domingo, 6 de septiembre de 2009

CHARLAS EN LAMIARRITA 2009 (II)

2. A modo de Principio y Fundamento

“Cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con maestría, la tierra está llena de tus criaturas” (Ps 104, 24) … “Que se acaben los pecadores en la tierra, que los malvados no existan más” (Ibd. 35).

Juan Luis Segundo, en su libro “El hombre de hoy ante Jesús de Nazaret” dedica el tercer tomo a estudiar la espiritualidad ignaciana y concretamente la cristología de los Ejercicios. Aconseja suprimir la primera semana y que lo que llamamos Principio y Fundamento sea una síntesis actualizada de las meditaciones del Rey temporal, de la de Dos Banderas y de la de Tres Grados de humildad. Eso ha sido, en parte, lo que me ha inspirado este segundo tema de nuestros ocho días. También me han inspirado, Manuel Fraijó, El cristianismo. Una aproximación.

Una creación frustrada

Solemos hablar, como San Pablo, de la creación incompleta, de la frustración de la creación. E imaginamos una creación que, al margen del ser humano, sería perfecta. Una creación que en cuanto proyecto de Dios, al que invita al hombre para ser colaborador suyo, se ve frustrada por la libertad humana. A su triple vocación, de colaborador en la creación, constructor de la fraternidad y administrador de los bienes creados, el ser humano responde (según el mito bíblico y la posterior interpretación paulina) con la rebelión contra Dios, la ruptura de la fraternidad y el abuso de la naturaleza. El hombre se pretende señor de sí mismo; desde el punto de vista religioso, ahí parece estar su error. En su pretendido señorío, no ha dudado en desobedecer a Dios, ni en eliminar a los otros; y, en vez de administrar con cuidado la naturaleza, lo ha hecho derrochando hasta ponerla en peligro. Adán y Eva, Caín y Abel y la torre de Babel simbolizan en la Biblia esta triple ruptura, provocada por el orgullo, el desamor y la codicia, de la armonía supuestamente originaria, o como proyecto.

Por eso, también como Pablo, vemos la creación entera, y especialmente la humanidad, sometida a la frustración. Hay una creación frustrada por la vanidad, la manipulación y el abuso del hombre. Religiosamente, es una frustración que se vive en esperanza: la esperanza de ser liberados de la esclavitud de la decadencia para alcanzar la libertad y la gloria de los hijos de Dios. (Ro 8, 19-21). La creación entera espera con gemidos la (re)construcción del plan de Dios.

Basta abrir los ojos, explorar la trama de las relaciones humanas individuales y la trama histórica para descubrir que esa frustración existe y es poderosa. Y nos atañe a todos. Contemplemos, sólo a título de ejemplos, las situaciones y estructuras de injusticia en nuestro mundo actual: todas confluyen en la muerte temprana e injusta, o en una vida infrahumana, de tantas personas, causada por la pobreza, la violencia y la guerra; tantas muertes causadas por innumerables actos de codicia, de abuso, de desprecio de la vida; tanta violencia y tortura, tantos derechos negados o violados, tanta intemperie de hogar, de alimento, de reconocimiento; tanta explotación en el trabajo, en el sexo, en el trato discriminatorio o vejatorio. Mientras tanto, tanta indolencia, derroche, hipocresía y abandono de los que tenemos riqueza, poder, ciencia y técnica, y saber. Podemos contemplar también el dolor y la enfermedad, la soledad y la impotencia de tantas personas de todas las edades…

Creo que no hay que cargar ningunas tintas para sentir esa frustración de la creación. Probablemente basta con mirarnos también a nosotros mismos. Seguramente, la armonía original nunca existió (es inimaginable en el paso, todavía tenebroso, entre el animal y el hombre. Más bien lo que llamamos frustración de la creación es perceptible desde la presencia del ser humano en el mundo, al menos desde la presencia con poder de actuación sobre sí mismo, sobre los otros y sobre la naturaleza. Es claro que los seres humanos, que parece que aspiramos mayoritariamente a la construcción de una fraternidad y a un uso responsable de la naturaleza, no lo estamos consiguiendo. Al contrario, pareciera que cada vez perdemos más el rumbo, si alguna vez lo hemos encontrado: somos unos seres que, aunque generalmente nos queremos, también muchas veces nos machacamos mutuamente, somos poco providentes con nosotros mismos y con la naturaleza.

Una respuesta a la frustración

Podemos pensar que las religiones y la ética han surgido ante la evidencia de esa frustración y ante la necesidad de una tarea de (re)construcción de la reconciliación y la armonía.

La CG 35 nos invita a los jesuitas a ello y quiere que nos sintamos llamados a establecer relaciones justas y a una misión de reconciliación, con Dios, con los demás y con la creación (3,12).

Razonablemente, la respuesta ante la injusticia y ante la frustración que provoca, no puede ser otra que poner la inteligencia y la bondad humanas, cada uno la suya y colectivamente todos, al servicio de esa tarea. Es una tarea fundamentalmente secular, fundamentalmente ética, fundamentalmente política, no religiosa. A eso se orienta la bondad sencilla de unos con otros y el cuidado de la comunidad. Y a eso apuntan todas las conquistas sociales y políticas en el terreno de los derechos universales, de la igualdad social, del respeto a la dignidad y del cuidado de las personas, que suponen una reducción de la violencia y un relativo triunfo de la fraternidad. A eso apunta también la actual preocupación ecológica. Pero no como un ideal abstracto de adecuación a una armonía original, ni a una natural y eterna esencia del hombre, de la moral o de la sociedad, sino como un proceso siempre en curso, de humanización, de encarnación y de servicio que suponen la renuncia a la violencia y el crecimiento de la solidaridad y de la ternura.

Sabemos que Jesús fue a eso a lo que llamó Reino o reinado de Dios. Y aunque no se puedan considerar como configuraciones de ese Reino de Dios todas las realizaciones concretas de la inteligencia y la bondad humanas, sí son camino hacia él. Jesús nos enseñó a realizarlo con autenticidad y con esperanza. Al contrario de cómo acaba el salmo que cité al comienzo (queriendo borrar de la faz de la tierra a los pecadores y a los malvados) él habla de dejar crecer el trigo con la cizaña. Sin duda que él también experimentó la frustración. Pero a Jesús no parece interesarle el pasado original o la explicación del mal. El mira hacia el futuro, a la inserción de todos en el Reino. Y aborda la superación de la frustración con el compromiso en el servicio.

Nos lo enseñó con parábolas, pero también y sobre todo con su manera de proceder y su fidelidad hasta la muerte. No mostró ningún entusiasmo por el mérito, sino por el amor. No pidió el exterminio de los malvados, sino que invitó a todos a incorporarse. Reinventó una justicia, flexible y generosa, alejada del rigorismo inhumano, que ofrece el mismo salario a los incorporados a primera y última hora. Jesús no definió el pecado, ni entró en catalogaciones por orden de gravedad, ni en casuística. Lo verdaderamente decisivo no son las acciones aisladas. Ellas no dicen todo de nosotros mismos. Importa más la actitud, la opción fundamental, la conducción de toda una vida. Por eso se alegra cuando alguien se lo piensa mejor y abandona callejones sin salida, e invita a ofrecer el perdón y el olvido de las culpas. Por eso nos habló de un padre que otea solícito el horizonte esperando al hijo pródigo, que organiza fiestas de bienvenida al arrepentido, que privilegia a quien no puede más y lo carga sobre sus hombros dejando a los más fuertes. Desligó a los enfermos de pesadas maldiciones, y sanó a muchos. Privilegió a los pobres y marginados, a los publicanos y a las prostitutas. Nos indicó también que hemos de liberarnos de la angustia. Invitó a estar con él a los cansados y agobiados.

Las religiones y el cristianismo en particular (la que conozco un poco más) nos dan una poética creativa, trascendente, que se niega a la clausura de la existencia en el espacio natural y de experiencia directa. Nos urgen a actuar con esperanza. Nuestra experiencia inmediata es que, en el cosmos y en la vida humana, sólo actúa el ser humano. Según la fe religiosa, sin embargo, Dios actúa en el mundo y en la mente y en el corazón de los seres humanos. Que Jesús es revelación de Dios y que el camino de Jesús es salvador para la humanidad sólo puede ser una verdad religiosa (no imponible, sino únicamente universalizable mediante la oferta), pero puede ser una verdad tan poderosa que de hecho ha transformado y determinado millones de vidas. Su comprobación definitiva sólo será escatológica. Es decir, será definitivamente verdad sólo si se realiza definitivamente. Pero para Jesús, los seres hemos de imitar a Dios y ser para la historia y la sociedad humanas la providencia de Dios. Jesús anuncia la omnipotencia del ágape. Y la promesa de que triunfará sobre el mal. El perdón de los enemigos sólo es posible precisamente por la esperanza del triunfo del amor sobre la injusticia. La tarea nuestra es acelerar la venida de ese Reino al mundo.




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