miércoles, 10 de febrero de 2010

CRIMINALIZANDO AL INMIGRANTE

Joseca 
Un día más. Un día más en el que la xenofobia, o más bien la aporofobia, secuestra titulares y adopta la forma de norma o proyecto de tal.

Si hace unas semanas el primer ministro italiano identificaba inmigración y criminalidad, ayer el gobierno francés presentaba su peregrino plan para impulsar la identidad francesa, retomando entre otras la idea del contrato social que habrían de firmar los migrantes. Finalmente, esta tarde la Cadena SER ha difundido la circular 1/2010 de la Comisaría General de Extranjería y Fronteras mediante la que, según reconoce el propio Sindicato Unificado de Policía, “se retrocede en materia de respeto a los derechos civiles de los ciudadanos al periodo constituyente”, tratando “a los inmigrantes como delincuentes”. La aprobación de la Directiva de la Vergüenza de la Unión Europea, la tipificación como delito de la inmigración irregular en suelo italiano o la recién aprobada Ley de Extranjería en España son sólo otras muestras de un fenómeno creciente en Europa (el de la criminalización del inmigrante), que obedece a una estrategia lúcidamente calculada: la identificación de un chivo expiatorio -el migrante pobre- en el que poder focalizar la frustración de un pueblo acosado por el desempleo.

Frente a esta realidad, los responsables de la crisis económica no han asumido responsabilidad alguna, sin que se haya adoptado medida alguna sobre ellos ni sobre el sistema económico y social que soportan. Antes al contrario, se incide constantemente en destacar la trascendencia de “ordenar” la inmigración, como si de la regulación restrictiva de este fenómeno dependiese la superación del actual marco económico. Se destaca más lo que nos diferencia que lo que nos une, más los teóricos problemas que plantean que los beneficios que supone su presencia entre nosotros. Nadie recuerda ahora que esos mismos inmigrantes que ahora parecen sobrar, han constituido una mano de obra barata para empresarios codiciosos. Nadie reconoce su aportación económica a los sistemas públicos de Seguridad Social. Nadie, en fin, ha tenido la decencia de agradecerles el cuidado de nuestros ancianos o la limpieza de nuestras casas. Ahora parece que sobran.

Muchos llegaron al denominado primer mundo con el frío y la humedad quebrándoles el cuerpo y la desesperanza gobernando su corazón, huyendo de la miseria y el hambre, soñando con un futuro ahogado en sus países como consecuencia de unas reglas de comercio internacional absolutamente criminales y de la existencia de unas dictaduras apoyadas y financiadas por las élites gobernantes de Occidente.

Hace un par de años alguien me remitió un correo que exponía parte de las atrocidades que hemos cometido con esos que ahora sólo piden una ínfima parte de todo lo que tendríamos que devolverles, en concreto con los africanos. Desde entonces, no deja de sorprenderme la tenacidad en evitar la llegada de los inmigrantes a nuestros países cuando no son sino el resultado de nuestras correrías coloniales durante varios siglos. ¿Por qué no somos capaces de darnos cuenta que después de tanto tiempo imponiéndoles nuestra cultura y religión, asesinando su presente y explotando sus recursos naturales es normal y natural que acudan a nosotros para recibir tan sólo unas migajas de los que les hemos hurtado? ¿De veras esperamos que permanezcan impasibles mientras en nuestras sociedades vivimos en la opulencia? ¿En serio creemos que quienes les robamos, explotamos y asesinamos durante centenares de años podemos darles lecciones sobre ética y derechos humanos?

Señores dirigentes: ¿Quieren hablar de respeto, de derechos humanos, de tolerancia, de integración? ¿Recuerdan las masacres inglesas en Kenia o los despojos en Rhodesia? ¿Es necesario repasar los libros de historia para que rememoren el latrocinio francés en Dakar o en Costa de Marfil? ¿Y las dictaduras militares de Latinoamérica promovidas por los EE.UU.? ¿O quizás ha de volverse la mirada sobre los campos de concentración alemanes en Namibia? ¿No deberíamos dar explicaciones sobre el apoyo y tolerancia al régimen fanático de Arabia Saudí o sobre los 600.000 muertos en la guerra de ocupación irakí? ¿Es que hemos olvidado las atrocidades belgas en el Congo, las excavaciones portugueses en Angola en busca de oro o las cacerías de esclavos en Mozambique? ¿O quizás ya no importan las miles de vidas palestinas que se llevó por delante Israel con nuestra complicidad? ¿Y los miles de muertos para extraer los diamantes de Sierra Leona?

¿Quieren más ejemplos de la incongruencia y la hipocresía que rezuman este tipo de planteamientos? Léanse las recientes declaraciones de Kevin Rudd, primer ministro de Australia, en la que defiende que “son los inmigrantes, no los australianos, los que deben adaptarse. O lo toman o lo dejan. Estoy harto de que esta nación tenga que preocuparse si estamos ofendiendo a otras culturas o a otros individuos”, proclamando que “éste es nuestro país, nuestra patria y éstas son nuestras costumbres y estilo de vida y permitiremos que disfruten de los nuestro pero cuando dejen de quejarse, de lloriquear y de protestar contra nuestra Bandera, Nuestra lengua, nuestro compromiso nacionalista, Nuestras Creencias Cristianas o Nuestro modo de Vida, le animamos a que aproveche otra de nuestras grandes libertades Australianas, el Derecho a Irse”. ¿Es que ha olvidado el primer ministro que los primeros que no han respetado su historia han sido los propios gobiernos australianos, experimentando y eliminando hasta casi su totalidad a la población indígena que aún habita el continente? Curioso que esos que machacaron a la población indígena hasta casi hacerla desaparecer se conviertan ahora en adalides de la defensa de sus tradiciones. Kevin Rudd debería repasar un poco la historia de su país antes de asumir posicionamientos como ese. ¿Aprendieron sus ascendientes el idioma de aquellos indígenas cuando en nombre del Reino Unido decidieron que ese era un buen lugar para quedarse? ¿Se preguntaron si su Dios ofendía al de aquellas gentes que llevaban miles de años viviendo allí?

Basta ya de leyes indignas, de declaraciones que sólo promueven el odio y la incomprensión, basta de redadas, basta ya de centros de retención, basta de expulsiones… Es necesario un replanteamiento de las políticas económicas y de las relaciones internacionales que permita a esos millones de personas desarrollar una vida mínimamente digna en sus países de origen. Eso y una petición sincera de perdón. Mientras tanto no tenemos derecho alguno a echarles nada en cara.

Claro que parece más fácil repeler los cientos de barcazas de desesperados que llegan a nuestras glamorosas playas… y es que cuando de la supervivencia se trata, siempre es más probable la del que la tiene garantizada que el que lucha a diario por ella. Cuestión de sentido común: optemos por la locura.

martes, 9 de febrero de 2010

SOBRINO VA A SER DOCTOR HONORIS CAUSA POR LA UNIVERSIDAD DE VALENCIA

“Hay que trabajar por una civilización de la pobreza, superadora de la riqueza, responsable de la enfermedad imperante” asegura el teólogo

El sacerdote jesuita Jon Sobrino ha recibido en este lunes la comunicación del nombramiento de “doctor honoris causa” de la Universitat de València de manos del rector, Francisco Tomás. El teólogo fue nombrado doctor honoris causa por el Consejo de Gobierno el pasado 29 de septiembre, pero a consecuencia de su delicado estado de salud, no ha podido asistir a la solemne ceremonia con la que la Universitat distingue a las personas que destacan por sus relevantes méritos académicos.

Sobrino cursó estudios de teología en la universidad norteamericana de San Luis y de ingeniería en la universidad de Frankfurt, y está considerado uno de los representantes más cualificados de la teología de la liberación. En la propuesta de nombramiento el rector puso de relieve cómo el teólogo jesuita “ha contribuido a desarrollar un espacio de reflexión social desde el principio ético de la parcialidad a favor de los pobres, de la esperanza y de la paz, que da que pensar, capacita para pensar y enseña a pensar”.

En su estudio de la Universidad Centro Americana (UCA), Sobrino mantuvo una animada y profunda conversación con el rector, que bien podría haber servido como lección magistral en su investidura como doctor honoris causa. “Hay que comunicar que la bondad es posible, porque aunque sepamos que sólo con eso no se construye el mundo, sin la bondad y con egoísmo ¿adónde va el mundo?” se preguntó. En El Salvador, “hablar de Jesús de Nazaret tiene un impacto social y por eso se mató a miles de gentes”, dijo recordando las 75.000 víctimas de las matanzas del ejército y los paramilitares contra la población campesina y los propios jesuitas.

El sacerdote subrayó que, aunque ha desaparecido la violencia militar, El Salvador sigue siendo el país de Latinoamérica con más homicidios por habitante, que un tercio de la población se ha visto obligada emigrar y que es una de las naciones de las que menos se habla. “Sin embargo – aseguró- hay en su gente raíces de humanización, que vienen de los mártires jesuitas”. Sobrino bromeó con el rector sobre la llamada delantera eléctrica del Valencia CF de los años cuarenta (Epi, Amadeo, Mundo, Asensi y Gorostiza) algo que le dio pie para reflexionar sobre el fútbol y los pobres del planeta. “A un señor que juega al fútbol le pagan 94 millones de euros”, dijo recordando alguno de los fichajes más sonados de la liga española. “¿Qué es pecado?”, se preguntó. “Pecado es lo que da muerte y cuando leí en el Marca que en un partido entre el Madrid y el Lazio había 700 millones de euros en el campo, no pude evitar consultar un anuario de economía y comprobar que esa cantidad es el doble del presupuesto nacional de países como el Chad”.

Rosas rojas

Sobrino mostró al rector el jardín en el que asesinaron al padre Ignacio Ellacuría (rector de la UCA) a otros cinco jesuitas y a dos trabajadoras de la universidad. Un jardín de tierra negra, donde hoy florecen ocho rosas rojas y que se ha convertido en un centro de peregrinación. El sacerdote le regaló al rector su libro “Fuera de los pobres no hay salvación”, una obra cuya escritura le produjo “un gran desasosiego”. “Sigo desasosegado –confesó- pero sé que si no la hubiera escrito, hubiera sido peor”. “Los jesuitas, a veces, no mentimos”, dijo con sorna.

La figura del antiguo rector de la UCA, mereció una reflexión especial. Aunque va en aumento el reconocimiento al Ellacuría asesinado, hay también un Ellacuría olvidado para el que la tarea más difícil de nuestro tiempo es “revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”, para sanar “una civilización gravemente enferma” y “evitar así un desenlace fatídico y fatal”. Según Sobrino hay tres cosas de Ellacuría que han quedado olvidadas. La primera es el pueblo crucificado –“el” signo de los tiempos-, al que hay que bajar de la cruz sabiendo que uno mismo puede acabar en la cruz. La segunda es trabajar por una civilización de la pobreza, contraria y superadora de la riqueza, responsable de la enfermedad de la civilización imperante. La tercera son sus palabras “con monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”, lo que, según Sobrino, “remite a algo íntimo y beneficioso “ que se hace presente “en los defensores de las víctimas”. “Con monseñor Romero vimos el amor en estado puro”, dijo evocando la figura del obispo asesinado por la extrema derecha, para recordar que “falta gente que diga que queremos hacer el bien porque eso nos hace más humanos”.

Sobrino reflexionó también sobre el papel de la iglesia oficial y la jerarquía eclesiástica. “Jerarquía –recordó- quiere decir poder sagrado, pero ese poder no se pone a producir para el bien; aquí en Latinoamérica, la Iglesia es una fuerza social muy buena, pero en España es un desastre.” El sacerdote abogó por “una auténtica conversión que le dé la vuelta al calcetín” porque “ahí está la esperanza”. Del trabajo de sus compañeros jesuitas asesinados dijo que queda el testimonio de que “la bondad fue posible”, porque “lo malo es cuando se decide que no hay espacio para la bondad”.

El rector, que estuvo acompañado de la secretaria general de la Universitat, Marisa Contri y de la vicerectora de Relaciones Institucionales y Cooperación, Rosa Moliner, tiene previsto inaugurar hoy en San Salvador, un centro de salud regional, impulsado por la Universitat de València con la colaboración de otras instituciones.

¿EXISTE HAITI?

Frei Betto
Interesados en exhibir en Europa una colección de animales exóticos, a comienzos del siglo 19, dos franceses, los hermanos Eduardo y Julio Verreaux, viajaron a África del Sur. Aún no se había inventado la fotografía, y la única manera de saciar la curiosidad del público era, además del dibujo y la pintura, la taxidermia, disecar animales muertos, o llevarlos vivos a los zoológicos.

En el museo de la familia Verreaux los visitantes veían jirafas, elefantes, macacos y rinocerontes. Pero en ella no podía faltar un negro. Ambos hermanos aplicaron la taxidermia al cadáver de uno y lo expusieron, de pie, en un escaparate de París; tenía una lanza en una de sus manos y un escudo en la otra.

Al fracasar el museo los Verreaux vendieron la colección. Francesc Darder, veterinario catalán, primer director del zoológico de Barcelona, compró parte de la colección, incluido el africano. En 1916 abrió su propio museo en Banyoles, España.

En 1991 el médico haitiano Alphonse Arcelin visitó el Museo Darder. El negro reconoció al negro. Por primera vez aquel muerto mereció compasión. Indignado, Arcelin lo publicó a los cuatro vientos, en vísperas de los Juegos Olímpicos de Barcelona. E intentó que los países africanos sabotearan los Juegos. Incluso intervino el mismo Comité Olímpico a fin de que el cadáver fuera retirado del museo.

Terminadas las Olimpiadas, la población de Banyoles volvió sobre el tema. Muchos insistían en que la ciudad no debería desprenderse de una tradicional pieza de su patrimonio cultural. Pero Arcelin movilizó a gobiernos de países africanos, a la Organización para la Unidad Africana, y hasta Kofi Annam, por entonces secretario general de la ONU. Viéndose en situación delicada, el gobierno de Aznar decidió devolver el muerto a su tierra de origen. El negro fue descatalogado como pieza de museo y finalmente reconocido en su condición humana. Mereció un digno entierro en Botswana.

En mis tiempos en la revista “Realidade”, por los años 1960, escandalizó al Brasil un reportaje que en portada decía: “Existe el Piauí”. Fue una forma de llamar la atención de los brasileños hacia el estado más pobre del Brasil, ignorado por el poder y la opinión públicos.

El terremoto que arruinó Haití nos induce a preguntar: ¿Existe Haití? Hoy sí. Pero ¿y antes de ser asolado por el terremoto? ¿A quién le importaba la miseria de ese país? ¿Quién se preguntaba por qué el Brasil había enviado allá tropas a pedido de la ONU? Y ahora ¿será que la catástrofe -la más terrible que he presenciado a lo largo de mi vida- es mera culpa de los desajustes de la naturaleza? ¿o de Dios, que se mantiene silencioso ante el drama de miles de muertos, heridos y desamparados?

Colonizado por españoles y franceses, Haití conquistó su independencia en 1804, lo que le costó un duro castigo: los esclavistas europeos y estadounidenses lo mantuvieron sometido a un bloqueo comercial durante 60 años.

En la segunda mitad del siglo 19 e inicios del 20 Haití tuvo 20 gobernantes, 16 de los cuales fueron depuestos o asesinados. De 1915 a 1934 los Estados Unidos ocuparon Haití. En 1957 el médico François Duvalier, conocido como Papá Doc, se eligió presidente, instaló una cruel dictadura apoyada por los tonton macoutes (una guardia personal) y por los Estados Unidos. A partir de 1964 se convirtió en presidente vitalicio… Al morir en 1971 le sucedió su hijo Jean-Claude Duvalier, o Baby Doc, que gobernó hasta 1986, cuando se refugió en Francia.

Haití fue invadido por Francia en 1869, por España en 1871, por Inglaterra en 1877, por los Estados Unidos en 1914 y en 1915, permaneciendo hasta 1934, por los Estados Unidos de nuevo en 1969.

Las primeras elecciones democráticas tuvieron lugar en 1990; fue elegido el sacerdote Jean-Bertrand Aristide, cuyo gobierno fue decepcionante. Depuesto en 1991 por los militares, se refugió en los Estados Unidos. Regresó al poder en 1994, y en el 2004, acusado de corrupción y connivencia con Washington, se exilió en Sudáfrica. Aunque presidido hoy por René Preval, Haití está mantenido bajo tutela de la ONU y ahora, de hecho, ocupado por tropas usamericanas.

Para el Occidente ‘civilizado y cristiano’ Haití siempre ha sido un negro inerte en el escaparate, abandonado en su propia miseria. Por eso, los medios de comunicación de los blancos exhiben por primera vez los cuerpos destrozados por el terremoto. Nadie vio, ni por televisión ni en fotos, algo semejante en Nueva Orleans cuando fue destruida por el huracán o en el Iraq asolado por las bombas. Ni siquiera después del paso del tsunami en Indonesia.

Ahora Haití pesa sobre nuestra conciencia, hiere nuestra sensibilidad, nos arranca lágrimas de compasión, desafía nuestra impotencia. Porque sabemos que se arruinó, no sólo por causa del terremoto, sino sobre todo por la indiferencia de nuestra insolidaridad.

Otros países sufren movimientos sísmicos y no por eso son tantos los destrozos y las víctimas. A Haití hemos enviado ‘misiones de paz’, tropas de intervención, ayudas humanitarias; pero nunca proyectos de desarrollo sustentable.

Terminadas las ayudas de emergencia, ¿quién habrá de reconocer a Haití como nación soberana, independiente, con derecho a su autodeterminación? ¿Quién seguirá el ejemplo de la Dra. Zilda Arns, de enseñar al pueblo a ser sujeto multiplicador y emancipador de su propia historia?

lunes, 8 de febrero de 2010

¿EDIFICADA SOBRE ROCA O SOBRE ARENA?

LA IGLESIA EN AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE: ¿ESTÁ EDIFICADA SOBRE ROCA O SOBRE ARENA?*

Pablo Richard**

Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina. 

Y sucedió que cuando acabó Jesús estos discursos, la gente quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas. (Mateo 7, 21-29, fin del discurso evangélico del monte) 

1. La Iglesia ya construida sobre roca: ninguna “tormenta” la puede hacer caer 

Hay una roca, un fundamento indestructible, sobre el cual está construida la Iglesia. Ese fundamento en gran medida ya existe. Es lo mejor y lo más sólido que tiene la Iglesia latinoamericana y caribeña. Vendrán crisis profundas y quizás irreversibles en la Iglesia, la crisis está ya a la puerta y puede acelerarse, incluso es posible un repentino derrumbe de toda la Iglesia. Esto es posible, pero también es posible reconstruirla sobre ese trabajo ya realizado que consideramos roca firme sobre la cual podemos construir. En los últimos cincuenta años (aproximadamente) la Iglesia en Latinoamérica y el Caribe, con mucha fe, esperanza, utopía y martirio ha puesto los fundamentos mínimos para construir esa casa sobre la roca, que podrá resistir “lluvias, torrentes y vientos, pero ella no va a caer”. Hay que mirar por lo tanto la crisis sin miedo y con esperanza, pues ya hay un camino trazado y podemos con seguridad seguir caminando por él. El santo Alberto Hurtado decía: “cuando se te acabe el entusiasmo agárrate de la fe”. Creo que ha llegado la hora de la fe.

La Iglesia construida sobre roca tiene muchos fundamentos, aquí cito solamente seis que me parecen los más sólidos e indispensables:

a) Opción preferencial por lo pobres

Opción por los pobres, marginados, excluidos, desechables, invisibles. Opción por los pobres en la lucha contra la pobreza, sujetos capaces de construir alternativas. Opción por los pobres que son excluidos también por razones de género, etnia, raza, generación y otras que ya se multiplican. Opción por las mayorías (un 60%) que viven en la pobreza y extrema pobreza, aplastados por el sistema actual de libre mercado y su ideología neoliberal (capitalismo salvaje fuera de todo control).

Opción por la tierra y el agua, cuyo grito ya no podemos ignorar.

Nos dice Jesús:

Arriba los pobres con Espíritu porque en sus manos está la construcción del Reino de los Cielos (Mt 5, 3). 

Arriba ustedes los pobres porque de ustedes es el Reino de Dios (Lc 6, 20). 
Jesús no solucionó grandes problemas en su época, pero nos enseñó a mirarlo todo desde la perspectiva de los pobres. Jesús no definió el Reino de Dios, pero lo practicó y los Evangelios lo narraron.

b) Opción por una ética de la vida

En una ética de la vida lo único bueno, justo, verdadero y bello es que todos y todas, la tierra y el agua, tengan vida y vida en abundancia (Jn 10, 10). Vida que es tierra, trabajo, salud, educación, participación, gozo. Una Iglesia que opta por la vida opta por “una sociedad donde quepan todos y todas, en armonía con la naturaleza” (dicho en Chiapas, México). Una ética de la vida donde el centro sea el “otro”: “yo soy solamente si eres tú”; “si hay para todos, solo entonces habrá para mí” (en contra de la otra opción: “si no hay para todos, que por lo menos haya para mí”). La ética de la vida es además la fuerza inspiradora de todos los movimientos de solidaridad, por los derechos humanos, por la justicia y la paz, por la vida de la tierra, el agua y el cosmos.

c) Espiritualidad: opción por el Dios de la Vida contra los ídolos de la muerte

La espiritualidad es la búsqueda de Dios desde la opción por los pobres y dentro de una práctica de liberación. Una espiritualidad enfrentada a la idolatría que es perversión de Dios o creación de un dios propio que nos satisface. Idolatría que convierte las cosas en sujetos y los sujetos en objetos (el oro como dios y el ser humano como objeto). Una espiritualidad en el discipulado de un Jesús humano, que nos revela el Dios de la Vida. Una espiritualidad que crece ahí donde está su fuerza: en el silencio, en la contemplación, en la oración (“mi fuerza es el silencio”, decía monseñor Leonidas Proaño). Una espiritualidad trascendente, que afirma la vida, no únicamente “más allá de la muerte”, sino “más allá” de toda opresión y aniquilamiento en este mundo. Una espiritualidad de la esperanza y de la utopía, que orienta toda la vida y da sentido a todo lo que se hace, por pequeño que sea. Una espiritualidad de resistencia en todas las situaciones difíciles de la vida.

Síntesis entre ética de la vida y espiritualidad:

La Gloria de Dios es el ser humano vivo (ética), la vida del ser humano es la visión de Dios (espiritualidad) (“Gloria Dei vivens homo, vita autem hominis visio Dei”) (Ireneo). 
Otro gran profeta de la espiritualidad nos dice:

...tenemos que ver con los ojos bien abiertos y los pies bien puestos en la tierra, pero el corazón bien lleno de Evangelio y de Dios (Monseñor Oscar Romero 27.VIII.1978).

La espiritualidad es, en lo profundo, “la vida en el Espíritu”:

Sin el Espíritu Santo,
Dios está lejos,
Cristo se queda en el pasado,
el Evangelio resulta letra muerta,
la Iglesia una mera organización,
la autoridad un poder,
la misión una propaganda,
el culto un arcaísmo y
el obrar moral un obrar de esclavos
(Aporte de la Iglesia Oriental al Concilio Vaticano II).

d) Las Comunidades Eclesiales de Base

Son pequeños espacios comunitarios constituidos normalmente por cristianos pobres y excluidos. Ahí donde hay una pequeña comunidad que escucha la Palabra de Dios y practica la oración y la solidaridad, ahí hay una Comunidad Eclesial de Base (CEB). Comunidad, Palabra de Dios, Oración y Solidaridad es lo que se vive entre los pobres, sean éstos católicos o evangélicos. En los barrios marginales de cualquier urbe latinoamericana y caribeña, y entre los campesinos, hay miles de estas comunidades. Su importancia no es tanto cuantitativa (su número), sino cualitativa (su manera de ser Iglesia y su significado para toda la Iglesia). La CEB construye una nueva eclesialidad cimentada sobre la roca: “cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó”.

e) Lectura Popular de la Biblia

La Biblia y la Palabra de Dios es igualmente parte de esa roca sobre la cual podemos construir una Iglesia “que no va a caer”. La lectura llamada “popular, pastoral o comunitaria es la que busca devolver la Biblia al Pueblo de Dios y transformar ese Pueblo de Dios en sujeto preferencial de su interpretación. La máxima autoridad en la Iglesia es la Palabra de Dios (cf. Dei Verbum No. 10), en cuya búsqueda son necesarios la Exégesis, el Magisterio y la Tradición de la Iglesia. La lectura de la Biblia en las pequeñas comunidades y en toda la Iglesia Pueblo de Dios es la lectura del sentido espiritual de la Biblia, que nos permite recibirla como Palabra de Dios. El sentido es siempre el mismo: lectura de la Biblia como Palabra de Dios, hecha con preferencia por los pobres, con un sentido pastoral y comunitario. El método de la Lectura Orante de la Biblia (“Lectio Divina”), es en la actualidad el camino más difundido para descubrir el sentido espiritual de la Biblia y para orar en comunidad con ella en la mano. En esta Lectura Orante practicamos lo que hemos dicho más arriba sobre la espiritualidad. No es una lectura “fácil”, sino una lucha espiritual para descubrir el Dios de la Vida y destruir los ídolos de la muerte.

f) Teología de la Liberación

Teología que se define por la búsqueda de Dios al interior de una práctica de liberación. La Teología de la Liberación (TL) es “acto segundo” en referencia a una práctica de liberación que se afirma como “acto primero”. Algo parecido tenemos en el campo bíblico. San Agustín nos dice:

La Biblia, el segundo libro de Dios, fue escrita para ayudarnos a descifrar el mundo, para devolvernos la mirada de la fe y de la contemplación, y para transformar toda la realidad en una gran revelación de Dios. 

La TL sería ese libro segundo de Dios, y el “acto primero” sería la práctica de liberación como primer libro de Dios. La TL no es solamente una teoría, un libro o una escuela teológica. Es una teología que se vive y reconstruye en cada época de la historia, que va creciendo y cambiando según las exigencias de la práctica histórica. En esta práctica hay sujetos, teorías y estrategias eclesiales y políticas, que están en un proceso constante de cambio. La TL está viva por su capacidad de reflexionar dentro de esa práctica en continua transformación.

¿Quiénes son los sujetos que construyen esta casa sobre roca firme?:

Volviendo su vista hacia sus discípulos, decía:
“Arriba ustedes los pobres, porque en sus manos está el Reino de Dios.
Arriba ustedes los que ahora tienen hambre, porque serán saciados.
Arriba los que ahora están afligidos, porque tendrán alegría.
Ánimo ustedes cuando la gente los aborrezca, cuando los aparten, los colmen de insultos y desechen su nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre.
Alégrense en ese día y salten de gozo, porque he aquí, vuestra recompensa es grande en el cielo, pues sus padres de la misma manera trataban a los profetas.
Pero ¡ay de ustedes los ricos!, porque ya están recibiendo vuestro consuelo.
¡Ay de ustedes los que ahora están hartos!, porque tendrán hambre.
¡Ay de ustedes los que ahora ríen!, porque se lamentarán y llorarán.
¡Ay de ustedes cuando todos hablen bien de ustedes!, porque de la misma manera trataban sus padres a los falsos profetas (Lucas 6, 20-26).

2. La Iglesia construida sobre arena
La casa que no logró resistir las tormentas
y por eso cayó, y fue grande su ruina

La tarea es tan dura, que nos urge recordar la Palabra de Dios (Ef 6, 10-18):

Por lo demás, háganse fuertes en el Señor y en el poder de su fuerza. Pónganse la armadura de Dios para poder estar firmes contra las fuerzas del mal. Porque nuestra lucha no es contra fuerzas humanas, sino contra los poderes y los dominadores que dirigen este mundo con sus fuerzas oscuras, pues nos enfrentamos con los espíritus y las fuerzas sobrenaturales del mal. 

Por tanto, tomen la armadura de Dios para que puedan resistir en el día malo, y habiéndolo hecho todo, estar firmes. Tomen la verdad como cinturón, la justicia como coraza, y calzados los pies con el entusiasmo de propagar el Evangelio de la paz; tengan siempre en la mano el escudo de la fe y tomen el casco de la liberación y la espada del espíritu que es la Palabra de Dios. Oren en todo tiempo en el Espíritu, vigilando juntos con perseverancia (traducción propia desde el texto original). 
2.1. Introducción: necesidad imperiosa de una reforma de la Iglesia

El Espíritu Santo, en los veinte siglos de historia de la Iglesia, ha suscitado en muchas ocasiones un “tiempo oportuno” (kairós) para una reforma eclesial, pero ella normalmente ha rechazado este tiempo y ha caído en una contrarreforma y en una crisis irreversible. Hay momentos en la historia de la humanidad cuando todo se derrumba de forma repentina y nacen nuevas realidades. Esto pasó de modo global a partir del año 1989, cuando cayeron los socialismos históricos, terminó la Guerra Fría, se consolidó la “globalización” y se impuso un modelo económico mundial legitimado por el neoliberalismo. Fue un proceso de pocos años que cambió la fisonomía del mundo entero. También la Iglesia puede vivir un derrumbe en poco tiempo, como suceden los derrumbes en los tiempos acelerados que vivimos. Sería triste si llegáramos tarde y el Señor nos repitiera sus palabras:

…cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina.

La memoria es muy importante para una reforma de la Iglesia. Si no sabemos hacia dónde vamos, por lo menos recordemos lo que hemos vivido en los últimos 550 años: desde el Concilio de Trento (1545–63) hasta la Conferencia de Aparecida (2007).

2.2. Reforma Protestante, concilios de Trento y Vaticano I

a) Reforma Protestante del siglo XVI

Sus protagonistas principales fueron Lutero (1483-1546), Calvino (1509-64), Zuinglio (1484-1531) y Melanchton (1497-1560). Fueron en realidad varias reformas y de mucha complejidad. En una apretada síntesis, la Reforma propugna la vuelta a la sola Escritura (“sola Scriptura”) y a la justificación por la fe (“sola fides”). En sus orígenes la Reforma aparece como un regreso al cristianismo originario y como un intento de crítica, revisión e interpretación global del hecho cristiano. Atacó la corrupción dentro de la Iglesia y el poder político del Papa.

b) Concilio de Trento (1545–63)

El concilio se reunió durante dieciocho años y hubo dos tendencias: una, que se diera prioridad a la condenación de los errores de las reformas protestantes. Otra, consideraba como más urgente la reforma de la Iglesia. Triunfó la primera tendencia. Trento fue así fundamentalmente un concilio de “contra-reforma”. Solo un tema como ejemplo: las traducciones de la Biblia en lengua vulgar. Los que se opusieron a la traducción dieron como argumento que “no a todos se les ha dado el poder de leer e interpretar el texto sagrado” y que ahora se veían “Biblias en vulgar, incluso en manos de mujeres”.

Sería suficiente con que las mujeres y los ignorantes sean gobernados según la predicación que tendrán que dispensarles personas competentes, que hayan obtenido el permiso de predicar.

c) El medio siglo posterior al Concilio de Trento

Quizá fue más importante que el mismo concilio, pues se reestructuraron casi todas las instituciones tradicionales de la Iglesia y se crearon otras nuevas, no siempre en fidelidad al espíritu conciliar. El modelo de Iglesia postridentino es un modelo romano y clerical: creación de las congregaciones romanas, del cargo de “Secretario de Estado” y reformulación de la misión de los nuncios y de la visita “ad límina”. Trento no logró responder a los desafíos de la Reforma Protestante, por el contrario, construyó un nuevo modelo de Iglesia para defenderse de aquella e impedir una reforma dentro de la propia Iglesia. La refundación institucional y disciplinar de la Iglesia fue tan sólida, que no hubo otro concilio hasta el Vaticano I (1869-70), lo que demostró el carácter casi definitivo e irreformable de la Iglesia tridentina.

d) El Concilio Vaticano I: (1869-70)

Fue un concilio eminentemente europeo, donde la Iglesia se sentía amenazada, no tanto por la Reforma Protestante, sino ahora por la “civilización moderna”. Así lo afirmaba el Sílabo de los errores modernos, texto que la comisión doctrinal del concilio tomó como base de sus propios trabajos. Citamos como ejemplo algunas conclusiones: que la Iglesia es una “sociedad verdadera, perfecta, espiritual y sobrenatural”; que “la Iglesia es una sociedad visible y única, y que fuera de la Iglesia no hay salvación”; que la Iglesia es “indefectible” e “infalible”. También se plantearon temas más políticos, como el poder de la Iglesia, el primado del romano pontífice, la soberanía temporal de la Santa Sede, y otros. El tema más discutido fue el de la infalibilidad de la Iglesia y del Papa: “infalibilidad con la que el divino Redentor quiso dotar a su Iglesia”. Es al interior de esta “infalibilidad de la Iglesia” que se definía la “infalibilidad del Papa”. Otras definiciones: elección de Pedro como “principio perpetuo y fundamento visible” de la unidad de la Iglesia; la “perpetuidad del primado de Pedro en los romanos pontífices”; la función del Papa como juez supremo de cualquier controversia eclesiástica, mientras que el Papa no puede ser juzgado por nadie, ni siquiera por el concilio. Finalmente se proclamó “como dogma divinamente revelado que el romano pontífice, cuando habla ex cathedra, goza de infalibilidad”.

2.3. Concilio Vaticano II (1962-65) y conferencias generales del Episcopado latinoamericano y caribeño

El Concilio Vaticano II se realizó entre los años 1962 y 1965. Las conferencias generales del Episcopado latinoamericano y caribeño se celebraron en Medellín, Colombia (1968); Puebla, México (1979); Santo Domingo, República Dominicana (1992); y Aparecida, Brasil (2007). En general, la Iglesia en la región vive en las décadas de los sesenta, setenta y las ochenta unas situaciones positivas de reforma.

El concilio inauguró un nuevo tiempo oportuno (un “kairós”) para una reforma de la Iglesia Católica. La respuesta en general fue positiva: hubo procesos reformadores anteriores y posteriores al concilio, pero igualmente hubo reacciones conservadoras de contrarreforma.

Desde el fin del Concilio de Trento (1563) hasta los inicios del Vaticano II pasaron cuatro siglos de contrarreforma teológica e institucional. Ya antes del Concilio Vaticano II, desde finales de la Segunda Guerra Mundial (1945), nace en Europa un extraordinario movimiento teológico, cuyos teólogos en gran manera hicieron posible la reforma del Vaticano II, la cual también tuvo impacto en América Latina y el Caribe. Entre los teólogos de este movimiento nombramos solo a modo de ejemplo a M. D. Chenu, Jean Daniélou, Edward Schillebeckx, Ives Congar, Bernhard Häring, Henri de Lubac, Karl Rahner, Hans Küng y Johann Baptist Metz. Asimismo, hubo teólogos protestantes eminentes en este período como Kart Barth, Jürgen Moltmann y Oscar Cullmann.

Entre los años 1948-2008 la Iglesia Católica vive sesenta años de reforma (movimiento de teología europea desde 1948, Concilio Vaticano II, conferencias de Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida). Sin embargo, esta reforma de sesenta años no logra superar totalmente los cuatrocientos años de contrarreforma. Mas bien, desde el decenio de los ochenta empieza a perfilarse una clara corriente conservadora. El tiempo oportuno (“kairós) que nos ofreció el Espíritu Santo para una reforma eclesial parece que empieza a agotarse y reaparece lentamente una nueva contrarreforma que puede ahora llevarnos a una crisis irreversible.

2.4. La reforma inconclusa: la V Conferencia General en Aparecida (2007)

En general el documento final de Aparecida fue positivo (1), aunque no predomina una orientación clara hacia una reforma de la Iglesia. Hay textos contradictorios, simplemente yuxtapuestos, sin opción alguna. Da la impresión de que el documento asume posiciones liberadoras, pasadas y presentes, para dar espacios y legitimidad a otras posiciones conservadoras. Por ejemplo, el capítulo 8: “Reino de Dios y promoción humana” y el capítulo 10: “Nuestros pueblos y su cultura”. Los dos capítulos van en direcciones opuestas. Por eso digo que esta V Conferencia es un reforma inconclusa, en cierto sentido frustrada. Hay textos para una u otra posición. Todos pueden elegir.

Un ejemplo significativo: en Aparecida hay una definida opción preferencial por los pobres, no obstante en todo el documento no aparece ninguna crítica al neoliberalismo. Da la impresión que podemos elegir entre optar por los pobres u optar por un sistema opresor y “salvaje”, legitimado por el neoliberalismo. Hay textos para los dos “gustos”, cada uno puede elegir lo que le parece mejor.

a) La opción preferencial por los pobres

Esta opción es firme y está desarrollada en toda su complejidad actual y con una buena fundamentación cristológica y eclesial. Es uno de los textos más sólidos de Aparecida. Pro memoria:

65. Una globalización sin solidaridad afecta negativamente a los sectores más pobres. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y opresión, sino de algo nuevo: la exclusión social. Con ella queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está abajo, en la periferia o sin poder, sino que se está afuera. Los excluidos no son nada más “explotados” sino “sobrantes” y “desechables”.

391. La opción preferencial por los pobres es uno de los rasgos que marca la fisonomía de la Iglesia latinoamericana y caribeña.

393. Los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo. Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo: “Cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40).

395. La Iglesia está convocada a ser “abogada de la justicia y defensora de los pobres” ante “intolerables desigualdades sociales y económicas”, que “claman al cielo”.

396. “Hoy queremos ratificar y potenciar la opción del amor preferencial por lo pobres hecha en las Conferencias anteriores”.

397. Se nos pide dedicar tiempo a los pobres, escucharlos con interés, acompañarlos en los momentos más difíciles.

402. La globalización hace emerger en nuestros pueblos, nuevos rostros de pobres: los migrantes, las víctimas de la violencia, los desplazados y refugiados, las víctimas del tráfico de personas y los secuestros, los desaparecidos, los enfermos de VIH/SIDA y de enfermedades endémicas, los tóxico dependientes, los adultos mayores, los niños y las niñas que son víctimas de la prostitución, la pornografía y la violencia o del trabajo infantil, las mujeres maltratadas, las víctimas de la exclusión y del tráfico para la explotación sexual, las personas con capacidades diferentes, los grandes grupos de desempleados/as, los excluidos por el analfabetismo tecnológico, las personas que viven en la calle de las grandes urbes, los indígenas y los afro descendientes, los campesinos sin tierra y los mineros.

b) La ausencia de crítica al neoliberalismo

Si la Iglesia hace una opción preferencial por los pobres, necesariamente tiene que optar contra el neoliberalismo. Con todo, no hay en el documento de Aparecida ninguna crítica a la ideología neoliberal. La Iglesia que condenara con tanta violencia la ideología marxista, ahora calla frente al neoliberalismo. ¿Por qué? Porque es la ideología que justifica el actual sistema de economía de libre mercado. La Iglesia no critica el neoliberalismo porque es la ideología de las élites cristianas. Los ricos sienten hoy a la Iglesia finalmente más cercana a ellos que en las décadas anteriores; los pobres son silenciados.

Otro ejemplo: en el documento hay dos visiones o modelos de Iglesia: un modelo marcado por la opción preferencial por los pobres; otro modelo marcado por la opción preferencial por las élites.

a) Una Iglesia de élites

La Iglesia Católica, en general, aparece más inclinada al modelo de una Iglesia de élites (casi todo el capítulo 10). Las “élites” son todos aquellos que están en la cúpula de la sociedad y desde allí tienen el poder de conducir la vida económica, social y política de ésta: periodistas, comunicadores, empresarios, políticos, entre otros. La opción por las élites es presentada como una “modernización” de la Iglesia. “Las élites” no se identifican necesariamente con “los ricos”, pero sí concentran un poder “desde arriba” que los identifica con los grupos dominantes. Con la opción por las élites, los pobres se sienten lentamente abandonados por la Iglesia.

b) Una Iglesia que opta por los pobres

En el documento de Aparecida, sin embargo, hay de igual modo un espacio para las Comunidades Eclesiales de Base (CEB), que son el fundamento más sólido de una Iglesia que opta por los pobres. Un único texto habla claramente de ellas, pero muchos otros las suponen. El texto más denso lo tenemos en el número 178:

Medellín reconoció en ellas una célula inicial de estructuración eclesial y foco de fe y evangelización. Puebla constató que las pequeñas comunidades, sobre todo las comunidades eclesiales de base, permitieron al pueblo acceder a un conocimiento mayor de la Palabra de Dios, al compromiso social en nombre del Evangelio, al surgimiento de nuevos servicios laicales y a la educación de la fe de los adultos [luego siguen las sospechas y los controles].

En el documento los dos modelos se encuentran yuxtapuestos y queda la impresión que se puede “elegir” el que a uno le parezca mejor: el que opta por las elites o el que opta por los pobres. Es evidente que la orientación fundamental del documento es por una Iglesia que opta por las élites. Se considera que en el pasado no habíamos descubierto el importante rol de éstas. Por eso, ahora debemos “modernizar” la Iglesia.

2.5. La Misión Continental para una Iglesia misionera

Terminada la Conferencia General en Aparecida, el 17 de agosto de 2008 la Iglesia en América Latina y el Caribe lanzó oficialmente una misión continental. El Consejo Episcopal de América Latina y el Caribe (CELAM) ha publicado varias ediciones de un documento con el mismo título: “La Misión Continental para una Iglesia Misionera”. Contiene una fundamentación de la misma y un instructivo para su realización. Está basada casi por completo en Aparecida.

La Misión tendría cuatro etapas y en cada una de ellas hay diferentes sujetos evangelizadores y evangelizados:

Primera: sensibilización de los agentes pastorales y evangelizadores: obispos, presbíteros, diáconos permanentes, religiosos, laicos, dirigentes de movimientos y comunidades, consejos pastorales, etc.

Segunda: profundización con grupos prioritarios: miembros de colegios y universidades católicas, educadores, catequistas, profesionales católicos, grupos de pastoral indígena y afrodescendientes, etc.

Tercera: misión sectorial: académicos, educadores, jóvenes, empresarios y trabajadores, comunicadores, políticos, mundo castrense y policial, de salud y carcelario.

Cuarta: misión territorial: parroquias, familias, CEB, pequeñas comunidades, organizaciones civiles, etc.

2.5.1. Tres referencias básicas y positivas

a) La Palabra de Dios

Entre los cinco “medios para la misión”, el primero se refiere al “conocimiento profundo y vivencial de la Palabra de Dios”. Constituye el primer lugar de encuentro con Jesucristo. Se proponen varias metas: el fomento de la pastoral bíblica, la Lectio Divina y la predicación (págs. 18s.).

“Una formación bíblica-doctrinal, vivencial y comunitaria, necesaria para madurar la experiencia religiosa, herramienta fundamental y necesaria en el conocimiento espiritual, personal y comunitario” (pág. 29).

“Una experiencia de la presencia de Jesucristo en la vida personal y comunitaria del creyente: la lectura meditada y eclesial de la Sagrada Escritura” (pág. 30).

En general: casi no se citan textos bíblicos (solamente una vez, lo demás son referencias).

b) El “más allá” de las fronteras de la Iglesia

“Finalmente ha llegado la hora [para la Iglesia] de proyectarse más allá de sus propias fronteras” (pág. 33).

“No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte… multiplicar el número de discípulos y misioneros en la construcción del Reino en América Latina” (pág. 37).

Otro texto amplía los campos de la misión: “las megápolis con sus ambientes suburbanos y grandes periferias. Ambientes campesinos, mineros y marítimos. Hospitales, centros de rehabilitación y cárceles…” (pág. 41).

“La Misión Continental debe tener especial penetración en los sectores culturales, políticos y de dirigentes sociales y económicos que identifican a nuestra sociedad globalizada”. Esto se ve como una misión muy especial de los laicos (pág. 35).

c) La misión al servicio de los más pobres (sección muy positiva)

Un medio de encuentro con Jesucristo: el servicio a los pobres, enfermos y afligidos (pág. 23).
Cuatro metas: fraternidad con los más pobres y afligidos… renovación de la pastoral social a fin de que exprese en signos concretos la opción preferencial por los pobres y excluidos. Se menciona la construcción del reinado de Dios y el testimonio de lucha por la justicia (págs. 23s.). La misión debe manifestar signos y gestos de cercanía y dignificación de los más pobres, destinatarios privilegiados de la evangelización (págs. 39s.).

2.5.2. Un análisis crítico de la Misión Continental

El texto guía de la misión preparado por el CELAM es un texto repetitivo, desordenado, subjetivo, ilusorio, idealista y confuso. Cita abundantemente el documento final de Aparecida, sin embargo no refleja su espíritu y omite sus textos claves.

Se proyecta una misión institucionalizada y jerárquica. Las estructuras eclesiales y los sujetos pastorales responsables de la misión, son: las conferencias episcopales, las diócesis, las parroquias, las comunidades religiosas, las pequeñas comunidades, los movimientos. No dudo que habrá miles de creyentes, en especial jóvenes, que estarán dispuestos con entusiasmo y abnegación a participar en esta misión continental. Pero no basta tener los sujetos y el entusiasmo, es necesario tener también definiciones, contenidos y objetivos claros. Recuerdo cuando se lanzó a nivel continental la “nueva evangelización”. Nadie sabía qué significaba y cómo debía realizarse. Al final fue un fracaso y nada queda de ese movimiento. No quiero ser pesimista, no obstante veo en la Misión Continental un intento de monopolizar toda la fuerza espiritual y teológica que se concentró antes, durante y después de la Conferencia de Aparecida. Pero la Misión Continental es un instrumento demasiado pequeño e ilusorio para enfrentar los grandes desafíos que Aparecida propuso a la Iglesia en la actualidad.

3. La misión de la Iglesia: romper muros para “ir más allá”

3.1. Concepto de “misión de la Iglesia”

Un subapartado del documento de Aparecida se titula: “Los que se han alejado de la Iglesia para unirse a otros grupos religiosos” (n. 225). El número siguiente (n. 226, d)) especifica:

El compromiso misionero de toda la comunidad. Ella sale al encuentro de los alejados, se interesa por su situación, a fin de reencantarlos con la Iglesia e invitarlos a volver a ella.

Este apartado (n. 226) supone que la mayoría de los católicos que dejan la Iglesia emigran a los grupos o Iglesias no católicos. Varios estudios muestran que la mayoría de los católicos que sale, no lo hacen atraídos por otras iglesias cristianas, sino básicamente porque la Iglesia Católica —y el mismo cristianismo hoy realmente existente— no les dice nada. Estos cristianos toman distancia del conservadurismo católico, de sus estructuras clericales y de sus opiniones sobre la familia y la sexualidad. Algunos cristianos más comprometidos abandonan la Iglesia Católica porque ésta no les da respuesta a varias preguntas: ¿Por qué ella condenó la TL, marginó las CEB y la Lectura Popular de la Biblia? ¿Por qué la Iglesia juzga la actividad de los cristianos militantes como una acción influenciada por el marxismo? Muchos cristianos se alejan porque la liturgia y la catequesis no le dicen nada. Les escandalizan las “élites cristianas” y la perversión de movimientos como el “Opus Dei” o los “Legionarios de Cristo”.

Estadísticas aproximativas, pero serias, afirman que en los últimos diez años en América Latina y el Caribe la Iglesia ha perdido treinta y cinco millones de católicos (algunos hablan de cincuenta millones). Los que emigraron a otras Iglesias o movimientos “no católicos” son minorías. Además, muchos de ellos abandonan estas Iglesias no-católicas por los mismos motivos que tienen para abandonar a la Iglesia Católica.

3.2. Problemas y errores en la definición de “misión”

La “misión”, tal como aparece en el documento de Aparecida y en la Misión Continental propuesta por el CELAM, suscita varios cuestionamientos:

Primero: se organiza una misión, sin hacer antes una autocrítica dentro de la Iglesia. Ella siempre explica sus problemas internos por medio de realidades exteriores a la Iglesia: las “sectas”, el relativismo, la modernidad, el ateísmo y, en fin, todo el “pecado del mundo”. El peligro vendría de fuera, no de dentro. La autocrítica de la Iglesia debería tomar en serio las preguntas e inquietudes de los “alejados”. Una misión sin autocrítica es una misión ilusoria, que podría multiplicar el número de los “alejados”. Una misión sin autocrítica corre el peligro de seguir la lógica del “marketing”: hacer propaganda para vender mejor sus productos en el mercado. En el documento de Aparecida, la “autocrítica” de la Iglesia está ausente.

Segundo: el objetivo de la misión sería reencantar a los alejados de la Iglesia. Es muy difícil reencantar a una persona que se alejó, cuando todavía persisten las causas que lo alejaron de la Iglesia. Es difícil reencantar a los “alejados”, cuando ella no les dice nada y no responde a sus preguntas e inquietudes.

Tercero: invitarlos a volver a ella, esto es, invitar a los alejados a que regresen a la Iglesia. El problema no es la “invitación”, que en principio tiene un sentido propositivo y positivo, sino el contenido de la invitación: volver a la Iglesia. Quizás aquí reside el problema principal de la misión: su eclesiocentrismo. No debemos pensar la misión como un “regreso”, cuanto como un “romper muros”, como un “ir más allá” de los límites territoriales e institucionales de la Iglesia, incluso ir más allá sin el propósito de volver a su centro o punto de partida. Lo que buscan los “alejados” es encontrar otro modo de ser Iglesia, que responda a sus inquietudes, y que este nuevo modelo pueda ser construido fuera de sus muros. Una Iglesia “fuera de los muros”, como eran en la Antigüedad las comunidades cristianas que se fundaban fuera de los muros de las grandes ciudades, junto a los ríos y las quebradas. La unidad es importante, porque nadie busca salir de la Iglesia Católica para entrar en una “secta católica” o para fundar otra iglesia católica. La multiplicación de “iglesias” no resuelve ningún problema, más bien los multiplica. “No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio” (I Cor. 1, 17). Se “bautiza” en la parroquia, pero se “evangeliza” en “otros mundos” alejados de la Iglesia. Los cuatro primeros capítulos de la primera carta a los Corintios nos darían la luz que necesitamos en medio de las tinieblas en las cuales se mueve hoy la misión de la Iglesia.

3.3. La misión debe romper los límites impuestos por el territorio, la institución y la juridicción

A menudo escuchamos que hay en una diócesis una experiencia pastoral interesante, nueva y creativa, construida durante años. Pero llega un nuevo obispo, que no está de acuerdo con ese trabajo anterior, y lo desarticula todo. Algo semejante ocurre con los cambios de párroco. Existe siempre miedo, incluso angustia: ¿quién será el nuevo obispo?, ¿quién será el nuevo párroco?, ¿quién será el futuro Papa? Vivimos entre la continuidad o la ruptura de lo ya construido. Curiosamente se cambia un obispo o un párroco justo cuando hay experiencias pastorales o situaciones eclesiales con las cuales la autoridad eclesiástica no está de acuerdo. En general, los cambios de obispos y de párrocos van en un sentido conservador, incluso de contrarreforma. Los laicos tienen miedo a las opciones y los proyectos de los nuevos párrocos; en forma parecida, estos tienen miedo a los obispos y los obispos miedo al Vaticano. Todo esto paraliza el trabajo eclesial, y por miedo se escoge el camino fácil de navegar tranquilo en la corriente conservadora de la Iglesia. A veces se escucha que un obispo no se compromete para no “arriesgar su mitra” o sufrir un cambio de diócesis. La Iglesia construye sobre arena, vienen los vientos del conservadurismo en contra y la casa cae y es grande su ruina. El fundamento de la Iglesia ya no es la roca, sino la arena.

El Concilio de Trento estableció en la Iglesia tres territorios, con sus respectivas instituciones y juridicciones: el Papa en Roma, el Obispo en su diócesis y el Párroco en su parroquia. Los laicos no existen. Las laicas son impensables. Se unen tres realidades: territorio, institución y juridicción. La dependencia de toda la Iglesia de la autoridad del Papa, del obispo y del presbítero, se da en los límites de su territorio propio. En este esquema territorial de la Iglesia, todas las experiencias y los proyectos pastorales quedan sujetos a la autoridad territorial que tiene la potestad de aprobar o destruir lo construido anteriormente. Todo cambio, por muy positivo y legitimado que esté, no logra “romper los muros” de la institución y la potestad eclesial para ir más allá del territorio asignado. Nada se hace en la parroquia sin la aprobación del párroco, quien tiene el poder de construir o destruir. Algo parecido pasa con el obispo en su diócesis.

En el apartado que sigue haremos un lectura breve de los Hechos de los Apóstoles para descubrir ese Espíritu Santo que es implacable cuando se trata de romper muros y abrir nuevos espacios a la misión. El Espíritu construye sobre roca, jamás sobre arena.

4. El camino de la Iglesia en los Hechos de los Apóstoles

1) Testamento de Jesús resucitado

Ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, hasta los confines de la tierra (1, 8).

Jerusalén es el punto de partida, el punto de llegada es donde termina la tierra. No hay un volver atrás. El Espíritu Santo rompe los muros y el movimiento de Jesús puede llegar más allá de los muros rotos hasta el fin de la tierra. Lucas nos narra el camino de Jerusalén a Roma, sin embargo hubo asimismo otros caminos no narrados en los Hechos de los Apóstoles: de Jerusalén a Siria, de Jerusalén al norte de África y posiblemente de Jerusalén hasta la India (tradición de Tomás).

2) Pentecostés: “Todos les oímos hablar en nuestra propia lengua” (2, 1-41)

“Había en Jerusalén hombres y mujeres piadosos de todas las naciones que hay bajo el cielo”. Los apóstoles son galileos y hablan arameo. El prodigio de Pentecostés es que todos los pueblos y las culturas ahí presentes oyen a los apóstoles en su propia lengua y cultura. El Espíritu Santo rompe el muro entre la lengua aramea y las doce o más lenguas diferentes ahí representadas.

3) Testimonio de los Doce en Jerusalén (2, 42–5, 42)

Lucas nos da una visión global de las comunidades en Jerusalén: todos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles (“didaché”), en la comunión (“koinonía”: un solo espíritu, todo en común, no había pobres entre ellos), en la fracción del pan (“eucharistía”) y realizaban prodigios y señales (“martyría”). Esto lo tenemos en los sumarios: 2, 42-43, ampliado en: 2, 44-47/4, 32-35/5,12-16. Los apóstoles dan un testimonio valiente de la Resurrección ante las autoridades religiosas y políticas de Jerusalén: “No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (4, 20). El espacio de la comunidad cristiana es el Templo y la casa: “acudían al Templo todos los días… y partían el pan por las casas”. Todo lo anterior corresponde a la primera parte del Testamento de Jesús: “Serán mis testigos en Jerusalén” (1, 8). No se inicia todavía la segunda parte del Testamento: “serán mis testigos en la región de Judea, Samaria y hasta el fin de la tierra”. Por eso esta sección termina diciendo que los apóstoles “no cesaban de enseñar y de anunciar la Buena Nueva de Cristo Jesús cada día en el Templo y por las casas” (5, 42). Serán otros los que llevarán el Evangelio fuera de Jerusalén. Termina esta sección con el consejo de Gamaliel en el Sanedrín:

“Les digo, pues, ahora: desentiéndanse de estos hombres y déjenlos tranquilos. Porque si esta idea o esta obra es de los hombres, se destruirá; pero si es de Dios, no conseguirán destruirlos. No sea que se encuentren luchando contra Dios”. Y aceptaron su parecer (5, 34-39).

Los apóstoles se quedan tranquilos en Jerusalén.

4) Fundación de la Iglesia de Antioquía (capítulos 6 al 12)

a) El grito de las viudas helenistas (6, 1-7)

Un día surge un problema en la “diakonía” diaria (servicio cotidiano): los helenistas se quejan porque sus viudas son desatendidas. El grito de las viudas hace evidente la discriminación del grupo helenista. Hay un muro en la comunidad de Jerusalén entre los cristianos hebreos y los cristianos helenistas. Los Doce convocan la asamblea y eligen siete hombres llenos de Espíritu y sabiduría para la “‘diakonía’ de las mesas”, así los Doce podrían dedicarse a la “‘diakonía’ de la Palabra” entre los judíos cristianos de Jerusalén. Los Doce representan aquí al grupo judeo-cristiano hebreo y los Siete al grupo judeo-cristiano helenista. El grito de las viudas (los pobres) nos revela ya una cierta división de la comunidad de Jerusalén. Estos Siete helenistas no son “diákonos”, sino un nuevo grupo de “apóstoles”. Es su opción por los pobres (el servicio cotidiano a las viudas y otros pobres) lo que provocará la persecución que los llevará fuera de Jerusalén.

b) Los Hechos de los helenistas: Esteban, Felipe y los demás; misión a los gentiles y fundación de la Iglesia de Antioquía (6, 8–11, 30)

La “diakonía” de las mesas, que era un servicio a los pobres, llevó a los Siete helenistas a un testimonio mayor en medio del pueblo: “Esteban, lleno de gracia y de poder, realizaba entre el pueblo grandes prodigios y señales”. Entonces

…se desató una persecución contra la Iglesia de Jerusalén y todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria.

Lucas da a entender que los Doce no son perseguidos y permanecen en Jerusalén. Los dispersados son el grupo de los helenistas, quienes ahora responden al Testamento de Jesús de ir más allá de Jerusalén y del Templo, “a las regiones de Judea y Samaria” (8, 1).

En 8, 4-40 tenemos los Hechos de Felipe (el segundo de los helenistas), quien evangeliza a los samaritanos y luego al eunuco etíope. Felipe rompe aquí el muro entre judíos y samaritanos, también el muro entre los judíos y el etíope, que no es judío, sino un “hombre piadoso”. Nacen comunidades cristianas entre samaritanos y gentiles y, posiblemente, una comunidad en Etiopía, fundada por el eunuco etíope. El movimiento de Jesús tiene ahora dos centros: Jerusalén, con mayoría de cristianos judíos, con lengua, cultura y teología hebrea, y Antioquía, con mayoría de discípulos gentiles, con lengua, cultura y teología helenista. “En Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de ‘cristianos’” (11, 26). La Iglesia de Antioquía tendrá problemas serios con la de Jerusalén, pero esta contradicción se superará en el Concilio de Jerusalén. Otra acción del Espíritu Santo que rompe el muro entre Jerusalén y Antioquía (capítulo 15).

c) Los Hechos de Pedro (10, 1–11, 18)

(se rompe el muro que separa a los judíos de los gentiles (llamados despectivamente “paganos”))

En medio de los Hechos de los helenistas, Lucas introduce estos de Hechos de Pedro, para poder legitimar el movimiento del Espíritu en la misión a los gentiles ya iniciada por los helenistas. Lo nuevo ahora es que el Espíritu no solo convierte a Cornelio, sino también a Pedro y a la Iglesia de Jerusalén. Cornelio es un centurión romano que habita en Cesarea, jefe de las fuerzas de ocupación romana en Palestina. Él y su familia eran “temerosos de Dios”, vale decir, gentiles que buscan a Dios en la tradición judía. En toda la narrativa de estos Hechos de Pedro el personaje principal es el Espíritu Santo, quien actúa simultáneamente en Pedro y en Cornelio.

Al inicio Pedro aparece como un judío fiel observante de la ley: no come nada profano e impuro (10, 14), y lo primero que dice al entrar en casa de Cornelio es que a él como judío “no le está permitido juntarse con un extranjero ni entrar en su casa” (10, 28). Es la misma mentalidad de la Iglesia judeo-cristiana de Jerusalén, la cual reprocha a Pedro: “has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos” (11, 3). El Espíritu Santo, en la misión de Pedro a casa de Cornelio, rompe el muro entre judíos cristianos y gentiles (paganos), lo que hace posible la conversión de Cornelio. El Espíritu Santo actúa tanto en los misioneros y en la Iglesia, como en los pueblos que buscan a Dios aun antes de ser evangelizados; y, segundo: la conversión de los pueblos exige de igual modo una conversión de la Iglesia.

d) La Iglesia de Antioquía

La Iglesia de Jerusalén (capítulos 1 al 5) estaba conducida por Doce apóstoles, el movimiento de los helenistas (capítulos 6 al 12) fue impulsado por Siete hombres llenos de Espíritu y sabiduría. Ahora, la Iglesia de Antioquía está presidida por cinco profetas y maestros: Bernabé, levita judío originario de Chipre, que habitaba en Jerusalén (Hch 4, 36-37); Simeón llamado Níger, un nombre arameo con un sobrenombre latino, que lo identifica como étnicamente negro; Lucio, nombre latino, de la Cirenaica en el norte de África; Manahén, con un nombre hebreo escrito a la manera griega, hermano de leche del tetrarca Herodes; y Saulo, un fariseo de la diáspora, perseguidor de la Iglesia y más tarde discípulo (13, 1).

5) Primera misión de la Iglesia de Antioquía, rechazo de los judíos y apertura a los gentiles (13, 2–14, 27)

La iniciativa para esta misión la toma directamente el Espíritu Santo:

…dijo el Espíritu Santo: “Sepárenme ya a Bernabé y Saulo para lo obra a la que los he llamado”… ellos, enviados por el Espíritu, bajaron a Seleucia… (13, 2-4).

Sin la acción del Espíritu Santo no hubieran salido de Antioquia. El Espíritu rompe los muros de Antioquía.

El punto culminante de la misión es Antioquía de Pisidia. La misión comienza en la sinagoga. Ahí están los judíos y “los temerosos de Dios”. La misión tiene inicialmente éxito: “al sábado siguiente se congregó toda la ciudad para escuchar la Palabra de Dios”. El éxito suscita la envidia de los dirigentes judíos, quienes contradicen con blasfemias lo que Pablo dice. Entonces, Pablo y Bernabé toman una decisión solemne:

Era necesario anunciarles a ustedes en primer lugar la Palabra de Dios, pero ya que la rechazan… nos volvemos a los gentiles. Pues así nos lo ordenó el Señor: Te he puesto como luz de los gentiles para que lleves la salvación hasta el fin de la tierra.

Los gentiles se alegran, glorifican la Palabra del Señor y esta se difunde por toda la región. Los judíos que rechazan a los misioneros cristianos se alían con los poderosos de la ciudad y echan a los misioneros. Estos finalmente regresan a la Iglesia de Antioquía y narran a la comunidad “cómo Dios había abierto a los gentiles [a los pueblos y culturas no-judías: todo incluido en el término griego ‘ta ethne’] la puerta de la fe” (14, 26-28). El choque violento entre los judíos que rechazan la misión de Pablo y de Bernabé, abre la puerta a los gentiles que sí la aceptan.

6) El Concilio de Jerusalén (15, 1-35): el Espíritu rompe ahora otro muro, entre cristianos y paganos

Algunos hermanos de Judea llegan a Antioquía y exigen a los gentiles de la comunidad cristiana: “Si no se circuncidan conforme a la costumbre mosaica, no pueden salvarse”. Igualmente en Jerusalén algunos fariseos que habían abrazado la fe afirman: “que era necesario circuncidar a los gentiles y mandarles guardar la Ley de Moisés”. Esta exigencia significaba la integración religiosa, cultural y social de los gentiles al mundo judío y reconstruir el muro entre gentiles y judíos.

El acuerdo final de la asamblea de no exigir la circuncisión de los cristianos gentiles, legitimó la existencia de una iglesia gentil, con una cultura y una visión teológica no-judía. Pablo también participa en el conflicto entre Jerusalén y Antioquía. El problema comienza en la mesa, donde comían juntos judíos cristianos y gentiles cristianos (o sea, cristianos no-judíos). La Ley judía prohibía de manera terminante a los judíos comer con gentiles. En la Iglesia de Antioquía no era problema que comieran juntos, porque ya había caído el muro que los separaba. El problema surge cuando llegan judíos cristianos a Antioquía. Los que comían juntos se separan y cada grupo come por separado. Otra vez se reconstruye el muro entre judíos cristianos y gentiles cristianos. Pablo reacciona con violencia contra esta “simulación” (Gal 2, 11-14). Su reacción contra los judíos cristianos, incluido Pedro, rompió otra vez el muro entre judíos cristianos y cristianos gentiles (en el fondo también entre judíos y gentiles) y abrió una puerta por donde entrarían miles de gentiles en la Iglesia. Por eso Pablo, en la misma carta a los Gálatas, declara que ya no hay muro que separe judíos de cristianos, amos de esclavos, hombre de mujer, “pues todos ustedes son uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 28).

7) Los viajes misioneros de Pablo (15, 36–19, 20)

El Espíritu Santo hace violencia a Pablo para romper el muro cultural y religioso entre el Asia Menor y Macedonia (Grecia):

Atravesaron Frigia y la región de Galacia, pues el Espíritu Santo les había impedido predicar la Palabra en Asia. Estando ya cerca de Misia, intentaron dirigirse a Bitinia, pero no se lo consintió el Espíritu de Jesús. Atravesaron, pues, Misia y bajaron a Tróada. Por la noche Pablo tuvo una visión: un macedonio estaba de pie suplicándole: «Pasa a Macedonia y ayúdanos» (Hch 16, 6-9).

En síntesis, Pablo se ve obligado por el Espíritu (literalmente) a ir a Filipos, Tesalónica y Berea, y luego a Atenas, Corintio y Éfeso. El Espíritu Santo fuerza a Pablo a romper el muro entre Asia Menor y Grecia. En Asia había muchas sinagogas, lo que hacía más fácil el trabajo de Pablo. Al otro lado del mar, en Grecia, el trabajo era más difícil, pues era tierra de gentiles.

Pablo en Atenas: discurso a los filósofos griegos (17, 16–34)

En Macedonia Pablo se ha movido en un ambiente fundamentalmente no-judío, si bien no pierde el contacto con las sinagogas. Ahora, en Atenas, está definitivamente en una ciudad gentil, centro de la cultura y de la filosofía griega dominante, ciudad de Sócrates, Platón y Aristóteles. Pablo “estaba interiormente indignado al ver a la ciudad llena de ídolos”. Discute a diario en la plaza pública (ágora), en especial con los epicúreos y estoicos. Al fin Pablo es llevado al Areópago, colina sur donde se halla el consejo supremo de la ciudad, para pronunciar allí su discurso. Pablo es rechazado, pero no fracasa del todo, pues nace en Atenas una pequeña comunidad cristiana: Dionisio, Damaris y algunos otros (17, 32-34). Se da el inicio de una ruptura del muro entre Pablo y los filósofos paganos. Nace una comunidad entre los que habían escuchado a Pablo en el Areópago.

“De esta forma la Palabra del Señor crecía y se robustecía poderosamente” (19, 20).

8) Pablo decide ir a Jerusalén y de allí a Roma (19, 21-22 y Rom 15, 16-33)

Pablo ha recibido la gracia de Dios

…de ser ministro de Cristo Jesús ejerciendo el sagrado oficio del Evangelio de Dios entre las naciones gentiles, para hacer de esas naciones una ofrenda agradable a Dios, santificada por el Espíritu Santo (Rom 15, 16).

Él considera que desde Jerusalén hasta el Ilírico, por todas partes, ha esparcido con el poder del Espíritu Santo la Buena Nueva de Cristo. El Ilírico era el punto más occidental de Macedonia, donde terminaba el oriente. El pensamiento de Pablo es que desde Jerusalén hasta el Ilírico, es decir, todo el oriente donde Pablo fue misionero, está ya evangelizado y que él ya no tiene trabajo en esta zona. Ahora debe evangelizar de Roma a España. En la mentalidad de la época España era, hacia el oeste, el fin de la tierra. Más allá estaba el Mar Grande, sus monstruos y el abismo. Con este viaje Pablo estaría cumpliendo el Testamento de Jesús de ser testigos “hasta los confines de la tierra” (1, 6). En síntesis, el camino de Pablo parte de Jerusalén, va hasta el Ilírico, de aquí a Roma y de esta a España. Pablo rompe así el muro entre oriente (de Jerusalén hasta el Ilírico) y occidente (de Roma a España).

9) Juicio y Pasión de Pablo en Jerusalén, Cesarea y Roma (21, 16–28, 16)

El grupo misionero de Pablo llega a Jerusalén y se reúne en la casa de Santiago, junto con todos los presbíteros de la Iglesia judeo-cristiana de Jerusalén. Hay un profundo des-encuentro entre ellos. Este es el diálogo:

Pablo: “les fue exponiendo una a una todas la cosas que Dios había obrado entre los gentiles por su ministerio” (21, 19).

Santiago y los presbíteros de Jerusalén: “Ya ves, hermano, cuántos miles y miles de judíos han abrazado la fe, y todos son celosos partidarios de la Ley. Y han oído decir de ti que enseñas a todos los judíos que viven entre los gentiles que se aparten de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos ni observen las tradiciones” (21, 21).

La Iglesia de Jerusalén rechaza a Pablo por haber roto el muro entre judíos cristianos y gentiles cristianos, ruptura del muro que hizo posible la misión a los gentiles.

10) Pablo finalmente llega a Roma (28,15-28)

A Pablo se le permite permanecer en casa particular con un soldado que le custodiara.

[Los judíos] vinieron adonde se hospedaba. Él les iba exponiendo el Reino de Dios, dando testimonio e intentando persuadirles acerca de Jesús, basándose en la Ley de Moisés y en los Profetas, desde la mañana hasta la tarde. Unos creían por sus palabras y otros en cambio permanecían incrédulos. Cuando, en desacuerdo entre sí mismos, ya se marchaban, Pablo dijo esta sola cosa: “Con razón habló el Espíritu Santo a vuestros padres por medio del profeta Isaías: ‘Ve a encontrar a este pueblo y dile: Escucharán bien, pero no entenderán, mirarán bien, pero no verán…’. Sepan, pues, que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles; ellos sí que la oirán”

Pablo finalmente entiende que el Espíritu Santo tiene la razón. La misión prioritaria no es ahora para los judíos, sino para los gentiles. Esta exclusión del pueblo judío como opción prioritaria de la evangelización no es definitiva, es una exclusión pastoral pasajera para que la Iglesia pueda romper el muro de su etnocentrismo judío y abrirse a todos los gentiles, pueblos, culturas y religiones, hasta los confines de la tierra.
El libro de los Hechos termina con estas palabras:

Pablo… predicaba el Reino de Dios y enseñaba todo lo referente al Señor Jesucristo con toda valentía, sin estorbo alguno. 
El estorbo era el muro existente entre cristianos y judíos,

Lucas termina aquí su libro de los Hechos de los Apóstoles. No nos dice si Pablo fue liberado y viajó a España, o fue ajusticiado. Lucas no escribe una biografía de los misioneros, sino una biografía de la Palabra de Dios y del Espíritu Santo, que rompiendo todos los muros, han hecho posible la misión a los gentiles.

Algunas referencias bibliográficas

Libros propios
El movimiento de Jesús antes de la Iglesia: una interpretación liberadora de los Hechos de los Apóstoles. San José, DEI, 1998, 174 págs.
Fuerza ética y espiritual de la Teología de la Liberación en el contexto actual de la globalización. San José, DEI, 2004, 159 págs.
Memoria para una reforma de la Iglesia. El “Movimiento de Jesús” desde sus orígenes (años 30 d. C.) hasta la decadencia del Imperio Romano Cristiano (siglos IV y V). Próxima publicación (San José, DEI, 2009). Tendrá alrededor de 450 págs.

Artículos propios
“Aparecida. Una versión breve y crítica del Documento Conclusivo”, en Pasos No. 133 (setiembre-octubre, 2007), págs. 1-17.
“Crisis irreversible en la Iglesia Católica pero otra manera de ser Iglesia también es posible”, en Pasos No. 118 (marzo-abril, 2005), págs. 1-6.
“Pedro Casaldáliga: definición de su teología en el ‘camino’ de los Hechos de los Apóstoles”, en Pedro Casaldáliga. Las causas que dan sentido a su vida. Retrato de una personalidad. Homenaje de Amigos. Madrid, Ed. Nueva Utopía, 2008, págs. 317-327.
“El Jesús histórico y los 4 Evangelios: memoria, credo y canon para una reforma de la Iglesia”. Lectio inauguralis en la Facultad de Teología de la Universidad Javeriana, Santa Fe de Bogotá, 8.II. 2004. 

¿UNIDAD DE LAS IGLESIAS?

29-Enero-2009 José Arregi

La semana pasada ha sido entre los católicos la “Semana de oración por la unidad de los cristianos”. Fue promovida –hace ya cien años– por beneméritos pioneros del ecumenismo, y cada año se convierte en una oportunidad para el encuentro, la reflexión y la colaboración entre diversas iglesias de todo el mundo. Eso está muy bien. Pero esta semana me provoca interrogantes radicales, empezando por su nombre: “Semana de oración para la unidad de los cristianos”.

Los cristianos somos muy distintos, no cabe duda, ¿pero estamos por ello necesariamente divididos? “Pertenecemos”, sí, a muchas iglesias diferentes, ¿pero qué hay de malo en que sigamos así? ¿Estoy yo realmente separado en mi fe de una familia ortodoxa de Pamplona, o de unos amigos luteranos de Bilbao? ¿Estoy más alejado de ellos que del ultracatólico que se sienta junto a mí en la misa, se arrodilla en la consagración y comulga en la lengua, y de seguro vota a un partido español de derecha? Y me digo: si Dios necesitase que le pidiéramos algo, ¿no debiéramos pedirle más bien que podamos sentirnos unidos siendo muy diferentes? ¿No sería, pues, mejor organizar una “semana de oración por la diversidad de las iglesias”? (En realidad, no creo que Dios necesite que le pidamos ni siquiera por la diversidad de las iglesias, menos aún por la unidad. Cuando hablamos de Dios siempre erramos y cuando lo imaginamos siempre lo desfiguramos, pero yo prefiero imaginarlo dándose y rogándonos que no haciéndose rogar. Pero éste es otro tema).

Muchos católicos muy bien intencionados llaman a los demás cristianos “hermanos separados”, pero es una fórmula bastante desafortunada: a los mismos que califica amistosamente de “hermanos” les reprocha sin pudor el estar separados, y les recuerda en el fondo que deben volver a la Iglesia verdadera de la que se han alejado. Si decimos “hermanos separados”, se plantean dos cuestiones fundamentales. Primera cuestión: ¿quién se ha separado de quién? ¿Se separó Constantinopla de Roma o Roma de Constantinopla? Segunda cuestión: aun en el supuesto de que una iglesia se haya separado de otra, ¿quién decide si tenía o no auténticas razones para separarse? En definitiva, tanto en un caso como en otro, ¿quién debe acercarse a quién, para recuperar una verdadera unidad perdida? ¿Los ortodoxos a los católicos o los católicos a los ortodoxos? ¿Los luteranos a los católicos o los católicos a los luteranos? ¿Los anglicanos a los romanos o éstos a aquellos? La pregunta decisiva es: ¿En qué consiste realmente la unidad? ¿La unidad requiere tener todos la misma teología, asentir a los mismos dogmas, someterse al mismo papa?

Se lo debiéramos preguntar a Pablo, que se enfrentó a Pedro, y Pedro no fue quién para “excomulgarle” (ni a él ni a nadie de otra iglesia que no fuese la que él regía, si es que alguna vez rigió alguna iglesia). Se lo debiéramos preguntar a los cristianos/as que, en los primerísimos años después de la Pascua de Jesús, siguieron haciendo vida itinerante como Jesús y a aquellos otros que, en la misma época, formaron comunidades estables, y no siempre se entendían muy bien entre sí. Se lo debiéramos preguntar a la iglesia judeocristiana de Jerusalén regida por Santiago y a las iglesias helenísticas, con sus teologías y cristologías tan diversas, con sus modelos de organización tan distintos. Se lo debiéramos preguntar a las “iglesias de Juan” que siempre reivindicaron su libertad respecto de las “iglesias principales” (que es como decir las más poderosas, las de Pablo y Pedro). Se lo debiéramos preguntar a las iglesias gnósticas –por lo demás, tan diversas entre sí–, una de cuyas máximas figuras, Valentín, estuvo a punto de ser “papa” (obispo de Roma) a mediados del s. II. O se lo debiéramos preguntar a San Ireneo de Lyón (s. II), que no admitió que el “papa” Víctor impusiera a las iglesias de Asia Menor la fecha romana para la celebración de la Pascua, o a San Cipriano de Cartago (s. III) que se enfrentó al “papa” Esteban en el asunto –para ellos vital– de si había que rebautizar o no a quienes hubieran recibido el bautismo de manos de un hereje. No acabaríamos de preguntar y de sorprendernos.

La conclusión es sencilla: no son las diferencias, cualesquiera que sean, sino el modo de vivirlas lo que rompe la unidad. Sigan, pues, las viejas iglesias monofisitas siendo monofisitas, y las igualmente viejas iglesias nestorianas siendo nestorianas, si eso les ayuda a seguir a Jesús, aun cuando sus cristologías sean opuestas. Sigan las venerables iglesias ortodoxas manteniendo y poniendo al día su fe y sus instituciones, anteriores al papado. Sigan las grandes o pequeñas iglesias inspiradas en los ilustres reformadores (Lutero, Zwinglio, Calvino) dejándose inspirar por sus certeras intuiciones acerca de la gracia y de la palabra. Sigan la “Iglesia nacional anglicana” y su hermana la iglesia episcopal norteamericana siendo buena noticia y levadura para sus sociedades. Y las incontables iglesias bautistas y evangélicas sigan siendo lo que son y transformándose al aire del Espíritu. Y hasta la iglesia de Lefebvre siga con San Pío X, si piensan que así son más fieles a la Buena Noticia en el mundo de hoy. Sigamos siendo diferentes sin estar por ello divididos, dialogando sin anatemas y dejándonos transformar por el otro y por la vida. (Y lo que digo sobre las iglesias es aplicable a las religiones).

En conclusión, propongo: que el obispo de Roma deponga definitivamente su primado de jurisdicción sobre otros obispos e iglesias, pues hoy no tiene sentido, si alguna vez lo tuvo; que levante todas las excomuniones –a derecha y a izquierda, todas–; que la iglesia católica romana declare unilateralmente que ella se siente en comunión con todas las iglesias por distintas que sean su teología, culto, organización y normas morales; que admita de buena gana que no es necesario que los cristianos estemos más unificados para estar realmente unidos, para ser “Uno en Jesús” y en el Misterio de Dios, pues Dios no es una pirámide rígida, sino la pura Relación de respeto y libertad; y que, en consecuencia, anuncie que ya no organizará más Semanas de oración por la unidad de las iglesias, sino una Semana al año para que cristianos y cristianas de todas las iglesias se reúnan y se reconozcan, celebren la presencia consoladora y universal del Espíritu, procuren ensanchar los márgenes de la comunión en la diversidad de formas y, si quieren, elijan a quienes les vayan a representar en un Consejo Universal de todas Iglesias, un espacio donde gustosamente se acojan unas a otras siendo cada cual lo que es. Como Dios nos acoge.

Como Dios te acoge en su santa paz.
José Arregi

Para orar
Dios de todos los vivientes,
haznos capaces de abandonarnos en ti,
en el silencio y el amor.
Abandonarse en ti no es algo habitual
en nuestra condición humana.
Pero tú intervienes hasta en lo más íntimo de nosotros mismos
y quieres para nosotros la claridad de una esperanza.  (Taizé)

domingo, 7 de febrero de 2010

EL FORO SOCIAL MUNDIAL EN MOVIMIENTO

Boaventura de Sousa Santos
Acaba de celebrarse en Porto Alegre (Brasil) un importante seminario de evaluación de los diez años del Foro Social Mundial (FSM) y debate sobre su futuro. Paralelamente, se realizaron cientos de iniciativas en las ciudades de la región metropolitana que reunieron a 30.000 personas. Los grandes medios de comunicación decidieron no informar sobre este evento y, en contrapartida, nos abrumaron con los detalles sobre la reunión del Foro Económico Mundial (FEM) realizado en Davos (Suiza). No deja de ser extraño, sobre todo si tenemos en cuenta que, a lo largo de la última década, los análisis y pronósticos hechos por el FSM se han revelado mucho más certeros que los del FEM. En 2001, el neoliberalismo —las privatizaciones, el libre comercio y la desregulación económica y financiera— era para el FEM la solución definitiva a las crisis cíclicas del capitalismo y así se consideró hasta el estallido de la crisis financiera global de agosto 2008, que el FEM no previó. Por el contrario, el FSM defendió que el neoliberalismo no era la única solución, sino que, de entre todas, era la más injusta y que las crisis que venía provocando en varios países acabarían llegando al corazón del capitalismo global, justo lo que ha pasado. A la luz de esto, sería prudente tener en cuenta los temas que van a dominar el FSM en los próximos años.

El primer tema es el de la paz y la democracia. Los análisis del FSM apuntan hacia el recrudecimiento de la militarización de los conflictos sociales, incluyendo la criminalización de los movimientos sociales y de las protestas de los ciudadanos ante el agravamiento de la crisis económica y las desigualdades, así como el resentimiento que provoca, pues sus víctimas son siempre los moralmente más honestos, socialmente más vulnerables y políticamente menos poderosos, una triple condición superpuesta en los hombros de la mayoría de la población mundial. Esta preocupación está presente en las múltiples actividades previstas para 2010, desde el II Foro Social de los Estados Unidos a los ocho foros en el mundo árabe o islámico: el I Foro Social de Iraq, el VI Foro Social Europeo (Turquía) y los foros temáticos sobre los sindicatos (Argelia), la discriminación sexual (Túnez y Jordania), los trabajadores rurales (Egipto), la paz y la educación (Palestina) y la democracia (Bangladesh). Todo esto a camino de la próxima edición del FSM unificado, que se celebrará en Dakar (Senegal) a principios de 2011, dedicado al tema de los diálogos -surtro tema emergente del que se oirá mucho en la próxima década.

El segundo tema es el de la crisis de civilización derivada de la insostenibilidad del modelo económico dominante. La prueba está hecha, a pesar de ser negada, una vez más erróneamente, por el FEM: el modelo económico basado en el crecimiento infinito, el uso indiscriminado de los recursos naturales, la privatización de los bienes comunes —el agua, el aire, la biodiversidad—, el consumo como definidor de un modo de ser basado en la obsesión por tener y en un estilo de vida alimentado por el abandono prematuro de los objetos indiferentemente personales es tan injusto como insostenible y sus peligros para la supervivencia de la humanidad pronto serán irreversibles. Esto significa que el hechizo de la superioridad civilizacional con el que Occidente excluyó o destruyó a los que se cruzaban en su camino ahora se vuelve contra el hechicero. La reacción puede ser destructiva, pero también puede ser anunciadora de una nueva conciencia planetaria hecha de convergencias insospechadas entre saberes ancestrales —indígenas, campesinos, populares—, preocupaciones ambientales y éticas feministas del cuidado. El debate civilizacional va a estar en el centro del V Foro Social Panamazónico (Brasil) y del IV Foro Social de las Américas (Paraguay).

El tercer y último tema es el de los sujetos políticos que llevarán adelante las luchas por la paz, la democracia y un modelo social, cultural y económico postcapitalista. Este es el tema que obliga al FSM a reflexionar sobre sí mismo. ¿Cómo no desperdiciar la energía transformadora que generó? ¿Cómo construir alianzas transcontinentales entre movimientos y partidos políticos convergentes en agendas realistas y portadoras de nuevas hegemonías? ¿Cómo hacer que el mundo sea menos confortable para el capitalismo depredador? Tal vez el FSM necesite crear su propio FSM.
Boaventura de Sousa Santos es sociólogo y profesor catedrático de la Facultad de Economía de la Universidad de Coimbra (Portugal).

sábado, 6 de febrero de 2010

INTRODUCCIÓN A MARCEL LEGAUT (3)


I. Trabajo de la fe (1962)
 1. La semana pasada leímos tres textos de Légaut sobre el período de Les Granges. Eran textos en los que se podía apreciar cómo Légaut (parafraseando un verso de Machado) borraba la historia y buscaba la esencia; o, con palabras de Eugenio D’Ors, miraba de pasar de la anécdota a la categoría. Así fue como completamos una aproximación inicial a la figura de Légaut.
En esta Entrega entramos ya en su obra, que seguiremos según el orden de publicación de sus libros. Hemos preferido seguir este orden cronológico pues refuerza el «discurso de itinerario» de su pensamiento, que se plasma en textos de una etapa, perfectibles, comentables, completables.
 2. Nuestra propuesta, en esta Entrega, es leer el capítulo sexto, «El otro y el prójimo», de Trabajo de la fe, de 1962, del que ya leímos el capítulo primero, «Confesión de un intelectual».
En lo que sigue completaremos, con tres observaciones, la “entradilla” de la web de la AML, que ofrece una información escueta sobre el texto y sobre los temas que salen en él (temas que podrían ser objeto de comentario).
2.1. La primera observación es sobre el contraste entre el largo tiempo de Les Granges (veinte años de 1940 a 1960) y lo escaso de lo escrito en ese tiempo. Quien había escrito tres libros (con meditaciones sobre los Evangelios), de los que se vendieron más de treinta mil ejemplares antes de la guerra, ahora, durante este período, tan sólo escribe los siete textos (unas ciento cincuenta páginas) de Trabajo de la fe.
Sin embargo, es un libro germinal, que anuncia el resto. Por eso, antes de entrar en su período de escritura más elaborado, os proponemos leer al menos un capítulode este librito (aparte del de «Confesión de un intelectual»). El tema que aborda (el otro, el prójimo) apunta a la «carencia de ser» y a la «fe en sí mismo» de la que trataremos en la siguiente entrega.
2.2. La segunda observación es que este texto es, en gran medida, una reflexión realista sobre un conocido fragmento del evangelio, la parábola del «buen samaritano». Lo fundamental es la forma de leer Légaut el fragmento. Consiste en partir de la experiencia humana real para pensar la parábola, es decir, no tanto buscar una lección práctica o moral cuanto concienciar mejor la condición humana real tal cual es, más allá de que se sea mejor o peor, y después pensar en quién debió de ser Jesús.
Los apartados 1, 2 y 4, pese a tener cincuenta años, a mi modo de ver, son acertados, plantean cuestiones que cuestionan aún. El apartado 3, dedicado a la figura de Jesús, es, en cambio, demasiado deudor de un fondo de doctrina quizá un tanto rancio pese al vigor personal que en él se adivina. Veremos, más adelante, cómo Légaut va más allá. Sin embargo, es notable que Légaut sea ya reticente a usar términos teológicos convencionales.
2.3. De todas formas, en este mismo sentido, lo importante es que, dentro de unos años, tal como veremos en El hombre en busca de su humanidad, Légaut separará lo temáticamente humano de lo temáticamente relacionado con la doctrina tradicional del cristianismo. Tal será la condición previa e indispensable de llegar a concebir después de otra manera (y pego ahora un salto por encima de más explicaciones), por ejemplo, la revelación, tal como dirá en un texto quince años posterior:
… revelación íntima sin palabra ni signo, anunciación sin ángel, luz celeste sin estrellas, proclamación sin paloma y sin voz de los cielos, infusión del Espíritu sin lengua de fuego; revelación no por lo que Dios enseña y ordena (…) sino por lo que hace nacer en aquél al que visita («Ensayo sobre la fe», Cuadernos de la Diáspora 20, pág. 81)

II. Un comentario a dos cuestiones.
 En esta tercera Entrega quisiera decir también algo acerca de dos cuestiones entre las planteadas en los comentarios que van saliendo en Atrio. Me gustaría intervenir más, y además como uno más, pero leo y sigo con interés lo que se va diciendo y espero que se reciba esta intervención (y alguna otra que pueda hacer más adelante) como una forma de aprovechar lo que se va opinando y de responder a ello introduciendo nuevos elementos del particular estilo o forma de encarar los temas que Légaut ayuda a descubrir.
1. La primera cuestión es sobre la vida familiar de Légaut; sobre su mujer y sus hijos. A alguno le ha podido parecer que había una descompensación entre hablar sobre todo del trabajo, la profesión, etcétera, y apenas hablar de lo otro.
Y es cierto. La razón es que lo notable de este «intelectual» (escritor o pensador) es su salir de su contexto de origen en cuanto a lo profesional, además de que, en cuanto a lo confesional, lo notable es, sobre todo, su condición de “sauvage”, de “outsider” o de marginal; es decir, su no adscripción a un claustro, academia o institución, y también su carencia de cualquier mandato o licencia homologadas para tratar con garantías acerca de determinados temas.
Sin embargo, volviendo a lo segundo, considero que los datos están dados: casado a los cuarenta, padre de seis hijos, y, cuando éstos ya son mayores, vida itinerante durante casi medio año, a partir de los setenta (como ya precisó Antonio), gracias a que su mujer “le devolvió la libertad” (tal como él nos decía haciendo un guiño al tiempo que daba un ligero codazo al que tenía al lado, no sólo en este asunto sino en muchos de aquellas charlas informales). Hablar más de esto ahora, dada la comunicación no-presencial del “curso”, sería incurrir en indiscreción.
Otra cosa es, sin embargo, que la obra de Légaut sea notable precisamente (entre otras cosas) porque es uno de los autores que ha sabido hablar mejor, con conocimiento, profundidad y exactitud (sin omisión y sin inflación) de todo lo que la vida familiar (es decir, el amor humano, la paternidad, el paso del tiempo, las edades, la aproximación de la muerte, el recuerdo y la presencia de los seres queridos, etcétera) supone, inspira, influye, aporta y sugiere en el plano espiritual.
Pero esto saldrá más adelante; y sólo en parte dado que este “curso/taller” es limitado, es sólo introductorio, y con él no llegaremos más que a entrever distintas posibilidades que, ojalá, los participantes se animen a seguir después. Si leen los libros completos, verán que, en muchos de sus rincones (no sólo en los capítulos expresamente dedicados a ello), se hace patente la incorporación de la vida familiar y de los «instintos fundamentales» en la búsqueda espiritual.
El texto mismo de esta entrega, ¿no puede llevar a una reflexión sobre la relación con el otro y el prójimo en el ámbito de la familia y de las relaciones más electivas y fundamentales de cada uno, a pesar de que aborda un tema distinto: el del encuentro con un desconocido que se encuentra al borde del camino y que necesita de ayuda?
Por último. Para terminar este punto, aduciré dos citas, dos perlas. Primero, un fragmento de Unamuno sobre su vida familiar: según él, vida sin historia; vida íntima sin peripecia ni aventura (reparad en la etimología de estos dos términos); pura costumbre pero no rutina; vida “llena de días” y no “cargada de años”. Con treinta y nueve (uno menos que Légaut cuando se casó), escribía Unamuno a Luis de Zulueta en 1903:
Me habla usted de ciertas desventuras wertherianas. He aquí lo que no conozco. Me puse a los doce años en relaciones con una joven de mi país, guerniquesa; las mantuvimos catorce; a los veintiséis me casé con ella; me ha dado ya seis hijos y espero el séptimo. Nada más prosaico visto desde fuera; nada más poético, quiero decir, creativo, visto desde dentro. A ello debo mi paz, mi serenidad; a ello debo todo. Ha sido mi único amor, amor que es convivencia y sustancia de la vida. (ver: «Notas y citas para la diáspora» en Cuadernos de la Diáspora 5, pág. 135)
Segunda cita. Vida espiritual y modernidad, último libro de Légaut, editado póstumo, en 1992, llevaba esta dedicatoria: «A Marguerite Légaut, este libro que ella ayudó a nacer al permitirme ser. M.L.».
2. La segunda cuestión que recojo (de entre los comentarios que han ido haciendo algunos de los participantes en este curso/taller) es la de un “entusiasta” que, por un lado, conoce la importancia de la distinción entre fe y creencias y, por otro, desea por todos los poros “hablar de Dios”.
Combinar las dos cosas (es decir, hablar de Dios y tener en cuenta la distinción entre fe y creencias) no es fácil. Es más, ahí se han encallado muchos y han levantado un muro para otros. La falta de pudor y de discreción ha sido constante en este tema y en lo espiritual en general; y ello ha sido indicio para muchos de que quienes así hablaban, hablaban, en el fondo, de lo que no conocían.
Y sin embargo la cuestión sigue en pie: ¿cómo no hablar de aquello que es más real y valioso que nada para uno? Pero, ¿cómo hacerlo combinando, por un lado, el sentimiento de la imposibilidad de ajustar el lenguaje a lo espiritual cuando es real, y, por otro, la exigencia que le conduce a uno a hablar de eso real, pues hacerlo esintrínseco al ser humano, de forma que dejar de hacerlo es traicionar?
Esta cuestión no es baladí; es una búsqueda de toda la vida, y es propia, además, de toda vida profunda. Si la he recogido aquí, en esta Entrega, es, como decía, no sólo porque surgía en un comentario sino, además, porque me permite proponer otros dos fragmentos de Trabajo de la fe, dado que esta Entrega trata sobre este libro.
(a) Légaut termina el capítulo segundo, «La vida de fe», con estos párrafos:
Todo creyente que quiere hablar de la vida espiritual como testigo y hacer “obra de tradición”, cuando lo ha hecho, siente que le queda en el fondo de su corazónun resabio de impostura y de fragilidad, ignorado por los que se limitan a enseñar espiritualidad de forma impersonal y siguiendo la doctrina común. Impostura del que da lo que no posee porque, a decir verdad, sólo lo tiene de prestado; impostura del que afirma siempre con demasiada seguridad lo que sólo percibió en las horas más religiosas de su vida, dispersas en la gran somnolencia espiritual que cubre su existencia. Y fragilidad también; porque lo que dice es a la vez verdadero y falso y, en cualquier caso, incompleto: simple generalización, fácil extrapolación de lo que se ha vivido, sabiduría en formación, aún dudosa, a causa de la precariedad de las condiciones en las que se adquirió.
Señor, puesto que hay que hablar de estas cosas, puesto que no hay que callar siempre, deja que este creyente lo haga en contadas ocasiones. Hazle entrar en una comprensión cada vez más penetrante de tu silencio, tan rico en enseñanzas, con que termina, aquí, en la tierra, tu predicación del Reino. El silencio que mantuviste ante las autoridades religiosas y los poderosos de tu tiempo. Silencio solemne, distancia infinita y trágica que seguirán siendo tuyos en la Cruz y que aún sigues guardando. Desafío para unos, confesión de fracaso y aniquilación para otros, pero luz incomparable que ilumina lo que no puede decirse, para el creyente. Pues, después de lo que viviste, después de las oposiciones fundamentales que suscitaste, no hay en tus labios palabra más pura de toda contingencia, palabra más poderosa, palabra más universal que tu silencio, esa última llamada tuya a la vida de fe.
(b) Por otra parte, el capítulo cuarto, «El testimonio del adulto», comienza así:
La vida espiritual, como toda vida, aspira a comunicarse: es su instinto profundo. La inten si dad de la vida espiritual se mide por la necesidad de comunicación. El más solitario de los hom bres, en determinados momentos, se siente impelido a dialogar en su interior con sus conocidos de antaño, con los que un día le escucharon y acogieron. Ha blar y decirse a sí mismo y a su Dios y hablar y decirse a otro, son los dos tiempos de la respi ración espiritual del hombre.
¿Puedo hacer una pequeña glosa a este párrafo para terminar? Voy a ello. Sin duda, es un párrafo que recuerda esto de Légaut de unos años antes:
«Desde que vivo separado de vosotros en mi soledad en medio de las montañas, ¡cuántas veces he pensado en lo que voy a deciros! (…) ¡Cuántas veces he trazado en mi mente este testimonio personal que ahora voy a escribiros! Porque, ahora que sólo muy raramente tengo un auditorio, yo, que tenía por costumbre meditar en voz alta ante vosotros, estoy sumergido en mi verbo interior».
Pero lo importante de este párrafo no es tanto que ubique el arranque de la obra de Légaut, sino que formule implícitamente dos cosas fundamentales:
(1) que la expresión y la comunicación son intrínsecas a la experiencia y a la conciencia, y no algo meramente añadido («La vida espiritual, como toda vida, aspira a comunicarse…») y por tanto que es importante «hablar»; y
(2) que el fondo espiritual propio se expresa no sólo en una dirección (o en una forma) sino en tres direcciones (o formas) distintas, pero que son del mismo rango, y cuya diferencia depende del interlocutor inmediato de cada una de ellas (conocidos, uno mismo, el Dios de uno). A estas tres formas distintas, las solemos llamar: testimonio, meditación y plegaria. Ellos son los tres nombres reverenciales (tradicionales) de lo que, en lenguaje profano, llamamos: narración, ensayo y poesía.
Y termino. ¿Dónde ubicar el «hablar de…» y cómo articular este hablar con las otras dos formas de expresión en la que la experiencia espiritual llega a ser expresándose? Ahí está el arte.
 3. Post Data: En los últimos comentarios (del 30/1/2010 al 1/2/2010) surge una nueva cuestión (complementaria de la anterior) acerca de la dificultad de hablar de (y desde) la propia vida, único camino de poder llegar a hablar del mundo y de Dios de forma sensata y útil. Un interviniente retoma lo que dice otro: “creo que la causa está en que es más fácil analizar lo que está fuera de nosotros que nuestro propio interior.” ¡Qué razón tienen ambos y otros que abundan en ello y otros que, probablemente, enriquecerán esta perspectiva!