viernes, 11 de febrero de 2011

LAS NORMAS RELIGIOSAS SON COMO ANDADERAS

Fray Marcos

No he venido a abolir la ley o los profetas, sino a darles plenitud.

Seguimos en el sermón del monte de Mateo. La lectura de hoy afronta un tema complicado para los primeros cristianos que eran todos judíos. Cómo armonizar la predicación y la praxis de Jesús con la Ley, que para ellos era lo más sagrado.

Como en el caso de las bienaventuranzas no se trata de examinar casos concretos sino de descubrir el nuevo espíritu que tiene que abrirnos un horizonte nuevo en nuestra religiosidad. Hace muy pocos años, confesaba yo a un niño que acababa de hacer la primera comunión. Empezó su confesión diciendo: “No, robar no robo. No, matar no mato”. Se me cayó el alma a los pies.

Habéis oído que se dijo... pero yo os digo…

No matarás... El que se enfade con su hermano será condenado
No cometerás adulterio... El que mira con malos deseos a una mujer.
No jurarás en falso... No juréis en modo alguno.
Ojo por ojo y diente... No os enfrentéis al que os hace mal.
Ama a tu prójimo y odia... Amad a vuestros enemigos.

Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que Dios no ha dado nunca ninguna ley a nadie. El montaje que hace el libro del Éxodo de las Tablas de la Ley, no es más que eso: un montaje.

El verano pasado se salió una persona de la iglesia por oírme decir que Dios no había dado ninguna tabla de piedra a Moisés. Es una pena, pero ese es el nivel de formación de la mayoría de los cristianos. Si Jesús y los primeros cristianos hubieran tenido la misma idea de la Biblia que muchos cristianos de hoy tienen, no se hubieran atrevido a rectificarla.

Cuando hablamos de ley de Dios, no queremos decir que en un momento determinado, Dios haya comunicado directamente a un ser humano su voluntad en forma de preceptos, ni por medio de unas tablas de piedra, ni por medio de palabras. Dios no se comunica a través de signos externos, sino a través del ser.

La voluntad de Dios no es algo distinto de su esencia. Los genitivos referidos a Dios, no significan nunca posesión: Dios no posee nada, simplemente es. Dios sólo puede comunicar su voluntad a través del ser en la creación. En todos los seres está la impronta de Dios. Esa presencia es su “voluntad”

Si fuésemos capaces de bajar hasta lo hondo del ser y comprenderlo en lo esencial, descubri­ríamos allí esa voluntad de Dios; ahí me está diciendo lo que quiere y espera de mí. La voluntad de Dios no es nada distinto o añadido a mi propio ser, no me viene de fuera, sino que está siempre ahí. Pero por vivir fuera de nosotros, no somos capaces de verla.

Esta es la razón por la que tenemos que echar mano de lo que nos han dicho algunos hombres que sí fueron capaces de bajar hasta la impronta de su ser y descubrir lo que Dios espera de un ser humano. De esta manera nos llega de fuera lo que tenía que venir de dentro.

Para nosotros el caso paradigmático de este provecho de la experiencia de otra persona, es Moisés. Utilizando todos los medios que tenía a su alcance, supo descubrir lo que era bueno para el pueblo que estaba tratando de aglutinar, y por tanto lo que era bueno para cada uno de sus miembros. No es que Dios se le hubiera manifes­tado de una manera especial, es que él supo aprove­char las circunstan­cias especia­les para profundi­zar en su propio ser.

La expresión de esta experiencia es voluntad de Dios, porque lo único que Él quiere de cada uno de nosotros es que seamos nosotros mismos, es decir que lleguemos al máximo de nuestras posibilidades.

¿Qué significaría entonces cumplir la ley? Algo muy distinto de lo que estamos acostumbrados a pensar. Una ley de tráfico, se puede cumplir perfectamente sólo externamente, aunque esté convencido de que el "stop" está mal colocado, yo lo cumplo y consigo el objetivo de la ley, que no me la pegue con el que viene por otro lado y evitar una multa.

En lo que llamamos ley de Dios, las cosas no funcionan así. El objetivo de esta ley es el cambio profundo de mi ser hasta adecuarlo a lo que Dios espera de mí. Si no descubro que eso que la ley me ordena, es lo que exige mi propio ser; es decir, si no interiorizo ese precepto hasta el punto de dejar de ser precepto y convertirse en convencimiento total de que eso es lo mejor para mí, el cumplimiento de la ley me deja como estaba, no me enriquece ni me hace mejor.

Fijaros en lo que dice Jesús en el evangelio, "si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos". Ellos cumplían la ley escrupulo­samente, pero solo externamente, y eso no les hacía mejores sino mezquinos.

Desde esta perspectiva, podemos entender lo que Jesús hizo en su tiempo con la Ley de Moisés. Si dijo que no venía a abolir la ley, sino a darle plenitud, es porque muchos le acusaron de saltarse la Ley de Moisés a la torera. Jesús no fue contra la ley, sino más allá de la Ley.

Quiso decirnos que toda ley se queda siempre corta, que siempre tenemos que ir más allá de la letra, de la pura formulación, hasta descubrir el espíritu. Esa actitud de Jesús es la que tenemos que adoptar todos en cualquier época. Siempre la voluntad de Dios estará más allá de cualquier formulación, por eso tenemos que seguir perfeccionándolas.

Toda ley es humana y además, nada más promulgada, está anticuada. La Biblia es palabra de Dios, pero es, a la vez, palabra humana y como tal, nunca podrá ser definitiva. Sobre Dios nunca podremos decir la última palabra.

Esto, bien entendido, es el punto de partida indispensable para superar cualquier callejón sin salida. En realidad, el ser humano siempre tiene que estar diciendo:habéis oído que se dijo, pero yo os digo, porque conocemos cada vez mejor las exigencias de nuestro ser.

El empeño de Jesús consistió en hacer pasar a la gente de una religiosidad externa a una religiosidad interna, es decir, pasar de un cumplimiento de leyes a un descubrimiento de las exigencias de mi propio ser. Esa revolución que intentó Jesús, está aún sin hacer.

No solo no hemos avanzado nada en los dos mil años de cristianismo, sino que en cuanto pasó la primera generación de cristianos hemos ido en la dirección contraria. Todas las indicaciones del evangelio en el sentido de vivir en el espíritu y no en la letra, han sido ignoradas olímpicamente. Todavía seguimos pensado en un dios legislador, que no solo nos impone una ley, sino que nos pedirá cuentas si no la cumplimos.

Vamos a comentar solo el primer contraste:

“Habéis oído que se dijo a nuestros antepasados: no matarás, y si uno mata, será condenado. Pero yo os digo: todo el que está enfadado con su hermano será procesado”.

No son alternativas, es decir o una o la otra. No queda abolido el mandamiento antiguo sino catapultado a niveles increíblemente más profundos. Nos enseña a ir más allá de las acciones externas para poder descubrir su auténtico valor. Una actitud interna negativa, es ya un fallo contra tu propio ser, aunque no se manifieste en una acción concreta contra el hermano.

No es difícil de comprender lo que quiere decir; además lo explica muy bien a continuación:

“Si cuando vas a presentar tu ofrenda, te acuerdas de que tu hermano tiene queja contra ti, deja allí tu ofrenda y vete a reconciliarte con tu hermano…”

En contra de lo que acabamos de leer, se nos ha dicho por activa y por pasiva que lo importante era nuestra relación con Dios. Toda nuestra religiosidad, sobre todo la confesión tal como se nos ha enseñado, está orientada desde esta perspectiva equivocada. El evangelio nos dice que más importante que nuestra supuesta relación con Dios, es nuestra relación efectiva con los demás. No queremos enterarnos.

Hay un matiz que solemos pasar por alto y que es la esencia de la propuesta. No dice el texto: si tú tienes queja contra tu hermano sino “si tu hermano tiene queja contra ti”.

¡Qué difícil es que yo me detenga a examinar si mi actitud pudo defraudar al hermano! Damos por supuesto que el que falla es siempre el otro. Incluso cuando me enfado con él, es porque me ha hecho algo que me saca de quicio. La culpa la tienen siempre los demás.

Es impresionante, si no fuera tan sabido:

“Deja allí tu ofrenda y vete antes a reconciliarte con tu hermano”.

Las ofrendas, los sacrificios, las limosnas, las oraciones no sirven de nada si otro ser humano tiene pendiente la más mínima cuenta contigo. Solo lo que hagas con relación a los demás lo estás haciendo con relación a Dios.

En nuestros días estaríamos muy de acuerdo en eliminar todas las leyes que obligan desde el exterior, y de hecho las estamos eliminando. Pero nos hemos olvidado de que eso no puede funcionar si no suplimos esa ausencia de normas con un compromiso de vivencia interior que no solo supera la ley por obsoleta, sino que va mucho más allá de ella.

Las leyes solo se pueden tirar por la borda cuando la persona ha llegado a un conocimiento profundo de su propio ser. Ya no necesita apoyaturas externas para caminar hacia su verdadera meta. “Ama y haz lo que quieras” o “el que ama ha cumplido el resto de la Ley”.


Meditación-contemplación

Cumplir la Ley solo evita el castigo. Eso no es buena noticia.
El amor te hace humano y esa es su verdadera recompensa.
El amor no es un medio para alcanzar un premio.
Es el camino y la meta de todos los caminos.
…………………..
La voluntad de Dios eres tú mismo.
Si la buscas en otra parte, trabajarás en vano.
Todos los mandamientos son corsés que te impiden crecer,
porque pondrán limites a tu desarrollo interior.
…………………
Las normas religiosas son andaderas que impedirán una caída.
Las puedes necesitar durante mucho tiempo.
Pero el día que aprendas a andar, serán un gran estorbo.
Y si un día pretendes correr, será imposible.



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