su propia defunción. Un sistema donde cada 4 minutos una persona pierde la visión como consecuencia de la carencia de vitamina A, declara su propia defunción. Un sistema donde cada 5 segundo un niño muere de hambre o desnutrición, certifica su propia defunción. Un sistema que sabe con toda seguridad que con los gastos militares y de la industria bélica mundial de sólo 15 días se podría erradicar el hambre durante un año y no lo hace, está certificando su propia defunción.

3. El sistema actual, que tiene como pilar un individualismo avasallador, ha demostrado que es incapaz de asegurar el bienestar de la humanidad. Un individualismo que se revela en el lenguaje cotidiano: mi empleo, mi salario, mi casa, mi coche.. En este sistema no somos llamados a construir nada en común, sino que la competencia, la acumulación y la ostentación predominan sobre la solidaridad, la fraternidad y la compasión. Un sistema que endiosa los bienes materiales y que defiende la cultura del consumismo como la única fuente de felicidad. Por eso el sistema desconoce el amor, la igualdad y la compasión y nos hace sordos y ciegos ante el grito de los excluidos y necesitados. Lo opuesto al amor no es el odio sino la indiferencia.

4. ¿Por qué hemos permitido llegar a este punto? ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar todavía hasta que recobremos nuestra humanidad perdida? Pero además de la crisis financiera nos encontramos también con una crisis ambiental. El ansia por el crecimiento económico que alimenta el consumismo compulsivo ha machacado ferozmente a nuestra madre Tierra. El bienestar de todos y la preocupación por la Tierra son sacrificados para el lucro de unos pocos.

Y hemos contaminado ríos, mares y acuíferos hasta tal punto que cerca de dos millones de personas carecen de agua limpia. El desarrollo técnico y científico disociado de la conciencia ecológica nos ha hecho saquear los recursos naturales en una escalada sin precedentes. El universo caminó 15 billones de años para producir el planeta que habitamos: esta admirable obra que nosotros hemos recibido como herencia para que la cuidemos con ternura. Pero como no pongamos pie en pared la vamos a destruir en poco más de un siglo.

5. La crisis financiera, climática, energética, alimentaria y otras nos remiten a la crisis del modelo dominante. Necesitamos un nuevo paradigma, un nuevo modelo de civilización, el actual llegó a su fin, ha agotado sus posibilidades. Lo expertos nos dicen que si el consumo sigue al ritmo actual en el año 2.050 necesitaremos dos planetas Tierra. Es urgente que cultivemos la solidaridad, buscar nuevos valores, alimentar nuevas esperanzas, nuevos retos, nuevos modelos, nuevos paradigmas, la cultura de la austeridad y del decrecimiento solidario. Necesitamos una nueva imagen de Dios, como nos reveló el profeta de Nazaret. Necesitamos un nuevo comienzo.J




domingo, 10 de mayo de 2009

CRECE EL NÚMERO DE SACERDOTES DIOCESANOS Y DISMINUYE EL DE RELIGIOSOS

Patricia Navas (Zenit)

El número de sacerdotes diocesanos ha evolucionado de manera divergente al de sacerdotes religiosos en los últimos años, creciendo el primero y disminuyendo el segundo. 

Es uno de los datos que se desprende del Annuarium Statisticum Ecclesiae, publicado en estos días, según informa este jueves la edición diaria italiana de L'Osservatore Romano. 

El Anuario, preparado por la Oficina Central de Estadística de la Santa Sede y editado por la Librería Editora Vaticana, ofrece datos estadísticos y gráficos que muestran los principales indicadores sobre la acción de la Iglesia en los cinco continentes en el periodo 2000-2007.  

El total de sacerdotes diocesanos en el mundo ha crecido un 2,5% -pasando de 265.781 en el año 2000 a 272.431 en 2007- y el de sacerdotes religiosos ha descendido un 2,73%, llegando a algo más de 135.000 en 2007. 

Respecto al descenso de sacerdotes religiosos, el informe destaca su disminución, además de en Europa y Oceanía, en el continente americano, donde han pasado de 45.000 en el año 2000 a menos de 42.000 en 2007. 

En términos porcentuales, los sacerdotes sólo están claramente en declive en Europa, donde en siete años han pasado de representar el 51% del total mundial a menos del 48%.  

No obstante, existe un fuerte impulso en algunos países de Europa del Este, sobre todo en Polonia. 

Italia, Francia y España representan todavía, a pesar de la disminución, casi la mitad de los sacerdotes europeos; y de éstos, casi la mitad son sólo de Italia. 

Continúa aumentando el número de sacerdotes en Asia y África. En África, casi la mitad proviene de cuatro países: República Democrática del Congo (que en 2007 acogía el 16% de los sacerdotes africanos), Nigeria, Tanzania y Uganda. 

América y Oceanía tienden a mantener estable su cuota de sacerdotes. Los de América representan poco menos del 30% de sacerdotes de todo el mundo y los de Oceanía, poco más del 1%.  

El Anuario Estadístico de la Iglesia 2007 muestra una "significativa y esperanzadora dinámica evolutiva" del número de diáconos permanentes, según el diario vaticano, que, de 2000 a 2007 aumentó en un 29% y ascendió a 35.942. 

Respecto a los religiosos profesos no sacerdotes, el estudio refleja un descenso de 55.057 en el año 2000 a 54.956 en 2007. 

Por continentes, ha descendido el número de religiosos en Europa (un 13,82% en 7 años) y Oceanía (un 15,80¨%), se ha mantenido en América y ha aumentado en Asia (un 31,10%) y en África (un 9,16%).  

De todas maneras, los religiosos de Europa representan todavía el 34% de los de todo el mundo. Concretamente, el estudio destaca una tendencia positiva en Ucrania, Rumanía, Hungría y Austria.

El número de religiosas descendió de 800.000 a 750.000 en ocho años. Casi el 42% de ellas residen en Europa, y el 60% de éstas, en Francia, España e Italia.  

Sin embargo, en términos evolutivos, es en Asia y en África donde más ha aumentado el número de religiosas de 2000 a 2007. 

Respecto a los seminaristas, el aumento del 4,83% de 2000 a 2007, pasando de 110.583 a 116.000, es atribuible también a África y Asia, con un ritmo de crecimiento del 21,32% y 20,35% respectivamente.  

Destaca el número de seminaristas en Nigeria, República del Congo, India y Filipinas. 

Por el contrario, el número de candidatos al sacerdocio en Europa ha descendido un 17% de 2000 a 2007. Destaca la disminución de seminaristas en España y Bélgica, pero también en Europa Oriental (Hungría, Lituania, Rumanía y Eslovenia). 

Por ello, los sacerdotes europeos han pasado de representar el 24% de sacerdotes del mundo en 2000 a poco más del 19% en 2007. 

El número de católicos bautizados se mantiene estable en el mundo, en torno a un 17,3% de la población. En 2007, había 1.147 millones de católicos, frente a los 1.045 millones del 2000. 

Europa acoge casi el 25% de la comunidad católica mundial, pero aparece como el área menos dinámica, con un crecimiento del número de fieles ligeramente superior al 1%.  

Un 40% de la población de Europa es católica bautizada, aunque en algunos países como Italia, Malta, Polonia y España, los bautizados superan el 93% de la población residente. 

De 2000 a 2007, los fieles bautizados en América y Oceanía han crecido menos que la población (un 9,5% y un 10,1% respectivamente), pero no así en Asia y menos en África.



sábado, 9 de mayo de 2009

DISCULPEN LA MOLESTIA

Página 12


Quiero compartir algunas preguntas, moscas que me zumban en la cabeza.

¿Es justa la justicia? ¿Está parada sobre sus pies la justicia del mundo al revés?

El zapatista de Irak, el que arrojó los zapatazos contra Bush, fue condenado a tres años de cárcel. ¿No merecía, más bien, una condecoración?

¿Quién es el terrorista? ¿El zapatista o el zapateado? ¿No es culpable de terrorismo el serial killer que mintiendo inventó la guerra de Irak, asesinó a un gentío y legalizó la tortura y mandó aplicarla?

¿Son culpables los pobladores de Atenco, en México, o los indígenas mapuches de Chile, o los kekchíes de Guatemala, o los campesinos sin tierra de Brasil, acusados todos de terrorismo por defender su derecho a la tierra? Si sagrada es la tierra, aunque la ley no lo diga, ¿no son sagrados, también, quienes la defienden?

Según la revista Foreign Policy, Somalia es el lugar más peligroso de todos. Pero, ¿quiénes son los piratas? ¿Los muertos de hambre que asaltan barcos o los especuladores de Wall Street, que llevan años asaltando el mundo y ahora reciben multimillonarias recompensas por sus afanes?

¿Por qué el mundo premia a quienes lo desvalijan?

¿Por qué la justicia es ciega de un solo ojo? Wal Mart, la empresa más poderosa de todas, prohíbe los sindicatos. McDonald’s, también. ¿Por qué estas empresas violan, con delincuente impunidad, la ley internacional? ¿Será porque en el mundo de nuestro tiempo el trabajo vale menos que la basura y menos todavía valen los derechos de los trabajadores?

¿Quiénes son los justos y quiénes los injustos? Si la justicia internacional de veras existe, ¿por qué nunca juzga a los poderosos? No van presos los autores de las más feroces carnicerías. ¿Será porque son ellos quienes tienen las llaves de las cárceles?

¿Por qué son intocables las cinco potencias que tienen derecho de veto en las Naciones Unidas? ¿Ese derecho tiene origen divino? ¿Velan por la paz los que hacen el negocio de la guerra? ¿Es justo que la paz mundial esté a cargo de las cinco potencias que son las principales productoras de armas? Sin despreciar a los narcotraficantes, ¿no es éste también un caso de “crimen organizado”?

Pero no demandan castigo contra los amos del mundo los clamores de quienes exigen, en todas partes, la pena de muerte. Faltaba más. Los clamores claman contra los asesinos que usan navajas, no contra los que usan misiles.

Y uno se pregunta: ya que esos justicieros están tan locos de ganas de matar, ¿por qué no exigen la pena de muerte contra la injusticia social? ¿Es justo un mundo que cada minuto destina tres millones de dólares a los gastos militares, mientras cada minuto mueren quince niños por hambre o enfermedad curable? ¿Contra quién se arma, hasta los dientes, la llamada comunidad internacional? ¿Contra la pobreza o contra los pobres?

¿Por qué los fervorosos de la pena capital no exigen la pena de muerte contra los valores de la sociedad de consumo, que cotidianamente atentan contra la seguridad pública? ¿O acaso no invita al crimen el bombardeo de la publicidad que aturde a millones y millones de jóvenes desempleados, o mal pagados, repitiéndoles noche y día que ser es tener, tener un automóvil, tener zapatos de marca, tener, tener, y quien no tiene, no es?

¿Y por qué no se implanta la pena de muerte contra la muerte? El mundo está organizado al servicio de la muerte. ¿O no fabrica muerte la industria militar, que devora la mayor parte de nuestros recursos y buena parte de nuestras energías? Los amos del mundo sólo condenan la violencia cuando la ejercen otros. Y este monopolio de la violencia se traduce en un hecho inexplicable para los extraterrestres, y también insoportable para los terrestres que todavía queremos, contra toda evidencia, sobrevivir: los humanos somos los únicos animales especializados en el exterminio mutuo, y hemos desarrollado una tecnología de la destrucción que está aniquilando, de paso, al planeta y a todos sus habitantes.

Esa tecnología se alimenta del miedo. Es el miedo quien fabrica los enemigos que justifican el derroche militar y policial. Y en tren de implantar la pena de muerte, ¿qué tal si condenamos a muerte al miedo? ¿No sería sano acabar con esta dictadura universal de los asustadores profesionales? Los sembradores de pánicos nos condenan a la soledad, nos prohíben la solidaridad: sálvese quien pueda, aplastaos los unos a los otros, el prójimo es siempre un peligro que acecha, ojo, mucho cuidado, éste te robará, aquél te violará, ese cochecito de bebé esconde una bomba musulmana y si esa mujer te mira, esa vecina de aspecto inocente, es seguro que te contagia la peste porcina.

En el mundo al revés, dan miedo hasta los más elementales actos de justicia y sentido común. Cuando el presidente Evo Morales inició la refundación de Bolivia, para que este país de mayoría indígena dejara de tener vergüenza de mirarse al espejo, provocó pánico. Este desafío era catastrófico desde el punto de vista del orden racista tradicional, que decía ser el único orden posible: Evo era, traía el caos y la violencia, y por su culpa la unidad nacional iba a estallar, rota en pedazos. Y cuando el presidente ecuatoriano Correa anunció que se negaba a pagar las deudas no legítimas, la noticia produjo terror en el mundo financiero y el Ecuador fue amenazado con terribles castigos, por estar dando tan mal ejemplo. Si las dictaduras militares y los políticos ladrones han sido siempre mimados por la banca internacional, ¿no nos hemos acostumbrado ya a aceptar como fatalidad del destino que el pueblo pague el garrote que lo golpea y la codicia que lo saquea?

Pero, ¿será que han sido divorciados para siempre jamás el sentido común y la justicia?

¿No nacieron para caminar juntos, bien pegaditos, el sentido común y la justicia?

¿No es de sentido común, y también de justicia, ese lema de las feministas que dicen que si nosotros, los machos, quedáramos embarazados, el aborto sería libre? ¿Por qué no se legaliza el derecho al aborto? ¿Será porque entonces dejaría de ser el privilegio de las mujeres que pueden pagarlo y de los médicos que pueden cobrarlo?

Lo mismo ocurre con otro escandaloso caso de negación de la justicia y el sentido común: ¿por qué no se legaliza la droga? ¿Acaso no es, como el aborto, un tema de salud pública? Y el país que más drogadictos contiene, ¿qué autoridad moral tiene para condenar a quienes abastecen su demanda? ¿Y por qué los grandes medios de comunicación, tan consagrados a la guerra contra el flagelo de la droga, jamás dicen que proviene de Afganistán casi toda la heroína que se consume en el mundo? ¿Quién manda en Afganistán? ¿No es ese un país militarmente ocupado por el mesiánico país que se atribuye la misión de salvarnos a todos?

¿Por qué no se legalizan las drogas de una buena vez? ¿No será porque brindan el mejor pretexto para las invasiones militares, además de brindar las más jugosas ganancias a los grandes bancos que en las noches trabajan como lavanderías?

Ahora el mundo está triste porque se venden menos autos. Una de las consecuencias de la crisis mundial es la caída de la próspera industria del automóvil. Si tuviéramos algún resto de sentido común, y alguito de sentido de la justicia ¿no tendríamos que celebrar esa buena noticia? ¿O acaso la disminución de los automóviles no es una buena noticia, desde el punto de vista de la naturaleza, que estará un poquito menos envenenada, y de los peatones, que morirán un poquito menos?

Según Lewis Carroll, la Reina explicó a Alicia cómo funciona la justicia en el país de las maravillas:

–Ahí lo tienes –dijo la Reina–. Está encerrado en la cárcel, cumpliendo su condena; pero el juicio no empezará hasta el próximo miércoles. Y por supuesto, el crimen será cometido al final.

En El Salvador, el arzobispo Oscar Arnulfo Romero comprobó que la justicia, como la serpiente, sólo muerde a los descalzos. El murió a balazos, por denunciar que en su país los descalzos nacían de antemano condenados, por delito de nacimiento.

El resultado de las recientes elecciones en El Salvador, ¿no es de alguna manera un homenaje? ¿Un homenaje al arzobispo Romero y a los miles que como él murieron luchando por una justicia justa en el reino de la injusticia?

A veces terminan mal las historias de la Historia; pero ella, la Historia, no termina. Cuando dice adiós, dice hasta luego.




jueves, 7 de mayo de 2009

¿REZAR POR LAS VOCACIONES?

 José Arregi

Hola, amigas, amigos:

El cuarto domingo de Pascua se conoce en la iglesia católica romana como el “domingo del Buen Pastor” y se celebra la jornada mundial de oración por las vocaciones. Fue el domingo pasado: leímos el evangelio del buen pastor y rezamos por las vocaciones. Miento, yo no recé por las vocaciones. No al menos en el sentido habitual del término “rezar” y del término “vocaciones”.

¿Qué se entiende en general por “rezar”? Se entiende pedir a Dios, como si Dios necesitara ser informado de nuestra necesidad; pedir a Dios, como si su dar dependiera de nuestro pedir insistente; pedir a Dios, como si Dios fuera un pequeño señor que gusta de hacerse rogar para así crecer. Así solemos pedimos entre los humanos: un niño pide chuches a su madre, un súbdito pide permiso al patrón, un mendigo pide limosna al que pasa. Pero a Dios no le podemos pedir así.

De modo que yo no “recé” por las vocaciones. Y no sólo porque pienso que, por muy humano que sea pedir, no necesitamos pedir nada a Dios -El se da enteramente, El es puro don, y orar es recibirlo y ofrecerlo a los demás-, sino también porque considero que la Iglesia no necesita “vocaciones” en el sentido habitual del término. Es que, al decir “vocaciones”, la inmensa mayoría de los cristianos católicos piensa en sacerdotes, monjas, religiosos…, gente que posee un estatus especial y un rango superior en la Iglesia. Si no, mírese de qué se habla enwww.vocacion.org . O léase la definición de “vocación” en el Diccionario Real de la Academia Española, fiel reflejo de la enseñanza tradicional y de la praxis mayoritaria de la Iglesia: “Inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de religión”. No es, pues, casual que se haya puesto la jornada de oración por las vocaciones en el “domingo del buen pastor”. Se sigue pensando en una Iglesia de ovejas y pastores. La Iglesia necesita ovejas, y las ovejas necesitan pastores.

Es verdad que el lema de la jornada de este año podía entenderse de otra forma: “La vocación al servicio de la Iglesia comunión”. Pero no, seguía significando lo mismo de siempre, y Benedicto XVI se encargó de dejarlo muy claro en su homilía: “Todos los bautizados están llamados a contribuir en la obra de la salvación. Ahora bien, en la Iglesia hay algunas vocaciones especialmente dedicadas al servicio de la comunión. El primer responsable de la comunión católica es el Papa, sucesor de Pedro y obispo de Roma; con él son también custodios y maestros de unidad los obispos, sucesores de los apóstoles, ayudados por los presbíteros. Pero también están al servicio de la comunión las personas consagradas y todos los fieles“. “Todos los fieles” también, por supuesto, pero al final y en montón. Los que no tienen vocación especial que reseñar son simplemente “fieles”, o “laicos”, y son los de abajo, son los últimos, no son nadie. O son ovejas. Y conviene que sean muchas, para que así clérigos y religiosos sigan teniendo una tarea “sagrada”, un “estado” especial, un rango superior. Para que los sacerdotes sean pastores del rebaño y los religiosos, “consagrados a Dios” por sus votos, sean sus modelos.

Pues bien, yo no quiero una iglesia de ovejas y pastores. Jesús no la quiso. Yo no quiero vocaciones para seguir manteniendo una Iglesia de clérigos pastores y de laicos pastoreados, ni una iglesia de “religiosos” dedicados a Dios y “seglares” dedicados al mundo. De modo que, si hubiera que pedir, pediría que no hubiese tales vocaciones que dividen la Iglesia en tres, que separan a Dios del mundo y segregan a los clérigos de la masa de los “laicos” y a los religiosos del montón de los “seculares”.

Pienso que a Jesús no le gustaría hoy pedir a Dios vocaciones de pastor. ¿Pero acaso no habló Jesús de ovejas y pastores? Seguramente lo hizo. Jesús era albañil, pero Nazaret era una pobre aldea campesina, situada en una ladera a veces verde y a veces reseca, y la estampa del pastor que cuida unas pocas ovejas le era tan familiar como la del sembrador que siembra a voleo, y todo le sugería parábolas de la vida, parábolas de Dios. Y Jesús sabía que la oveja es un animal gregario y que a donde va la primera siguen las demás y que, en cualquier caso, no tienen más remedio que someterse a la vara o al perro del pastor. Y sabía también que todo pastor, por bueno que sea, vive de sus ovejas y tarde o temprano las sacrifica. Sí, pero por eso mismo tantas veces corrigió la imagen, diciendo que sólo es buen pastor el que da la vida, no el que la quita, y diciendo también: “No llaméis a nadie padre (¡cuánto menos“papa”!), no llaméis a nadie señor (ni “monseñor”), no llaméis a nadie maestro. Todos vosotros sois hermanos” (Mt 23). No sois ovejas, no necesitáis pastores. Sólo Dios es pastor, pero muy diferente de los pastores.

Pienso, pues, que la iglesia católica romana debiera superar de una vez el concepto clerical o gregario-pastoril de iglesia y de vocación, y haría bien en suprimir la Jornada de oración por las vocaciones o, cuando menos, trasladarla al domingo de las Bienaventuranzas o al de la mujer samaritana, para celebrar la secreta llamada que atrae e impulsa a todos las personas y a todos los seres: la mujer interina que no tiene otra cosa, la que vende periódicos cada mañana para sacar adelante a sus pequeños, el maestro que enseña y ayuda a crecer, la flautista que hace hablar al Indecible, el bombero, la médico, la catequista, el párroco, el monje de monasterio, la monja misionera, el mirlo que canta, el haya que verdea al sol bajo el cielo azul…

Pienso que las Congregaciones Religiosas debieran dejar de gastar tantas energías -de gastarlas inútilmente o de gastarlas mal-, y debieran dedicar sus “agentes liberados” y sus mejores equipos no a buscar y atraer “vocaciones” para sobrevivir -¿no resulta patético?-, sino a algo más estimulante: a dar aliento y consuelo a las gentes allí donde están y como son, a enseñarles no solamente a ser lo que elijan sino también a elegir lo que son, a ayudarles a vivir lo que viven y hacen como vocación santa de Dios, a animarles -como dice Jesús- a “entrar y salir por la puerta“, a entrar para sentirse seguros y salir para ser libres.

¿Y qué hago entonces yo, “religioso franciscano” y además “sacerdote”? Me lo he preguntado muchas veces. Cuando “profesé los votos” y “fui ordenado”, a mis 26 años, yo tenía todavía los esquemas eclesiales del pasado (a pesar de que ya corría el año 1978 y habían pasado tantas cosas). Diez años más tarde, mis esquemas habían sufrido (más bien gozado, aunque no sin sufrir) una profunda transformación. ¿Por qué sigo, pues, siendo “religioso franciscano” y “sacerdote”? No tengo ninguna razón contundente, y tengo algunas razones ambiguas para seguir siendo lo que soy, estando donde estoy, haciendo lo que hago. Cuando celebro la eucaristía con casulla desde lo alto del altar mayor, cuando comparto la vida con 34 frailes -de virtudes y defectos muy normales casi todos, de extraordinaria calidad humana unos pocos: más o menos como en todas partes-, cuando miro el convento-santuario en que vivo con 34 varones, me siento una extraña reliquia de tiempos remotos. Pero aquí me ha conducido mi historia, y no tengo otra, ni sé cuál hubiera podido ser. Y amo mi presente con sus luces y sus dudas, y no reniego de nada del pasado, pues forma parte del presente que soy y quiero amar. Ciertamente, no me reconozco en la definición que la teología y el Derecho Canónico siguen ofreciendo del “sacerdocio” y de la “vida religiosa” y de sus “votos”, pero ahora mismo no me parece lo más importante. Soy en gran parte una forma caduca, pero en ella puedo vivir -en parte, no del todo- lo que realmente me gusta y me llena por dentro. Yo en esta forma, cada uno en la suya.

De modo que tampoco tengo razones importantes para colgar los hábitos y cambiar de rumbo, porque quiero seguir viviendo -vivir más- aquello lo que vivo y me hace vivir, y creo que puedo vivirlo estando donde estoy y siendo lo que soy: hermano de mis buenos hermanos de fraternidad, amigo de mis buenas amigas y amigos, mediocre profesor de teología, y hasta “sacerdote” y “franciscano” con tres votos y muchas contradicciones. Quiero asumir en paz todas mis contradicciones y seguir caminando libre, y estar abierto. Allí donde esté, quiero poder decir: “Dios es mi pastor, nada me falta. Me conduce hacia fuentes tranquilas, y repara mis fuerzas”.

Y donde digo “Dios”, ponga cada uno el nombre que quiera, o no ponga ninguno. Más allá de todos los nombres, Dios lo llena todo, y todo lo ensancha. Dios es intimidad y anchura. Quiero respirar a Dios e infundir algo de su aliento. Quiero inspirar y expirar el Espíritu de Dios que, como escribía san Justino en el s. II, “es la alegría de Dios y el adorno de las criaturas”. Quiero decir, como Francisco de Asís: “Mi claustro es el mundo”. Quiero seguir a Jesús aunque sea a enorme distancia. Quiero pronunciar con mis palabras y ojalá también con mi vida algo de sus Bienaventuranzas. Quiero vivir en la Gran Comunión y aportar un granito de trigo y un granito de uva para la inmensa comunión divina de todos los seres. Y me alegra pensar e incluso sentir de alguna forma que ésa es la vocación de todos los seres humanos con religión o sin ella, en una iglesia u otra. Y la vocación de los animales de la tierra y de las aves del cielo y de los peces del mar, en todos los planetas, en todas las galaxias. Todos los seres son hermosas palabras que Dios pronuncia. “Dios dijo y existieron”. Y a todas las atrae con su secreta vocación y las va transformando de forma en forma. Que sigan existiendo, siendo lo que son, viviendo lo que viven, dejándose llamar y pronunciar por Dios. Son sacramento de Dios cada una en su forma.

Amigo, amiga: vive lo que eres y lo que haces como vocación divina. Vive en la paz de Dios.



miércoles, 6 de mayo de 2009

SIGNOS DE LOS TIEMPOS

Arriesgada propuesta

de los dominicos holandeses

ante la escasez de presbíteros

 

Joaquín Perea González. Presidente del Consejo de Dirección de

Iglesia Viva. Instituto Diocesano de Teología y Pastoral–IDTP. Bilbao

 

La escasez de presbíteros para servir a las comunidades, especialmente

en la celebración eucarística, es un fenómeno creciente desde el Concilio Vaticano II, tanto en nuestro país como en todos los del occidente cristiano. Las “soluciones” que se le están dando (supresión de parroquias, agrupación de las mismas en unidades pastorales, celebraciones dominicales de la palabra presididas por ministros laicos, importación de presbíteros de países excedentarios)pertenecen, según muchos, a la política del “parcheo” o

del avestruz, que no quiere abordar la cuestión en su raíz. El vivo debate abierto por los dominicos holandeses acerca de este problema merece ser conocido por nuestros lectores. Los orígenes y el contexto de un documento explosivo El verano del año pasado los dominicos de la provincia holandesa

enviaron a todas las parroquias del país (aproximadamente 1.300) un breve folleto bajo la propia responsabilidad de la provincia dominicana con el título Iglesia y ministerio en el que presentaban una serie de propuestas acerca de cómo habían de reaccionar las comunidades cristianas ante la falta de presbíteros. El texto se remontaba a una iniciativa del capítulo provincial de junio de 2005 que deseaba tener a su disposición un estudio teológico y pastoral sobre el tema de las parroquias sin presbítero. El capítulo había sido requerido por algunos grupos de dominicos para crear un equipo de trabajo con la tarea de “estudiar los aspectos teológicos de la cuestión acerca de si la celebración de la eucaristía depende del ministerio de varones ordenados o si es posible que la comunidad eclesial o pastores nombrados por ella celebren la eucaristía”. Este estudio debía desembocar en un documento “que indique una orientación y que los dominicos holandeses ofrecen a la Iglesia holandesa”. La propuesta obtuvo la aceptación inicial

del capítulo provincial; el correspondiente grupo de trabajo fue compuesto por cuatro dominicos. El texto que presentaron fue aprobado por la dirección de la provincia holandesa que cuenta en el presente con unos 90 miembros. Los datos sociológicos sobre el catolicismo holandés muestran un descenso en picado en todos los frentes. En los últimos cuarenta años la secularización ha pulverizado un modelo eclesial floreciente y cargado de

esperanzas. La reducción del número de católicos al 25% de la población va unida a la pérdida de relevancia de la Iglesia católica;el hundimiento de la credibilidad de la institución es vertiginoso. La situación respecto a las celebraciones dominicales de la eucaristía resulta muy preocupante. De 2002 a 2004 se ha producido una reducción del 14% de las misas dominicales, mientras que las celebraciones de la palabra han aumentado el 15%; en las diócesis de Groninga y Den Bosch la mitad de las celebraciones

dominicales se realizan con ausencia de presbítero; por otra parte la yuxtaposición de eucaristías presididas por un presbítero y celebraciones de la palabra con distribución de la comunión por parte de colaboradores pastorales laicos produce confusión en mucha gente. Y todo ello, a pesar de la decisión de algunos obispos de admitir la entrada de presbíteros de otras

naciones y de suprimir parroquias. El que los dominicos de expresión neerlandesa hagan aportaciones a la discusión acerca del ministerio en la Iglesia católica,tiene, por así decirlo, tradición. Basta recordar la correspondiente iniciativa de E.Schillebeeckx con los libros El ministerio eclesial (1980, esp. 1983) y Pleidooi voormensen in de kerk (1985). El primer libro llevó a una intervención de la Congregación para la Doctrina de la Fe porque Schillebeeckx expresaba ahí como hipótesis que en situación de necesidad también podría presidir la eucaristía un dirigente comunitario no ordenado. En el segundo libro publicado cinco años después dedicó un capítulo a la descripción del malestar que se expresa en una praxis alternativa del ministerio. Ahí aseguraba que experiencias negativas con la configuración oficial del ministerio eclesial han sido para determinados cristianos ocasión de comenzar con una praxis alternativa buscando la salud de la comunidad. “Esto no es una situación normal en la vida de la Iglesia”, afirmaba.Por otro lado es un hecho que la generación del inmediato posconcilio, que se ha batido para lograr cambios institucionales,está extinguiéndose. En el contexto señalado el documento de los dominicos, más que un desafío, es el canto del cisne de una sensibilidad que amenaza con desaparecer. Es el último intento de continuar un catolicismo liberal, pluralista y ecuménico que había encontrado su inspiración en el Vaticano II.

Ahí se resume el recorrido realizado en muchos ámbitos eclesiales, en particular en el frente del diálogo y de la colaboración ecuménica, que el episcopado no alcanza a ver o no quiere ver. El contenido del documento En el prólogo se dice que el folleto no ha sido pensado como “línea de principio o

directriz, ni como una toma de posición doctrinal o como un manual, sino como contribución a un debate renovado en un nivel más profundo”. Debería ayudar a encontrar salidas del actual callejón e iniciar en lo posible una consulta “que podría hacer avanzar la experiencia de fe de muchos”.La publicación a la que nos estamos refiriendo parte de un análisis de la situación presente en muchas comunidades (sin ofrecer cifras) y habla de una “diferencia fundamental” entre el modo de ver y la praxis de los “portadores oficiales de la autoridad”,por una parte, “que buscan proteger la actual forma de ministerio presbiteral con menoscabo del derecho de los fieles de acceder a la eucaristía”, y, por otra parte, la praxis de aquellos “que cada semana cargan con la responsabilidad de la celebración en su comunidad”. Las diócesis quieren parroquias clericales, las parroquias por el contrario quisieran, si se les diera esa oportunidad, que haya en medio de ellas ”presbíteros ordenados y laicos, igualmente hombres y mujeres, que del mismo modo son llamados y están activos”. Se desearía que los laicos puedan presidir las celebraciones comunitarias, después de una adecuada selección y una preparación específica.Mirando al futuro, las comunidades tienden a prever que puedan escoger de su interior hombres y mujeres que, con la bendición del obispo, puedan guiar las comunidades y celebrar la eucaristía. Tales personas, escogidas por la comunidad, saben que deben compartir el ministerio con toda la comunidad, hasta la pronunciación todos juntos de las palabras de la institución eucarística. Esas expectativas tienen su punto de inserción en la sensibilidad conciliar, aunque el cambio institucional propiciado por ella se ha convertido en “una maniobra olvidada”.

El vuelco de la visión piramidal de la Iglesia y de la tradición ha reformulado la identidad ministerial y su vinculación con la comunidad.Ya no se puede concebir el ministerio como un estado que goza de una diferencia esencial respecto de los miembros de la comunidad. Las nuevas demandas son coherentes con tal mutación y no deberían ser entendidas como una amenaza. Después de una serie de afirmaciones teológicas fundamentales sobre el concepto de Iglesia y de eucaristía, el folleto se refiere al ministerio. Se detiene en la conexión entre celibato y ministerio, preguntándose si algunas reglas que tenían sentido y eran relevantes en el pasado, son todavía razonables y realistas en nuestro tiempo. El texto señala a continuación los criterios para seleccionar a los dirigentes de la comunidad. Los ofrecemos textualmente: “1. Los que presiden las celebraciones ¡deberán ser miembros de las comunidades en cuestión. Que sean hombres o mujeres,  homosexuales o heterosexuales, casados o no casados es irrelevante. Lo que interesa es que su fe sea inspiración y estímulo.2. Ellos deberían además ser expertos, en particular respecto a la Escritura y a todo el material de la tradición cristiana para poder predicar.

3. Deberían dejar que la comunidad exprese la propia creatividad litúrgica.

4. Es también importante que tengan un talento flexible para la organización, con la capacidad ¡para individuar las tendencias nuevas y válidas que brotan en la comunidad”.El documento se cierra con una “petición

urgente”: se invita a las parroquias, “a darse cuenta de lo que está en juego en la actual condición de emergencia debida a la falta de presbíteros célibes ordenados, y a tomarse –y a ser autorizados a tomarse– aquel espacio de libertad, que es justificada teológicamente, para escoger su propio dirigente o equipo de dirigentes de su interior”. Y prosigue: “Sobre la base de la prioridad del pueblo de Dios sobre la jerarquía –explícitamente declarada en el Concilio Vaticano II– se podría esperar del obispo diocesano que confirme tal elección después de la debida consulta por medio de la imposición de las manos. Si un obispo rehusara tal confirmación u ‘ordenación’ basándose en argumentos que no afectan a la esencia de la eucaristía, como por ejemplo, el celibato obligatorio,las parroquias pueden estar seguras de que pueden celebrar una eucaristía genuina y real cuando se reúnen para la oración y para compartir el pan y el vino”.El documento dirige a las parroquias una invitación a comportarse de este modo con gran dosis de coraje y de confianza en sí mismas.Es de esperar que, estimulados por esta práctica relativamente nueva, los obispos puedan en el futuro comportarse de acuerdo con su misión de servir y eventualmente confirmar los dirigentes de las comunidades locales en su oficio. Los autores terminan

apelando como argumento a favor de su propuesta de solución a las afirmaciones del Vaticano II, así como a las publicaciones de teólogos y expertos en pastoral que han aparecido desde el Concilio. Una encendida discusión .El documento desencadenó una tempestad. La rápida difusión del texto por Internet suscitó la atención de los obispos que intervinieron inmediatamente logrando de la dirección de la orden la cancelación de una

jornada de estudio programada por la provincia dominica holandesa sobre el tema del documento. Pero muchos grupos y asociaciones se mostraron dispuestos a recoger el guante lanzado y a discutir sus temas y propuestas.

En una primera breve reacción a la publicación del folleto la Conferencia Episcopal holandesa habló de que la posición de los dominicos en relación con la eucaristía y la dirección de la celebración eucarística está completamente en contradicción con la fe de la Iglesia católica. En una carta dirigida a la

dirección romana de los dominicos el presidente de la Conferencia, el cardenal Adrian Simonis, se quejó del proceder de los dominicos holandeses: es inadecuado enviar un folleto a todas las parroquias sin pedir previamente

la aprobación de los obispos. La dirección de la orden en Roma por su parte en una primera toma de posición calificó el folleto como “sorpresa” y tomó distancias de la solución indicada. Se comparten ciertamente las preocupaciones de los hermanos holandeses, pero se manifiesta la opinión

de que “ni el método utilizado de difusión del folleto, ni las soluciones en él propuestas son saludables para la Iglesia; y tampoco se encuentran en consonancia con sus tradiciones”. Representantes de la dirección de la orden tuvieron un encuentro en Roma con una delegación de la dirección de la provincia holandesa para dialogar sobre el documento. A la delegación holandesa pertenecía uno de los cuatro redactores del texto. Con la aprobación de la Congregación para la Doctrina de la Fe el asunto fue proseguido “en el interior de la orden”, lo cual ha sido saludado por los conocedores de estos asuntos como una novedad digna de celebrarse. A fines de diciembre del año pasado, el Maestro general de los dominicos, el

argentino Carlos Azpíroz Costa, dirigió una carta “a todos a quienes se ha enviado el documento ‘Iglesia y Ministerio’ publicado por la provincia holandesa de los dominicos”. En ella se dice que la curia general de la orden, después de discusiones con los hermanos holandeses, considera necesario

hacer pública una posición oficial de respuesta.No está en la competencia de los dominicos holandeses convocar a una actuación pastoral que esté en contradicción con la praxis de la Iglesia. El Maestro general de los dominicos encargó al dominico francés Hervé Legrand, especialista en cuestiones eclesiológicas, un juicio crítico sobre el documento. Su toma de

postura fue hecha pública el 20 de enero del presente año.

El dictamen de H. Legrand

El comentario del P. Legrand subraya con insistencia no sólo la seriedad del problema eclesiológico de comunidades que no tienen presbítero, sino también la legitimidad de discutir acerca de ello en la Iglesia. Además tiene en cuenta como elemento a favor de los autores del texto que la confusión pastoral en las diócesis holandesas justificaba su alarma. Se trata de un grito de la conciencia católica y como tal merece reconocimiento, independientemente del valor de la argumentación teológica y pastoral. Por tanto, no se trata de cerrar los ojos ni las bocas de nadie, sino de pedir la necesaria seriedad y posibilidad de recorrido a las hipótesis que se puedan formular, aunque también es verdad que no toca a una orden religiosa dar directrices a las parroquias. Pero les reprocha varias cosas. Ante todo,no han sido fieles a las demandas del capítulo provincial y han recurrido a métodos de reflexión y de acción inadecuados: no se puede considerar como diálogo lo que es la invitación a poner en práctica un hecho consumado. Además, trabajan con una contraposición sistemática peyorativa entre la base y la jerarquía y casi sin excepción valoran a la base positivamente y a la jerarquía negativamente. Es difícil pensar que este uso pueda favorecer un diálogo real en la Iglesia. La descalificación de la autoridad episcopal presta a “la base” un crédito que es sencillamente acrítico. Es un simple volcar del revés a ambos frentes, lo cual no permite dar un paso hacia adelante a ninguno de los dos. Además la apreciación de la base cristiana tiene rasgos de una ingenuidad evidente, como si las comunidades hubieran estado exentas de errores y malentendidos, algunos bien clamorosos. Se trata de un “sistemático pero poco realista aprecio de las virtudes de la base”. Un nuevo punto de crítica es que el documento amalgama los planteamientos de dos cuestiones demasiado diferentes (ordenación de hombres casados, ordenación presbiteral de mujeres) y por ello es más bien contraproducente

para lograr que se realicen los deseos concretos de una reforma asequible.

Esta pretensión aleja la posibilidad real de ordenar presbíteros a hombres casados. “Aquel que quiere que todo se modifique, ¿no contribuye a que nada se modifique?” En cuanto a la propuesta clave teológico pastoral, Legrand mantiene que el documento “de ninguna manera demuestra su afirmación central según la cual la tradición, el Vaticano II y el estado actual de la teología fundamentan la autenticidad de una eucaristía celebrada por cristianos elegidos de la comunidad, pero no ordenados por el obispo. (…) La orden de predicadores, mucho más que las facultades de teología, ¿cómo podría aprobar la conclusión de un documento que, en clara contradicción con la doctrina católica, llama al conjunto de las parroquias del país y del mundo entero a pasar a la acción”, esto es, a una celebración presidida indiferentemente por hombres o mujeres, homosexuales o heterosexuales,

casados o célibes? Esto significa cerrar toda posibilidad de debate y emprender una acción destinada al fracaso. En el plano doctrinal hay otras cuestiones aun más serias. Afirmar sin matices la visión piramidal de la Iglesia en el pasado significa ignorar la precisión de las fórmulas litúrgicas

que permanecen hasta hoy en la fórmula del “nosotros”, así como las posiciones teológicas más comunes que consideran que la ordenación presbiteral no produce una “transformación ontológica”. La falta de precisión teológica oscurece afirmaciones que podrían compartirse, como la demanda de participación de los fieles en la elección de los ministros ordenados, aun siendo bien conscientes de que la elección no significa necesariamente ordenación. Pero no es de recibo en absoluto la pretensión de que las comunidades locales puedan celebrar una eucaristía “real y auténtica” en contraste con la voluntad del obispo. “Celebrar la eucaristía

fuera de la comunión eclesial y contra el obispo del lugar ha sido entendido desde los orígenes como la instauración de un cisma y su signo por excelencia”. El dictamen saca una drástica conclusión. “Una comunidad local que se decidiera a seguir la invitación del documento, optaría por una eclesiología que daría la espalda a la eclesiología del pueblo de Dios, hasta el punto de disolverse en una secta”. Las llamadas a celebrar la eucaristía fuera del vínculo de comunión con los obispos “no están fundadas ni sobre el Vaticano II ni sobre las investigaciones teológicas. En vano se buscará un solo texto del Vaticano II como fundamento de la acción preconizada en el

documento. Ni su letra ni su ‘espíritu’ legitiman la celebración eucarística oponiéndose al obispo en ese mismo acto”. A pesar de su crítica, Legrand concede que el documento tiene razón al subrayar que todavía no se han traducido a la práctica todas las consecuencias eclesiológicas legítimas del

Concilio Vaticano II. Según el último concilio el estatuto actual del presbítero no es el único posible. En este contexto llama la atención acerca del número 16 del Decreto conciliar sobre los presbíteros, donde se lee que el celibato “no es exigido ciertamente por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva y la tradición de las Iglesias orientales”. En el caso de que se muestre la obligación del celibato como la causa principal de la falta de presbíteros,

podría ser cambiada por la autoridad eclesial. En la carta de acompañamiento del Maestro general de los dominicos al dictamen de Legrand se dice que la orden está abierta a tomar en consideración soluciones alternativas para los graves problemas con los que se ven confrontados los cristianos de Holanda y de otras partes de la tierra. De todas formas la búsqueda de soluciones debe moverse en el interior de la fe de la Iglesia e incluir a aquellos que tienen la responsabilidad de dirección tanto en la orden como en la Iglesia en cuanto totalidad. Los dominicos enviaron las catorce páginas de críticas argumentadas a las 1.300 parroquias holandesas a las que había llegado anteriormente el folleto de referencia.

El debate continúa En los cuatro últimos decenios la discusión acerca del ministerio presbiteral no se ha calmado en la Iglesia católica. Se trata sobre todo de dos cuestiones bien diversas. Por un lado, la discusión fundamental acerca de si la ordenación presbiteral, tal como confirma Juan Pablo II en su Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis de 1994 comprometiendo su autoridad magisterial, debe permanecer reservada a varones. Después de esta decisión papal los argumentos a favor de la posibilidad de una ordenación de mujeres nose pueden poner tan fácilmente sobre la mesa del debate. De otro calibre es la discusión sobre el celibato obligatorio. Dado que ahí no se trata de la doctrina eclesial (en la Iglesia católica hay sacerdotes casados, sea en las comunidades orientales, sean antiguos presbíteros luteranos o anglicanos), es en definitiva una cuestión

de criterio práctico si la Iglesia mantiene la obligación del celibato como regla para sus presbíteros o no. Ahora bien, en el Sínodo de los Obispos de 1990 se trató del tema de “La formación de los sacerdotes en la situación

actual”. Como continuación de sus trabajos Juan Pablo II publicó en la primavera de 1992 la encíclica Pastores dabo vobis en la que se afirma que “el conocimiento recto y profundo de la naturaleza y misión del sacerdocio ministerial es el camino a seguir para salir de la crisis sobre la identidad sacerdotal” (n. 11). Sobre el tema del celibato asegura que “el Sínodo no quiere dejar ninguna duda en la mente de nadie sobre la firme voluntad de la

Iglesia de mantener la ley que exige el celibato libremente escogido y perpetuo para los candidatos a la ordenación sacerdotal en el rito latino” (n. 29). Por tanto, nada de lo sugerido por H.Legrand sobre la posibilidad de replantear la cuestión del celibato. Dieciséis años después de la encíclica papal la búsqueda de una solución a la crisis de falta de presbíteros en el marco de la fe de la Iglesia, como escribía el general de los dominicos, debe proseguir. Pero de momento no se ve un camino que posibilite el consenso. En cualquier caso todo el complejo referido al celibato está en gran medida ideologizado, lo cual dificulta claramente un debate abierto.En la Iglesia holandesa y fuera de ella no son pocos los que han intervenido en el debate con razones a favor y en contra. Los argumentos contra el documento son varios y se añaden a los del P. Legrand. Los dominicos hubieran debido escuchar otros pareceres fuera de su propio círculo. Se trata de un tema que hay que afrontarlo en un ámbito más grande que el de la provincia de una orden religiosa. Ni puede ser limitado a las parroquias, sino que debe extenderse a todos los niveles de la Iglesia, sin excluir a los obispos. Cuando se excluye a los obispos del diálogo, ya se ha tomado una posición previa. Finalmente en la determinación de la relación entre el ministerio y la comunidad hay una cuestión de acento teológico y práctico: ¿es más importante que el dirigente de una comunidad defienda la enseñanza de la Iglesia a tiempo y a destiempo y se considere enviado por el obispo como pastor de la comunidad o que goce de la confianza de las personas de su comunidad y sea solidario lo más posible con sus demandas? ¿Cómo contemplar un equilibrio entre ambas acentuaciones y dónde se encuentran mutuamente en tensión? Pero también se han producido contracríticas al informe de H. Legrand. La intención del texto de los holandeses no ha sido radicalizar la polarización obispos-comunidad, sino lo contrario: implicar a unos y otras en una búsqueda común de soluciones a un problema creciente de comunidades que se quedan sin eucaristía. Los propios autores del folleto respondieron que no han querido suscitar, tal como se dice en la introducción: su voluntad no es romper con los obispos, sino hacerles conscientes de su responsabilidad en relación con las comunidades locales. Al informe de Legrand no solo le falta un reconocimiento de la voluntad de diálogo que nace del propio texto y un conocimiento adecuado del contexto local, sino suficiente capacidad de crítica en relación con el episcopado y que exageran cuando hablan de una visión eclesial de tipo piramidal y de una

interpretación “sustancialista” de la diferencia entre ordenados y laicos, porque tal visión es, por desgracia, ampliamente compartida en la Iglesia actual. Además y sobre todo, no son los candidatos a la presidencia de las comunidades los que pueden pretender algo; son las comunidades celebrantes y anunciantes las que tienen necesidad y derecho a un presidente de la acción litúrgica. Acusar al documento de orientación cismática es retorcer su intención de diálogo y malentenderlo. La experiencia de las celebraciones comunitarias sin presbítero En el conjunto de la argumentación hay que considerar el resultado de la experiencia que se está llevando a cabo no solo en Holanda, sino en diversos países en relación con el funcionamiento de comunidades cristianas sin presbíteros. Los estudios que se van publicando hablan de aspectos positivos. La participación parece aumentar bajo la guía de un laico como respuesta al desafío de no tener un presbítero residente. La gente comparte sus opiniones sobre la Iglesia, colabora gustosamente, asume responsabilidades en relación con la propia familia parroquial, se crean comités, se adoptan decisiones por consenso, todos tienen un trabajo que desarrollar. Quienes asumen la responsabilidad de guiar estas comunidades de fe son hombres y mujeres competentes y con formación. Como quiera que se les llame, vienen a ser un factótum pastoral: realizan diversas funciones en relación con la liturgia, visitan enfermos, dirigen la catequesis, facilitan la preparación al matrimonio y al bautismo, se ocupan de las cuestiones administrativas cotidianas de la parroquia. Llaman al presbítero cuando son necesarios los sacramentos. Parece que, en general, estos responsables pastorales son

bien aceptados y apoyados por los propios parroquianos. Incluso si se trata de mujeres, no hay dificultades especiales en aceptar que ellas sean las líderes de la parroquia. Sin embargo, ninguna cuestión es tan difícil teológica y pastoralmente como todo lo que se refiere a la celebración de la eucaristía. Lo que habitualmente se realiza es una celebración dominical en ausencia de presbítero, que consiste en la escucha de las lecturas de la Sagrada Escritura, cantos, comentario a las lecturas y distribución de hostias consagradas anteriormente. Según diversos sondeos que se han realizado, la mayoría de los parroquianos se adapta a esa situación y paulatinamente la comunidad oscurece la importancia de la eucaristía. El ideal debería ser otro, pero esta es la situación real. Lo positivo del hecho se encuentra en que la gente siente que tiene que participar juntos, se trate de una eucaristía o de una celebración de la Palabra. Necesitan encontrarse

con regularidad para mantener la conciencia de comunidad cristiana. Desde un punto de vista teológico ello tiene una dimensión muy positiva: es el descubrimiento de la presencia de Cristo en la comunidad, que se hace cada

vez más clara aun sin la presencia presbiteral y sin la eucaristía. Parece como si las comunidades prefirieran hacer una celebración con la propia comunidad más que ir a otro lugar donde hubieran podido escuchar la plegaria eucarística presidida por un presbítero. Y aquí viene la cuestión candente. Esta situación, en la medida en que se confirme, suscita un interrogante muy serio. Con esta reducción de la disponibilidad de la eucaristía por parte de los fieles, ¿no estamos asistiendo a la extinción del sacramento que para los cristianos es el corazón de la vida comunitaria?Las celebraciones de la Palabra seguidas de la ¡comunión pueden parecer necesarias desde un punto de vista práctico; son una solución mejor que cerrar una parroquia, obligando a la gente a buscar los sacramentos en otro lugar. Se hace funcionar esos lugares como comunidad de fe; hay un gran valor en que la gente se vea como elementos constitutivos de la Iglesia, con o sin eucaristía. Pero tales celebraciones son problemáticas desde el punto de vista teológico porque minan una enseñanza central de Jesús. El Maestro nos mandó no solo tomar y comer, sino bendecir, dar gracias, partir y comer. Las celebraciones de la Palabra sin presbítero son tristemente inadecuadas; la celebración de una “verdadera” eucaristía es el centro de la vida cristiana y quienes se quieren sentir realizados como creyentes buscan la eucaristía.

Los miembros de parroquias sin presbítero que se sienten satisfechos de la actual situación muestran una falta de adecuada formación sobre la eucaristía. No hemos logrado ayudar a las personas a captar realmente la importancia de alabar y dar gracias a través de la plegaria eucarística, a valorar la presencia de Cristo en la verdadera celebración de la eucaristía; no hemos desarrollado un trabajo adecuado para suscitar amor a la celebración como tal, a la auténtica “actio liturgica”. Digámoslo de forma que puede parecer hiriente pero que es objetivamente real: con ese proceder afirmamos como Iglesia que renunciamos a la eucaristía dominical para todas las comunidades cristianas tal como Jesús nos ha mandado, con tal de preservar el celibato. Es una triste conclusión. Y ello sin entrar en otra dimensión del problema, la de los presbíteros que tienen que gestionar esta situación. Los curas recorren kilómetros en coche o a pie de una parroquia a otra, agotándose y sin sentirse encarnados en una comunidad concreta. El recurso a los jubilados es una falsa solución: aparte de que su permanencia no será muy prolongada, su capacidad de animar una celebración con creatividad e impulso se encuentra muy reducida. En otros lugares los líderes laicos se ven constreñidos a llamar al primer cura disponible, el cual no siempre se armoniza bien con aquella comunidad a la que llega catapultado. Cuando los presbíteros no viven en las comunidades,

no comparten los acontecimientos de la vida de las personas, no tienen tiempo de conocerlas. El servicio de “predicadores itinerantes” es un desafío para los propios curas. La repetición de la acción sacramental aquí y allí hace que las celebraciones se realicen de manera rutinaria y mecánica, no se vive lo nuclear del acontecimiento entre sacramentos y comunidad. Cuando un ministro queda separado de la vida de la comunidad, se pierde una parte sustancial de su significado. Los propios curas están preocupados porque les parece que se convierten en magos de los sacramentos y que lo que celebran no tiene vínculos reales con la experiencia vivida de la comunidad. Los sacramentos se convierten en actos mágicos que suceden cuando llega el cura. Por consiguiente, hay que dejar sentado que la vida sacramental de las parroquias sin presbítero resulta precaria e incierta en el próximo futuro. Sin embargo, lo que permanece constante es la fidelidad del laicado. Los laicos continuarán yendo hacia delante frente a las adversidades. Probablemente, gracias a su acción, la Iglesia asumirá un modo de ser completamente nuevo. Terminamos estas consideraciones en

torno al documento de los dominicos holandeses con una última reflexión. En todo el asunto hay que señalar un aspecto positivo: la novedad del método que se ha seguido en todo este proceso que puede sintetizarse así.La Congregación para la Doctrina de la Fe y los obispos locales dejan la responsabilidad a la orden religiosa. La autoridad interna de la orden explica el porqué de su disenso y da a conocer públicamente el nombre de su experto. No hay sanciones canónicas. Se envía a las parroquias los dos textos en cuestión. Se solicita a las facultades de teología que intervengan en el debate. En resumen, he aquí un signo de los tiempos. Se suscita en público un problema decisivo para el futuro de la Iglesia. Se adopta un método totalmente nuevo y dotado de alta relevancia. ¡Ojalá se repita en circunstancias semejantes!