jueves, 13 de mayo de 2010

DIOS ES JESÚS

Gonzalo Haya, en 'Atrio'

Hace ya algún tiempo había escuchado al teólogo José Mª Castillo proponer esta expresión –“Dios es Jesús”– como más significativa que la tradicional “Jesús es Dios”. No le había dado más importancia hasta ahora que he leído su libro “La humanización de Dios” y su artículo en el último número de Iglesia Viva. [Véase el número 241 sobre Actualidad de San Pablo. El artículo de Castillo está abierto para todos]

Comenta Castillo que al decir “Jesús es Dios” explicamos el sujeto conocido –Jesús– mediante un predicado –Dios– del que sabemos poco y confuso. Por el contrario, al decir “Dios es Jesús” explicamos el sujeto poco conocido –Dios– mediante un predicado conocido, Jesús.

No es un mero juego de palabras. Se trata nada menos que de saber en qué Dios creemos. Al decir “Jesús es Dios” estamos aplicando a Jesús la idea que tenemos de Dios sacada, en el mejor de los casos, del Antiguo Testamento; en el peor de los casos, y probablemente lo más frecuente, sacada de los filósofos griegos.

Yo diría que mantener la idea filosófica o veterotestamentaria de Dios significa el gran fracaso de Jesús. Cada día profesamos “creo en Dios Padre Todopoderoso” y cuando se produce un terremoto o un Auschwitz, nos enredamos con el dilema clásico: “si quiso evitarlo y no pudo, no es omnipotente; si pudo evitarlo y no quiso, no es bueno”.

Si profesamos como cristianos que “Dios es Jesús”, estamos relegando a un segundo plano la omnipotencia, la intemporalidad, y la inmutabilidad (impasibilidad) que los filósofos atribuyen a Dios; así como la cólera y venganza que le atribuye el Antiguo Testamento.

Jesús presentó a Dios como Padre misericordioso, creador y providente. Nunca lo presentó como omnipotente, calificativo que en el Nuevo Testamento solamente le atribuye el Apocalipsis. Menos aún se puede decir que el Dios de Jesús sea “impasible”.

El Dios que nos da a conocer Jesús tampoco es el Dios vengativo que nos anuncia Isaías. Jesús, al presentarse en la sinagoga de Nazaret como enviado de Dios, lee solamente una parte del texto de Isaías (61,1-2): “para proclamar el año de gracia de Yahvé”, y omite conscientemente la segunda parte de aquel versículo “y un día de venganza para nuestro Dios”.

“Jesús es Dios” orienta nuestra fe hacia lo conceptual, hacia la ortodoxia. ”Dios es Jesús” orienta nuestra fe hacia el Padre del hijo pródigo, hacia el buen samaritano, hacia la ortopraxis.

“Dios es Jesús”. Castillo, citando a Rahner, nos recuerda que el término “es” resulta engañoso, “porque estas afirmaciones no se hacen desde la metafísica griega del ser, sino desde la historia bíblica del acontecer”. Dios se nos manifiesta en las palabras y sobre todo en la vida de Jesús. Jesús no nos dice cómo es la esencia de Dios sino cómo se comunica Dios con nosotros. Jesús no es un filósofo gnóstico; es un profeta comprometido con el pueblo.

Los cristianos tenemos como referente a Jesús, pero no nos cerramos al Dios que han descubierto otras religiones o filosofías, cuando ellas hablan también de fraternidad y de compasión. Jesús expresó su experiencia mística de Dios como Padre con los limitados conceptos de su tiempo y su cultura.

Y toda reflexión sobre Dios debería terminar con el humilde reconocimiento del Concilio Lateranense IV: “lo que hemos dicho sobre Dios tiene más de erróneo que de verdadero”.

No podemos comprender a Dios. Podemos vivirlo y encarnarlo en la sociedad.



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