jueves, 21 de enero de 2010

MIRARSE A LOS OJOS

¿Qué es lo que vemos cuando nos asomamos a los ojos de otra persona? ¿Por qué solemos eludir el contacto ocular tan revelador, tan avergonzante y tan potencialmente «cósmico”?

Así como los ojos que contemplan lo circundante exterior nos abren una ventana al espacio de lo físico y fenoménico, los que miran al interior abren una ventana al espacio abierto de la esencia, del Ser. Cuando, con serenidad y apertura, miramos a los ojos de una persona que también nos está mirando, no vemos un par de pupilas e iris; vemos una presencia inefable que en modo alguno se halla separada de nuestra propia presencia esencial; vemos una luz interna que despierta nuestra propia luminosidad. Vemos el colapso de un instante a partir del cual no podemos objetivar ni encasillar, ni sostener una separación. El contacto ocular es una comunicación instantánea, efervescente, directa y lúcida a través de un espacio que nos transporta más allá de la división ratio-nal sujeto/objeto.

Tal vez sea éste el motivo por el cual resulta difícil establecer un contacto íntimo visual con nuestros semejantes ya que la posibilidad de un ego amenazado motiva la comunicación limitada e incompleta. Es probable que a través de esa conexión verdadera que se abre en la mirada el espacio abierto que emerge nos permita comprender a los demás a través de comprendernos mutuamente. Plural y singular.

¿No es acaso, ver un sinónimo de comprender? En este sentido, los ojos son como las puertas de un universo a través del cual nos adentramos en el mundo de la conciencia expansiva, luminosa y amorosa del Ser. La verdad de lo inefable no está nada lejos, está escondida en lo inmediato y su puerta es la mirada.

Ese espacio abierto del Ser, que es pura receptividad, ternura y sensibilidad, que compartimos en el contacto visual con los demás, nos permite comprender la transparencia y plenitud de la presencia humana y nos conecta desde lo íntimo con la realidad y libertad que se encuentra más allá de los límites de nuestra mente condicionada por la influencia de lo adquirido cristalizado en nuestro egotismo.

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